Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de junio de 2016

El novelista y el político - Leon Trotsky (1935)



Nota mía: Este texto que les traigo hoy tiene varias particularidades. Para empezar es una traducción mía del francés, que a su vez es una traducción del texto original publicado en “The Atlantic Monthly” en inglés. La fuente de la que lo extraigo es el libro “Voyage au bout de la nuit critiques 1932 – 1935” de la editorial IMEC. Éste trae por título “Céline et Poincaré”,
aunque el original sea “el novelista y el político”, y supongo que lo es porque un personaje como Poincaré es fácilmente reconocible por los franceses, pero no tanto por los ajenos a ese país. Por ello el que traduzco como título es aquel de lengua inglesa.  Espero les guste.


Louis-Ferdinand Céline ha entrado en la gran literatura como otros penetran en su propia casa. Hombre maduro, equipado de la vasta provisión de observaciones del médico y del artista, con una soberana indiferencia desde el punto de vista del academicismo, con un sentido excepcional de la vida y de la lengua; Céline ha escrito un libro que seguirá vivo sin importar que llegase a escribir otros de ese mismo nivel. Viaje al final de la noche, novela del pesimismo, fue dictada más por el pavor frente a la vida y por la lasitud que ella ocasiona, que por rebelión; puesto que una rebelión activa está liada a la esperanza y en el libro de Céline, eso no existe.

Un estudiante parisino, descendiente de una familia humilde, razonador, antipatriota y semi-anarquista (de esos de los cuales están llenos los cafés del Barrio Latino), se mete de voluntario contra su propio pronóstico desde el primer toque de corneta. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a desear la suerte de los caballos que mueren como seres humanos pero sin frases rimbombantes. Después de haber recibido una herida y una medalla, pasa por diferentes hospitales donde los médicos espabilados lo persuaden de regresar lo más rápido posible “al ardiente cementerio del campo de batalla”. Enfermo, deja la armada y se va para una colonia africana donde se asquea de la bajeza humana y queda exhausto por el calor y la malaria tropical. Enseguida llega clandestinamente a los Estados Unidos, donde trabaja en una fábrica de Ford y encuentra compañía fiel en la persona de una prostituta (donde encontramos las páginas más tiernas del libro). De regreso en Francia, se convierte en doctor de los pobres y herido en su alma, empieza a vagar en la noche de la vida entre los enfermos y los sanos igualmente lamentables, depravados e infelices.

Céline no se propone de ninguna manera hacer un memorial de agravios de las condiciones sociales en Francia. Es verdad que en el pasaje él no trata con consideración ni el clero, ni los generales, ni los ministros, ni siquiera el Presidente de la República. Sin embargo, su relato tiene lugar mucho más abajo de esas clases dirigentes, entre la gente humilde, los funcionarios, estudiantes, comerciantes, artesanos y porteros;  además, él se transporta en dos ocasiones por fuera de las fronteras francesas.  Él constata que la estructura social actual es tan mala como cualquiera otra pasada o futura. En su conjunto, Céline está descontento de las gentes y de sus acciones.

La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de sus golpes, de sus mentiras, sin salida ni tampoco un rayo de esperanza. Un suboficial atormentando los soldados antes de sucumbir con ellos; una rentista estadounidense que pasea su futilidad por los hoteles de Europa, unos funcionarios coloniales franceses embrutecidos por su codicia; Nueva York y su indiferencia automática vis a vis de unos individuos sin dólares, su arte de desangrar los hombres hasta su última gota; de nuevo París, el pequeño mundo mezquino deseoso de eruditos; la muerte lenta, humilde y resignada de un niñito de siete años; la tortura de una chiquilla; pequeños rentistas virtuosos que por economía, matan a su madre; un sacerdote de París y otro del rincón más profundo de África preparados, uno como el otro, a vender a su prójimo por cualquier puñado de centavos (uno aliado a los rentistas civilizados, el otro a los caníbales)… de capítulo en capítulo, de página en página, los fragmentos de la vida se ensamblan en una absurdez sucia, sangrante y pesadillesca. Una vista pasiva del mundo con una sensibilidad a flor de piel, sin aspiraciones hacia el futuro. Este es el fundamento psicológico del desespero, un desespero sincero que se debate dentro de su propio cinismo.

Céline es un moralista. En auxilio de los procesos artísticos, contamina paso a paso todo aquello que, habitualmente, goza de la más alta consideración: los valores sociales bien establecidos, desde el patriotismo hasta las relaciones personales y el amor. ¿La patria está en peligro? “la puerta no es tan grande cuando se quema la casa del propietario… de todas formas, tocará pagar”. No necesitamos de criterios históricos. La guerra de Dantón no es más noble que la de Poincaré: en los dos casos, “la deuda del patriotismo” ha sido pagada con sangre. El amor está envenenado por el interés y la vanidad. Todos los aspectos del idealismo no son sino “unos instintos mezquinos revestidos de grandes palabras”. Hasta la imagen de la madre no tiene su gracia: cuando ésta se encuentra con el hijo herido, ella “lloraba como una perra a quien le habían entregado sus cachorros, pero ella no era menos que una perra, porque había creído en las palabras que le habían dicho los que le habían quitado a su hijo”.  

El estilo de Céline es subordinado a su percepción del mundo. A través de ese estilo rápido que pareciese descuidado, incorrecto, apasionantemente vivo, brota y palpita la riqueza real de la cultura francesa, la experiencia afectiva e intelectual de una nación grande en toda su riqueza y sus más finos matices. Al mismo tiempo, Céline escribe como si él fuera el primero en batirse en duelo con el lenguaje. Este artista sacude de arriba a abajo el vocabulario de la literatura francesa. Como la bola en el aire, caen los giros lingüísticos utilizados. Por el contrario, las palabras proscritas por la estética académica o la moral se revelan irremplazables para expresar la vida en su tosquedad y bajeza. Los términos eróticos no sirven sino para marchitar el erotismo; Céline los utiliza de la misma manera que las palabras que designan las funciones fisiológicas no reconocidas por el arte.

Desde la primera página de la novela, el lector se encuentra de improvisto con el nombre de Poincaré: el Presidente de la República (como nos hace saber un número reciente de Temps) fue, una mañana, a inaugurar una exposición de cachorritos. Este detalle no es inventado. El último número de Temps recibido en Prinkipio me muestra esta noticia: “el señor Albert Lebrun,  Presidente de la República, acompañado del coronel Rupied, de su estado mayor, ha visitado esta mañana la exposición canina”.  Claro, ésa es una de las funciones de un presidente de la República y no hay nada que decir al respecto. Para Céline, este malvado articulito no tiene por fin, manifiestamente, glorificar el jefe de Estado. En general puede ser difícil para un frenólogo un átomo de respeto en la obra de este novel autor.

No obstante, el expresidente Poincaré, el más prosaico, seco y el más insensible de todos los hombres de Estado de la República, se encuentra siendo su político más autoritario. Desde su enfermedad, él se convirtió en sagrado. Desde la derecha a los radicales, nadie es capaz de citar su nombre sin agregar algunas palabras de reconocimiento patético. Sin lugar a dudas, Poincaré es un producto puro de la burguesía, tal como la nación francesa es la más burguesa de las naciones, orgullosa de su carácter burgués, fuente, según ella, de su rol providencial frente al resto de la humanidad. Bajo apariencias refinadas, la arrogancia de la burguesía francesa es como un sedimento patentado a través de los siglos. Los hombres de antes (aquellos que tenían una gran misión histórica) heredaron a sus descendientes una rica colección de ornamentos que sirven para disfrazar el conservatismo más pertinaz. Toda la vida política y cultural de Francia tiene lugar en los vestidos del pasado. Como dentro de los países que viven con una economía cerrada, los valores ficticios tienen, en la vida francesa, un camino forzoso. Las formulas del mesianismo emancipador, indiferentes desde hace un buen tiempo de la realidad, conservan una cota elevada. Pero si el rojo y el polvo del arroz sobre un rostro pueden ser considerados como hipocresía, una máscara no es más una falsificación: es simplemente un arma. La máscara existe independientemente del cuerpo en el que los gestos y la voz son sumisos.



Poincaré es prácticamente un símbolo social. Su alta representatividad constituye una personalidad. Él no tiene más que eso. Tanto en sus poemas de juventud (porque fue joven alguna vez), como en sus memorias de vejete, no es posible encontrarle una sola nota personal. Su verdadera muralla moral, la fuente de su énfasis helado, son los intereses de la burguesía. Los valores convencionales de la política francesa han penetrado su carne y su sangre. “Yo soy burgués y nada de lo burgués me es extraño”. La máscara política se adhiere a su rostro. La hipocresía toma un carácter absoluto y se convierte en una especie de sinceridad.

