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sábado, 3 de mayo de 2014

FILBO, medios de comunicación y Vargas Llosa



No sé ustedes, pero aquella intervención banal y desafortunada de aquel defensor de la “revolución” contra la cual “conspiran” Mario Vargas Llosa, Álvaro Uribe y Ricardo Montaner, me parecía una simple anécdota, uno de esos chascarrillos que no merecen mucha atención. Sin embargo, la efeméride de información que se ha dado me hace preguntarme (de nuevo) si estamos bien informados y si merecemos ser bombardeados por notas y comentarios sobre un hecho del que en una semana nadie se va acordar.

Lo primero que tengo que decir es que no estuve presente en la FILBO de este año, pero sí oí al señor en vivo y en directo, desde 8000 kilómetros a la distancia, lejos de mi país y a través de Canal Capital, al cual llegué a la una y media de la mañana (hora de acá), mucho tiempo después de que mi hermana y un amigo de ella hubiesen entrado en CORFERIAS, a las dos de la tarde (hora colombiana), con el ánimo doble de obtener la firma de Vargas Llosa en algunos de los libros que dejé y que había—por cierto— comprado de segunda tanto en el parque de los periodistas, hace ya más de un año, cuando todavía vivía en Colombia. 




Como pueden observar en las fotos de arriba que me mandó ella, faltando dos horas para empezar la firma de libros, la fila que había era una cosa impresionante y la mayoría de los que estuvieron parados durante un buen tiempo, se quedaron sin entrar a que les estamparan el autógrafo en sus libros, puesto que (como me cuenta mi hermana que estuvo en esa fila treinta minutos) sólo entraron los que tenían un ficho repartido a la una de la tarde (dicho sea de paso, tres horas antes de la firma de libros, cinco antes del inicio del conversatorio y una antes de que mi hermana llegase al lugar) del que la mayor parte de la gente no tuvo idea, ni era informado por los organizadores de la FILBO. Lo peor del caso es que (hasta donde yo sé y sí alguien tiene una prueba de lo contrario le agradezco me la haga saber) en la página de la feria del libro no aparece este pequeño detalle y en las pantallas no se dijo nada, por lo que muchos visitantes se quedaron erráticos en aquellas filas inútiles (de esas que a cada rato hacen en distintos lugares de Colombia).




Luego del anterior impase, mi hermana se dirigió a la otra fila que daba entrada al Auditorio José Asunción Silva, donde se encontró con otra fila de tamaño monumental que la hizo pensar si valía la pena estar dos horas con una gran probabilidad de no entrar o irse. Afortunadamente ella se quedó y logró entrar a un auditorio que se hizo pequeño a pesar de las 750 plazas en las que había lagartos (cuerpo diplomático), expresidentes, escritores y gente de todo tipo de ralea esperando al rockstar del día, a quien probablemente ya le hubiesen oído el discurso ya mil veces dicho sobre el proceso de creación de La ciudad y los perros. Y ojo, no estoy diciendo que sea malo, porque yo no me canso de oír a Vargas Llosa y acepto que leo sus columnas quincenales como un beato (a pesar de no comulgar muchas veces con ellas), pero en honor a la verdad creo que siempre que le preguntan sobre su primera novela, vuelve siempre a los mismos lugares, a las mismas influencias y a las mismas anécdotas. Aquella suposición fue confirmada por un mensaje por WhatsApp de mi hermana en el que me escribió “empezó a contar lo mismo que dijo en la otra conferencia” (i.e. la del Hay Festival) y bueno, luego de eso pensé en simplemente irme a dormir en esta parte del mundo, donde ya era un poco más de la una de la mañana. 

Sin embargo, por esas casualidades de la vida, revisé mi celular antes de poner la cabeza sobre la almohada y vi el mensaje de una amiga en el que me había hecho una pregunta a través del chat de Facebook y pues bueno, entré a la red social, respondí y me encontré con el pequeño anuncio de la página de Facebook de la FILBO en donde invitaban a acompañarlos en el conversatorio entre Juan Gabriel Vásquez y Vargas Llosa. Imaginé que el mensaje iba dirigido a todos aquellos que se encontraban en CORFERIAS, pero no. Cuál fue mi sorpresa al ver un comentario en donde se mencionaba que Canal Capital estaba pasando el conversatorio en directo.

Inmediatamente tomé mi tableta y bajé cuatro (de los ocho pisos sin ascensor) de este tétrico edificio en el que vivo y me le pegué a la puerta de un apartamento al cuál le descubrí la clave del Wi-Fi (no tengo acceso a internet en mi cuarto y mi única comunicación con la red, como dije antes, es mi celular, cuyo plan es tan pequeño que dos minutos del vídeo en vivo me dejarían sin internet por el resto del mes) y bueno, observé parte de la conversación en la que Vásquez le preguntó al escritor peruano sobre los ensayos escritos por la generación del Boom Latinoamericano en los años 60; sobre el humor y el melodrama en la literatura (más exactamente en Pantaleón y las visitadoras); sobre La guerra del Fin del Mundo (que dio lugar a una espléndida exposición sobre la Guerra de Canudos y el libro Los sertones de Euclides da Cunha) y en fin, sobre una serie de temas que llevaron la conversación más allá de las preguntas y respuestas casi ensayadas que se pueden escuchar en otros archivos de audio. De aquella hora sentado en el piso sucio del frío y estrecho pasillo del edificio sólo me lamento de que el streaming de aquel canal fuese en ocasiones tan malo y se cayera incluso por varios minutos que me hacían perder el hilo de la conversación. Por lo anterior, al día siguiente me puse a buscar en Dailymotion y Youtube si alguien había subido la conversación entera y sólo me encontré con el discurso que dio Vargas Llosa en el día inaugural de la FILBO (cuyo visionado recomiendo) y varios vídeos sobre el incidente pacato de aquel día: para empezar, una nota periodística en la que la presentadora se enreda y le echa vaina al hijo de Mario Vargas Llosa (diciendo que es un propagandista de la ultra-derecha y que es un intolerante) antes de que la voz en off de otra chica empieza a hablar sobre el incidente “que Mario Vargas Llosa nunca va a olvidar” (como si fuera la primera vez que le pasara esto…)

