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domingo, 29 de abril de 2012

Por qué no recomiendo la Feria Internacional del Libro de Bogotá



Ayer fui a la feria “internacional” del libro de Bogotá, conocida también como el “evento de promoción de la lectura”[1] y no me gustó. Debo empezar aceptando que es la primera feria del libro de Bogotá a la que voy, así que no sé si otrora fue mejor. En todo caso no me gustó, no me pareció que “fomentara la lectura” (o promocionara si así lo quieren) y si por el contrario convirtieron la venta de libros (dentro de CORFERIAS) en una actividad excluyente. Más adelante les diré porque levanto esta acusación.

La Feria “Internacional” del Libro de Bogotá (FILBO) es un evento anual organizado por dos compañías privadas (CORFERIAS y Cámara Colombiana del Libro) en compañía de varios patrocinadores, dentro de los cuales, en ocasiones manejan dineros públicos como por ejemplo con el patrocinio de Ecopetrol, que al ser sociedad de economía mixta, así suene pleonasmo, maneja plata del estado. Su teleología es la de (sarcasmo) promover la lectura y en tal sentido (en serio) la venta de libros.

Ahora bien, animado por conocer como era la dichosa feria del libro de Bogotá que promocionaban con ahínco presentadoras de farándula en canales nacionales como RCN (mala espina) y animado por saber del conversatorio con Fernando Vallejo sobre Cuervo, pagué los 1.750 pesos del transmilenio con el animo de entrar en uno de los buses articulados que me llevaban  a la estación CAD, la cual me dejó como a 7 cuadras de CORFERIAS. Luego de bajarme, caminé varias cuadras, acompañado de otras personas que también iban a la dichosa feria del libro, esquivando otras que salían de la misma con bolsas que tenían el logo de planeta, random house entre otras casas editoriales. La mayoría (según pude detallar) llevaban dentro de sus paquetes uno o dos libros máximo, lo que me hizo ser escéptico frente a los supuestos súper descuentos que pregonaron las citadas presentadoras.

El primer inconveniente con el que me topé al llegar a CORFERIAS fue la entrada. ¡Como satanaces se les ocurre cobrar entrada si están fomentando la lectura y los libros! Además, cómo son tan descarados de cobrar siete mil pesos por entrada. Algunos dirán “siete mil pesos no es mucho dinero”, pero el problema es que si van con varias personas o peor aún, si van con la familia (digamos papá, hijo y esposa), el precio para entrar a la venta de libros se puede metamorfosear fácilmente en 18 o 20 mil pesos. Una parte de lo que vale un libro. En fin. Sigamos. Pagué mis 7.000 pesos (haciendo una larga fila) e ingresé al lugar (haciendo otra gigantesca fila). Me dirigí al pabellón más cercano que decía “libros universitarios” o algo así (discúlpenme por no tomar fotos, la cámara de mi celular murió luego de que este nadara con los peces y de igual forma, pido disculpas por no anotar los nombres de los pabellones) y caminé por varios de los stands, encontrándome con que los libros en el lugar no se bajaban de 60.000 pesos. Los pocos que tenían un valor “accesible” (25.000 pesos), eran por lo general ensayos de 50 hojas o menos que realmente no valían la pena (en mi humilde opinión). Salí de aquel lugar y me dirigí a un pabellón mucho más interesante que quedaba en el extremo opuesto de donde estaba: el de los dibujos.  En el primer piso había algunos puestos que promocionaban la venta de comics a precios exorbitantes como 50 o 60 mil pesos. A su lado, estaban las historietas “baratas”, de segunda, ¡¡a 30 mil pesos!! (Coloco en signos de exclamación porque el valor de un ejemplar nuevo, según la portada, era de 8 dólares). Seguí mi travesía por aquel pabellón de las imágenes. Me encontré con un stand que, en condiciones normales, debió ser una debilidad para mí: libros antiguos. Entré en el lugar pero salí tan rápido como pude. Los libros estaban casi al mismo precio de los nuevos y pues yo, que soy un visitante asiduo de librerías de segunda, les puedo asegurar, que esos mismos libros se pueden conseguir por la mitad del precio que pedía el librero.