El gobierno francés está prendado de la paz afirma Poincaré, quien es incapaz de pensar que su adversario pueda tener segundas intenciones. “Magnifica confianza de un pueblo que viste a los otros de sus propias virtudes”. Esto no es más hipocresía, ni una falsificación subjetiva, sino el elemento obligatorio de un ritual, como la garantía de sentimientos abnegados en lo bajo de una carta pérfida. El escritor alemán Emil Ludwig, en los tiempos de la ocupación de Ruhr, preguntaba a Poincaré: “¿Piensa usted que nosotros no queremos o no podemos pagar?” Poincaré respondió “nadie paga voluntariamente”. En julio de 1931, Bruning por telegrama solicitó ayuda a Poincaré y recibió como respuesta “sepa sufrir”. El incorruptible notario de la burguesía no conoce la piedad.

Pero si el egoísmo individual, más allá de un cierto límite comienza a devorarse él mismo, también lo hace por el egoísmo de la clase conservadora. Poincaré quería crucificar Alemania con el fin de liberar a Francia, de una vez por todas, de toda preocupación. Sin embargo,  las tendencias chovinistas suscitadas por el Tratado de Versalles (criminalmente suave a los ojos de Poincaré) se cristalizaron, en Alemania, bajo la siniestra figura de Hitler. Sin la ocupación de Ruhr, los nazis no hubiesen llegado fácilmente al poder, ni Hitler en el poder hubiese abierto la perspectiva de nuevos combates.

La ideología nacional francesa está construida bajo el culto de la claridad, es decir, de la lógica. Pero no esa lógica decididamente efectiva del siglo XVIII que asombró al mundo. Es la lógica avara, prudente, lista a cualquier compromiso de la III República. Con la misma altivez condescendiente según la cual los viejos maestros explican los procesos de su trabajo, Poincaré en sus memorias habla de “esas difíciles operaciones del espíritu: la decisión, la clasificación, la coordinación”. Operaciones incontestablemente difíciles. De todas formas, Poincaré no las efectúa en el espacio de tres dimensiones del proceso histórico, sino en el espacio a dos direcciones de los documentos. La verdad, para él, no es sino el resultado del procedimiento judicial, una “razonable” interpretación de los tratados y las leyes. El racionalismo conservador que dirige Francia es tributario de Descartes, un poco como la escolástica medieval lo es de Aristóteles.  

La glorificación del “sentido de la mesura” devino en el sentido de la “pequeña” mesura; el pensamiento tiende a romperse en mosaico. ¡Con qué amorosa minucia Poincaré no describe los mínimos aspectos de la labor gubernamental! Habiendo recibido del rey de Dinamarca la Orden del Elefante blanco, él lo describe como si se tratara de una miniatura preciosa: dimensiones, forma, dibujo y color de esa ridícula baratija, nada es olvidado en sus memorias. Con todos los detalles de un proceso verbal de policía, Poincaré se describe en un concurso hípico en compañía de una pareja real británica. El público, “dirigido hacia las tribunas, olvida las apuestas, desatiende los caballos y mira de reojo con insistencia“. ¡Desatender los caballos en favor del rey y del presidente debe caracterizar la intensidad del patriotismo!

El estilo literario de Poincaré no tiene vida, como la sepultura más vieja de los faraones. Las palabras le sirven ya sea para determinar la cifra de las reparaciones o para componer una ornamentación retórica. Él compara su estadía en el Palacio del Eliseo con la reclusión de Silvio Pellico en las prisiones de la monarquía austriaca. “En esos salones de banalidad dorada, nada habla a mi imaginación”. Pero esa banalidad dorada es el estilo oficial de la III República. En cuanto a la imaginación de Poincaré, es una sublimación de ese estilo. Sus artículos y sus discursos hacen pensar en un esqueleto de alambre de espinas, cubierto de flores de papel y escama dorada.

Mientras la guerra amenazaba, Poincaré volvía por mar de San Petersburgo a Francia; no le faltó la ocasión en esa crónica inquieta de su viaje, de pintar la siguiente estampa: “el mar azul, casi desierto, indiferente a los conflictos humanos”. Él escribía exactamente de la misma manera, palabra por palabra, como en sus exámenes de cuando terminaba sus estudios en el liceo. Cuando Poincaré habla de sus preocupaciones patrióticas, él cuenta el paisaje, todas las variedades de flores que ornamentan la villa de su retiro: ¡entre un telegrama cifrado, una entrevista telefónica y un catálogo de florista! O más aún, en los momentos más críticos aparece un gato siamés, símbolo de la intimidad familiar. Es imposible leer sin sentirse sofocado por ese proceso verbal autobiográfico. No hay personajes vivos, no hay sentimientos humanos, sino un mar “indiferente”, unos plátanos, unos olmos, unos jacintos, unas palomas y un obsesionante olor a gato siamés.



La vida tiene dos caras, una ostensible y oficial dada para toda la vida y otra secreta, que es la más importante. Ese desdoblamiento es sensible tanto a las relaciones privadas como a las sociales en la familia, en el colegio, en la sala del Palacio de Justicia, en el Parlamento, en la diplomacia.  Lo encontramos en el desarrollo contradictorio de la sociedad humana y naturalmente de todas las naciones y pueblos civilizados. Las formas propias a ese desdoblamiento, las pantallas y las máscaras que se usan están teñidas de vivos colores nacionales. En los países anglosajones, el elemento principal de ese sistema de dualidad moral es la religión. Francia se priva oficialmente de ese recurso importante. Entonces mientras la francmasonería británica es incapaz de concebir un universo sin Dios, un parlamento sin rey y una propiedad sin propietario, los masones franceses tacharon “el Gran Arquitecto del Universo” de sus estatus. En los asuntos políticos y en las intrigas, las mentiras son más eficaces cuando son más grandes: faltar a los intereses terrestres en favor de una problemática celestial, es haber ido al encuentro de la lucidez latina. Sin embargo, los políticos, tal como Arquímedes, han necesitado de un punto de apoyo: ha tocado remplazar la voluntad del “Gran Arquitecto” por valores de origen distinto. El primero fue Francia.

En ningún lado hablamos tan fácilmente de la “religión del patriotismo” que en esa república laica. Todos los atributos de los cuales, la imaginación humana gratifica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, los burgueses franceses los transfieren a su propia nación. Y como Francia es de género femenino, ella reviste de un solo golpe los rasgos de la Virgen María. El político aparece como un sacerdote laico de una divinidad secularizada. La liturgia del patriotismo desarrollada con la última perfección, constituye un capítulo indispensable del ritual político. Es de palabras y giros que, en el Parlamento, se provocan automáticamente los aplausos, tal como las palabras litúrgicas para los creyentes: apelando a la genuflexión y a las lágrimas.

Sin embargo hay una diferencia: el dominio de la auténtica religión tiene su propia existencia y es distinto de aquel de las prácticas cotidianas. Gracias a una delimitación estricta de las competencias, su encuentro es tan poco probable como una colisión entre un carro y un avión. Al contrario, la religión laica del patriotismo se enfrenta directamente a la política del día a día. Los apetitos privados y los intereses de la clase se oponen, a cada paso, al patriotismo puro. Por suerte, los adversarios están bien educados y más aún, están realmente unidos a una garantía común que los hace apartar la vista cada vez que hay un caso espinoso. La mayoría gubernamental y la oposición responsable respetan voluntariamente las reglas del juego político. La principal se enuncia así: tal como el movimiento de los cuerpos está sumiso a las leyes de la gravedad, la acción de los políticos está sumisa al amor a la patria.

Sin embargo, el sol del patriotismo tiene también sus manchas. Un exceso de indulgencia reciproca engendra un sentimiento de impunidad y abole las fronteras entre lo loable  y lo reprensible. Entonces se acumulan los gases mefíticos que de un momento a otro explotan y envenenan la atmosfera política. El crac de la Unión General, Panamá, el Affaire Dreyfus, el Affaire Rochette, el Crac Oustic constituyen unas etapas memorables de la III República. Clemenceau se encontró salpicado por el Crac de Panamá. Poincaré, personalmente, supo siempre estar al margen, pero su política se servía de las mismas fuentes. No sin razón, él declaraba tener por maestro de la moral a Marco Aurelio cuyas virtudes estoicas no se acomodaban mal a la moralidad del Imperio Romano en decadencia.
“Durante los seis primeros meses de 1914, se queja Poincaré en sus memorias, yo tuve, delante de los ojos, un sórdido espectáculo de intrigas parlamentarias y escándalos financieros”.  Pero la guerra, es evidente, barrió de un solo golpe las codicias privadas. “La Unión Sagrada” purificó los corazones. Eso significa que las intrigas y los timos desaparecieron entre los entresijos patrióticos para tomar una amplitud nunca esperada. Además el resultado de la guerra en el frente, se volvió problemático y además, según Céline, la defensa se pudría. La imagen de París durante la guerra está trazada, en su novela, con un trato despiadado.  De la política no hay mucho, pero sí del mantillo viviente del que se ella se alimenta.