Además me encontré con que en los medios de comunicación escritos de Colombia también le dedicaron varias páginas a rememorar el chascarrillo, sin importarles el resto de cosas importantes e interesantes que se dijeron a lo largo de la casi hora y media, a diferencia —por ejemplo— del artículo de El País de España en el que  la creación literaria y la obra de Mario Vargas Llosa tiene un lugar central. Y bueno es aquí donde observamos cómo nos “informan” los medios de comunicación en Colombia. En el pasado Salon du livre de París, en el momento de las preguntas a Quino, una Venezolana empezó a emitir un memorial de agravios contra el gobierno de Maduro antes de preguntarle al creador de Mafalda si estaba de acuerdo con la violación de derechos humanos en aquel país. Aunque la pregunta fue hecha en el espacio adecuado y con respeto (a diferencia del colombiano que buscaba ofuscarse por la “conspiración” contra la “revolución”), hubo varias rechiflas y aplausos por parte de los asistentes que no aparecieron por ningún lado en los periódicos franceses (o por lo menos no en los que yo leo, que hicieron reseñas sobre las obras de diferentes argentinos como también sobre las declaraciones de Quino sobre su creación). Sería fácil entrar en la reflexión sobre qué noticias son informativas y cuáles no, qué vale la pena saber y qué no, pero luego de ver la gigantesca cantidad de comentarios por parte de los internautas, creo que no vale la pena. Porque si ustedes se ponen a mirar los comentarios sobre aquella noticia, hay varios que lanzaron la ya conocida acusación de denominar a Vargas Llosa como escritor de la ultra-derecha (casi que hermanado con el procurador), de ensañarse con sus libros (los cuales, como dejan en evidencia en sus diatribas, no leyeron los comentaristas) y lo más gracioso de todo, fue un comentarista que basado en la mala redacción de la nota de El Tiempo, se quejó (¡en serio¡) de que las personas abuchearan al revolucionario asistente que en una gesta prometeica rompió un libro y luego le dijo al escritor peruano “se comienza rompiendo los libros y se termina matando gente” (sí, el tipo le creyó 100% a El Tiempo, sin pasar la nota por el tamiz del sentido común).

Y pues bueno, ante esto uno no sabe qué decir. Sólo que si alguien tiene la conversación completa la suba para poder verla sin las interrupciones del streaming.

martes, 8 de enero de 2013

Serie 9 de abril de 1948 (Segunda parte)

Viene de: http://eljuiciodeeladio.blogspot.com/2012/03/serie-9-de-abril-de-1948-primera-parte.html


El levantamiento



El grito inicial fue espontáneo:<<¡A palacio!...¡A palacio! >>. La multitud vibra en su venganza, cuando llevan a rastras el cuerpo de Roa Sierra  y todos quieren matarlo de dolor, para vengar la sangre del jefe. Todos querían hacerle algo, patearlo, golpearlo, escupirlo, maldecirlo, profanarlo. El presidente del directorio liberal de Bogotá había dado la orden de llevarlo a palacio. En ese recorrido por la séptima hacía el sur, la multitud se detiene y en enjambre vuelve contra el cuerpo inerme del asesino: un hombre patea su cabeza, otro chuza su estómago con una lezna, lo arrastran. La expresión de los rostros es terrible cuando la venganza se desborda. Detrás, como la huella total de todo su cuerpo, polvo, rastros que iban quedando por la carrera séptima entre los rieles del tranvía; luego un embolador, como arrastrando una carretilla, lo lleva agarrado de las piernas, y así sigue el espectáculo sin que nadie se detenga, hacia el palacio de gobierno, en la ruta en que culminaría la primera fase del levantamiento.

Los curiosos se meten al drama como atraídos por un remolino de aguas embravecidas hasta llegar a palacio, símbolo del poder. Allí tratan de crucificar a Juan Roa Sierra, al amarrarlo en las puertas del edificio. Y finalmente, frente a palacio, queda el cuerpo de Roa Sierra, solitario, con dos corbatas amarradas al cuello. La intención era repetir la fiesta con el presidente Ospina, cuenta uno de los sobrevivientes. En esos momentos sale el pelotón de la guardia presidencial y dispara. Había culminado el primer intento de toma de palacio, un acto consciente, pero sin ninguna preparación. No había en esa masa y en la dirección del movimiento ninguna conexión. Era el instinto primario con el acicate que produce en el hombre el dolor profundo. El dolor que cambia definitivamente su vida.

Por la respuesta que recibió de la guardia presidencia, esa masa busca algo para defenderse. Los primeros policías entregan las armas. Unos por temor a ser linchados, otros por convicción gaitanista. <<Armarse >> es la voz que se escucha. La radio hace encendidos llamamientos. La ciudad se desborda. De los barrios periféricos vienen los artesanos, los obreros, el lumpen hacía el centro; quieren llegar a la plaza de Bolívar. Se producen los primeros saqueos, a ferreterías, armerías, depósitos de artículos de construcción. La gente asalta las bombas de gasolina, se quita las camisas, las empapa y comienzan las llamas a consumir muchos edificios, entre ellos, El Siglo, periódico conservador.

El pueblo adolorido se mete al Parlamento donde estaba sesionando la Conferencia Panamericana. Saca los muebles de las oficinas y se recrea con las hogueras en la mitad de la Plaza de Bolívar. Luego, esa masa piensa sorprender de nuevo a la guardia de palacio, avanza por la carrera sexta y baja por la octava para el segundo intento de llegar a la casa de gobierno. La patrulla los recibe a bala.



Ese pueblo que ha pasado por encima del miedo, que no piensa en esos momentos en su propia supervivencia embarca sus ansias contra el palacio. Pero de nuevo están ellos, los de la guardia presidencial. Los cuerpos se desploman, se entrecruzan los gritos de agonía y crece, en tumulto, la muerte.

Obnubilada en sus sentimientos, fija en su mirada obsesiva en sus objetivos, con uno que otro fusil, con muchos machetes blandiendo al aire, esa masa se lanza por tercera vez contra palacio. La tropa responde sin contemplaciones. Los muertos se redoblan. Los que vienen de la avanzada levantan a los muertos por los brazos, por las piernas, para abrirse paso hacía el camino definitivo de las ametralladoras. Esa masa anodina no vacila entre retroceder y avanzar, avanza aprovechando la topografía pendiente de la calle octava. Es la retaguardia multitudinaria que empuja a la vanguardia, cuando los hombres intentan desfallecer. La lucha estuvo a punto de definirse cuerpo a cuerpo y la victoria hubiera sido para el bando de mayor experiencia en este tipo de combate.

Un salvaje aguacero que cae a las tres d la tarde salva en definitiva a la ciudad. La lluvia hizo dispersar a mucha gente. Vuelven los infructuosos intentos de llegar a palacio. Hubo otros obstáculos. Un sobreviviente recuerda que <<los curas del colegio San Bartolomé fue mucho lo que dispararon>>, impidiendo otras tentativas.