Subí aburrido al segundo piso. Allí me encontré con caricaturistas, retratistas y compañía. Aquel lugar era mejor que el de abajo, pero el problema es que había muchísimas personas y era difícil caminar por el lugar. La caricatura de una persona valía en la mayoría de puestos 20 mil pesos. Habían también dos o tres artistas que cobraban 60 mil pesos, pero en imágenes mucho mejores. También vendían en el lugar retratos bonitos de 20 mil pesos para arriba. Considero que fue de lejos, el mejor espacio en el que estuve (con la gravedad que ello conlleva, teniendo en cuenta que soy el tipo de persona que cuando entra en una librería por lo general se lleva un libro).



Salí del lugar y me dirigí al pabellón central, el de Brasil. En él me encontré con muchos libros en portugués, sobre arte, cocina y uno que otro de literatura (esperaba lo contrario). A un lado de los stands de libros, vendían comida brasileña (o eso decían los meseros). Como anécdota, pregunté si tenían libros de Nelida Piñon (no la conozco pero he oído recomendaciones de ella) y me mandaron para el Fondo de Cultura Económica. Más adelante me dirigí allí, pregunté si tenían libros de Nelida Piñon y me mostraron “el calor de las cosas y otros cuentos”, que en condiciones normales valía 71.000, pero por ser feria tenía descuento y terminaba valiendo…sesenta y nueve mil pesos!($69.000). No jodás. Estos vergajos dicen promover la lectura y miren, libros a 69 mil. Más del 10% del salario mínimo. Y eso que no les cobran impuestos por los libros y que Brasil es el país invitado de honor. En fin.

Seguí mi travesía por la feria del libro y llegué al pabellón de Random House. Desde que me enteré que esa editorial fue una de las que promovió la ley SOPA, dejé de comprar libros de su casa editorial. No obstante lo anterior, como una mirada no hace daño a nadie, me adentré en aquellos terrenos, para encontrarme con que vendían buena literatura a precios más asequibles (de bolsillo claro). Vi a Pastoral Americana de Roth a 27 mil pesos y “Cuentos Esenciales” de Guy de Maupassant en 32 mil pesos (un precio asequible en comparación al resto de libros). De la misma manera, vi otros clásicos en precios relativamente asequibles (de 30 para arriba), pero el que me tentaba y me cantaba al oído “I´m sexy and I know it”  era el de los cuentos esenciales. No obstante lo anterior, no me llevé ese libro porque no patrocino empresas que financian leyes como SOPA, las cuales defienden los intereses de unos pocos en perjuicio de muchos. Como dato adicional, en aquel lugar estaba firmando libros una joven y bonita escritora de nombre Lauren Kate, autora de la saga “Oscuros” (un nuevo libro de amor para adolescentes). No conozco su prosa y no sé si será tan malo como la de los vampiros, pero bueno. No puedo criticar a quien no conozco, pero la autora se veía bonita, aunque sus libros por el contrario...

Sigamos con el viaje a la feria del libro de Bogotá. Seguí pasando a través de los estantes encontrándome con gigantescos afiches con portadas de best-sellers (los juegos del hambre por ejemplo) y con avisos del tipo “el libro más vendido”, “premio xxx” o “la novela que revolucionó…”, entre otros. Siempre he sido escéptico de los libros con gigantesca campaña publicitaria de fondo. Por lo general, estos libros terminan siendo de auto-ayuda o narraciones de dudosa calidad que recurren al bonito para-texto para poder vender sus existencias. En todo caso, pasé por el pabellón de Panamericana, que ofrecía descuentos tan exquisitos como el del libro “viajando sin papel higienico” de Daniel Tirado, que en un día normal valdría 45.000, pero que con descuento de feria su precio era de 41.000.  



