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miércoles, 15 de febrero de 2012

Hay Festival 2012 Cartagena (parte 3)



La mañana del sábado me sorprendió solitario, en ropa interior y queriendo dormir más. La temperatura era de 27 grados aproximadamente y el sol quemaba las desprotegidas espaldas de los turistas que a esa hora disfrutaban las primeras olas del mar. Me levanté emitiendo baladronadas contra las asquerosas leyes de este país que nos obligan a nosotros, los colombianos, a pagar más que los extranjeros por viajar dentro de nuestro país; mientras pensaba en el que iba a ser el segundo (y último) día de Hay Festival para mí. Como no se me ocurrió un ritual previo a la primera conversación, acudí a la playa a realizar aquella actividad sin sentido de adentrarme un par de metros en el mar, para sentir los golpes de las olas en mi cuerpo.

Me vestí con mi pantaloneta de ir a piscina y salí del hotel con dirección al mar. Lo primero con lo que me encontré al pasar la calle y tocar los primeros granos de arena, fue con dos costeñas, que en un tono de confianza me ofrecieron “el masaje relajante, las trenzas”, y otros servicios; a los cuales respondí negativamente, antes de recibir el ofrecimiento de la pruebita, que como sabemos los que ya hemos ido varias veces a Cartagena, no es sino el ofrecimiento del servicio por un tiempo menor por el mismo precio (no es gratis, es mentira). Luego de las dos mujeres, me topé con otro trabajador de la playa, que me ofrecía un viaje en “banana”, moto acuática y deportes extremos. Para sacármelo de encima, le dije con tono inocente “mañana me monto”, sin mencionarle que al otro día viajaría de vuelta a la nevera.

En fin, luego de esquivar de todas las formas toda clase de comercio playero que sirven como único medio de trabajo a la población de bajos recursos en Cartagena, entré en el mar salado que con fuerte ímpetu, impulsaba litros de agua contra la arena de la orilla. No sé qué tiene aquella actividad de introducirse en una pequeña parte del mar para recibir sus fuertes olas que golpean la espalda del bañista, pero es una actividad que parece tonta, pero que con mucho gusto ejecutamos. En todo caso y para no demorarlos más con mis choco-aventuras; por andar medio sumergido en el mar, me cogió la tarde y me tocó salir corriendo a eso de las 11 al hotel, para bañarme, vestirme y salir para el Hotel Sofitel, donde era la siguiente conversación.


Cuarta charla: 200 años del nacimiento de Dickens: Andrew Davies en conversación con Peter Florence (Salón Santa Clara Hotel Sofitel)







El Hotel Sofitel tenía un buen número de personas en su interior cuando yo llegué. Habían tres filas que llevaban a tres destinos distintos: la primera al lugar donde se compraban los libros (bien caros que si los vendía la “Librería Nacional”), la segunda para obtener la firma de varios autores que estaban sentados al lado del stand de la venta de libros; y la tercera, para entrar a la conferencia en inglés sobre los 200 años de Dickens que era adonde me dirigía. Pedí los audífonos porque la verdad es que no soy la gran cosa en “listening” (bueno y en inglés en general) y entré a aquel ceremonioso auditorio, con una cabina para las traductoras, velas, parlantes marca BOSE y un número extenso de sillas que serían ocupadas en instantes.



El auditorio se llenó y los dos conversadores llegaron para hablar de Dickens, Austen, la adaptación de sus novelas al cine y la televisión, entre otros temas. Fue una conversación bastante agradable, donde hablaron de la labor del guionista de televisión, como es llevar una obra maestra de la literatura al formato audiovisual y en qué momentos el guionista pone de su creatividad para modificar (tanto en la forma del lenguaje utilizado como en el fondo) la obra, de manera que sea más fácil de digerir por el espectador. Me disculparan que sea tan corto y más teniendo en cuenta que hablé pura paja en los renglones anteriores a este acápite, pero de nuevo, mi  memoria me trae momentos de aquel evento y por tanto, no quiero caer en imprecisiones. Lo siento.

Quinta charla: Ideas para un mundo en transición: Carlos Fuentes, Javier Moreno (Diario El País), Juan Manuel Santos y Sergio Ramírez (escritor y exvicepresidente de Nicaragua) en conversación con Alejandro Santos (Teatro Adolfo Mejía)








Esta fue la conversación más esperada del día. Inicialmente el presidente Santos no estaba en la lista de invitados, pero como el expresidente de España Felipe González no pudo venir, sirvió de llanta de repuesto para el conversatorio. Sobre los momentos pre-conversación les cuento que la llegada de Santos que fue buena para los espectadores, ya que abrieron la puerta más temprano. Yo llegué aproximadamente media hora antes de empezar el evento y la fila era cortica (pueden constatarlo con las fotos de arriba). En el lugar habían unos anillos de seguridad donde: lo requisaban a uno, le preguntaban si era empleado público (de qué entidad era de paso) y le daban las gracias por las molestias.







 
Antes de entrar en materia sobre la conversación quiero tocar un tema que siempre mencionan luego de los Hay Festival. En la prensa siempre aparecen columnistas que dicen que este tipo de eventos “culturales”, son elitistas, pero la verdad, es que no son elitistas, sino sociales. Las fotos que les muestro lo dilucidan. Ahí vi entrar al presidente del partido conservador (que les apuesto no ha leído nada de Fuentes y si al caso conocerá los libros que leyó en el colegio), a la esposa de Santos, a la afamada ministra de educación (que debería estar haciendo cosas más productivas), al expresidente Betancourt; entre muchas otras figuras del jet-set criollo que en su mayoría, simplemente iban a tirárselas de cultos yendo a esta clase de eventos. La política y la sociedad de los cocteles se tomaron los espacios culturales, pero bueno, eso a nadie importa.





Vamos a lo importante. Fuentes y su grupo de conversadores entraron al auditorio con Alejandro Santos, bajo una ola gigantesca de aplausos. En su conversación hablaron sobre los indignados, los medios de comunicación, las relaciones de poder (por el ladito tocaron el tema de la literatura y el poder), las drogas (que fue el tema que más eco se le hizo en los medios de comunicación), entre otros que ahorita no me acuerdo. Sobre los conversadores, Fuentes y Ramírez fueron los más lúcidos y carismáticos de la plataforma. Javier Moreno fue sobrio pero contundente. Juan Manuel Santos…bueno, la verdad es que el tipo parecía como en campaña cuando exaltaba los logros de su gobierno, y en un coctel cuando hablaba del amigo del amigo y de la amistad con Fuentes (de quien fue alumno en Harvard).
El único punto negro de la conversación, fue que el público aplaudía cada que intervenía uno de los conversadores y…Juan Manuel Santos.