Los francotiradores desde los techos y las azoteas, se mueven felinamente y siembran la muerte. La tierra trepida. Alguien ve los tanques, el primero trae torreta, como insignia de la paz, un trapo blanco: sobre ellos muchos hombres del pueblo levantan banderas y gritan confiados <<¡A palacio! >>. La gente celebra su aparición con vivas y con el ondear de banderas rojas. En el pueblo surge una fatal ilusión: esos son sus tanques o cree, en últimas, que son los tanques de la revolución. La defensa de Gaitán al teniente Cortés había cimentado esa esperanza. La influencia gaitanista en los sectores medios del ejército, así lo confirmaba. Los tanques siguen sus pesados pasos. En el primero marcha el capitán Serpa, padre gaitanista de Santander. Sale del tanque como calmando a la multitud. Le disparan. Nadie sabe quién le disparó. El segundo hombre que está al mando del blindado voltea la torreta y enfoca la ametralladora contra la multitud sorprendida. Parecía como si un pueblo entero hubiera entrado a un gigantesco almacén de vestidos de hombre y los hubiera tirado a la calle. Fue la masacre total en la Plaza de Bolivar.

Había culminado dolorosamente, con la derrota para el pueblo, un levantamiento cuya expresión esencial había sido el espontaneísmo con un claro objetivo político: pretender tomar el palacio. En ese momento, como en la historia que sigue, nadie lanzó una consigna distinta a la del cambio del gobierno conservador por un gobierno liberal. La llamada revolución abrileña no tenía otro sentido.

Luego vendría la otra fase, la descomposición del movimiento, ya convertido en la más absoluta de las anarquías, donde no existía una razón para la lucha, sino que la acción fue arrastrada por el alcohol y el saqueo a la ciudad, en forma multitudinaria.

Papel de la radio

El papel que tuvo la radio, ese día y los otros días, hay que analizarlo con frialdad. Creó una interesante actividad agitacional, a la vez que produjo el desconcierto y la inmovilización de las masas, al confundir, quienes lanzaron todo tipo de consignas, la realidad con el subjetivismo y la fantasía. Simultaneamente, jóvenes revolucionarios de distintas tendencias, liberales, comunistas, socialistas, ocuparon diversas emisoras, especialmente la Radio Nacional, y por ella difundieron proclamas a todo el país, instando a la creación de juntas populares de gobierno que se hicieran cargo del poder local. Sus llamamientos empujaron a la población a la búsqueda de armas, en ferreterías, en armerías. Pero en definitiva, lo emocional contrarrestó lo real de la situación y muchos de ellos se dejaron llevar por su fantasía, dando la información al país de la caída del gobierno conservador y de la ejecución de algunos dirigentes de ese partido.

Las masas populares se dedicaron a festejar el triunfo radial, especialmente los sectores más humildes. Asaltaron cantinas, bares, cigarrerías, y todo lo que encontraron de camino, para darse la comilona y la borrachera más grande de sus vidas.

Fue esto lo que se escuchó por diversas emisoras: <<Últimas noticias con ustedes. Los conservadores y el gobierno de Ospina Pérez acaban de asesinar a Gaitán, quien cayó frente a la puerta de su oficina abaleado por un policía ¡Pueblo: a las armas! ¡A la carga! A la calle con palos, con escopetas, cuanyo haya a la mano. ¡Asaltad ferreterías y tomaos la dinamita, la pólvora, las herramientas, los machetes…!>>.

<<Aquí la Radio Nacional tomada por un comando revolucionario de la universidad. En este momento Bogotá es un mar de llamas como la Roma de Nerón. Pero no ha sido incendiada por el emperador sino por el pueblo, en legítima venganza de su jefe. El gobierno ha asesinado a Gaitán, pero a estas horas, ya el cuerpo de Guillermo León Valencia cuelga de la lengua en un poste de la plaza de Bolívar. Igual suerte han corrido los ministros José Antonio Montalvo y Laureano Gómez. ¡Arden los edificios del gobierno asesino! ¡El pueblo grandioso e incontenible se levanta para vengar a su jefe y pasear por la calle el cadáver de Ospina Pérez!¡Pueblo, a la carga!¡A las armas! ¡Tomaos las ferreterías y armaos con las herramientas!>>

<<Con ustedes, Jorge Zalamea Borda, para comunicarles que se acaba de recibir un radio de Nueva York avisando que el doctor Eduardo Santos salió ya en avión expreso a Bogotá, a tomar el poder y restablecer el orden constitucional en su calidad de primer designado. El movimiento del pueblo está triunfante y el régimen oprobioso de Mariano Ospina Pérez ha caído para siempre…>>

Los centenares de presos comunes que escaparon de las cárceles de la Picota y Municipal que hicieron su agosto en la ciudad, fueron otro factor que influyó  en el desbordamiento de la población hacia el saqueo y la anarquía.

La hora de las definiciones políticas

Al caer la tarde del 9 de abril, el movimiento popular como expresión de levantamiento espontáneo, estaba fracasado. En la noche, ese pueblo que había entregado su vida por el ideal de volver a un régimen liberal, nada tenía que hacer en el futuro de las decisiones políticas. El presidente Ospina ya tenía un evidente control militar sobre la ciudad.  La multitud había sido desalojada del centro, especialmente de los sectores neurálgicos como la zona bancaria. Los militares sólo habían custodiado los bancos, mientras mirabas impasibles a ese pueblo, sediento, asaltar almacenes y ferreterías. Después de las seis de la tarde, la tropa comenzó a tomar la ciudad cuadra por cuadra. Ello, naturalmente, le daba cierta estabilidad al gobierno de Ospina.



En las horas de la tarde, el partido comunista y la CTC lanzaron consignas de formación de milicias populares y organización de una junta revolucionaria de gobierno. Pero no tenían las fuerzas reales ni los métodos acertados para conducir a esa masa anarquizada. En tempranas horas, después de conocerse la noticia del asesinato de Gaitán, se determinó la huelga general y ésta se produjo, no como fuera de convicción, sino por un proceso de arrastre espontáneo de la población, que sin plan de ninguna naturaleza, paralizó la ciudad.
Se forman entonces los epicentros políticos donde se conjugaron las distintas opiniones de los liberales, gentes de izquierda y del pequeño partido comunista. En la clínica Central, en la sala de radiografía, incluso antes de darse la noticia definitiva de la muerte de Gaitán, porque se ocultó por varias horas, se comenzó a discutir lo que se iba a hacer, el rumbo que debían tomar los acontecimientos. El pueblo ya estaba levantado en las calles, expectante, a la espera de las orientaciones de sus dirigentes que nunca llegaron.