Creo que con lo anteriormente narrado, ya me habré dado a entender de qué forma la cámara colombiana del libro, fomenta la lectura y la venta de los libros. En todo caso, pasaré al siguiente punto de mi visita: la conversación de Fernando Vallejo con William Ospina. Esta tuvo lugar en el auditorio José Asunción Silva, pero no la pude ver. Para empezar llegué al lugar a dizque hacer fila a las 4:15 de la tarde (45 minutos antes de empezar). El auditorio estaba cerrado mientras el citado columnista lanzaba su ya conocida diatriba contra el procurador y presentaba su libro. Fui de los primeros pendejos que hizo fila por el lado delantero del lugar. Esperé como media hora a que abrieran y de un momento a otro, un tipo dijo: “no es por este lado, es por el lado izquierdo” y me desplacé a donde estaba la supuesta fila para quedar en un puesto cercano a la puerta. Todos estábamos a la espera. Queríamos que abrieran la puerta para ver a Vallejo hablando de gramática. Pero no, la puerta nunca se abrió. Aquella masa de piel y huesos que hacía fila tenía que quedarse con la frustración de quedarse afuera. Mientras tanto, dentro del recinto, escritores como Juan Gabriel Vásquez, chicos con escarapela de prensa (hubo como 10 “periodistas” de un medio escrito), personas con escarapela del ministerio de cultura, entre otros, miraban desde adentro a los que estábamos afuera (aunque sin burlarse, sólo por curiosidad). Podría decir sin temor a equivocarme, que la mayoría de personas que estaban adentro eran gente con escarapelas o algún estatus especial que los “elevaba” sobre todos nosotros. Ningún funcionario de CORFERIAS fue capaz de decirnos que no íbamos a entrar, ni tampoco fueron capaces de organizar nada. Ah, también sacaron “por solidaridad” (así dijo la vieja desde adentro) a personas que estaban adentro y que no tenían escarapela o carnet de alguna entidad burócrata del gobierno.  

Siguiendo con la narración de los hechos, no pude entrar y me dirigí a la “pantalla gigante”, la cual estaba en una horrible posición que no permitía a muchos ver el conversatorio. En los alrededores no había NADIE organizando, por lo que todos tuvimos que posicionarnos en algún lugar donde pudiéramos ver la pantalla y escuchar lo que decían los conversadores desde adentro. No estuve mucho tiempo. No me fui por el estruendoso aguacero que nos hizo sacar la sombrilla a todos los que estábamos parados alrededor de la pantalla gigante (ya les dije, no había organización y la pantalla estaba mal posicionada), sino porque sufro de una vaina que se llama sincope neurocardiogénico (por la que básicamente empiezo a tener visión borrosa y mareos que llevan al desmayo cuando estoy entre muchedumbres, razón por la cual, nunca acudo a eventos multitudinarios). Antes de irme vi como unos dizque periodistas de RCN exigían la entrada por ser de aquella cadena, pero ninguno de los del público los dejó pasar. Para la gente que no había entrado, la ley era para todo el mundo y si la orden era que no entraba una persona más, así se tenía que cumplir. Lo mismo ocurrió con unos policías que llegaron con una asquerosa actitud de gendarmitos mandadorcitos, que amenazaron a la señora que no los dejaba pasar. Afortunadamente la gente se puso de acuerdo y no permitió que pasaran.En fin, me fui con una mala recepción de la feria del libro de Bogotá.

Como dije antes, no se fomentó ninguna venta de libros ni tampoco la lectura. Los libros tenían el mismo valor que en las librerías y de alguna forma, fueron en un elemento excluyente ya que por sus precios, no cualquiera podía obtenerlos. Ojala no salgan los escritorcitos de cuarta (como cité alguna vez en este blog) a decir que lo que ocurre es que la gente le gusta beberse la plata porque la cosa tampoco es así. 45.000 o 30.000 no los tiene cualquiera para comprar un libro nuevo. Tampoco vi muchos descuentos en los cubículos de las librerías. En este, el supuesto año de ese gran escritor llamado Rafael Pombo, me encontré con una nueva edición de sus cuentos infantiles ilustrados en 49.000, también a 36.000 y 39.000. Había unos que eran la excepción a la regla que estaban a un precio realmente asequible como era el de 12.000 o 18.000, los cuales tenían la mala fortuna de tener uno o dos cuentos nada más. Sale más barato sacar un carnet de la biblioteca y tomar prestados los libros de Pombo.

