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miércoles, 24 de junio de 2015

Triunfo lírico en Ginebra - Gabriel García Márquez (publicado en diciembre 1955)

Roma, noviembre

Hace pocas semanas se realizó en Ginebra el Concurso Internacional de Ejecución Musical. En su género, ése es el más importante certamen del mundo. A la competencia del canto lírico enviaron sus representantes casi todos los países de la tierra: 153 concursantes, de ambos lados de la cortina de hierro. Veinte de ellos clasificaron en la selección final, frente a un jurado compuesto por cinco expertos internacionales. Y entre los veinte finalistas estaba representada solamente una nación en Suramérica: la extensa, legendaria y deshabitada república de Colombia. En la eliminatoria final, el representante de esa república ocupó el octavo puesto, por su cuenta y riesgo. Porque el caso es que Colombia no sabía que estaba representada en Ginebra.

El hombre que cometió el abuso de representar a su país sin permiso de nadie, de glorificarlo frente a casi todos los países de la tierra y de gastarse en la empresa su propio dinero porque el ministerio de educación no tenía ni un centavo, se llama Rafael Ribero Silva y nació en San Gil, Santander, hace veintiocho años. Este tenor, a quien en adelante llamaré confianzudamente “Rafael”, porque sé que él no se pondrá bravo, es un hombre serio, y además de serio, soltero.  Desde hace seis meses se dejó crecer la barba, pero no para despistar a la policía, sino porque hace un año y medio se le cayeron las barbas postizas cuando interpretaba La Bohème.

Un tenor a domicilio

El triunfo de Ginebra, que fue un triunfo para Colombia, no fue, sin embargo, un triunfo en la carrera de Rafael. Fue un accidente, porque su maestro de canto lírico de Italia esperaba que ocupara el primer puesto.

Pero Rafael no se ha descorazonado. Lo pueden asegurar todos los habitantes del moderno barrio de Parioli, en Roma, que hace seis años no usan despertador. A las siete en punto, Rafael se levanta a hacer sus ejercicios de canto. Las notas se rompen como piedras contra los cristales de las ventanas y los vecinos saben entonces que es hora de levantarse. En otra parte se habría constituido una asociación de vecinos para tirar al tenor por la ventana. Pero en eso se diferencia Roma de las otras ciudades del mundo. Más que un teléfono blanco o un automóvil último modelo, para los romanos es un lujo tener un tenor de carne y hueso como un servicio a domicilio.

Defecto de familia

La costumbre de despertar vecinos no empezó con Rafael, el penúltimo de los cinco hijos de Rafael Ribero Barrera y doña Eva Silva de Ribero. Es un defecto de familia. A don Fabián Ribero, un tío suyo, lo asesinaron en San Gil, porque estaba muy cansado y no quiso cantar una serenata. Su padre, en cambio, no se cansaba nunca de cantar. Dicen que cuando cantaba bambucos y pasillos, acompañándose con el tiple en El Gallineral, despertaba con su voz a los que dormían en la plaza de San Gil, a un kilómetro de distancia. Don Rafael podía cantar toda la noche y a las seis de la mañana llegaba a la casa, se cambiaba de ropa y se iba a cantar a la iglesia.

En las fiestas familiares, el cuadro era completo. Entonces la acompañaba al piano doña Eva, su esposa, que además tenía la afición del teatro y la demostraba montando piezas sencillas en las funciones de beneficencia. Una de las actrices preferidas para ingenuos papeles infantiles era la graciosa y despierta Esperanza Gallón, la actual reina de la belleza de Colombia. De manera que Rafael encontró el ejemplo en su casa. En su padre, en su madre y el viejo y polvoriento gramófono de cilindro, donde aprendió la primera canción: La hija del penal. Era un tango triste, que las visitas tenían que tragarse a viva fuerza, embadurnado con dulce de guayaba.

Por qué no se caen los puentes

Cuando tenía diez años, Rafael vio un hombre que tocaba la flauta en un matrimonio. Cuando tenía veinte, lo mandaron a estudiar ingeniería a la Escuela de Minas de Medellín. Los dioses tutelares de la república, de que hablaba el doctor Alfonso López en sus discursos, dispusieron que ocurriera entonces una casualidad: Rafael volvió a encontrarse con el hombre que tocaba la flauta en los matrimonios. El hombre se llamaba Gil Díaz y es ése un nombre que debe recordarse con gratitud, porque a él se debe que no se estén cayendo los puentes en Colombia. De tanto trasnocharse los sábados y domingos con Gil Díaz, entonces director de la orquesta de La Voz de Antioquia, Rafael fue reprobado en la Escuela de Minas.

“Este niño es un caso perdido”, dijeron en su casa cuando regresó a Bucaramanga con una sola nota buena: la más alta nota de Granada, la conocida canción de Agustín Lara. Entonces don Alfonso Silva Silva, encargado de resolver el problema, decidió que el muchacho fuera contabilista. “Me perseguían los números”, dice Rafael, sin doble sentido, cuando se acuerda de aquella época sin perspectivas. Pero la contabilidad duró menos que la ingeniería.