La conversación fue correcta y apenas terminó, salí corriendo a hacer fila para la firma de Fuentes. Los que estuvimos ahí, esperamos entre la incertidumbre, los rumores sobre que él no iba a venir, que el presidente Santos se lo iba a llevar inmediatamente, que estaba cansado, ect. Pero Fuentes llegó. Salió de la cortina roja de entrada al auditorio y se paró en la mesa predestinada para la firma de libros. Todo el mundo lo aplaudió apenas lo vieron aparecer, ya que el tipo cansado y todo, quiso hacerles este gesto a sus lectores (era el único que podía decir si firmaba o no libros).       

Sexta charla: Revistas, hombres y rock and roll: Daniel Samper Ospina y Dylan Jones en conversación con Rosie Boycott







Antes que todo, las personas que asistimos al conversatorio, esperabamos una conversación light, donde los conversadores se dedicaran a tocar temas lights sobre las revistas para hombres. En realidad no fue así ya que fue una conversación sumamente formal donde hablaron de las revistas dirigidas a hombres, la publicidad, y la censura que padecen las revistas por parte de los anunciantes; política, ventas…y otros temas que no tenían nada que ver con rock and roll. Como cosa rara en las conversaciones de Samper Ospina, en el momento de las preguntas salió un atarban, oscurantista y cristiano  preguntando por la “prostituta” que hizo las imágenes de la última cena. Ya se imaginaran la respuesta de Samper Ospina.
Como elemento que resaltó de la discusión (y que no sé por qué los medios no reseñaron) el señor Dylan Jones se la pasó insinuando que el producto de Colombia, siempre estaba diez años por detrás de lo inglés; razón por la cual, una chica colombiana le preguntó en inglés, directamente al señor Dylan, la razón de aquellos ataques contra lo colombiano. Dylan, sorprendido por la pregunta, se inhibió y dijo que lo habían malinterpretado; la chica le contrapreguntó que entonces qué opinaba y le dijo que fuera concreto, a lo cual se unió Daniel Samper (que también es otro prepotente) diciendo que había entendido la misma cosa y lo exhortó a que respondiera, razón por la cual, la moderadora terminó abruptamente la charla con un “Peace boys”. No sé porque no hubo debate, ni una nota alrededor de esto por parte de los medios, pero bueno…cosas del festival. 

Séptima charla: Jonathan Franzen en conversación con Juan Gabriel Vásquez


La mejor charla del día.








Franzen es uno de los escritores más reconocidos de Estados Unidos y en el momento en que hacía la fila, conocía poco o nada de su obra y en aquel momento, a duras penas sabía que había quedado finalista para el Pulitzer con “The Corrections” y había sido vanagloriado por el presidente Obama por su libro “Liberty”.
Llegué faltando media hora para iniciar la conversación. La fila era gigantesca y no me la creía, de que un autor estadounidense que no es tan conocido en Colombia fuera tan taquillero. En todo caso, me paré e hice una fila de cuarenta minutos para conocer a Jonathan Franzen en su conversación. Para abreviar, abrieron las puertas faltando 5 minutos para empezar la conversación y la gente entró casi corriendo a buscar silla. A mí, me tocó en el último piso mirando de frente la tarima donde estarían los dos conversadores.





Franzen y Vásquez empezaron hablando del gusto por los pájaros el escritor estadounidense, rememoraron algunas escenas de su periodo de escritura antes de “Las Correciones” (donde tuvo un matrimonio cayéndose a pedazos); del significado de escribir, de la parafernalia a la hora de escribir (Franzen decía que escribía en un computador sin internet para evitar las distracciones);  sobre la última novela de Franzen “Libertad”; hubo una crítica hacia el capitalismo; el tema político pasó por los micrófonos, entre otros; de los cuales destaco el tema del libro electrónico y de las series de televisión americana.

El tema del libro electrónico me parece que fue el malentendido más grande de la conversación. El hombre dijo que no tenía nada en contra del libro electrónico, que no le caía mal, pero que prefería un libro de papel por lo siguiente (discúlpenme las citas desordenadas):

“The technology I like is the American paperback edition of ‘Freedom,’”   (Prefiero la tecnología del libro de papel de “Libertad”)

My problem with e-book readers is that one minute I’m reading some trashy website, the next minute I’m reading Jane Austen – on the same screen (Mi inconformidad con los lectores de libros electrónicos, es que en un momento están leyendo alguna web basura, y al otro, están leyendo Jane Austen – en la misma pantalla!!)


“I can spill water on it and it would still work! So it's pretty good technology. And what’s more, it will work great 10 years from now. So no wonder the capitalists hate it. It’s a bad business model,” (Le puedo echar agua y sigue trabajando! Es una muy buena tecnología. Además, puede seguir funcionando igual de bien después de 10 años. Así que los capitalistas la odian. Es un mal modelo de negocios) [hablando del libro de papel].


“The Great Gatsby was last updated in 1924. You don’t need it to be refreshed, do you?" (El Gran Gatsby tuvo su última actualización en 1924. Los lectores no necesitan estar actualizándola, o sí?) [Aquella frase esta sacada de contexto en varios medios de comunicación, se las explico. Lo que pasa es que antes estaba diciendo que él, siempre que quería ver los resultados de los partidos de football (creo que era de football), no acudía al periódico en papel sino al virtual, porque los subían de una vez. Por ello salió con aquello de que no era necesario  actualizar las obras literarias y por tanto, la utilidad era distinta a la de los periodicos.]


“I think, for serious readers, a sense of permanence has always been part of the experience. Everything else in your life is fluid, but here is this text that doesn’t change.” (Pienso, que para los verdaderos lectores, aquel sentido de permanencia siempre ha sido parte de su experiencia. Todo en la vida cambia, pero este texto nunca lo hace.)





Por las anteriores declaraciones y muchas más, unos personajes salieron a decir que Franzen había dicho que los libros electrónicos eran malévolos, que los odiaba y otra serie de estolideces que no corresponden a la verdad; ya que simplemente expuso sus razones de por qué preferia los libros de papel.