Con todo lo anterior, quiero dar a entender que esta feria de ninguna manera busca fomentar la lectura ni la venta de libros. Tampoco el encuentro con los autores (como llegué a pensar alguna vez). Simplemente es un evento comercial como cualquier otro y es les recomiendo acudir a una librería donde no le cobran los 7.000 pesos de entrada. Nunca pensé que al estar escribiendo sobre una feria del libro sólo tuviera material para hablar de los precios de los mismos o de la mala organización en lugar de escritores, novedades y recomendaciones de libros. Pero así fue y no recomiendo a nadie ir a uno de estos eventos. Están sobrevalorados. Y/o peor aún, desincentivan la lectura. 

Dedico esta entrada a aquellos anónimos que desde la entrada del auditorio José Asunción Silva aplaudieron a Fernando Vallejo sin que él lo supiera. Por todos los vericuetos que tuvieron que atravesar, por recibir las implacables gotas de lluvia sobre su cabeza y los malos tratos de los policías auxiliares y personas del staff de CORFERIAS que no tuvieron ninguna consideración por los supuestos lectores a quienes iba dirigido este evento, quise escribir esta entrada.  

Algunos links:
-http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-340857-alarma-ley-del-libro 


[1] http://www.feriadellibro.com/pagina.cfm?StrIdioma=es&IntIdioma=1&IDPagina=6435&IDSeccion=998



Imagenes tomadas de: 
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEinMkAZkDwEtPPU-A4A4DU-K_6fXVQQOjH9MHerqozNf-hlLGOh0fcslzKc4eXrktzNWu6_JJYjaQmcQw2A4kEq2IHfg5isTQZcnAOi-H54gZ-UenGHGI01w87miTmY2dmV5Z83VN1Efa0/s1600/libro.jpg
http://www.cm-pvarzim.pt/groups/staff/conteudo/imagens-gerais/cultura/correntes-d-escritas-2007/fotos-dos-escritores/nelida-pinon.jpg


ACTUALIZACIÓN

Si algo interesante tuvo la feria del libro, fueron los blogueros del espectador. Aunque la mayoría de entradas me parecieron insulsas y no compartí algunas de las apreciaciones que hacían, como por ejemplo que era una súper promoción promoción la venta de tres libros en 60.000 (o algo por el estilo, ya que cuando estuve en Nueva York, me hice con un ejemplar de los poemas y narraciones de Edgar Allan Poe en 7 dólares), hubo entradas que me parecieron geniales como las que cité al final del texto o esta a la que le hago un especial hincapie:

http://blogs.elespectador.com/elinvitado/2012/05/01/el-ocaso-del-libro/

Les voy a traer un par de citas que me parecen, la manera más acertada de referirse a la (dizque) feria del libro, invitándolos (aunque aquella entrada tenga más visitas que este blog en toda su historia) a que la lean:

"Pero al entrar a la FILBo, donde precisamente abundan aquellos objetos físicos en cantidades industriales, la lectura se instala en una suerte de limbo. Si no contamos el pabellón infantil y juvenil, donde su organización física demuestra que aún entienden que vender libros es también fomentar y permitir la experiencia que ellos generan, la lectura brilla por su ausencia. No puedes mirar los libros con calma, quizás sentarte una media hora y leer uno (sin importar si lo vas a comprar o no), curiosear sin tener encima los ojos inquisidores de un vendedor. Es una muestra de los hábitos actuales de gran parte de los lectores en formación: instantáneo, masivo, desechable."