Desesperado, don Alfonso Silva Silva mandó el sobrino donde el maestro Manuel Grajales, para que éste le demostrara que no servía para el canto. Pero el maestro Grajales disparó por la culata: opinó que Rafael debía ser mandado urgentemente a Milán, a que se educara la voz, pues tenía “el ciento por ciento de probabilidades de hacer una carrera brillante”. Frente a un diagnostico tan alarmante, no quedó más remedio: metieron a Rafael en un avión para que se fuera directamente a Milán. De eso hace seis años y todavía no ha llegado.

Cuento chino

“Me quedé en Roma, porque en el avión viajé con un árabe vestido de árabe”, dice Rafael, que siempre está buscando una manera de justificar su vieja costumbre de hacer lo que le da la gana. Y para justificarlo recurre a los argumentos más arbitrarios, como ese del árabe vestido de árabe, o del chino vestido de chino, con que viajó a Sassari, donde triunfó por primera vez; o el del escocés vestido de escocés, que encontró en el compartimiento del tren hace tres semanas, cuando iba para Ginebra.

Pero la verdad es que Rafael se quedó en Roma porque supo que aquí vive el mejor maestro de canto de Italia: el commendatore, conde Carlo Calcagni. Cuarenta y ocho horas después de llegar a Roma, Rafael fue donde el conde, y el conde le dio inmediatamente la lección más importante de su vida: le dijo que no sabía cantar, que la voz no le servía y que no podía admitirlo, porque no quería robarle la plata.

Pero Rafael insistió, y el conde resolvió admitirlo, “para ver si se puede hacer algo”. “Es la única equivocación que he tenido en mi vida”, dice ahora la anciana esposa del conde, condesa Beatrice Calcagni Soldini, confesando que fue ella, con su larga experiencia de soprano y de maestra, quien desahució a Rafael hace seis años.

El ejemplo del gallo

Pero quienes conocen a Rafael, quienes han seguido de cerca sus estudios piensan que el conde tenía razón. El suyo es un triunfo de la disciplina, del estudio metódico e infatigable de la vocación y de esa terquedad de santandereano cimarrón que no ha sido quebrantada por su larga permanencia en Europa. Durante seis años, Rafael se ha hecho a sí mismo, todos los días a las siete de la mañana, despertando a los vecinos. Le ha torcido el cuello a su instinto de alegre tocador de tiple, de intemperante serenatero, y ha aprendido a acostarse a las once de la noche, cuando no va a la ópera, ya sea a un palco o al escenario. Pero, para ser justos, Rafael le atribuye sus triunfos a otra cosa: al agua de manzanas, que bebe casi supersticiosamente antes de cantar. En Ginebra, cuando salió al escenario en la noche decisiva, Rafael sabía ya que no obtendría el primer puesto: en vez de agua de manzanas, le prepararon por un error de traducción, una taza de agua de duraznos.

Adivina, adivinador

En la actualidad, Rafael puede cantar, en cualquier momento, un programa de diez óperas, que conoce a fondo. Técnicamente sus estudios de canto han terminado, pero sigue visitando dos veces por semana a su maestro, con quien discute algunos problemas de matices. Sus estudios son ahora de otra índole: perfeccionamiento teatral, porque hace veinte meses, cuando interpretó a Tosca, en Cerdeña, alguien que sabía de eso le dijo que tenía dificultades para caminar en el escenario. Rafael inició el curso inmediatamente, a pesar de que el agente de la policía que lo esperó a la salida del teatro y le pidió el primer autógrafo de su vida, era de otro parecer. “Lei é un cannone —le dijo el agente—. Se lo dico io che me ne entendo molto”.

Cuando fue a Ginebra, hace tres semanas, ya sabía caminar en el escenario. Pero eso no le sirvió de nada, ni en favor ni en contra, porque los miembros del jurado no le vieron la cara. Ni siquiera conocieron su nombre. En efecto, como una garantía de imparcialidad absoluta, los concursantes son identificados con un número (Rafael fue el 120) y los miembros del jurado los escuchan detrás de un cancel. Cualquier sonido extraño emitido por un concursante y que pueda considerarse como una clave identificadora, lo inhabilita para continuar la competencia.  Rafael, para cantar con más comodidad y descargar el sistema nervioso, se presentó siempre en mangas de camisa. Pero muchos se presentaron de frac, a pesar de que estaban seguros de que nadie los estaba viendo. Era cuestión de principios

¿Qué es lo importante?