Que se tratase de escándalos judiciales, financieros o parlamentarios, su carácter orgánico en Francia, salta a la vista. De la tenacidad, de la parsimonia del campesino y el artesano, de la prudencia del comerciante y del industrial, de la codicia ciega del rentista, de la cortesía del parlamentario, del chovinismo de la prensa, de los innombrables hilos llevados a nudos que siempre tuvieron un nombre genérico: Panamá.  Dentro de los entrelazos de sus relaciones, unos servicios, unas mediaciones, unos sobornos camuflados, hay miles de formas intermediarias entre el civismo y el negocio turbio. Tan pronto como un caso doloroso mermaba el irreprochable tegumento de la anatomía política (sea cual sea el lugar y el momento), parecía necesario de dar rienda suelta a una investigación parlamentaria o judicial. Pero entonces surgía una dificultad: ¿por dónde comenzar y por dónde terminar?    

Simplemente porque Oustric cayó en bancarrota de manera inoportuna, descubrimos que este argonauta, hijo de pequeños garroteros, manejaba a algunos deputados, periodistas, antiguos ministros y embajadores, los cuales le servían como mandaderos, bajo sus nombres o bajo algún testaferro. También que los papeles favorables al banquero atravesaban los ministerios a la velocidad de la luz, mientras que los papeles que lo podían dañar se demoraban en el camino hasta que se volvían inofensivos. Gracias a los recursos de su imaginación, a sus relaciones mundanas, a la complicidad de los periódicos, ese mago de las finanzas hizo fortunas y tuvo en su mano el destino de miles de personas, comprando (que palabra tan grosera, pero intolerantemente cierta), recompensando, manteniendo, estimulando y fomentando la prensa, los funcionarios y los parlamentarios. Y casi siempre bajo una forma imperceptible. Y entre más se desarrollaban los trabajos de la comisión investigadora, más se volvía evidente que la instrucción no tenía final.  Ahí donde esperábamos encontrar delitos, no aparecían sino relaciones anodinas entre la política y las finanzas. Ahí donde buscábamos el foco de la infección, no había sino tejido sano.

En calidad de abogado, X… defendía los intereses de las empresas de Oustric; en calidad de periodista, él preconizaba el sistema aduanero, el cual coincidía con los intereses de Oustric; en calidad de representante del pueblo, él se especializaba en el examen de las tarifas aduaneras. ¿Y en calidad de ministro?...La comisión se ocupó sin fin de la cuestión de saber si X…, como ministro, continuaba recibiendo sus honorarios de abogado o si en el intervalo de dos crisis ministeriales, su consciencia seguía siendo de cristal. ¡Qué pedantería moral dentro de la hipocresía! Raoul Péret, expresidente de la Cámara de Deputados, candidato a la presidencia de la República, se reveló era candidato de criminales de derecho común. Y sin embargo, en su profunda corrección, procedía “como todos los otros”, posiblemente con un poco menos de prudencia y en todos los casos con un poco menos de suerte. “¡El telón!” gritan los patriotas, sorprendidos. El telón ha bajado. De nuevo se establece el culto de la virtud y la palabra “honor” provoca una salva de aplausos en los asientos del Palais-Bourbon.

Sobre el fondo del “inmutable espectáculo de las intrigas parlamentarias y de los escándalos financieros”, tal como decía Poincaré, la novela de Céline reviste un doble significado. No es por azar que la prensa bien pensante que en su tiempo se indignaba de la publicidad dada al caso Oustric, acusó inmediatamente a Céline de difamar a la “nación”. La comisión parlamentaria había llevado su investigación con un lenguaje cortés de iniciados, en el cual no se descartaban acusados ni acusadores (la línea de división de las aguas entre ellos no estaba todavía muy clara). Céline es libre de toda convención. Él rechaza brutalmente los colores vanos de la paleta patriótica. Él tiene sus propios colores que ha arrancado de la vida, en virtud de los derechos del artista. Es verdad que no tenía contacto con la vida desde la clase parlamentaria, ni desde de las altas esferas gubernamentales, sino desde sus más comunes manifestaciones. Su tarea no era por ello más fácil. Él desnuda las raíces. Levanta los velos superficiales de la decencia, él deja en evidencia el barro y la sangre. En su panorama siniestro, el asesinato por un triste beneficio pierde su carácter excepcional: él es tan inseparable de la mecánica cotidiana de la vida transformada por el provecho y la codicia, como el caso Oustric lo es de la mecánica más elevada de las finanzas modernas. Céline muestra lo que es. Es por ello que él parece un revolucionario. Pero Céline no lo es ni lo quiere ser. Él no apunta al fin, para él quimérico, de reconstruir una sociedad. Él quiere solamente arrancar el prestigio que rodea todo aquello que lo asusta y lo atormenta. Para curar su consciencia delante de las angustias de la vida, este médico de pobres necesitó de nuevas reglas estilísticas. Él se reveló como un revolucionario de la novela. Y tal es en general la condición del movimiento del arte: un choque de tendencias contradictorias.




No solamente se desgastan los partidos en el poder, sino también las escuelas artísticas. Los procesos de la creación se agotan y cesan de herir los sentimientos del hombre: el signo más certero que la escuela está lista para el cementerio de las posibilidades agotadas, es decir para la Academia. La creación viva no puede ir desde atrás sin desviarse de la tradición oficial, de las ideas y sentimientos canonizados, de las imágenes y giros untados de la laca de la costumbre. Cada nueva orientación busca una conexión más directa y más sincera entre las palabras y las percepciones. La lucha contra la simulación dentro del arte se transforma siempre, más o menos en una lucha contra la mentira de las relaciones sociales, ya que es evidente que si el arte pierde el sentido de la hipocresía social, caería inevitablemente en la preciosidad.

Entre más rica y compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es la ruptura. La fuerza de Céline reside en el hecho que con una tensión extrema, rechaza todos los cánones, transgrede todas las convenciones y no contento con desvestir la vida, le arranca la piel. De ahí la acusación de difamación. Pero precisamente negando violentamente la tradición nacional, Céline es profundamente nacional. Como los antimilitaristas de la preguerra que eran los patriotas más desesperados, Céline, francés hasta la médula, retrocede delante de las máscaras oficiales de la III República. El “celinismo” es un antipoincarismo moral y artístico. En ello reside su fuerza, pero también sus límites.  

Cuando Poincaré se compara a Silvio Pellico, esa fría combinación de fatuidad y mal gusto es estremecedora. Pero el verdadero Pellico, no aquel de Poincaré encerrado en un palacio en calidad de Jefe de Estado, sino aquel que tiraron al calabozo de Santa Margarita y Spielberg por su calidad de patriota, ¿no nos hace descubrir otro aspecto, más elevado, de la naturaleza humana? Dejando de lado a ese italiano católico y practicante (más bien víctima que combatiente), Céline hubiera podido recordarle al alto dignatario “prisionero del Palacio del Eliseo”, “a otro prisionero” que pasó cuarenta años dentro de las prisiones francesas antes de que los hijos y los nietos de sus carceleros le dieran su nombre a un boulevard parisino: Auguste Blanqui.

¿Eso no significa que en el hombre existe algo que le permite elevarse por encima de él mismo? Si Céline aparta la vista de la grandeza del alma y del heroísmo, de los grandes propósitos y esperanzas, de todo eso que hace salir al hombre de la noche profunda de su yo encerrado, es por haber visto servir, en los altares de falso altruismo, a tanto sacerdote generosamente pagado. Despiadado consigo mismo, el moralista se aparta de su propio reflejo en el espejo, rompe el vidrio y se corta la mano. Una lucha así agota y no termina en ninguna perspectiva. La desesperación lleva a la resignación, la reconciliación abre las puertas de la Academia. Y más de una vez, aquellos que minaban las convenciones literarias, terminaron su carrera bajo la Cúpula.

En la música del libro hay disonancias significativas. Rechazando no solamente lo real sino aquello que podría haberlo substituido, el artista sostiene un orden existente. En esa medida, queriéndolo o no, Céline es aliado de Poincaré. Pero desenmascarando la mentira, él sugiere la necesidad de un futuro más armonioso. Aunque Céline considere que nada bueno puede salir del hombre, la intensidad de su pesimismo comporta en sí su antídoto, el cual proviene de la realidad y la novela francesa. No tiene que enrojecerse de eso. El genio francés encontró en la novela una expresión sin igual. Hablando de Rabelais, también médico, una magnifica dinastía de maestros de la prosa épica se ramificó durante cuatro siglos desde la enorme risa de la alegría de vivir, hasta la desesperación y la desolación, desde el alba resplandeciente hasta el final de la noche. Céline no escribirá otro libro en el cual brille una aversión de la mentira y una desconfianza de la verdad. Esa disonancia debe resolverse. O el artista se adapta a las tinieblas o él verá la aurora.