"Asistir a la FILBo no es propiciar un espacio con el libro, no es permitir el encuentro con una -o muchas- ideas (escrita, gráfica, ilustrada), es pagar la entrada a un almacén de cadena para comprar los alimentos que están en oferta, antes de que su fecha de expiración se cumpla."

lunes, 7 de noviembre de 2011

La conspiración septembrina según Fernando Vallejo

Extraído de Almas en Pena Chapolas negras



Los jesuitas, por supuesto, volvieron (esa roña persistente vuelve siempre) y la Iglesia recuperó lo perdido, a partir de los gobiernos de Caro y su compinche Nuñez, o sea los de la Regeneración, ¿Regeneración? ¿Habrase visto mayor impudicia? ¿Qué regeneraron? Llamar <<regeneración>> a eso es como llamar a Bolívar <<Libertador>>. ¿De qué nos libertó? ¿De los tinterillos? ¿Del clero? Pensó ese granuja cobarde que nosotros, Colombia entera, los que pusimos los ríos de sangre, éramos los comparsas de su gloria, y a la primera ocasión que pudo cruzar su espada con alguien (en la <<nefasta>> noche septembrina, que en realidad está mal llamada pues es luminosa ya que hizo resplandecer la verdad, su cobardía) saltó por un balcón y huyó. Huyó mientras Manuelita Sáenz, su mujer, entretenía a los conspiradores y le cubría con sus faldas la huida. Yo de niño siempre tuve mucha curiosidad por ver de dónde es que había saltado. ¿Saltó siquiera de cinco metros de altura? ¿De dos? ¿De tres? ¡Qué tres! Cuando mi papa me llevó a Bogotá a conocer el balcón ¿saben cuánto tenía? Si acaso un metro.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El juicio contra el presunto presbítero pedófilo colombiano del Siglo XIX



El siglo XIX fue un extraño momento bizarro (en su significado anglo, no español) en la vida de la Nueva Granada (alias Colombia); ya que en él, se dieron situaciones inverosimiles como la separación (alias independencia) de España, las no se cuantas constituciones y la apoteosis de proceres de cartón, que desembocaron (por muchisimas razones que no vienen a cuento) en una continua serie de guerras y leyes, que llevaron a esa Granada naciente a los primeros puestos del subdesarrollo, ¡ah! y a la proliferación de los leguleyos. Teniendo en cuenta lo anterior, es entendible la poca atención que le dan los libros de historia a situaciones que hoy en día darían dias enteros de cubrimiento en las noticias (amarillistas?) de los canales de televisión privada. Bueno y pública también...qué le hacemos. 

Lo anterior, lo traigo a colación ya que en estos días he estado leyendo el libro escrito por Fernando Vallejo  Almas en pena chapolas negras”, donde se relatan los acontecimientos de la vida de José Asunción Silva y donde el autor se permite un par de licencias para comentar eventos insólitos que ocurrían mientras el poeta caminaba por este mundo. Uno de ellos y pues bueno, el que traigo a colación, es el del juicio por pedofilia (en esa época al parecer se llamaba corrupción a menores según parece) contra Tomás Escobar, presbítero y (según entiendo) rector del liceo donde estudió Silva y donde al parecer, gustaba de dar actitud positiva a sus estudiantes con positivos besos en la boca y además de esto, cuidaba de la integridad de los mismos, como centinela, en la cama de los pequeños.

Como no quiero quitarles más tiempo con un supuesto prólogo corto, los dejo con el maestro Fernando Vallejo y este extracto del libro que cite anteriormente donde cuenta las peripecias de este caso:   

Empecemos por ver a Silva de niño en lo poco que nos quedó de su niñez: tres fotos; una medalla ganada en el colegio; unas tarjetas limpias, nítidas, dibujadas por él; y unos difusos recuerdos de otros que lo conocieron y los consignaron por escrito décadas después, ya andando este siglo nuestro que no fue el suyo…