En otra intervención menos polémica, comentó que su libro las correcciones iba a ser llevado a la televisión en forma de serie y de paso, hizo una crítica de cine, diciendo que prefería el mundo de las series más que el de las producciones cinematográficas, porque mientras al año, la mayoría de películas que salían era para un público de 12 años con ganas de ver escenas inocuas y estúpidas (cosa que estoy completamente de acuerdo); la televisión está sacando muchas producciones excelentes en ese mismo tiempo (Homeland, Boardwalk empire y Californication, por ejemplo).

En fin. Fue una agradable conversación, donde vimos a un hombre solitario, con  ideas políticas, literarias que me gustaron.

Colofón

Antes de terminar este escrito de tres partes sobre mis peripecias en Hay Festival 2012, pido disculpas por ser breve en mi narración de esta tercera parte. La razón es que inicié esto por contar aquellos momentos que viví en Cartagena y bueno, las ocupaciones no me han dejado tiempo para sentarme a escribir como quisiera (o como lo estaba haciendo).

De lo que vi puedo comentar lo siguiente. Hay Festival, solo es un festival dentro de los conversatorios. Cartagena no cambia, no hay ningún aire de misticismo ni cultura (como puede existir medianamente con el Festival de Teatro por ejemplo); es un evento capitalista producido por las corporaciones y editoriales con el ánimo de vender libros (sé que sonó un poco a conspiranoico, pero así es). Los autores caminan por los lugares, te firman libros, te sonríen; pero si no eres una persona con pinta de ser de la sociedad de los cocteles, no van a tener una conversación contigo (me di cuenta de esto con varios). Hay extranjeros y extranjeras (muy buenas) que van con el ánimo de conocer Cartagena, disfrutar del calor…ah e ir a los conversatorios, así que el turismo es el de siempre. Los libros, son carísimos, se suben mucho de precio y por eso no son fáciles de adquirir. Al respecto quisiera citar las declaraciones desafortunadas y absurdas del escritor Oscar Collazos: "Como la lectura de obras literarias, es un evento elitista que tiene, en algunos casos, ribetes de masas cuando se trata de grandes escritores de prestigio internacional. Aquí todo gira alrededor de los escritores y sus obras. Por supuesto que el pueblo y la clase media que paga 100.000 pesos por un concierto de Diomedes Díaz, no pagará 10.000 por una conferencia de Carlos Fuentes, Almudena Grandes o Salman Rushdie, por ejemplo. Ni siquiera se plantea la posibilidad de pagar por escuchar a un escritor que no ha leído, como tampoco se ha planteado la posibilidad de comprar por 40.000 pesos una buena novela después de pagar 200.000 por una botella de whisky". Ojalá al señor Collazos le recuerden que en Colombia no se toma whisky de 200.000 pesos (de pronto él que gana mucho dinero), sino aguardiente de 20 mil (la mitad de una novela). También, que se pueden conseguir novelas muchísimo más baratas en Argentina o en España y que en Colombia son carísimas, por lo que no son asequibles a todo el mundo. También sería bueno que el escritor Collazos se paseara por los hoteles de la heroica,  para que se enterara que los precios no están al alcance de “el pueblo y la clase media” y que cobran más a los colombianos que a los extranjeros.

La anterior declaración también me lleva a otro punto que toqué de manera light antes: el elitismo. Hay Festival, no es un evento elitista, ya que como dije anteriormente, estuve sentado al lado de Paulo Laserna y en otros eventos, de personas de la alta alcurnia, sin que me echaran como un perro. Lo que sí es, y no tengo ninguna duda de ello, es un evento social, donde el jet-set criollo va a tomarse la foto y a decir que son cultos por haber asistido a este evento. A modo de paréntesis, no sé qué dirá el citado escritor Collazos sobre las personas que no han leído obras literarias, pero van simplemente por hacer pantalla y comprar libros con la firma de los autores, que luego chicanean a sus amigos que si saben sobre el autor. Lo más posible es que no diga nada, porque con la comida, uno no se mete.

En fin. Con esto termina mi texto sobre el Hay Festival 2012 diciendo para finalizar, que me gustó y si hay buenos invitados y hay plata (requisito indispensable), posiblemente vuelva el próximo año.

martes, 7 de febrero de 2012

Hay Festival 2012 Cartagena (parte 2)


En la última (y primera) entrega quedé en que eran aproximadamente las dos de la tarde, estaba decepcionado porque había sentido que aquel supuesto festival de la cultura era un lugar donde iban las señoras de “dedo parado” a oír a un escritor “comediante”, llevado bajo el patrocinio de la empresa privada que buscaba vender productos y servicios, y libros, muchos libros y café bien caro. También en la última entrega no recuerdo si lo escribí, pero sentí que (aquí le doy la palabra a mi libretica) el ambiente de festival era poco o nulo, ya que no era diferente del que tiene Cartagena en temporada baja, con vendedores ofreciendo chucherías, productos por el doble del precio original (me metieron 2 dolex forte en 4000 pesos, siendo que se puede conseguir en 1500 o 2000, pero me dolía mucho la cabeza) y canciones por billetes. Por último, también les conté mis apreciaciones del primer conversatorio entre Mario Jursich y Juan Gabriel Vásquez, donde mi sensación fue que los dos eran unos tipos agradables, buenas personas; pero que no colmaron unas expectativas que tenía altas al haber escuchado al escritor en otros espacios donde sus exposiciones habían sido muy interesantes.  


Segunda charla: Carlos Fuentes en conversación con Juan Gabriel Vásquez y Santiago Gamboa. (Teatro Adolfo Mejía)







Almorcé y me dirigí de nuevo al Teatro Adolfo Mejía para iniciar la fila de entrada a la conversación más esperada del día: Carlos Fuentes en conversación con Juan Gabriel Vásquez y Santiago Gamboa. De Carlos Fuentes merece hacer un punto en el camino para hablar un poco de su obra.