Prinkipio, 10 de mayo de 1933. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Triunfo lírico en Ginebra - Gabriel García Márquez (publicado en diciembre 1955)

Roma, noviembre

Hace pocas semanas se realizó en Ginebra el Concurso Internacional de Ejecución Musical. En su género, ése es el más importante certamen del mundo. A la competencia del canto lírico enviaron sus representantes casi todos los países de la tierra: 153 concursantes, de ambos lados de la cortina de hierro. Veinte de ellos clasificaron en la selección final, frente a un jurado compuesto por cinco expertos internacionales. Y entre los veinte finalistas estaba representada solamente una nación en Suramérica: la extensa, legendaria y deshabitada república de Colombia. En la eliminatoria final, el representante de esa república ocupó el octavo puesto, por su cuenta y riesgo. Porque el caso es que Colombia no sabía que estaba representada en Ginebra.

El hombre que cometió el abuso de representar a su país sin permiso de nadie, de glorificarlo frente a casi todos los países de la tierra y de gastarse en la empresa su propio dinero porque el ministerio de educación no tenía ni un centavo, se llama Rafael Ribero Silva y nació en San Gil, Santander, hace veintiocho años. Este tenor, a quien en adelante llamaré confianzudamente “Rafael”, porque sé que él no se pondrá bravo, es un hombre serio, y además de serio, soltero.  Desde hace seis meses se dejó crecer la barba, pero no para despistar a la policía, sino porque hace un año y medio se le cayeron las barbas postizas cuando interpretaba La Bohème.

Un tenor a domicilio

El triunfo de Ginebra, que fue un triunfo para Colombia, no fue, sin embargo, un triunfo en la carrera de Rafael. Fue un accidente, porque su maestro de canto lírico de Italia esperaba que ocupara el primer puesto.

Pero Rafael no se ha descorazonado. Lo pueden asegurar todos los habitantes del moderno barrio de Parioli, en Roma, que hace seis años no usan despertador. A las siete en punto, Rafael se levanta a hacer sus ejercicios de canto. Las notas se rompen como piedras contra los cristales de las ventanas y los vecinos saben entonces que es hora de levantarse. En otra parte se habría constituido una asociación de vecinos para tirar al tenor por la ventana. Pero en eso se diferencia Roma de las otras ciudades del mundo. Más que un teléfono blanco o un automóvil último modelo, para los romanos es un lujo tener un tenor de carne y hueso como un servicio a domicilio.

Defecto de familia

La costumbre de despertar vecinos no empezó con Rafael, el penúltimo de los cinco hijos de Rafael Ribero Barrera y doña Eva Silva de Ribero. Es un defecto de familia. A don Fabián Ribero, un tío suyo, lo asesinaron en San Gil, porque estaba muy cansado y no quiso cantar una serenata. Su padre, en cambio, no se cansaba nunca de cantar. Dicen que cuando cantaba bambucos y pasillos, acompañándose con el tiple en El Gallineral, despertaba con su voz a los que dormían en la plaza de San Gil, a un kilómetro de distancia. Don Rafael podía cantar toda la noche y a las seis de la mañana llegaba a la casa, se cambiaba de ropa y se iba a cantar a la iglesia.

En las fiestas familiares, el cuadro era completo. Entonces la acompañaba al piano doña Eva, su esposa, que además tenía la afición del teatro y la demostraba montando piezas sencillas en las funciones de beneficencia. Una de las actrices preferidas para ingenuos papeles infantiles era la graciosa y despierta Esperanza Gallón, la actual reina de la belleza de Colombia. De manera que Rafael encontró el ejemplo en su casa. En su padre, en su madre y el viejo y polvoriento gramófono de cilindro, donde aprendió la primera canción: La hija del penal. Era un tango triste, que las visitas tenían que tragarse a viva fuerza, embadurnado con dulce de guayaba.

Por qué no se caen los puentes

Cuando tenía diez años, Rafael vio un hombre que tocaba la flauta en un matrimonio. Cuando tenía veinte, lo mandaron a estudiar ingeniería a la Escuela de Minas de Medellín. Los dioses tutelares de la república, de que hablaba el doctor Alfonso López en sus discursos, dispusieron que ocurriera entonces una casualidad: Rafael volvió a encontrarse con el hombre que tocaba la flauta en los matrimonios. El hombre se llamaba Gil Díaz y es ése un nombre que debe recordarse con gratitud, porque a él se debe que no se estén cayendo los puentes en Colombia. De tanto trasnocharse los sábados y domingos con Gil Díaz, entonces director de la orquesta de La Voz de Antioquia, Rafael fue reprobado en la Escuela de Minas.

“Este niño es un caso perdido”, dijeron en su casa cuando regresó a Bucaramanga con una sola nota buena: la más alta nota de Granada, la conocida canción de Agustín Lara. Entonces don Alfonso Silva Silva, encargado de resolver el problema, decidió que el muchacho fuera contabilista. “Me perseguían los números”, dice Rafael, sin doble sentido, cuando se acuerda de aquella época sin perspectivas. Pero la contabilidad duró menos que la ingeniería.

Desesperado, don Alfonso Silva Silva mandó el sobrino donde el maestro Manuel Grajales, para que éste le demostrara que no servía para el canto. Pero el maestro Grajales disparó por la culata: opinó que Rafael debía ser mandado urgentemente a Milán, a que se educara la voz, pues tenía “el ciento por ciento de probabilidades de hacer una carrera brillante”. Frente a un diagnostico tan alarmante, no quedó más remedio: metieron a Rafael en un avión para que se fuera directamente a Milán. De eso hace seis años y todavía no ha llegado.

Cuento chino

“Me quedé en Roma, porque en el avión viajé con un árabe vestido de árabe”, dice Rafael, que siempre está buscando una manera de justificar su vieja costumbre de hacer lo que le da la gana. Y para justificarlo recurre a los argumentos más arbitrarios, como ese del árabe vestido de árabe, o del chino vestido de chino, con que viajó a Sassari, donde triunfó por primera vez; o el del escocés vestido de escocés, que encontró en el compartimiento del tren hace tres semanas, cuando iba para Ginebra.

Pero la verdad es que Rafael se quedó en Roma porque supo que aquí vive el mejor maestro de canto de Italia: el commendatore, conde Carlo Calcagni. Cuarenta y ocho horas después de llegar a Roma, Rafael fue donde el conde, y el conde le dio inmediatamente la lección más importante de su vida: le dijo que no sabía cantar, que la voz no le servía y que no podía admitirlo, porque no quería robarle la plata.

Pero Rafael insistió, y el conde resolvió admitirlo, “para ver si se puede hacer algo”. “Es la única equivocación que he tenido en mi vida”, dice ahora la anciana esposa del conde, condesa Beatrice Calcagni Soldini, confesando que fue ella, con su larga experiencia de soprano y de maestra, quien desahució a Rafael hace seis años.

El ejemplo del gallo

Pero quienes conocen a Rafael, quienes han seguido de cerca sus estudios piensan que el conde tenía razón. El suyo es un triunfo de la disciplina, del estudio metódico e infatigable de la vocación y de esa terquedad de santandereano cimarrón que no ha sido quebrantada por su larga permanencia en Europa. Durante seis años, Rafael se ha hecho a sí mismo, todos los días a las siete de la mañana, despertando a los vecinos. Le ha torcido el cuello a su instinto de alegre tocador de tiple, de intemperante serenatero, y ha aprendido a acostarse a las once de la noche, cuando no va a la ópera, ya sea a un palco o al escenario. Pero, para ser justos, Rafael le atribuye sus triunfos a otra cosa: al agua de manzanas, que bebe casi supersticiosamente antes de cantar. En Ginebra, cuando salió al escenario en la noche decisiva, Rafael sabía ya que no obtendría el primer puesto: en vez de agua de manzanas, le prepararon por un error de traducción, una taza de agua de duraznos.

Adivina, adivinador

En la actualidad, Rafael puede cantar, en cualquier momento, un programa de diez óperas, que conoce a fondo. Técnicamente sus estudios de canto han terminado, pero sigue visitando dos veces por semana a su maestro, con quien discute algunos problemas de matices. Sus estudios son ahora de otra índole: perfeccionamiento teatral, porque hace veinte meses, cuando interpretó a Tosca, en Cerdeña, alguien que sabía de eso le dijo que tenía dificultades para caminar en el escenario. Rafael inició el curso inmediatamente, a pesar de que el agente de la policía que lo esperó a la salida del teatro y le pidió el primer autógrafo de su vida, era de otro parecer. “Lei é un cannone —le dijo el agente—. Se lo dico io che me ne entendo molto”.