En la clínica Central resaltaban varias tendencias en las discusiones, recuerda Diego Montaña Cuellar. Alfonso Araujo y otro grupo que estaba con él sostenían la tesis que había que restablecer la Unión Nacional, que lo que estaba sucediendo en Bogotá era sumamente grave, que el pueblo estaba en una situación espantosa. Otros sostenían que el responsable de la muerte de Gaitán y de la violencia que vivía el país era el gobierno de Ospina y que por tanto se le debía exigir la renuncia. Una tercera, entre ellos la posición de Plinio Mendoza Neira y Alberto Arango Tavera,  era que no se le debía pedir la renuncia a Ospina, que se debía conversar con los militares y dar un golpe. Triunfó la tesis de los partidarios de restablecer la Unión Nacional para acabar con el levantamiento del pueblo, con su insurgencia. Eran los que deseaban ir a palacio a pedirle la renuncia al presidente.

Es el propio Carlos Lleras Restrepo quien da la explicación sobre aquella reunión en la clínica Central, años más tarde en sus reflexiones, cuando dice que ellos comprendieron que la constitución de una junta revolucionaria <<crearía automáticamente la protocolización de un estado revolucionario con imprevisibles consecuencias>>.  Y aclara que su posición, como la de Echandía, Araujo y muchos otros liberales, fue que era conveniente y necesario restablecer un inmediato contacto con el gobierno para poner fin a los choques violentos y para buscar la fórmula más adecuada a fin de evitar que el país se precipitara en la anarquía.

Era bien clara la posición de los liberales que fueron a palacio y hasta el carácter que deberían expresar las futuras conversaciones.

La Junta Central Revolucionaria

La batalla política había comenzado. Ospina espera refuerzos militares de Tunja y ya tiene una amplia información de lo que está sucediendo en Bogotá y en los departamentos. Le dicen que una delegación de notables liberales se dirige a palacio para hablar con él. La situación en ese momento ya le era totalmente favorable. La Conferencia Panamericana fue suspendida y la mayoría de los delegados fue a resguardarse en el batallón de la guardia presidencial. El ejército recupera la Radiodifusora Nacional y comienza la transmisión de boletines oficiales del gobierno. En palacio se inician las conversaciones entre los dirigentes liberales y el presidente Ospina.

En la emisora Últimas Noticias se produce un fenómeno por cierto muy interesante, pero a la postre de resultados muy limitados. Se crea la Junta Central Revolucionaria de gobierno, con objetivos sujetos al desarrollo de las conversaciones en palacio. No plantean una razón de poder, ni siquiera de expectativa. Hizo estragos la mentalidad de subalternos en quienes pretendieron darle un cauce real y definitivo al movimiento. Gerardo Molina recuerda que cuando hablaron de crear una junta de gobierno fue para que mantuviera la moral de la gente, con la intención de hacer algo, por si el pueblo oía; pero ya no escuchaba: cualquier orientación caía en el vacío. Se dieron consignas referentes al mantenimiento de la moral y a la vigilancia del aeropuerto.

La Junta Central Revolucionaria, que para muchos fue fantasmal, pero que en cierta medida buscó convertirse en un factor de dirección, de organización fue integrada por Gerardo Molina, Adán Arriaga Andrade, Jorge Zalamea, Rómulo Guzmán, Carlos Restrepo Piedrahíta y Carlos H. Pareja.  La junta dictó su primer decreto: Constitúyase Últimas Noticias en el órgano oficial de difusión al servicio del comité ejecutivo de la Junta Central Revolucionaria de gobierno y del movimiento liberal que se desarrolla en el país.

Y desde Últimas Noticias Arriaga Andrade dijo: <<La Junta Revolucionaria anunca que en la Quinta División de policía vamos a distribuir armas en primer lugar. Y en segundo, a todo el que se capture con atados en la cabeza, asaltando y robando, llevarlo a la Quinta División, cerca del panóptico, para seguirle inmediatamente consejo revolucionario>>.

Ocurrió todo lo contrario de lo que se anunciaba por radio. Quienes pasaron esa noche decisiva en la Quinta División de policía, estuvieron pegados al cordón telefónico en línea directa con palacio, a la espera infinita de posible orientación o de cualquier tipo de órdenes.    

Las conversaciones en palacio

En un ambiente de frialdad protocolaria, el presidente Ospina recibe la visita de los dirigentes liberales. Al comienzo tratan de evitar el ambiente tenso de posibles acusaciones. No revelan sus primarias intenciones. Le relatan al presidente sus peripecias en la calle por las cuales atravesaron hasta llegar a palacio. A petición suya, Plinio Mendoza cuenta la forma en que se produjo el asesinato de Gaitán. Lleras Restrepo interrumpe a Mendoza Neira, se está perdiendo demasiado tiempo, se debe actuar con prontitud.

Como no existe un acuerdo tácito entre los delegatarios liberales, quien habla a nombre de la comisión no es un caracterizado político, sino un veraz periodista, don Luis Cano. Lo hace con un lenguaje distanciado. Después de decirle al presidente cómo lo admira y respeta, y de qué manera El Espectador ha venido defendiendo su administración y luego de ponerse a sus órdenes como colombiano y amigo, cree <<que debemos considera alguna medida rápida y efectiva, porque el tiempo apremia y no debemos esperar a que sea demasiado tarde>>.

Es el presidente quien pregunta: <<¿Qué medida insinúan que debe tomarse?>> Nadie responde. Están tanteando el terreno. El presidente Ospina insiste en su pregunta, don Luis Cano responde que no venía preparado para esta entrevista, que sus compañeros tienen la palabra. Lleras es el más decidido. Expresa que cualquier medida que se tome llegará demasiado tarde. Es el propio Lleras Restrepo quien nos da luces sobre cuáles eran las pretensiones de los liberales, que hasta ese momento ninguno había expresado. Habla de los antecedentes que habían ocasionado el rompimiento de la Unión Nacional, tan frescos todavía; que sólo el retiro del presidente Ospina podría tener suficiente eficacia para calmar las multitudes. Le parecía que ese camino, que dejaba a salvo los sistemas constitucionales, era por todos los aspectos preferible a que sobreviniera el derrocamiento del gobierno, porque el país había entrado en un estado de anormalidad jurídica cuyo posterior desarrollo nadie podía siquiera prever.