Fuentes es un escritor mexicano de 84 años que nació en Panamá, de padres diplomáticos (y por tanto pudientes), que pasó su infancia en distintos países como él mismo lo dice en su entrevista con Soler Serrano (que está un poco más atrás en este blog). Él empezó muy joven como periodista y escritor, y se graduó como abogado de la Universidad Autónoma de México. Fuentes en su escritura, tiene un estilo sofisticado que hace que muchas de sus novelas sean complicadas al leerlo por primera vez, razón por la cual, se recomienda empezar con sus cuentos o con Aura.
Su primer (magnifico en mi opinión) libro publicado, fue la región más transparente, donde buscó por medio de la novela, ir al quid de la identidad mexicana(o de la nación si se me permite), narrando en forma histórica las peripecias de varios personajes pertenecientes a distintas clases socioeconómicas de México. Luego de este libro, el siguiente gran éxito fue la muerte de Artemio Cruz, donde narra la historia del poderoso Artemio Cruz, quien en su lecho de muerte empieza a recordar las etapas más significativas de su vida, haciendo de paso un análisis a distintos momentos de la historia de México sin alejarse de la historia de aquel moribundo personaje. Luego continuaría publicando buenos libros como Aura o Terra Nostra (según la crítica ya que este no lo he leído); de los cuales el último mencionado, ha sido denominado por muchos estudiosos de la literatura, el último libro del llamado Boom Latinoamericano. A partir de ahí (según una opinión algo generalizada en la crítica) su obra empieza a decaer, y los libros publicados no aportan mucho a su obra ni a la narrativa en español. No obstante lo anterior, a Carlos Fuentes lo avalan como uno de los escritores con mayor reconocimiento en el mundo una serie de premios como el Cervantes (el más importante premio de la literatura en español), muchos de sus cuentos, ensayos y sus primeras novelas que renovaron la narrativa hispanoamericana; que contribuyeron para dar lugar a nuevas generaciones de escritores que antes no se veían. 

Siguiendo con mi relato, llegué una hora antes a la fila del antiguo Teatro Heredia, para esperar mi entrada al auditorio y con ello, la conversación que sostendría Fuentes con Gamboa y Vásquez, dos de los más reconocidos escritores de la actualidad. La fila fue larguísima desde una hora antes de empezar el espectáculo como pueden observar en las fotos, por lo que muchos tuvimos que comprar botellas de agua a $2.500 y $3.000 pesos, mientras veíamos a nuestro lado, a algunos expresidentes (como Samper) bajándose de sus grandes camionetas (prestadas posiblemente por la alcaldía) para entrar al espectáculo por una puerta diferente a la de nosotros sin hacer fila. A diferencia de ellos, “famosos”, escritores y otros conversadores del Hay sí hicieron la fila como la gente normal, demostrando más civismo que los políticos que se creen intocables. En todo caso, a las 5 y 30 (hora a la que supuestamente empezaba el evento) se abrieron las puertas para que nosotros, los ciudadanos de a pie que no ostentamos ni hemos ostentado cargos públicos (afortunadamente, no somos corruptos ni ladrones) entráramos a un auditorio que poco a poco se fue llenando hasta el punto de cubrir todos sus asientos, los cuales, no eran poquitos. Como último dato “resentido”, aquellos políticos que entraron por la puerta de al lado, no necesitaron ir a buscar silla como nosotros, ya que les dejaron varios palcos reservados para ellos.



El teatro, como pueden observar en las fotos, estaba lleno y a mí me toco ir a un palco lateral al lado derecho de Paulo Laserna, quien con su hermosa novia (creo que es novia) me hicieron compañía sin cruzar palabra en todo el conversatorio. A mi lado izquierdo (o más bien en el palco del lado izquierdo), estaba una hermosa periodista del espectador (eso decía su escarapela), cuyos ojos azules y pelo mono pintado, capturaron mi mirada en varias ocasiones del conversatorio. Su risa y sus suspiros; sus juegos de pisarme levemente para que yo levantara suavemente su pie incrustado en aquella sandalia blanca que estaba sobre el mio,  hicieron de mí, un desconcentrado estudiante que no cruzó palabra con aquella bella chica debido a mi desgraciada propensión a la monogamia que me puso limites que en condiciones de soltero habría dejado de lado (así me ganara una cachetada). En fin, los estoy aburriendo con mis apreciaciones subjetivas. Volvamos al conversatorio.



Fuentes, Gamboa y Vásquez ingresaron del lado izquierdo del auditorio mientras el lugar estallaba en aplausos dirigidos principalmente para el mexicano. Los tres escritores se sentaron y Fuentes fue el primero en hablar, para presentar (de forma atípica) a sus entrevistadores, elogiándolos por sus trabajos literarios. Luego de lo anterior, procedió a decir que esta era la continuación de una charla sobre “Literatura y Ficción” que habían tenido anteriormente en Paris y entraron a hablar de literatura y la novela; del cine, de las drogas…de un conjunto de temas que siempre tenían que ver con el tema principal literatura y ficción.

El conversatorio inició con Fuentes ironizando con sus dos entrevistadores sobre el evento del crucero “Costa Concordia”, para luego entrar a discutir sobre las relaciones de literatura y realidad. Fuentes inició rememorando la necesidad que tuvieron los escritores del Boom para romper con la literatura que se venía gestando en sus países, tomando influencias de Estados Unidos o Europa. También mencionó que todos los escritores publicaron las mejores novelas de sus países desde el extranjero porque ellos tuvieron que entender sus países desde la añoranza que tienen desde su extra-territorialidad que los llevó a reinventarlos por medio de la literatura. Fuentes habló sobre las cartas que le envío su buen amigo Gabriel García Márquez cuando escribía cien años de soledad, donde el escritor se daba cuenta de su propia creación y que hoy, se encuentran (según Fuentes) bajo siete candados en la Universidad de Princeton. Fuentes habló de Cortázar, de su amigo el cineasta Luis Buñuel, del cual, Hitchcock aprendió para sus posteriores grandes obras cinematográficas; y mencionó un supuesto proyecto que tenía Buñuel de llevar “Aura” al cine con la ayuda de Fellini (lo cual hubiese sido maravilloso de haberse dado). 