Cuando fue a Ginebra, hace tres semanas, ya sabía caminar en el escenario. Pero eso no le sirvió de nada, ni en favor ni en contra, porque los miembros del jurado no le vieron la cara. Ni siquiera conocieron su nombre. En efecto, como una garantía de imparcialidad absoluta, los concursantes son identificados con un número (Rafael fue el 120) y los miembros del jurado los escuchan detrás de un cancel. Cualquier sonido extraño emitido por un concursante y que pueda considerarse como una clave identificadora, lo inhabilita para continuar la competencia.  Rafael, para cantar con más comodidad y descargar el sistema nervioso, se presentó siempre en mangas de camisa. Pero muchos se presentaron de frac, a pesar de que estaban seguros de que nadie los estaba viendo. Era cuestión de principios

¿Qué es lo importante?

La primera vez que Rafael cantó en público, profesionalmente, estuvo a punto de dar al traste con su carrera. Tenía que interpretar a Rodolfo, en La Bohème, y en el momento de vestirse en el camerino descubrió que había olvidado la camisa. En diez minutos, a bordo de un viejo automóvil a través del enloquecido tránsito de Roma, se trasladó desde el Teatro dei Satiri al barrio Parioli, y alcanzó a estar a tiempo en escena sin que el director de la compañía se diera cuenta del incidente, y sin que el director del tránsito romano se diera cuenta de que se había saltado dos semáforos en rojo. Su actuación en esa noche le valió el primer contrato: con la compañía  de ópera Città di Roma, en la cual interpretó a Pinkerton, de Madame Butterfly. Posteriormente fue intérprete de Lucía, de Donizetti, en el Instituto de Cultura Hispánica, en el Teatro Calderón y en Radio Nacional, de Madrid. Ha dado conciertos de música clásica, de cámara y de concierto en el Victoria Hall, de Ginebra y en Estrasburgo.

“No tiene nada de raro que, por añadidura, el arte me resulte un buen negocio”, dice Rafael, haciendo cuentas. Y eso debe ser para él, en realidad, una sorpresa, pues es un hombre un poco despistado en el mecanismo de la vida práctica. Cree en el arte por el arte y en  el efecto que puede causar en una mujer un ramo de quince rosas. Quienes lo conocemos un poco, sabemos que llegará quizá hasta donde él mismo no se lo imagina. Y sabemos que siempre saldrá de los apuros más dramáticos repitiendo una frase que aprendió en San Gil, que no ha olvidado nunca, y que es la llave maestra que le ha abierto muchas puertas. Cuando otro hombre de voluntad menos firme se hubiera derrumbado, Rafael ha empujado hacia adelante, apretando los puños y diciendo esa frase: “Lo importante es no atortolarse”.

jueves, 28 de mayo de 2015

Pequeña nota de Kafka sobre la dificultad de escribir

Nota en el diario del 29 de diciembre de 1911

Las dificultades para terminar aunque sea un breve ensayo no radican en el hecho de que nuestro sentimiento, para la terminación del trabajo, requiere un fuego que el contenido real de lo anteriormente escrito no ha sido capaz de suscitar por sí mismo, sino que dichas dificultades se deben más bien a que el más insignificante ensayo exige que el autor esté satisfecho de sí mismo y se pierda en su interior; sin estas condiciones es difícil penetrar en la atmósfera del día cotidiano si no hay una enérgica resolución y un acicate exterior, de suerte que, antes de haber concluido el ensayo y de podernos retirar tranquilos ,nos lanzamos fuera de él y desde fuera tenemos que completar el final, con unas manos que no sólo deben trabajar, sino también sostenerse a sí mismas.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Kafka sobre literatura



Una de las grandes preocupaciones de Kafka fue obviamente la literatura. Aquí les comparto uno de los escritos de su diario al respecto.


Entrada del diario de Kafka de 25 de diciembre de 1911

Lo que a través de Löwy, descubro de la literatura judía contemporánea, y lo que descubro en parte con mi propia experiencia de la actual literatura checa, indica que muchas ventajas del trabajo literario —el movimiento de los espíritus, la cohesión unitaria de la conciencia nacional, a menudo inactiva en la vida pública y siempre en dispersión, el orgullo y el sostén que recibe la nación a través de una literatura, para ella misma y ante el ambiente hostil, la actividad de llevar un dietario de una nación, que es algo distinto a la historiografía y que tiene como consecuencia una evolución más rápida y no obstante controlada en sus diversas facetas, la espiritualización detallada de la superficializada vida pública, la integración de elementos insatisfechos, que inmediatamente son útiles cuando el mal sólo puede venir por desidia, la organización del pueblo en todo el conjunto, que se crea con la circulación de publicaciones periódicas, el hecho de localizar la atención de la nación en su propio círculo y de recibir lo extranjero sólo por reflejo, la aparición del respeto hacia las personas que se dedican a la actividad literaria, el transitorio despertar, que no dejará de tener repercusiones, de unas aspiraciones más elevadas entre las nuevas generaciones, la inclusión de acontecimientos literarios en las inquietudes políticas, el ennoblecimiento y la posibilidad de debate de la oposición entre padres e hijos, el planteamiento de los defectos nacionales de un modo sin duda especialmente doloroso, pero liberador y digno de perdón, la formación de un comercio del libro que sea vivo, y por ello consciente de sí mismo, y el ansia de poseer libros—todos estos defectos pueden provocarse ya por medio de una literatura que no se desarrolle realmente con una amplitud excesiva, pero que lo parezca a causa de la falta de talentos de significación. La vitalidad de tal literatura es incluso mayor que la de una literatura rica en talentos, ya que, como en este caso no hay escritores ante cuyas aptitudes tengan que callarse al menos la mayoría de los escépticos, la polémica literaria adquiere en su máxima medida una verdadera justificación.

De ahí que la literatura sin rupturas provocadas por el talento tampoco posea lagunas por donde se abra paso la indiferencia. El derecho de una literatura a reclamar atención resulta por ello más apremiante. La autonomía de cada escritor, naturalmente sólo dentro de las fronteras nacionales, se preserva mejor. La falta de modelos nacionales irresistibles mantiene apartados de la literatura a los totalmente incapacitados. Pero ni siquiera unas facultades escasas bastarían para que alguien se dejase influir por las borrosas características de los escritores más relevantes, o para introducir los resultados de literaturas extranjeras, o para imitar esta literatura extranjera una vez que ya está introducida, lo que podemos comprobar, por ejemplo, dentro de una literatura rica en grandes talentos como la alemana, donde los malos escritores se atienen en sus imitaciones a lo que hay en el propio país. La fuerza creadora y beneficiosa en las direcciones arriba apuntadas, de una literatura mala en sus aspectos individuales, se revela especialmente dinámica cuando se inicia el registro de escritores desaparecidos con un criterio histórico literario. Sus innegables repercusiones anteriores y actuales se convierten en algo tan evidente, que puede ser confundido con sus creaciones literarias. Se habla de estas últimas y se piensa en las primeras, e incluso se leen estas últimas y sólo se ven aquellas. Pero como estas repercusiones no se pueden olvidar, y als creaciones literarias no influyen de manera autónoma en el recuerdo, tampoco existe un olvido ni un nuevo recuerdo. La historia de la literatura ofrece un bloque inamovible y digno de confianza, al que poco pueden perjudicar los gustos del día.



La memoria de una nación pequeña no es menor que la de una nación grande, de ahí que se asimile más a fondo el material de que dispone. Sin duda dará ocupación a menos historiadores de la literatura, pero la literatura no es tanto un asunto de la historia literaria como un asunto del pueblo, y por esta razón, se conservará  de un modo, si no tan puro, mucho más seguro. Porque las exigencias que la consciencia nacional, dentro de un pueblo pequeño, plantea al individuo, traen consigo que cada uno deba estar siempre dispuesto a conocer la parte de la literatura que ha caído en sus manos, a conservarla y a defenderla en cualquier caso, aunque no la conozca ni la conserve.

Los viejos textos escritos reciben muchas interpretaciones, las cuales, frente al endeble material, proceden con una energía sólo amortiguada por el temor a la posibilidad de penetrar demasiado fácilmente hasta el fin, así como por el respeto que todo el mundo ha acordado conceder a dichos textos. Todo se produce del modo más honesto, sólo que se trabaja dentro de una turbación que no se resuelve nunca, que no admite fatiga y que se propaga a muchas millas de distancia por el simple gesto de una mano hábil.