La medalla se la dieron en uno de los tres colegios en que estudió: el Liceo de la Infancia del eminentísimo don Ricardo Carrasquilla, compañero de tertulia literaria de Ricardo Silva y escritor; el Colegio de San José de Luis María Cuervo, hermano de Rufino José, el más grande filólogo de este idioma; y un segundo Liceo de la Infancia, el del presbítero tartufo y sodomita «señor doctor» Tomás Escobar como lo llama a todo lo largo y ancho de su verboso alegato Carlos Martínez Silva, abogado defensor, quien lo sacó absuelto del cargo de corrupción de menores con una poderosísima razón: «Ni es solo el señor doctor Escobar el directamente interesado en este juicio. Si, como no lo temo, llegare él a ser condenado por vosotros, conjuntamente serían heridos con él gran número de jóvenes de familias muy respetables, llamados a representar papel importante en nuestra sociedad. A todos ellos alcanzaría la mancha que se ha pretendido arrojar sobre el que fue su preceptor y maestro. ¡Y qué puñalada, señores, para el corazón de sus madres, y qué mengua para la patria, y que golpe para la moral pública, y que amarga decepción para cuantos aman el bien y tienen fe en el predominio de la virtud!». Esto en buen español se llama chantaje, que viene del francés «chanter», cantar. ¡Y qué bien que canto el «doctor» Martínez Silva, dio el do de pecho! Absuelvan señores jurados o van a decir que la sociedad bogotana es marica. Lo cual es la exactísima verdad, aunque no tanto pero no tan poquito. La misma hipocresía de todas partes. Aparte del proceso al padre Escobar, sólo conozco otra cosa que le haya causado tanto terror a la sociedad bogotana: el amor de Silva por su hermana. Todos corrieron a defenderlo de eso, como si les fuera algo en ello. Yo como nunca le pongo calificativos al amor y nunca digo amor homosexual, amor incestuoso…El amor es el amor, carajo.

La causa contra el presbítero Escobar, «única en nuestros fastos judiciales» como empezaba diciendo en su alegato  el doctor Martínez Silva, es una novelita apasionante. Si la vida de Silva o lo fuera más, la dejaría aquí en este punto para seguir con ella. ¡Lodo es lo que salpicó! A tutti quanti: al presbítero Escobar o al acusado; a José María Vargas Vila el acusador; y a los angelitos del colegio o coparticipes que pecaban dormidos. El escandalo lo desato un articulo del semanario La Actualidad  titulado «El camino de Sodoma», que incluía dos cartas cruzadas entre el director del mismo Juan de Dios Uribe y el denunciante José María Vargas Vila. El presbítero Tomás Escobar, como todo cura que ser respete y coma callado, era conservador; La actualidad era liberal, y liberal recalcitrante, radical. Rafael Núñez acababa de llegar a la presidencia apoyado por una coalición de conservadores papistas y liberales desteñidos, en oposición abierta a los liberales radicales. Así pues, lo que en realidad había detrás del juicio al padre Escobar era un juicio al nuevo régimen. La vieja hipocresía atacando a la nueva en nombre de una misma mentira, de una misma dizque moral.

Vargas Vila había sido pasante en el liceo de la Infancia, en el que aspiraba a llegar a ser vicerrector, hasta que el rector, el cura Escobar, lo despidió. En venganza le promovió el proceso. Pero si alguien tenía cola que le pisara era él, este indito feo y bajito, bajito y anónimo, anónimo y malo. Y he aquí lo que de él salio a relucir en el proceso, el testimonio de sus superiores de cuando andaba de militar: «Pero lo que sí consta por las declaraciones del señor capitán Carlos Morales, del señor Coronel Ramón Acevedo y de otros jefes del batallón 2º de línea, es que siendo Vargas Vila habilitado de aquel cuerpo se alzó con los fondos puestos bajo su custodia, y que los oficiales del batallón se vieron en la necesidad de cotizarse para cubrir las raciones atrasadas. Asimismo consta que entre los soldados del cuerpo en que Vargas Vila figuraba, corrían como muy válidas acusaciones terribles contra las costumbres depravadas de este mozo, quien apoyándose simplemente en conjeturas, se presenta ahora como censor severo de las mismas faltas de que él aparece responsable. Sabemos también, por las personas ya citadas, que Vargas Vila, ese mismo que ciño la espada y uso charreteras, solía disfrazarse de mujer y salir de noche por las calles, ya puede adivinarse con qué objeto. ¿Qué de extraño tiene, pues, que quien así deponía su traje viril y con él la espada que la república había confiado para su honor, para disfrazarse con las galas y afeites de las mujeres perdidas, remedara también el traje y las maneras de caballero, a fin de introducirse en la confianza del señor doctor Escobar y calumniarle después?».