Siguiendo con la literatura, Fuentes insistió en que la novela (y el libro en general pensaría yo) no va a morir, porque esta cuenta las cosas de una manera que no se puede narrar de otra forma. De igual forma sostuvo que la ficción va a seguir viviendo porque a diferencia de la realidad no tiene fronteras. También Fuentes contó que empezó a escribir una novela sobre el jefe del M-19 Carlos Pizarro hace varios años, pero que no la ha publicado (y posiblemente no la publique) porque siempre obtiene nuevos datos y eso no le deja terminarla del todo bien. Por lo anterior, consideró que el novelista no puede competir con la realidad y por tanto, recurre a crear un mundo diferente del real para contar sus historias (algo parecido a lo que dice Vargas Llosa en Historia de un Deicidio). Finalmente la conferencia terminó con la pregunta a Fuentes por parte de Gamboa, de qué libros recomienda a los prospectos de escritores leer, a lo que él contestó “El quijote, el quijote y el quijote”, para luego ser ovacionado con los aplausos de todo el auditorio quienes se pararon en señal de respeto ante aquel grande de la literatura. La conferencia terminó y mi cara larga cambió ya que puedo decir que fui a un conversatorio bien interesante, donde se tocó un tema que tuvo diversos matices pero que estuvo en una misma tónica. También, aunque tuvo el método charla de cafetería, me sentí más conectado con esta conversación (no obstante mi querida vecina) que con la anterior.


Bajé corriendo del auditorio cuando eran las 6 y media de la tarde, estaba oscuro y se respiraba un calor con olor a agua de mar en la Ciudad Antigua de Cartagena. Llegué rápidamente a la (ya larga) fila que estaban haciendo unas personas con el fin de que Fuentes le imprimiera su firma en su respectivo libro. Junto a mí, estaban esperando personas conocidas como Diana Uribe y otros gatos como yo que solo conocen en la casa que esperábamos poder conseguir la firma de Fuentes. A nuestro lado, en una fila más grande estaban unas personas que esperaban que se abrieran las puertas para acudir al recital de piano que venía a continuación (y del cual no pude conseguir boletas). Infortunadamente todos los que esperamos tuvimos que irnos con las manos vacías siendo las 6 y 45 de la noche, porque por compromisos de Fuentes, la firma de libros tenía que darse el día siguiente.      

Tercera charla: Daniel Mordzinski en conversación con Juan Gabriel Vásquez. (Plaza de Santo Domingo Salón del Rey)

Como dije anteriormente esperaba ir al recital de piano pero se acabaron las boletas antes de que pudiese haberlas comprado. Por tal razón, acudí a la charla de Vásquez (tercer conversatorio) con el fotógrafo Mordzinski en uno de los salones de la Plaza de Santo Domingo ubicado en el segundo piso; mientras en el patio del primer piso, tenía lugar la conversación entre la escritora Jane Teller y Jon Gower. Sobre esta conversación me permito comentarles que cerca de ellos había un stand de la Librería Nacional ofreciendo los libros de Jane Teller a precios supremamente altos.

El salón estaba organizado de la siguiente manera: había una centena de sillas que rodeaban la plataforma donde minutos después se sentarían los dos conversadores; en el techo (y más exactamente la parte encima de mí) estaban dos video-beam encendidos que apuntaban a distintas partes de aquel lugar que expondrían unos videos que Mordzinski había preparado para la ocasión y habían tres puertas, de las cuales, dos eran para que entraran y salieran los espectadores. Eran las 7 y 35 de la noche y los protagonistas de aquella charla no llegaban. Todos estábamos a la espera mientras pasábamos el tiempo observando a las personas que estaban en aquel lugar, como por ejemplo los tres muchachos (como si yo fuera tan viejo) que estaban al lado izquierdo del salón, algo retirados de las sillas, con dos computadores portátiles; o el escritor (eso decía su escarapela) de abundante barba que estaba a mi lado y quien no recuerdo su nombre.

De un momento a otro, como a las 7 y 40 de la noche, entraron el escritor y el fotógrafo de los escritores para sentarse en sus respectivos sillones, mientras el público aplaudía por su llegada. Mordzinski estaba de negro, mencionando medio en broma que estaba nervioso; y Vásquez de blanco, agradeciendo la presencia de las personas en el lugar. La charla – en síntesis – se las divido en tres partes de la siguiente forma: la primera que pareció casi libreteada de este artículo del Malpensante, fue en relación de aquella anécdota del payaso y la cámara fotográfica que Mordzinski no pudo obtener. La segunda parte de la conversación inició con la presentación de imágenes del último libro de Mordzinski “Últimas noticias del sur”; que fue acompañada de una bella música de fondo. Luego de aquello, el fotógrafo contó anécdotas sobre su viaje con Luis Sepúlveda, que hicieron amena la charla. Como tercera y última parte, Vásquez y Mordzinski procedieron a hablar sobre las “Fotinskis”, que son fotos donde Mordzinski pone a los escritores a realizar cosas bizarras (en su término anglo), como empezar a correr mientras le toma fotos (Saramago), a tener vestidos que no utilizan normalmente, a tomar fotos evocando tiempos de niño (Vargas Llosa), entre muchas otras actitudes que el escritor no tomaría normalmente, pero que acepta para las fotos de Mordzinki. Luego de aquella conversación, la charla terminó con la presentación de “fotinskis” como las que pueden ver acá.  

Pido disculpas por no haber ofrecido tantos detalles de la conversación, y esto es porque no anoté los temas tocados (y no quiero caer en imprecisiones) en aquella charla amena donde Mordzinski me enseñó algunos paralelos entre literatura y fotografía, donde Vásquez se terminó de redimir (para mí) de su primera floja conversación. Con lo anterior, terminó mi primer día de Hay Festival, con un resultado que se puede decir fue positivo ya que dos de tres conversaciones me gustaron y me dejaron con ganas de más; que les seguiré contando en la siguiente entrada.  

lunes, 30 de enero de 2012

Hay Festival 2012 Cartagena (parte 1)




Ambiente de Pre-festival 

Ayer, luego de dos días de conversatorios y caminatas por el Centro Histórico de la ciudad, terminó Hay Festival para mí. Todo empezó el jueves pasado cuando salí tarde de Bogotá aproximadamente a las doce de la noche (bueno técnicamente fue el viernes) por culpa de un supuesto “tráfico aéreo” que retrasó el vuelo más de tres horas de lo acordado. Como pequeño paréntesis de entrada, si usted amigo lector piensa hacer un vuelo a cualquier destino nacional, le recomiendo que elija una aerolínea diferente de Avianca ya que este año ha incumplido horarios a diestra y siniestra excusándose en su supuesto “tráfico aéreo” para ni siquiera indemnizar con una cajita de jugo o un sándwich a sus clientes. En todo caso y para abreviar, luego de una tediosa espera en el aeropuerto y un vuelo muy movido en el que también iba uno de los escritores con su esposa y uno de los periodistas que iría a estar en varias charlas; llegué a la una y cuarenta y cinco de la mañana aproximadamente al aeropuerto Rafael Núñez junto con el resto de viajeros del vuelo AV 9754.