Pero después de todo, esta turbación no sólo supone el impedimento de la visión panorámica, sino también el de la visión de los detalles, con lo que se traza una raya a través de todas estas observaciones.

Al faltar la cohesión de las personas, falla también la cohesión de las acciones literarias. (Un único asunto es hundido hacia las profundidades para poder observarlo desde las alturas, o es lanzado hacia las alturas para poder afirmarse uno mismo a su lado. Erróneo.) Aunque a menudo el asunto concreto sea examinado a fondo y con calma, no por ello se llega a los límites donde entra en conexión con asuntos afines; mucho más fácil es alcanzar el límite en la política, e incluso se aspira a ver este límite antes de que se presente, y a descubrir por doquier estos límites restringidos.  La estrechez del espacio, y además el respeto por la sencillez y la homogeneidad, y finalmente la consideración de que, a causa de la autonomía interna de la literatura, es inofensiva su conexión externa con la política, conducen a que la literatura se extienda por el país en virtud de lo que se aferra a consignas políticas.
Existe por lo general la complacencia en el tratamiento literario de pequeños temas, que sólo pueden tener la magnitud suficiente para que pueda consumirse en ellos un pequeño entusiasmo, y que poseen unas perspectivas y unos respaldos polémicos. Insultos pensados como algo literario van circulando de un lado a otro; que, dentro de las grandes literaturas, se produce en la parte más baja y constituye un sótano del cual se podría prescindir en el edificio, ocurre aquí a plena luz; lo que allí provoca una concurrencia esporádica de opiniones, aquí plantea nada menos que la decisión sobre la vida y la muerte de todos.



Esquema sobre las características de las pequeñas literaturas

Repercusión, en el buen sentido, sobre todos los sectores y en todos los casos. Aquí los efectos son incluso mejores sobre los individuos.

1.Vitalidad
A)Polémica
B)Escuelas
C)Publicaciones periódicas

2.Falta de coacción
A)Falta de principios
B)Pequeños temas
C)Fácil formación de símbolos
D)Eliminación de los ineptos

3.Popularidad
A)Conexión con la política
B)Historia de la literatura
C)Fe en la literatura; se le confía la instauración de sus propias leyes.

Es difícil cambiar las propias opiniones cuando se ha sentido esta vida útil y gozosa en todos los miembros. 

sábado, 3 de mayo de 2014

FILBO, medios de comunicación y Vargas Llosa



No sé ustedes, pero aquella intervención banal y desafortunada de aquel defensor de la “revolución” contra la cual “conspiran” Mario Vargas Llosa, Álvaro Uribe y Ricardo Montaner, me parecía una simple anécdota, uno de esos chascarrillos que no merecen mucha atención. Sin embargo, la efeméride de información que se ha dado me hace preguntarme (de nuevo) si estamos bien informados y si merecemos ser bombardeados por notas y comentarios sobre un hecho del que en una semana nadie se va acordar.

Lo primero que tengo que decir es que no estuve presente en la FILBO de este año, pero sí oí al señor en vivo y en directo, desde 8000 kilómetros a la distancia, lejos de mi país y a través de Canal Capital, al cual llegué a la una y media de la mañana (hora de acá), mucho tiempo después de que mi hermana y un amigo de ella hubiesen entrado en CORFERIAS, a las dos de la tarde (hora colombiana), con el ánimo doble de obtener la firma de Vargas Llosa en algunos de los libros que dejé y que había—por cierto— comprado de segunda tanto en el parque de los periodistas, hace ya más de un año, cuando todavía vivía en Colombia. 




Como pueden observar en las fotos de arriba que me mandó ella, faltando dos horas para empezar la firma de libros, la fila que había era una cosa impresionante y la mayoría de los que estuvieron parados durante un buen tiempo, se quedaron sin entrar a que les estamparan el autógrafo en sus libros, puesto que (como me cuenta mi hermana que estuvo en esa fila treinta minutos) sólo entraron los que tenían un ficho repartido a la una de la tarde (dicho sea de paso, tres horas antes de la firma de libros, cinco antes del inicio del conversatorio y una antes de que mi hermana llegase al lugar) del que la mayor parte de la gente no tuvo idea, ni era informado por los organizadores de la FILBO. Lo peor del caso es que (hasta donde yo sé y sí alguien tiene una prueba de lo contrario le agradezco me la haga saber) en la página de la feria del libro no aparece este pequeño detalle y en las pantallas no se dijo nada, por lo que muchos visitantes se quedaron erráticos en aquellas filas inútiles (de esas que a cada rato hacen en distintos lugares de Colombia).




Luego del anterior impase, mi hermana se dirigió a la otra fila que daba entrada al Auditorio José Asunción Silva, donde se encontró con otra fila de tamaño monumental que la hizo pensar si valía la pena estar dos horas con una gran probabilidad de no entrar o irse. Afortunadamente ella se quedó y logró entrar a un auditorio que se hizo pequeño a pesar de las 750 plazas en las que había lagartos (cuerpo diplomático), expresidentes, escritores y gente de todo tipo de ralea esperando al rockstar del día, a quien probablemente ya le hubiesen oído el discurso ya mil veces dicho sobre el proceso de creación de La ciudad y los perros. Y ojo, no estoy diciendo que sea malo, porque yo no me canso de oír a Vargas Llosa y acepto que leo sus columnas quincenales como un beato (a pesar de no comulgar muchas veces con ellas), pero en honor a la verdad creo que siempre que le preguntan sobre su primera novela, vuelve siempre a los mismos lugares, a las mismas influencias y a las mismas anécdotas. Aquella suposición fue confirmada por un mensaje por WhatsApp de mi hermana en el que me escribió “empezó a contar lo mismo que dijo en la otra conferencia” (i.e. la del Hay Festival) y bueno, luego de eso pensé en simplemente irme a dormir en esta parte del mundo, donde ya era un poco más de la una de la mañana. 

Sin embargo, por esas casualidades de la vida, revisé mi celular antes de poner la cabeza sobre la almohada y vi el mensaje de una amiga en el que me había hecho una pregunta a través del chat de Facebook y pues bueno, entré a la red social, respondí y me encontré con el pequeño anuncio de la página de Facebook de la FILBO en donde invitaban a acompañarlos en el conversatorio entre Juan Gabriel Vásquez y Vargas Llosa. Imaginé que el mensaje iba dirigido a todos aquellos que se encontraban en CORFERIAS, pero no. Cuál fue mi sorpresa al ver un comentario en donde se mencionaba que Canal Capital estaba pasando el conversatorio en directo.

Inmediatamente tomé mi tableta y bajé cuatro (de los ocho pisos sin ascensor) de este tétrico edificio en el que vivo y me le pegué a la puerta de un apartamento al cuál le descubrí la clave del Wi-Fi (no tengo acceso a internet en mi cuarto y mi única comunicación con la red, como dije antes, es mi celular, cuyo plan es tan pequeño que dos minutos del vídeo en vivo me dejarían sin internet por el resto del mes) y bueno, observé parte de la conversación en la que Vásquez le preguntó al escritor peruano sobre los ensayos escritos por la generación del Boom Latinoamericano en los años 60; sobre el humor y el melodrama en la literatura (más exactamente en Pantaleón y las visitadoras); sobre La guerra del Fin del Mundo (que dio lugar a una espléndida exposición sobre la Guerra de Canudos y el libro Los sertones de Euclides da Cunha) y en fin, sobre una serie de temas que llevaron la conversación más allá de las preguntas y respuestas casi ensayadas que se pueden escuchar en otros archivos de audio. De aquella hora sentado en el piso sucio del frío y estrecho pasillo del edificio sólo me lamento de que el streaming de aquel canal fuese en ocasiones tan malo y se cayera incluso por varios minutos que me hacían perder el hilo de la conversación. Por lo anterior, al día siguiente me puse a buscar en Dailymotion y Youtube si alguien había subido la conversación entera y sólo me encontré con el discurso que dio Vargas Llosa en el día inaugural de la FILBO (cuyo visionado recomiendo) y varios vídeos sobre el incidente pacato de aquel día: para empezar, una nota periodística en la que la presentadora se enreda y le echa vaina al hijo de Mario Vargas Llosa (diciendo que es un propagandista de la ultra-derecha y que es un intolerante) antes de que la voz en off de otra chica empieza a hablar sobre el incidente “que Mario Vargas Llosa nunca va a olvidar” (como si fuera la primera vez que le pasara esto…)