Eran simplemente como <<los puntos de vista de unos liberales preocupados por la suerte del país y no como una petición que nosotros pudiéramos formular al presidente como representantes de las gentse amotinadas, ni como un ultimátum que una revolución hiciera por nuestro conducto>>.

Alfonso Araújo le increpa al presidente: los incendios cubren la ciudad, <<oiga las ametralladoras del ejército. ¡Esto es una masacre horrible!>> Vaticina la caída del gobierno. Ospina le responde que el ejército está cumpliendo el deber elemental de defender la constitución. Don Luis Cano recomienda a sus compañeros más cordura y cordialidad en las deliberaciones, concilia los ánimos. Echandía, que había sido elegido sucesor de Gaitán en la clínica Central, en ese trascurrir es un hombre mudo. Espera seguramente la culminación de ese mar de palabras.

Mendoza Neira dice con gran entusiasmo que Echandía es el único hombre capaz de contener las iras del pueblo, por su prestigio, porque fue aclamado por la multitud al conocerse la noticia de la muerte de Gaitán. Roberto Salazar Ferro está de acuerdo. El propio Ospina les abre el camino para que ellos clarifiquen su fórmula: <<Entonces ustedes lo que quieren es que el presidente se retire del poder, ¿no es eso?>> Lleras Restrepo no oculta su euforia. Es un punto que le parece muy importante. Ospina era dueño de la situación. Sus interlocutores sólo estaban expresando <<puntos de vista>>. Él estaba jugando con las cartas del tiempo. Los refuerzos de Boyacá estaban en camino, y tenía bajo su control la situación del país, exceptuando Ibagué.

Con frialdad responde a los liberales que el pueblo lo eligió para regir sus destinos y, al abandonar la presidencia de la República, su nombre pasaría a la historia como un traidor, arrojando el más horrible baldón a la memoria de sus antepasados. Les pide que piensen que lo que sucedería en los departamentos, por lo menos seis de ellos marcharían a reconquistar el poder que se les había arrebatado. <<Tendríamos, pues, la guerra civil>>.

Se rompe el encanto de una posible ilusión, por impotencia ante la amenaza del presidente de una guerra civil No tienen en sus manos sino las palabras. Ahora vienen las incriminaciones de que el gobierno de Ospina es el culpable de la violencia. El presidente les pregunta nuevos detalles de cómo llegaron a palacio. El tiempo sigue sus lentos pasos. Echandía se anima un poco. Lleras insiste en la fórmula del retiro del presidente. El presidente responde que saldrá vivo de palacio y no será sino cuando termine legalmente su periodo. Don Luis Cano insiste en que su separación del poder facilitaría la terminación de la revuelta y se haría digno de la gratitud del pueblo colombiano. Ospina contraargumenta que su separación del poder, lejos de arreglar, empeoraría la situación, provocando una sangrienta guerra civil.

Ospina nada prometió, nada avanzó ante los comisionados liberales, como no fuera su propósito  de permanecer a todo trance en la presidencia. Sólo él podía definir la situación, tenía sus razones.

Posteriormente, Lleras Restrepo, con otros elementos de juicio, enfocaría así la situación: <<Naturalmente, el presidente tenía en esos momentos informaciones de que nosotros carecíamos, sobre todo respecto a la situación creada en Antioquia y en algunos otros lugares del país, y tenía razón al pensar que si bien su retiro podría calmar el ánimo de los liberales en Bogotá y contener la revuelta, era bien posible que el conservatismo se negara a aceptar esa solución y se creara automáticamente un estado de guerra civil en la República>>.

Darío Echandía recuerda con una especie de mea culpa las conversaciones de palacio: <<Es evidente que don Luis Cano le dijo al doctor Ospina que la solución era que me encargara yo del mando. ¿A qué título? Era un golpe de cuartel, un golpe de estado. Yo no era el designado; el designado era el doctor Santos, que estaba en Nueva York>>.

La Quinta División de policía

En la Quinta División de policía, setecientos hombres insubordinados, bajo la dirección del capitán Tito Orozco, con la presencia de Adán Arriaga Andrade, estaban sometidos esa noche del 9 de abril a la espera de las órdenes desde arriba. A esa terrible espera que no permite a los hombres tomar decisiones en momentos tan definitivos en la historia de un país. Porque influía más en ellos la psicología de ser subalternos. Sólo existían para ellos las jerarquías. No había órdenes habladas ni escritas que los empujasen a actuar decididamente. Sus ojos, sus mentes, su accionar nervioso estaban en palacio. Y los que se encontraban en palacio no iban a pronunciar ese tipo de órdenes. Los hombres que vivieron esa terrible noche en la Quinta División de policía no tuvieron el aliento suficiente para poner a funcionar sus armas.

En la tarde del 9 de abril, entre la ola de manifestaciones que penetró a la Tercera División de policía, estaba un joven estudiante de 21 años llamado Fidel Castro. Aunque estuvo entre los primeros que entraron, sólo pudo tomar un fusil de gases lacrimógenos y un montón de cápsulas para cargarlo. Subió a uno de los pisos superiores en busca de otro tipo de arma y entró en una habitación. Alí había varios policías que no atinaban qué hacer. En medio de aquel desorden, Fidel se puso un par de botas, una capota militar y una gorra y bajó hacia el patio donde se sentían muchos tiros al aire. Alguien quiso poner orden, y Fidel se unió a un grupo que en el palacio se alineaba en escuadra. Un oficial le preguntó qué iba a hacer con un lanzador de gases y sin esperar respuesta agregó: <<Lo mejor que puedes hacer es darme eso y toma este fusil>>. Fidel Castro, desde luego, no opuso reparos.

Fidel, al conocer la noticia del asesinato de Gaitán, se involucró de inmediato al levantamiento. Con su fusil se trasladó con un grupo de estudiantes a defender la Radio Nacional, que ya estaba cercada por el ejército. Luego fue a la Universidad Nacional y más tarde a otra estación de policía. En la otra noche llegó a la Quinta División. Como cualquier colombiano conmocionado por los acontecimientos, vivió intensamente la tarde abrileña. Había venido a Bogotá unos días antes, para participar como delegado en un congreso estudiantil que se estaba celebrando para protestar contra la Conferencia Panamericana. Había conocido personalmente a Gaitán el 7 de abril, porque él le había prometido a una delegación estudiantil que hablaría  en la clausura del evento. Fidel, junto con otros estudiantes, tenía una cita con Gaitán el 9 de abril a las dos de la tarde. Cita que no pudo cumplirse.