Me bajé del avión como todo el mundo mientras sentía el abrasador calor de la “ciudad cultural” de Colombia y me dispuse a tomar mi equipaje de las bandas como muchos otros viajeros que arribaban el lugar. Mientras esperaba mi maleta, el escritor que iba en mi vuelo pasó al lado mío de la mano de su esposa, saludando a las personas que lo saludaban o lo conocían –los cuales aclaro, no eran mortales como yo, sino periodistas y gente de la vida nacional que alguna vez he visto, pero que no recuerdo sus nombres – y pues la verdad, no le di importancia al hecho, ya que no tiene nada de especial ni raro ver a un escritor haciendo vida social. En cualquier caso, mi pequeña maleta negra con líneas rojas, donde iba mi ropa, mi desodorante y mi champú; salió por las bandas indicándome que debía tomarla para salir a tomar un taxi para llegar al hotel.

Como buen colombiano que ha vivido en Bogotá (aunque no soy de ahí) soy desconfiado y por tanto me dispuse a pedir un taxi en la central ubicada al lado de la salida de pasajeros, ya que es vox populi, que muchos de los taxistas (y más si son de Cartagena) que ofrecen prestarle a uno el servicio de transporte en la puerta de la salida, por lo general inventan tarifas por encima de la autorizada con el ánimo de quedarse ilegalmente y sin ninguna vergüenza con la plata de los pobres turistas. De cualquier manera, el taxi que me asignaron, fue el de un conductor extremadamente obeso que vestía una camiseta polo, de color azul claro que se encontraba desteñida; y cuyo aliento delataba un tufo que podría ahogar a cualquier pajarito que pasara frente a su boca. Sobre aquel singular personaje que transitó por las carreteras de Cartagena a toda velocidad, me molestó que tuviera la música de su automóvil a todo volumen sin importarle las reiteradas solicitudes mías de que le bajara el volumen. En todo caso, no ocurrió ninguna acción que lamentar y el hombre me cobró los 17.000 que piden todos los taxistas de Cartagena por llevarlo a uno del aeropuerto al hotel y viceversa (El precio legal es de -$16.300).

Luego de haberme bajado del automóvil y haber entrado en el hotel, me dirigí a la recepción donde se encontraban un botones que a esa hora recibía a los noctámbulos viajeros y un cashier(eso decía su escarapela), quienes me dieron la bienvenida y me dijeron de manera amable y con marcado acento costeño, que aunque había pagado el alojamiento y los impuestos por internet, tenía que pagar mucho más dinero ya que “la tarifa de los colombianos es mayor que la de los extranjeros”. ¡Qué belleza! tenía que pagar más por venir a alojarme en un lugar de mi país. No sé qué ley, decreto u ordenanza regule lo anterior, pero dos días después, al dejar la llave del hotel en recepción y pedir el paz y salvo para salir, no me lo querían dar disque por no pagar los tales impuestos extras que tenían que pagar los colombianos y bueno, me tocó meteré la mano al drill y dejarles 45 mil pesos más por ser colombiano (ojala esto lo lean los patrioteristas). En todo caso, aquel día me registré, subí a la habitación y caí muerto en aquella cama doble que estaba lista para que me hundiera en un letargo sin sueños, bajo el calor de aquella noche sofocante que se mezclaba el frio del aire acondicionado de la habitación.

Me desperté aquel mismo viernes a las ocho de la mañana, mientras el sol empezaba a lanzar sus primeros rayos fuertes del día y para abreviar la cosa, desayuné, me alisté y me dirigí sobre las diez y media de la mañana al Teatro Adolfo Mejía; lugar en el que tenía que recoger las boletas compradas anteriormente para poder entrar. Vale la pena mencionar que esta vez, el taxi en el que me subí, tenía aire acondicionado y un conductor que no estaba ebrio y manejaba con responsabilidad.

Supuestamente las boletas no se pueden revender. Sí, como no.