Además me encontré con que en los medios de comunicación escritos de Colombia también le dedicaron varias páginas a rememorar el chascarrillo, sin importarles el resto de cosas importantes e interesantes que se dijeron a lo largo de la casi hora y media, a diferencia —por ejemplo— del artículo de El País de España en el que  la creación literaria y la obra de Mario Vargas Llosa tiene un lugar central. Y bueno es aquí donde observamos cómo nos “informan” los medios de comunicación en Colombia. En el pasado Salon du livre de París, en el momento de las preguntas a Quino, una Venezolana empezó a emitir un memorial de agravios contra el gobierno de Maduro antes de preguntarle al creador de Mafalda si estaba de acuerdo con la violación de derechos humanos en aquel país. Aunque la pregunta fue hecha en el espacio adecuado y con respeto (a diferencia del colombiano que buscaba ofuscarse por la “conspiración” contra la “revolución”), hubo varias rechiflas y aplausos por parte de los asistentes que no aparecieron por ningún lado en los periódicos franceses (o por lo menos no en los que yo leo, que hicieron reseñas sobre las obras de diferentes argentinos como también sobre las declaraciones de Quino sobre su creación). Sería fácil entrar en la reflexión sobre qué noticias son informativas y cuáles no, qué vale la pena saber y qué no, pero luego de ver la gigantesca cantidad de comentarios por parte de los internautas, creo que no vale la pena. Porque si ustedes se ponen a mirar los comentarios sobre aquella noticia, hay varios que lanzaron la ya conocida acusación de denominar a Vargas Llosa como escritor de la ultra-derecha (casi que hermanado con el procurador), de ensañarse con sus libros (los cuales, como dejan en evidencia en sus diatribas, no leyeron los comentaristas) y lo más gracioso de todo, fue un comentarista que basado en la mala redacción de la nota de El Tiempo, se quejó (¡en serio¡) de que las personas abuchearan al revolucionario asistente que en una gesta prometeica rompió un libro y luego le dijo al escritor peruano “se comienza rompiendo los libros y se termina matando gente” (sí, el tipo le creyó 100% a El Tiempo, sin pasar la nota por el tamiz del sentido común).

Y pues bueno, ante esto uno no sabe qué decir. Sólo que si alguien tiene la conversación completa la suba para poder verla sin las interrupciones del streaming.

viernes, 2 de mayo de 2014

Los funerales de García Márquez



“¿En qué orilla se pararía Gabriel García Márquez?” se preguntaba El Espectador en su crónica sobre la ceremonia funeraria del escritor colombiano. ¿En la de los ciudadanos de a pie que bajo un torrencial aguacero observaban a través de una pantalla la ceremonia de “homenaje” al escritor? ¿O en la de la Catedral Primada en la que los nobles ministros, senadores, magistrados, el cardenal y el Presidente de la República descansaban cubiertos de la lluvia y resguardados como gente de bien, de esa chusma que afuera se mojaba, se iba, se quedaba y empezaba a oler a perro?  No sé, pero seguramente creo que no sería en la primera. Aunque eso es lo de menos, porque de nuevo, el tema García Márquez ha servido para dejar en evidencia una grotesca feria de las vanidades de esas que a cada rato nos traen nuestros queridos padres de la patria.

Empecemos con un hecho: Santos violó la Constitución. El lunes, un poco antes del homenaje en México, David Osorio se quejaba (en su blog De avanzada) de que “uno pensaría que la muerte del escritor se conmemoraría construyendo bibliotecas, con rebajas en las entradas a los museos, inaugurando escuelas, promoviendo librerías y negocios editoriales, pero ¿esto? En plena carrera presidencial el Gobierno ha sabido aprovechar la muerte de Gabo para volver a recurrir al proselitismo religioso”. Y es una crítica totalmente válida porque Colombia es, en teoría, en papel, en nada y a la vez todo un Estado laico en el cual está prohibido el proselitismo religioso del que hicieron gala el señor cardenal y sus compañeros de la Santa Sede. Incluso, la misma elección de la Catedral Primada de Bogotá como lugar para realizar el homenaje gubernamental, es violatorio de la Constitución, porque a pesar de su simbolismo y de su antigüedad y de todo lo que quieran, es un templo religioso. Pero a ninguna de las autoridades le importa porque estaban allá, complaciéndose entre sí, saludándose, abrazándose, lagarteándose y diciendo ante las cámaras de televisión una sarta de lugares comunes sobre la obra de un escritor, que seguramente nunca habrán leído (o de pronto en resúmenes de esos que les enviaron sus protegidos para parecer cultos frente a las cámaras de televisión).   

Y esto es lo cierto de aquel homenaje espurio: el evento no fue a favor de García Márquez, sino una gastadera injustificada de plata para que el presidente Santos lanzara un discurso a favor de su reelección, para que los senadores y magistrados aparecieran en televisión sentándose y rindiéndole pleitesía a un tipo que sólo significaba para ellos la foto en la revista jet-set y como plus, para que se tomaran fotos que seguramente aparecerán en la próxima edición de la revista Caras. Porque sí, aquella bondadosa e impermeable “élite de Bogotá, que tiende a juzgar a la gente por los apellidos y la ropa que lleva”, que cuando vio al reportero García Márquez en Bogotá, “no pasaba todavía por alto su origen provinciano, costeño; sus pelos abruptos, sus calcetines rojos y quizás su incapacidad para distinguir los cubiertos del pescado de los cubiertos del postre” (citando a Plinio Apuleyo en el Olor de la guayaba), se valió de su muerte para dar lugar a su feria de las vanidades, a su grotesca feria de vanidades que seguramente habrá aparecido en las primeras páginas de los periódicos, en los titulares de los periódicos y en los que seguramente se habló de todo (de política, de elecciones, del traje de la señora del senado). Pero no de literatura.



No sé ustedes, pero creo que la elección de un lugar católico (a diferencia de México en donde se le rindió homenaje en un lugar sin contenido religioso) no fue casualidad. En Latinoamérica la Iglesia Católica siempre le ha gustado la cámara, el victimismo y el poder. Y no es sino paradójico que aquellos tres poderes (el público, el religioso y el militar) que le jodieron la vida a García Márquez durante gran parte de su vida (antes de la etapa farandulera) ahora se invente un dizque homenaje, ¡en el que ellos son los homenajeados! No esperaba menos de estos padres de la patria. 



Imagenes tomadas de:

-http://www.elcolombiano.com/BancoMedios/Imagenes/gabriel-garcia-marquez-funeral-colombia-640x280-22042014.jpg
- http://www.pulzo.com/sites/default/files/2_324.jpg

miércoles, 30 de enero de 2013

Recordando la controversia Hector Abad contra Carlos Fuentes


El año pasado, una semana después de que murió el gran escritor mexicano Carlos Fuentes, Hector Abad intentó banalizarlo y empequeñecerlo de una manera despreciable en la que dejó en evidencia su envidia por el referente del Boom latinoamericano. Digo que fue despreciable porque en vida, Abad Faciolince nunca efectuó un ataque escrito en contra del mexicano y esperó a que se muriera para decir cosas como las que dijo en su columna "que digan que estoy dormido", la cual por cierto, le fueron vedados los comentarios para evitar la tan "fastidiosa" réplica por parte de los lectores.



Que digan que estoy dormido
Por: Héctor Abad Faciolince
Link original: http://www.elespectador.com/opinion/columna-347348-digan-estoy-dormido

Muriera donde muriera, el mexicano Carlos Fuentes dejó instrucciones precisas de que lo enterraran en el cementerio de Montparnasse, "cerca de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir".

Mientras cargan para allá con sus restos, me acordé de la voz de Jorge Negrete cantando un corrido de su país: “México lindo y querido / si muero lejos de ti / que digan que estoy dormido / y que me traigan aquí”. Aquí lo pueden oír: http://bit.ly/rz5N1I y aprovechen para fijarse en la imagen de Jorge Negrete. Su estampa fue el modelo de belleza para los latin lovers: moreno, delgado, mero macho, peinadísimo, de corbata, con bigotico negro muy cuidado. ¿A quién se parece mucho? Pues nada menos que a Carlos Fuentes.

Fuentes, desde hace decenios, se paseaba por el mundo entero como una especie de embajador de la literatura, perfectamente ataviado como Jorge Negrete, dando discursos en los que pontificaba sobre todo lo divino y humano: no solamente sobre quiénes eran sus herederos legítimos en la literatura latinoamericana, sino sobre cualquier tema de sociedad o política internacional. Al mismo tiempo, casi cada año presentaba nuevos libros, lo cual habla muy bien de su capacidad de trabajo, pero que comparados con sus grandes primeras obras (La muerte de Artemio Cruz, Aura, La región más transparente) parecían escritos por un aprendiz. Son ensayos y novelas descuidados, precipitados, como si hubieran sido escritos en hoteles y aeropuertos, cuando las recepciones y los agasajos dejan un espacio en la vida. Los libros de madurez de Fuentes eran dignos, aunque muy abundantes. Una vez Monsiváis declaró que si a Fuentes le habían dado una beca de dos años para escribir Terra Nostra, a él deberían darle otra para leerlo. Pero el personaje Fuentes acabó dándole un golpe de estado al escritor Fuentes. Cuanto más crecía el primero, menos bien escribía el segundo.