En la Quinta División de policía vio aquella fuerza grande de setecientos hombres armados, acuartelados a la defensiva. Y reflexionó sobre esa situación. Le pide una entrevista al jefe de la guarnición y le dice que toda experiencia histórica demuestra que una fuerza acuartelada está perdida. Le habla de la propia experiencia cubana: toda tropa que se acuarteló siempre estuvo perdida. Le razona, le discute, le argumenta y le propone que saque la tropa, que es una torpa fuerte, que atacando podría realizar acciones decisivas. El jefe de la policía lo escuchó, pero no tomó ninguna decisión. Fidel le insistía que lanzara a ese grupo de hombres armados contra el palacio de gobierno. Fidel recuerda <<Nos pasamos toda la noche esperando el ataque del ejército>>. Luego le tocó ir de comisión junto a un grupo de policías, en los alrededores de Monserrate, esa madrugada.

Adán Arriaga Andrade, por cierto dolorosamente crítico, recuerda que esa noche en la Quinta Divisón de policía había en ellos una especie de indecisión que los amarraba y les impedía realizar cualquier acción, un sentido de respeto jerárquico: <<Nosotros queríamos actuar, nos faltó personalidad suficiente como para decir: Aunque nos maten, aunque pase lo que pase, nosotros vamos actuar…>> Pero no actuaron. Fue, para ellos, una noche adivinando ¿la dirección liberal estará en palacio, estarán presos o tendrán acorralado a Ospina? No había información, todo fue un gran desorden. Los setecientos policías insubordinados vivieron esa noche, como vivió el país, a la espera de órdenes que nunca llegaron.

Lleras Restrepo recuerda en su analítica y fría memoria una de las llamadas que recibió desde la Quinta División de policía en la madrugada del 10 de abril. Respondió que todavía no había solución de ninguna clase, que los liberales estaban en palacio insistían  en buscar la solución que juzgaban adecuada. Pero que no quería en manera alguna <<que pudiera decirse más tarde que por consideración con nosotros, el pueblo liberal de Bogotá había quedado inmovilizado en su acción>>. Insiste en que <<nosotros no aconsejábamos la insurrección ni estimamos nunca que ése fuera el camino conveniente  para el liberalismo y la República>>. Agrega que <<quienes estaban afuera en contacto con la gente, adoptaron por su propia voluntad la decisión de esperar el resultado de nuestras gestiones y no por orden nuestra…>>.
La Junta Revolucionaria desapareció en la noche. Su objetivo agitacional perdió importancia ya al caer la tarde del mismo 9 de abril. De sus consignas, nada quedaba, sólo el eco de las órdenes de la Junta Revolucionaria que se escuchaban en pequeñas y grandes poblaciones, donde se habían constituido también juntas revolucionarias que estaban sujetas a la espera de orientaciones del Comando Superior.

Fue, a todo nivel, la espera de la misma espera.
  

Imágenes tomadas de:

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martes, 1 de enero de 2013

El librero de los periodistas


Esta crónica que hoy comparto con ustedes la escribí el año pasado en un tiempo en que tenía algo de tiempo libre para salir a las calles a preguntarle a la gente por sus vidas. Al librero, sujeto de esta crónica, lo conozco desde hace ya casi dos años que llegué a Bogotá y empecé a hablar con él siempre que le compraba los libros. De tanto oírlo un día le dije si le interesaba que escribiera una crónica sobre él y me dijo alegremente que sí por lo que tuvimos una serie de conversaciones que me dieron los datos para escribir lo que leerán a continuación.

Como dato interesante, esta crónica la iba a publicar en una pequeña revista o mejor, medio digital, pero infortunadamente no se pudo dar, por lo que estuvo reposando en un archivo de word que hoy he decidido abrir después de varios meses para traerles el contenido y darles a conocer una de esas tantas personas que vemos en las calles de Bogotá sin conocer su historia.

La forma en que dividí la historia es algo atípica, pero bueno, ahí está el contenido de lo que hablamos.




Sobre las diez y media de la mañana de todos los días hábiles, don Oscar de J. Vargas llega al Parque de los Periodistas listo para trabajar. Viene de la bodega de libros donde tuvo que ir bien temprano, para obtener los ejemplares que pondrá a la venta hasta las cinco de la tarde.
1.
Su existencia inicia en la ciudad de la eterna primavera, donde los astros lo apadrinaron con el signo Aries por haber nacido en el mes de abril del año de 1950. Durante sus primeros diez años, creció en el seno de una clásica familia antioqueña cuyo pater era un arriero que se encargaba de transportar sal, arroz y otros productos por medio de quince mulas que transitaban por los caminos de Antioquia y otros lugares del país. Durante aquella época, también estudió en un colegio católico de la orden salesiana, donde conoció clásicos de la literatura como el conde de Montecristo, los miserables y la biblia, que lo acompañarían por el resto de sus días.

Aquel mundo inocente de su niñez, cambió estruendosamente el día en que le notificaron la muerte su padre, uno de los tantos días del año de 1960. Su familia entró en luto por el lamentable hecho y  el negocio de las mulas, que había estado en decadencia desde hacía varios años por la impetuosa competencia de las bodegas de trenes y buques de carga, también murió, dándole vida al mito de una época que no se volvería a ver. Por aquel entonces, Oscar tenía diez años y a diferencia de muchos hijos de políticos que son preparados desde chiquitos para seguir mamando de la teta pública, no tenía ningún futuro asegurado. Por tal razón, fiel al estilo terco de los paisas, decidió seguir a su espíritu aventurero —que pudo haber florecido de la lectura de novelas del siglo XIX o de algún gen peregrino que decidió componer su estructura molecular— yéndose de su casa, tomando un tren que lo llevaría en un viaje de veinticuatro horas a la ciudad de Bogotá.

Ya en la capital, Oscar llegó donde unos familiares que vivían en el tradicional barrio Egipto, conocido por su estruendosa celebración de los reyes magos y su olvidada ermita fundada en el siglo XVII. Su primer trabajo lo consiguió en el lugar donde llegaban los alimentos que abastecían los estantes capitalinos de aquel entonces: la plaza de mercado San José. Trabajó en aquel lugar durante más de diez años, con un horario laboral que iniciaba a las cinco de la mañana y finalizaba a las tres de la tarde, obteniendo como remuneración un peso, más el desayuno y el almuerzo del día. No obstante lo anterior, su destino no era el de trabajar en una plaza de mercado y por eso, las inexplicables fuerzas del azar enviaron a su amigo Luis Miguel Ramírez, con un ofrecimiento de ir a trabajar a Pereira, que lo llevó a realizar un viaje por carretera al eje cafetero (aprovechando que existían vías para llegar a esa ciudad).