Entré a la Ciudad Antigua por una “pequeña” abertura en la muralla, que me conecto con el Teatro Adolfo Mejía y en aquel lugar tuve mi primer contacto con Hay Festival en la taquilla del lugar. Como no sabía dónde reclamar las boletas que había comprado por internet dos semanas antes, hice la primera fila que vi, que correspondía a la venta de boletas. Al lado mío hubo toda clase de los revendedores ofreciendo la boleta para el “siguiente evento” en precios que no se bajaban de 50 mil y por los que nadie pagó más de 20 mil (la boleta en taquilla valía 17 mil). Aquella mañana estuve de malas, porque luego de haber estado como veinte minutos en la fila, una de las personas de logística me informó que como tenía abono comprado en internet, tenía que reclamar las boletas en otro lugar y bueno, me dirigí al lugar correcto refunfuñando por haber sido tan bobo y no haber preguntado. En todo caso, reclamé mis boletas, las cuales guardé en el único bolsillo con cierre del bolso que llevé y luego de lo anterior, me dirigí al Hotel Sofitel Santaclara, ubicado a cuatro cuadras de donde me encontraba para ver cómo era el movimiento del lugar y poder sentir ambiente de “festival”. Infortunadamente no sentí aquel ambiente de festival. Entré al hotel luego de caminar aquellas cuatro cuadras para encontrarme con uno o dos escritores dando entrevistas a cuanto personaje con escarapela de periodista estaba por el lugar, mientras en el stand de la librería nacional (única librería vendedora de libros autorizada en el evento) se vendían libros carísimos de artistas que estaban presentes en Hay Festival o de escritores que no estaban, pero vendían como por ejemplo David Grossman (de quien compré Escribir en la oscuridad) o Gabriel García Márquez. En fin. Como no vi nada más de mi interés me retire del lugar y me dirigí al Teatro Adolfo Domínguez para hacer la fila correspondiente al primer conversatorio que iba a ver.
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Inicialmente en el citado teatro iba a tener lugar el conversatorio con Felipe González, ex presidente de España; pero como este no pudo venir, trajeron a Juan Gabriel Vásquez y Mario Jursich (director del Malpensante) del Hotel Sofitel al lugar para que realizaran su charla sobre la última obra del primero, ganadora el premio Alfaguara de novela 2011.
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Volviendo a este humilde servidor, empecé a hacer la fila a las doce del mediodía, es decir, media hora antes de (supuestamente) iniciar el evento y bueno, antes de que abrieran las puertas. Estuve detrás de dos mujeres paisas que conversaban a todo pulmón con un hombre con el que se hicieron amigas de un momento a otro, hablando sobre la conferencia del día anterior soobre Futbol y Literatura, la cual “las había enamorado de una forma maravillosa”. En todo caso, yo, fiel a mi estilo asocial, hice caso omiso a aquellas habladurías culturales y seguí en la fila esperando a que abrieran las puertas hasta que después de más de media hora lo hicieran trayéndome el siguiente problema: a pocos metros de entrar por la puerta, un grupo de personas diferentes a los que habíamos hecho al rayo del sofocante sol cartagenero del mediodía, al momento de abrir las puertas, crearon una fila improvisada y “se colaron”, o en palabras menos castizas, entraron primero y más rápido que nosotros. Lo peor de todo fue que yo, un pobre diablo que estaba literalmente a punto de entrar al auditorio (es decir, uno de mis pies tocó el piso de la entrada del auditorio), una señora que se había colado por medio de la fila improvisada, me empujó débilmente y empezó a gritar a todo pulmón con su acento rolo (bogotano) de verdulera “oigan que les pasa, esta persona se está colando”. Obviamente yo que no me la iba a dejar montar, empecé a contradecir lo que ella decía, diciendo de la mejor manera posible que había hecho la fila y que le podían preguntar a los que iban adelante y atrás mío. La señora gritó y gritó, y como tenía más edad que yo, los desgraciados de logística le iban a dar la razón y a sacarme de la fila, pero una persona que estaba adelante mío les dijo “él iba detrás de mío”. Por tal razón, me salve de hacer nuevamente una fila que era supremamente larga. La espinita, no obstante, me quedó y me hace escribir el siguiente razonamiento: Hay Festival es supuestamente uno de aquellos espacios para promover la cultura. La llamada “malicia indígena” colombiana (o haga las cosas ilegalmente y mal jodiendo al otro porque es un bobo) tan celebrada por la gente en general es una parte de cultura. Entonces ¿por qué estaba haciendo la fila? Creo que la respuesta es porque hago parte de aquellos bobos que todavía creen en cumplir con las reglas. De cualquier manera, entré al lugar cuya acústica reproducía los gritos de aquella señora que exclamaba a todo pulmón “que desastre de organización” y la música que provenía de los parlantes del auditorio mientras me dirigía a uno de los mini-palcos de la derecha del auditorio para sentarme y ver la primera charla en la que hablaría Juan Gabriel Vásquez.


Primera charla: Juan Gabriel Vásquez en conversación con Mario Jursich (Teatro Adolfo Mejía)



La charla fue decepcionante. El auditorio había estado casi lleno ya que el público estaba conformado por el gran número de personas que compraron la boleta para ir a ver a Juan Gabriel Vásquez y por la gente que tenía boleta para ver a Felipe González, pero que tuvieron que quedarse a presenciar al escritor en lugar del político. Los dos protagonistas de esta primera charla a la que asistía, salieron de bambalinas 10 minutos después de la hora acordada por el programa y se apropiaron de los dos asientos que había en la mitad del escenario junto a sus correspondientes micrófonos. Vásquez rompió el hielo agradeciendo de manera graciosa (para el público, no para mí) por “haber ido a ver a Felipe González, pero haber tenido que verlo a él y no haberse ido del auditorio” (la pseudo-cita que coloco en comillas no es exacta pero fue algo así).

El primer tema que tocaron fue la llegada de Juan Gabriel Vásquez a Cartagena desde Inglaterra, ya que el escritor había sido invitado por una fundación para que pasara 4 días encerrado en una réplica de un barco de Conrad, escribiendo algo sobre el autor de El Corazón de las Tinieblas, sobre Inglaterra o sobre los Juegos Olímpicos de Londres. En todo caso, aquella “Conradiana” introducción finalizó cuando con un tono de compinchería y/o compadrazgo (que no está mal aclaro) los dos conversadores discutieron sobre si publicarían aquel escrito en la revista mal pensante o no.

-JGV: Mira si quieres te doy el escrito para que lo publiques en tu revista.

-MJ: Eso lo hablamos en privado.

Más o menos así fue que finalizó la introducción. Luego, los conversadores entraron en materia y hablaron del libro El ruido de las cosas al caer, en una charla por la que pasaron citas, frases parafraseadas, preocupaciones del escritor ante la novela, cuestiones de estilo, guiños de la vida real que el escritor incluyó en la novela (como la tesis que hizo Vásquez para graduarse de abogado) y uno que otro detalle gracioso (para el público aclaro). Para finalizar, Mario Jursich terminó hablando de un supuesto libro que el escritor publicara algún día sobre las crónicas y trabajos periodísticos hechos en el pasado, con lo cual se tocó el tema de una crónica no publicada de Juan Gabriel Vásquez en el 2001, donde este cuenta las peripecias de los días en que acompañó a Los Tigres del Norte (risas en el auditorio, realmente soy bruto o no las comprendí) en una gira por España.

En todo caso, aunque omití muchísimos detalles que se mencionaron en el conversatorio, la verdad no me gustó la charla porque fue muy desordenada. Los dos personajes que estaban en la mitad del auditorio tocaron tantos temas de manera aleatoria que no encontré (por lo menos en mi caso) un hilo que me llevara por la conversación. Para hacerme entender les doy un ejemplo: en un momento dado, Vásquez y Jursich empezaron hablar de porqué un novelista logra imprimirle su estilo a una historia común. Para ello Vásquez dio como ejemplo el suicidio de Ana Karenina y explicó que lo que hace que aquella muerte por propia mano sea diferente a las otras miles que existen en la literatura, es que aquella mujer tenía una carterita que le molestaba al momento de lanzarse a las vías del tren y que por aquel detalle, nosotros los lectores diferenciamos aquel suicidio, que no es sino la capacidad del novelista de prestar atención a la realidad para crear su novela de forma diferente.  Luego Mario Jursich, prosiguió, preguntándole al escritor sobre el motivo por el que envío el libro al concurso de Alfaguara, titulado como “Todos los pilotos muertos” y cuál era el motivo de su pseudónimo. Vásquez respondió explicando que el motivo de enviar el libro con otro título, era porque el concurso pide este requisito para evitar suspicacias sobre el ganador y que su pseudónimo era un anagrama de Hemingway. Luego prosiguieron a hablar de la traducción como escuela de escritores, de los buenos y malos libros traducidos por Vásquez, del Gran Gatsby…en fin. ¿Me hago entender lo que quiero decir? Tocaron tantos temas que no profundizaron en ninguno y fue como una de aquellas entrevistas de Caracol o RCN en las que el entrevistador manda preguntas sueltas esperando que le respondan algo.