¿En el Bogotá de mil ochocientos y tantos? ¡Qué divertido, no lo puedo creer! Ni puedo creer tampoco que el presbítero señor doctor Escobar se les pasara a las camas en su internado a sus educandos, como consta en autos que se le pasó a la del niño de 15 años Ernestico Rasch, que estaba según dice éste «entre dormido y despierto» a hacerle un examen de no sé qué (me imagino que de anatomía moral). Y he aquí en extracto la declaración del joven Manuel Restrepo, quien primero defendió al presbítero con una carta de apoyo firmada por él y otros ex condiscípulos del liceo, entre los cuales Silva, pero de la cual después se retracto:
        
«Un día el padre Escobar me dijo que estaba enfermo, que lo acompañara a su cuarto, a lo cual accedí para cerciorarme de los hechos (sic). Pocos momentos después paso él a mi cama y trató de hacer conmigo lo que hacía con los otros, a lo cual opuse resistencia digna de un hombre, y tuve hasta que darle unos pescozones. Éste fue el motivo por el cual salí de su colegio, y estos mismos motivos me obligaron a retirar mi firma que por humanidad puse en la manifestación hecha al clérigo Escobar». ¡Pobre padre Escobar, tratado por las malas como a cualquier masoquista o Cristo! Y punto y aparte señor secretario del juzgado que este párrafo va muy largo y pasemos a otra declaración.

A la del joven Simón Herrera quien declara, libre de polvo y paja, que en cierta ocasión el señor doctor Escobar «le llamó y en su presencia le incitó a que cometiera un acto infame con uno de sus condiscípulos, a lo cual se presto el declarante». ¿Con quién? Con su condiscípulo Antonio José Caicedo, quien sin embargo negó los hechos. En fin, salio untado declarando hasta un De Brigard, Arturo, que cuando el proceso ya era padre de familia. Y en la carta de apoyo al presbítero que firmó Silva con otros ex alumnos, aparecen otros dos De Brigard, hermanos sin duda del anterior.

«Señor doctor D. Tomás Escobar. Presente. Estimado doctor y amigo: La amistad y la justicia nos imponen el deber de hacer pública manifestación de los sentimientos que abrigamos respecto de usted, nuestro antiguo institutor. Habiendo sido alumnos internos o seminternos de su colegio, habiendo como tales vivido en su intimidad, y habiendo también viajado muchos de nosotros en su compañía, hemos podido apreciar su sólida piedad, su conducta intachable y el interés con que siempre ha mirado la educación moral e intelectual de sus alumnos. Quien sabe, como nosotros, cuales han sido sus precedentes, y está persuadido de que de algo han de servir los de una persona para juzgar su conducta, en cualquier época de la vida, puede dar el testimonio que nosotros tenemos el gusto y la honra de dar, a favor de nuestro venerado y querido institutor». Siguen la fecha (Bogotá, Septiembre 6 de 1884) y 35 firmas entre las cuales las de Silva, Manuel Restrepo, J.B. de Brigard y Camilo de Brigard.

José María Vargas Vila, el futuro polemista sin par y el mejor de nuestros «panfletarios», autor además de Ibis y Flor de Fango y veinte novelas más ardientes de lujuria por la mujer, y acusador en 1884, y 1885 del presbítero Escobar, era lo que se llamaba en ese siglo inefable un sodomita y en éste homosexual. En cuanto al acusado, el señor doctor Escobar, igual: homosexual. Y ambos un par de hipócritas enredados como mosquitas muertas en la telaraña de su mentira común. El presbítero Escobar venía del pueblo de Fredonia, Antioquia y tenia 35 años cuando el proceso (o sea, era un viejo), y la muy arraigada costumbre de besar a sus educandos en la boca con ternura paternal. Yo no sé si estos besitos en la boca sean buenos o sean malos, si están bien o mal, ni si el amor de silva por su hermana  iba más allá de no sé qué limites permitidos por la moral. Jamás he podido entender dónde están las fronteras marcadas. En la imposibilidad de distinguir el bien del mal por eso no me confieso. Para mí o todo es pecado, o nada.