A su llegada a Pereira, Oscar inició sin prolegómenos el trabajo para el cual había viajado tanto tiempo: llevar libros de la editorial Bedout a la capital de la república; que aunque podría parecer una labor poco romántica y sanchopancesca, le dejaba en cada viaje un margen de ganancias del 50%, que era mucho más de lo que ganaba en la plaza de mercado.

Varios recuerdos de aquella época, desfilan con ahínco en la memoria del ahora librero. Pero son sus ocurrencias gastronómicas en el centro de la capital las que se llevan todo el protagonismo. Cuando tenía que almorzar y contaba con poco dinero, como muchos libreros y rebuscadores, acudía a “caldo parado”, un pequeño mesón donde vendían una sopa que era capaz de quitar la borrachera más brava y el hambre más impetuosa, y que debía su nombre al hecho de que no existían mesas donde se sentaran los clientes. En los tiempos de buena liquidez, acudía al restaurante Madrid, donde por quince pesos podía pedir un “serrucho”, que constaba de arroz, papa frita, huevo frito, pollo frito y carne de res frita: un manjar que engordó a una generación de capitalinos.

Infortunadamente aquel mundo de viajes y gastronomía no duró para siempre y un día cualquiera de la nefasta década de los ochenta, luego de combatir por muchos años contra los exacerbados pasivos que aumentaban mes a mes, la empresa Bedout S.A. apagó sus maquinas y cerró sus puertas, concluyendo con la historia de una pequeña tipografía familiar iniciada en 1889 que llegó a ser una gigantesca empresa en el país. Oscar entró en el paro, en una situación que no conocía luego de haber estado trabajando sin descanso por más de una década. Ya no había imprentas creando libros en Pereira, ni ejemplares qué transportar.
Por eso, fiel a su aventurera herencia paisa, Oscar viajó al barrio San Victorino, cuya historia nos muestra que desde hace más de un siglo se ha caracterizado por ser un lugar donde no sólo se respira sino se vive el comercio. El desempleado librero se adentró en las profundas calles de aquel lugar, caminando entre honestos vendedores, ladrones y prostitutas que había en aquel lugar. Encontró luego de una larga travesía su lugar en una de las tantas casetas de compraventa de libros que existieron en la carrera 10 con Avenida Jiménez y luego de visitar una gran cantidad de casas y oficinas, consiguió el deposito que recolectaba los mejores libros botados y olvidados que personas tiraban como un producto de consumo rápido. Ahí estuvo un tiempo corto pero provechoso, hasta la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando el alcalde Julio Cesar Sánchez ordenó demoler las casetas de libreros, como consecuencia de un plan de recuperación del centro que buscaba “mejorar las condiciones de vida de la población bogotana”.



Si bien históricamente las medidas tomadas por el alcalde Sánchez fueron una decisión acertada para la recuperación de aquella tierra de nadie en que se había convertido el centro de Bogotá, varios libreros entre los que estaba Oscar, tuvieron que convertir las calles en su lugar de trabajo, por cuanto el consorcio Centro Cultural del Libro —que se creó como solución a los desahuciados comerciantes de las casetas— exigía altos costos de estadía que no todo el mundo pudo pagar. A partir de ahí se expandió la figura del librero ambulante, que no sólo se asentó en San Victorino, sino se expandió hasta los barrios Kennedy, Fontibon, Venecia, las Ferias, entre muchos otros; permitiendo que varias esquinas bogotanas pudieran ser el lugar apropiado para conseguir la Iliada, la Odisea o los cuentos de Julio Ramón Ribeyro a quien las grandes librerías descatalogaron por ser un escritor que no pudo montarse en el fugaz tren del Boom Latinoamericano. Era una nueva época. La de las calles de las palabras.       
Intermedio

Curiosear libros usados, es una labor que pocos hacen, pero que trae algunas pequeñas curiosidades. Algunos tienen dentro de sus primeras hojas una dedicatoria como «Sandra eres genial. 11/05/60» y otros llevan frases subrayadas, en los cuales algún lector de otra época, acentuó sus impresiones sobre algún párrafo del libro. Este por ejemplo, es un fragmento subrayado del libro Rostoptchin el incendio de Moscú (1812) de Maurice de la Fuye, en una edición de Iberia-Joaquin Gil editor del año de 1942: “Cien personas que comen y beben como se requiere en un país donde las calorías solares se distribuyen durante diez meses con cuentagotas”. Quién sabe qué habría pensado el lector que pasó suavemente su lapicero debajo de las palabras impresas. En todo caso, esta curiosa labor también es un trabajo difícil de realizar.

Cada tercer día de la semana, Oscar acude aproximadamente a las seis de la mañana al depósito donde adquiere los “saldos” (grupos de 50, 100 y más libros, que son colocados en torre, para ser vendidos en grupo) que va a vender en el transcurso de los días. Aunque puede llegar a las siete, a las ocho y por tarde a las nueve, los mejores saldos son llevados con una rapidez alucinante. “El librero tiene que tener cultura general para saber qué saldo comprar” exclama Oscar, mientras observa cual grupo de textos vale la pena llevar.

La primera columna que mira tiene buenos libros. Están la ciudad y los perros, memorias de Adriano, la Ilíada, entre muchos otros que convierten el saldo en un apetecido objeto de compra, ya que los libros de autores latinoamericanos son muy escasos en este medio por la poca cantidad de ejemplares que llegan al país, principalmente a las grandes librerías y porque aquellos saldos están acompañados generalmente de libros malos que nadie compra. Por tal razón, luego de tener el primer visto bueno por el contenido, procede a tocar los libros de rugoso tacto, con el ánimo de conocer si están en buen estado o no y de esa forma decidir si lleva para la venta aquella pila de libros o le toca seguir caminando por el lugar en búsqueda de buen material para llevar.

Luego de transcurridos varios minutos en el lugar, el librero toma su decisión. Va a llevar el primer saldo observado. Lo convenció, no sólo los buenos ejemplares que tiene sino una dedicatoria escondida en uno de los tantos libros que dice: “este libro se terminó de imprimir en noviembre de 1994, pero a las librerías sólo llegó esta semana, y como que fue escrito especialmente para ti. lealo y cuéntame si te gusto. Y también si me lo recomiendas. Para ti con mucho cariño 22 de diciembre de 1994”. Posiblemente alguna otra persona le de el valor que en verdad merece aquel libro.    
2.