Me sentí decepcionado y a la vez tonto porque el resto de personas que salían decían “maravilloso” o “genial”. No obstante lo anterior, en mi tiempo muerto de las siguientes cuatro horas así fue como entendí la cosa(o la anoté en mi libretica tipo moleskine): la gente que fue aquel conversatorio (en su mayoría mujeres) eran personas de la media-alta sociedad –en su mayoría cartagenera—, estudiantes, pobres diablos desprogramados que pudieron ir como yo (aunque bueno, también me puedo incluir en la parte de estudiantes, así ya haya terminado materias) y personas de este estilo. Mucha gente del público (o eso observé), esperaban, más que un escritor a un comediante, razón por la cual aplaudieron y disfrutaron más con los comentarios “graciosos” del escritor que con las preocupaciones del novelista. Además de esto, el conversatorio utilizó el formato “conversación de café”, con el cual, se buscaba acabar con el ambiente académico (cosa que hizo); pero que en este caso terminó fue promocionando  de manera evidente (en una grandísima parte) el libro de Vásquez. Además de lo anterior, muchas personas como las mujeres que tuve al lado, sonreían y se exaltaban siempre que el autor nombraba un libro que alguna había leído (por ejemplo Ana Karenina y lo sé porque lo decían en voz baja) y por tanto se sentían cultas e importantes.
Puede que lo voy a decir suene muy feo, pero en esta primera conversación me dio la impresión de que existió un sentimiento de no sé si llamar culto, morbo o tabú (no soy capaz de organizar mis ideas y menos sabiendo que hablo de Vásquez, de quien he aprendido bastante de sus ensayos y conferencias), donde la gente asentía todo lo que decían tanto el entrevistador (o como lo quieran llamar) como el escritor, por una especie de sentimiento de “si lo dice el autor es interesante”. En todo caso y para sintetizar y no embolatarlos más en este cúmulo de opiniones encontradas, el conversatorio se enfocó en su mayoría en publicitar el libro de Vásquez (asunto que estaba en el programa), no se tocó un tema específico por lo que pudimos en un mismo espacio, enterarnos que Juan Gabriel Vásquez dejó de lado la técnica de la digresión en sus novelas y a la vez, estuvo en una gira con Los Tigres del Norte. Vuelvo a reiterar para no hacerme entender mal, que me cae bien Vásquez y siento un gran respeto por su obra, pero ese conversatorio fue paupérrimo.

Sigamos con las peripecias de Hay Festival en los exteriores. Salí decepcionado del conversatorio, al stand de la Librería Nacional, esperando que Vásquez me firmara mi libro de El ruido de las cosas al caer. Esta se puede decir que es mi segunda o tercera firma de libros luego de dos años, ya que la última a la que intenté ir fue a la de Hector Abad donde todo terminó desastroso. Por tal razón, supongo que le coloque excesivo misticismo al acto de ver El Autor imprimiéndole Su Firma al libro comprado el año pasado, que no era más sino uno más de los que están en el mercado. Qué pendejo era en aquel momento.

Esta es la diferencia entre la firma de Vásquez de 2010 que solo firmaba decenas de libros y Vásquez de 2012 que firma centenares de libros.


Ahora bien, les cuento que el momento de la firma de un escritor no es nada del otro mundo. Es como cuando se va a un banco y se realiza una transacción bancaria ya que llega uno, el cajero lo mira, sonríe, le pregunta a qué cuenta va a realizar la transacción, uno se la dice, lo hace y ya, chao. Así fue de mecánica la firma del libro ya que luego de hacer una fila donde había como 10 personas por delante de mí, una de las personas del staff de Librería Nacional me dijo “pase” y yo obediente asentí. Delante de mí vi a un escritor cansado y con ganas de no estar en el lugar (se notaba a leguas) intentando fingir una sonrisa falsa para hacerle sentir una falsa seguridad al lector. Le entregué el libro, él lo abrió, lo pasó a la página en la que está el título del libro y me preguntó mi nombre. Se lo dije, lo escribió debajo del título junto a la palabra “para” y un “espero le guste”. Luego trazó tres líneas para devolvérmelo y que siguiera el siguiente. En ese momento fue que lo entendí: la firma no significa nada, es simplemente un artilugio comercial para que la gente compre el libro. Vásquez ya no firma decenas de libros, sino cientos y por tal razón, tenía ganas de terminar rápido para irse. La única razón por la que no declinó la obligación de quedarse firmando es que tiene que comer y entre más libros venda (y firme) más comida puede llevar a la casa. El escritor no se queda nunca con las ganancias del libro, solo con un 5 o 10%, por tal razón tiene que vender a toda costa y por tal razón le toca quedarse en el stand, fingiendo sonrisas y queriendo largarse del lugar. Creo que el problema no es el escritor, sino nosotros, los monstruos consumistas que le exigimos al autor ser parte de su producto, en lugar de simplemente disfrutar lo que vale la pena: el libro. A Vásquez hay que disfrutarlo por sus notables ensayos,  sus buenas novelas (bueno, menos Historia Secreta de Costaguana que no me gustó del todo) y su magnífico libro de cuentos.  

En fin. Eran las 2 de la tarde por aquel entonces y tuve que ir almorzar por ahí cerca y de paso escribir estas notas que les traigo a ustedes en este espacio.
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En mi siguiente entrada seguiré relatándoles lo que fue mi estadía por HAY FESTIVAL con comentarios no solo de los conversatorios a los que asistí, sino de las cosas que vi y viví por aquella Cartagena de la Ciudad Antigua, llena de personas de las páginas sociales y amantes anónimos de la literatura como yo. En las próximas entrada les traeré lo que todos queríamos ver: Carlos Fuentes; también del momento en que me di cuenta de mis incapacidades en el idioma inglés y de la magnífica conversación con Jonathan Franzen, a quien no conocía, pero me convenció de comprar sus buenos libros y de quien están saliendo muchos malentendidos por causa de sus declaraciones sobre los libros electrónicos.