En la ‘cultura del espectáculo’ de la que habla Vargas Llosa en su último libro, el escritor contemporáneo corre un grave riesgo: que su imagen se lleve por delante su obra. Que la permanente exposición al mundo aniquile su concentración como artista. Al conocer a Fuentes había algo que llamaba la atención y que José Saramago registró con agudeza: “No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso siempre cordiales (…), no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especie de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Carlos Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme”.

Concuerdo con la primera observación de Saramago; menos con el matiz que luego le da. A Carlos Fuentes le gustaba hacer un permanente monumento de sí mismo, empezando por el exagerado atavío. Le gustaba oírse hablar, oírse caminar. Le gustaba su imagen de Negrete en los espejos. Se sentía cómodo en su papel de pontífice de las letras. Era tieso, solemne. Y su último acto fue prepararse la tumba en París, cerca de quienes él consideraba sus pares. Dijo en una de sus últimas entrevistas: “Tengo un monumento muy bonito esperándome; se acerca el momento de ir a ocuparlo”. Dentro de poco estará ahí, en su automonumento. Para algunos escritores este es “un modelo de intelectual”. Para otros, entre quienes me cuento, es el antimodelo: exactamente eso a lo que nunca quisiéramos parecernos. ¿Se imaginan a Coetzee, a Philip Roth o a García Márquez mandándose a hacer un monumento? No lo necesitan: su único y verdadero monumento son sus libros.

Ahí termina la cobarde columna de Abad Faciolince, quien repito, esperó a que muriera Fuentes para sacar toda la artillería que tenía en contra del mexicano. Sin embargo, luego de aquella columna, una periodista llamada Indira Vera respondió al memorial de agravios de Faciolince en una excelente réplica que fue publicada en el espectador y que traigo a este blog:
Réplica a la columna de Héctor Abad
Por: Cartas de los lectores

Muchos podríamos escribir de García Márquez, de Saramago e incluso de Héctor Abad lo que rechazamos de ellos como individuos.

Yo diría, por ejemplo, que cuando conocí a Saramago me pareció muy adusto, un poco áspero y algo receloso de la desbordada admiración que profesan los lectores a Gabo. Pensé que la bella e inteligente Pilar del Río, su esposa y traductora en español, suavizaba al hombre rígido que escondía a sensible escritor.
Podría decir que Gabo pudo haberme hablado en Guadalajara cuando lo tuve frente a mí, mirando mis ojos de periodista inquieta, de colombiana orgullosa y de lectora deslumbrada que no ocultaba su emoción de poder ver tan cerca los ojos y las manos del hijo del telegrafista de Aracataca que se hizo universal por la genialidad de su relato y la cadencia de su prosa.

“Gabo, dime unas palabras para Caracol Radio”, le dije un par de veces mientras él sostenía mi mirada como escudriñando a la mujer que tenía enfrente y quizá valorando su vieja decisión de no dar entrevistas. “Describe el momento, inventa la historia”, me dijo un poco pícaro, un poco en serio. Luego retomó su camino hacia la tarima donde lo esperaban Carlos Fuentes y otros grandes que ya estaban de pie, al igual que el auditorio atiborrado con más de dos mil personas que aplaudían al también colombiano Álvaro Mutis, que era homenajeado en esa Feria del Libro de Guadalajara.

Podría decir que Héctor Abad, a quien también conocí en aquella Feria, me pareció un paisa medio rolo, sensible a medias, un hombre de apariencia cercana pero de trato distante, meramente formal. Recuerdo que le ofrecí mi computador al verlo desubicado en el salón de prensa. Lo atendí con la admiración y el respeto que me inspiran los escritores de letras sensibles pero él fue incapaz de entregarse al momento. Su mera formalidad en el trato la confirmé meses después cuando lo entrevistaba por su éxito literario El Olvido que seremos. Luego de esos encuentros sin matices, y aunque valoro las bondades de sus escritos, me desapasioné por completo de sus lecturas.

Sin embargo las sombras humanas que vi en Saramago, en el mismo Gabo e inclusive en Fuentes no fueron suficientes para distanciarme de sus piezas literarias. A Fuentes lo conocí en México y luego en Cartagena. En efecto, era un hombre recio, riguroso, un poco infranqueable que se conducía con la seguridad de quien se sabe célebre. Pero ¿qué hay de malo en ello?
Fuentes y Gabo se ganaron el derecho a ser como se les dé la gana porque fueron gestores de la transformación que sufrió la literatura hispanoamericana, porque convirtieron relatos locales en piezas totalizantes y universales que le dieron identidad y nombre a América, tal como lo dijo el propio Fuentes.
Tiene razón Abad al decir que el escritor Fuentes maduro no escribía igual de genial al de La región más transparente, Aura o La muerte de Artemio Cruz. Pero ¿acaso el García Márquez de Cien Años de Soledad es el mismo de Noticia de un Secuestro? O el de Memoria de mis putas tristes? Seguro que no. El mismo Gabo ha reconocido que la escritura se le hizo más difícil con los años, quizá porque perdió la espontaneidad que da el anonimato o porque dejó de escribir por el simple placer de simpatizar a sus amigos. ¿Debe ser eso motivo de cuestionamientos? ¿No basta acaso con que hubiera creado la delirante historia de los Buendía para dejar ver el tope de su grandeza? No necesitaba seguir demostrándolo. Cada obra posterior es una muestra adicional de la genialidad ya indiscutible.

A Saramago basta leerle El Evangelio según Jesucristo o Caín para ser indulgente con el ser adusto que cubrió al escritor heterodoxo, disconforme, iconoclasta y místico si se quiere. Qué importancia tienen las sombras humanas de un narrador que fue capaz de mostrar de otra forma los tiempos históricos y bíblicos cuestionando los credos más sagrados de la religión judía e incluso del cristianismo.

Fuentes rompió los esquemas, dejó de ser libro y se hizo presente, vivo, actual y ciudadano pensante. Se atrevió a hablar de sociedad y actualidad y cuestionó sin tapujos a los políticos que resultaron inferiores a los requerimientos de su México descuadernado y violento. Fuentes aprovechó su prestigio inicial como escritor para darles luces a sus lectores pensantes, votantes, que reconocieron en él al líder desprovisto de intereses políticos. Suficiente con echar una mirada en las redes sociales para confirmar que los mexicanos se sienten huérfanos con la partida no sólo del escritor sino también del líder.

Tuvo otra virtud que reconocen todos, incluso Abad, aunque someramente: su interés porque los nuevos escritores encontraran cauces, hallaran casas editoriales que reprodujeran sus obras en su sueño ideal de un planeta habitado sólo por escritores y lectores.

Abad, con argumentos reales en parte y fútiles a veces, no le hace justicia al Fuentes celebridad, al personaje público que desafió las molestias propias de sus ochenta y tantos años y tomó vuelos largos y tediosos para atravesar continentes y exponer su pensamiento sociopolítico literario en auditorios sedientos de ideas nobles. No le luce a un buen escritor como Abad, ya no principiante pero tampoco universal, medir con una vara tan dura a un narrador que, si bien no fue en su madurez el mismo de los años mozos, sí fue capaz de congregar la fidelidad de sus lectores y de quitarse su corona para abrirles camino a sus herederos literarios.

Que me disculpe Abad pero Gabo, Fuentes, Cortázar, Borges, Neruda, Rulfo, Vargas Llosa, Mutis y muchos grandes hispanoamericanos que hicieron bien la tarea, se ganaron el derecho a ser vanidosos o no, a vestirse como gentleman o urbano, a simpatizar con la izquierda o la derecha, a inspirarse en Negrete, como lo hizo Fuentes, o en el genio Pessoa, como lo soñó Saramago.

Que me disculpe Abad pero me resulta un poco insolente su apreciación de que el célebre Fuentes hace parte de lo que Vargas Llosa llama la banalización de la cultura. Afirmar eso sería banalizar a un hombre culto.

Indira Vega. Periodista.

Luego de leídas las dos opiniones estoy de acuerdo con la periodista en el sentido de que Hector Abad se le fueron las luces y cometió un error de escritor principiante en su impulsivo texto. De Hector Abad he pensado que es un escritor sobrevalorado y no me pareció excelente (como muchos la pintan) su novela el olvido que seremos, sino más bien correcta y ya. Como dato personal, el libro que más he disfrutado de él se llama palabras sueltas y es un compendio de microensayos, no una narración ni nada que se le parezca. Sin embargo a esa imagen, ahora le tengo que agregar que es un envidioso al que se le subió la fama a la cabeza.
Ustedes tomarán sus propias conclusiones.