Sobre las diez y veinte de la mañana de todos los días hábiles, Oscar de J. Vargas, librero profesional y lector incansable de Alejandro Dumas, llega al Parque de los Periodistas con su pequeño carrito de delgados barrotes rojos y pequeñas llantas desgastadas. No ha llovido en todo el día, ni tampoco las nubes amenazan con enviar los torrentes de líquido sobre las cabezas de los transeúntes. Como consecuencia de lo anterior, su pequeño alfa romeo, que le sirve desde hace cuatro años, puede andar con total calma, sin miedo a que en algún charco o en alguna baldosa húmeda, sufra un accidente que obligue a su dueño a llevarlo alzado.

En otra época, éste era un espacio donde periodistas, poetas y literatos se reunían a intercambiar información y hablar sobre la vanguardia artística del momento. Hoy, es un lugar que sirve de corredor a estudiantes, oficinistas y mendigos, como también de sala de espera a quienes tienen que aguardar a que las manecillas del reloj avancen a un punto más avanzado. Oscar conoce el lugar, viene a trabajar desde hace cuatro años, cuando existía un mercado de las pulgas que fue reubicado por la administración local.

Luego de atravesar el parque, pensando en algún asunto pendiente, llega a su pequeña esquina donde desempaca con habilidad de prestidigitador, una tabla que mide más de un metro y tres cajas, que servirán como stand por el resto del día a obras como la ciudad y los perros, crimen y castigo y el viejo y el mar. Es cautivador ver como los libros salen de forma inexplicable de aquel pequeño carrito, en la mano de su vendedor, como un conejito que brota del sombrero del mago. Pero los transeúntes hacen caso omiso de este pequeño portento que les ofrece el día, ya que tienen muchas cosas que hacer, como llegar a su lugar de trabajo o a entregar algún texto en la universidad.



Todos los días no son buenos. En ocasiones, el librero tiene que luchar de manera quijotesca contra el tiempo capitalino, que gusta ser impredecible enviando en días soleados y despejados, diluvios inesperados que transforman las calles en pequeñas lagunitas que obligan a Oscar a sacar un pedazo grande de plástico para proteger las obras de papel que se fácilmente se dañan con el agua. Otros días tiene que enfrentarse a la grosería de algunos transeúntes que consideran que un libro con un valor por encima de quince mil pesos en su stand callejero, es una infamia de proporciones casi épicas (un libro de bolsillo barato en una de las grandes librerías de la ciudad, no se baja de veinticinco mil pesos).No obstante lo anterior, hoy tanto los clientes, como el clima se comportan de la mejor manera.

Un chico de camisa negra y chaqueta larga pasa por el lugar felicitándolo por su quijotesca labor. Posiblemente es un cliente habitual, aunque también puede que sea uno más de ese ínfimo porcentaje de personas que saludan a desconocidos sin razón aparente. Luego pasa una chica de veintitrés o veinticuatro años, de brillante pelo rizado negro y un libro de pasta celeste.

—¿Usted cambia libros?—pregunta tímidamente. El librero le contesta negativamente. Ella se queda observando el stand. Su mirada es curiosa, peculiar, casi impertinente. En una librería de cadena sería vista por el empleado como una presunta delincuente. Oscar, al contrario, ve este gesto con aprecio, esperando que sea una cliente potencial, mientras paralelamente observa las baldosas que no almacenan humedad en el día de hoy y se rasca levemente la cabeza. De un momento a otro rompe el silencio.



—Bueno depende del libro. La cuestión es que a veces me traen libros que no valen la pena…muéstreme qué libro es— la chica quita su mirada de los libros en el stand y le entrega la obra que tiene en su mano derecha al librero. Es una obra de José Saramago con un gigantesco letrero que dice con exagerada “mayusculitis” «Ganador del Premio NOBEL 1998».

—¡Ah! José Saramago, bueno este si vale la pena. ¿Por cuál se lo cambio?

—Es que no lo he terminado— dice la chica bajando un poco la mirada.

—Usted no se preocupe, cuando lo termine de leer viene y hacemos el cambio.

La niña sonríe, vuelve a mirar con gran curiosidad los libros que están encima del stand. Ojea los ejemplares que se encuentran sobre la tabla, mientras Oscar ve con gran satisfacción la posibilidad de un nuevo cliente. No ocurre ninguna transacción. La chica retira la mirada de los libros, agradece al librero por su atención y se retira del lugar siguiendo con su camino. Como no pasan más clientes, el librero se sienta en su butaquita, toma uno de los libros de exposición y empieza a leerlo, mientras el reloj sigue su curso normal hasta la una de la tarde, hora en la que Oscar saca de un bolso metido en su carrito, una olla donde se encuentra el almuerzo caliente que trajo en el día de hoy.

Otro cliente pasa por el lugar. Es al parecer un estudiante de alguna de las muchas universidades que quedan cerca del lugar. Observa con curiosidad los libros de Hermann Hesse que están sobre el stand. Es el momento de entrar de nuevo en acción.
—Si señor, qué se le ofrece— le dice Oscar con su imborrable pero cálido acento paisa. El chico le señala el libro del lobo estepario y le pregunta sobre qué trata. Oscar le ofrece una breve sinopsis de la historia y le ofrece algunos argumentos de por qué debe leer ese libro. El chico mira con curiosidad la obra. Su mirada muestra que en su cabeza se está gestando una decisión. El librero por su parte, sigue ofreciendo la obra de forma persuasiva, exponiéndole las bondades del libro que leyó hace algún tiempo. Finalmente el estudiante toma una decisión: comprar el libro. El precio, la calidad material y las recomendaciones del librero lo convencen que es una decisión que no debe retrasar más.



Luego de que el chico se va, Oscar vuelve a su butaca. Sin falsa modestia, ni mentiras, esgrime que “el librero ambulante es el que mejor libros tiene y mejor selecciona”. Su stand habla por sí mismo. Es el resultado de años de lectura y labores relacionadas con las palabras y las hojas de papel, que lo llevaron a tener un descomunal conocimiento de la literatura, que podría avergonzar a muchos profesores de materias relacionadas. No obstante lo anterior, su labor no está en salones, sino en esa pequeña esquina del parque de los periodistas que el ICFES y la policía le permiten utilizar para promover de manera efectiva la lectura, con precios asequibles de libros que alguna vez pertenecieron a bibliotecas particulares de algún personaje que el lector nunca conocerá, ya que los años pasan, los lugares se acaban o cambian, pero las palabras siguen igual.