La primera vez que Rafael cantó en público, profesionalmente, estuvo a punto de dar al traste con su carrera. Tenía que interpretar a Rodolfo, en La Bohème, y en el momento de vestirse en el camerino descubrió que había olvidado la camisa. En diez minutos, a bordo de un viejo automóvil a través del enloquecido tránsito de Roma, se trasladó desde el Teatro dei Satiri al barrio Parioli, y alcanzó a estar a tiempo en escena sin que el director de la compañía se diera cuenta del incidente, y sin que el director del tránsito romano se diera cuenta de que se había saltado dos semáforos en rojo. Su actuación en esa noche le valió el primer contrato: con la compañía  de ópera Città di Roma, en la cual interpretó a Pinkerton, de Madame Butterfly. Posteriormente fue intérprete de Lucía, de Donizetti, en el Instituto de Cultura Hispánica, en el Teatro Calderón y en Radio Nacional, de Madrid. Ha dado conciertos de música clásica, de cámara y de concierto en el Victoria Hall, de Ginebra y en Estrasburgo.

“No tiene nada de raro que, por añadidura, el arte me resulte un buen negocio”, dice Rafael, haciendo cuentas. Y eso debe ser para él, en realidad, una sorpresa, pues es un hombre un poco despistado en el mecanismo de la vida práctica. Cree en el arte por el arte y en  el efecto que puede causar en una mujer un ramo de quince rosas. Quienes lo conocemos un poco, sabemos que llegará quizá hasta donde él mismo no se lo imagina. Y sabemos que siempre saldrá de los apuros más dramáticos repitiendo una frase que aprendió en San Gil, que no ha olvidado nunca, y que es la llave maestra que le ha abierto muchas puertas. Cuando otro hombre de voluntad menos firme se hubiera derrumbado, Rafael ha empujado hacia adelante, apretando los puños y diciendo esa frase: “Lo importante es no atortolarse”.

martes, 2 de septiembre de 2014

Lo sagrado es profanable



Creo que a estas alturas del partido, ustedes ya conocen los detalles de la suspensión de la apertura de la exposición  Mujeres ocultas de María Eugenia Trujillo: hace un par de días, un grupo de católicos furibundos interpusieron una decena de tutelas en las que solicitaban que se prohibiera la exposición. ¿La razón? Según los accionantes la obra de la artista plástica laceraba sus creencias y ofendía a su dios. Bajo aquel entendido, el hecho de permitir la exposición daría como inmediata consecuencia la vulneración de los derechos al libre desarrollo de la personalidad y a la libertad de cultos de los católicos (eso decían).

Todo parecía una pataleta más de una horda de fanáticos religiosos para quienes sólo su verdad puede ser mostrada, pero no, un magistrado del Tribunal de Cundinamarca pensó que aquel argumento era lo suficientemente sólido para decretar como medida cautelar la prohibición de que se abriera la exhibición y ahí fue Troya. Y lo fue porque el Tribunal de forma se pifió y con ganas. Una medida cautelar dentro de un proceso de tutela sólo se puede tomar cuando hay una probable (y con esta palabra quiero indicar que el grado de certeza sea superior al 50% por decirlo de alguna manera) violación de derechos fundamentales de una persona. No por capricho. No por darles gusto a un cúmulo de trolls. Y pues bueno, al momento de escribir esta entrada no se ha resuelto todavía la tutela (que debería salir contraria a los intereses de los demandantes) y el caso sigue.

De todas formas, esta mañana leí la entrevista que le hizo la revista Arcadia al estudiante de derecho que armó los esqueletos de las tutelas y quiero hacerle unos comentarios. Empecemos.



¿Usted a qué se dedica?

Yo soy estudiante de derecho en la Universidad Republicana de Colombia. También he venido trabajando haciéndole seguimiento a distintos tipos de fenómenos pero no enfocados en el derecho sino en la sociología. Me he convertido en referente para algunos colectivos específicos.


¿De qué tipo de colectivos está hablando?

No son grupos constituidos en personería jurídica, sino grupos de personas con intereses comunes. El común denominador  es que son grupos de personas abiertamente católicas y practicantes. Personalmente, también soy católico y practicante. Eso ha generado cierta afinidad. Para ellos resulta muy atractivo contar con alguien desde el lado jurídico que comparta las mismas inquietudes y que sea coherente con sus líneas de pensamiento.

Hablando específicamente de la exposición Mujeres ocultas, ¿alguno de estos grupos lo contactó para promover la serie de tutelas?

La cosa es la siguiente: la exposición ya se había hecho en Cartagena. Cuando se habló de traer la obra a Bogotá, y de utilizar el antiguo claustro de la Iglesia del Santa Clara, pues pasó algo muy curioso: los colombianos católicos se sintieron gravemente ofendidos. Hace unos 15 días Voto Católico convocó a gente a firmar una recolección de firmas y de esa manera presentar una solicitud a la ministra de Cultura y a la directora del museo, pidiéndoles que retiraran la obra de la agenda del museo. No hubo una respuesta que la gente considerara decorosa de parte del ministerio y del museo. Básicamente, desacreditaron las posturas manifestadas por la gente de la recolección de firmas y desestimaron la solicitud. De inmediato gente se empieza a poner en contacto conmigo.

En primer lugar me llama la atención que el señor estudiante de derecho arrogue la vocería de los católicos a un grupúsculo intolerante, que no es sino uno más de los tantos que hay en el país. Para no ir tan lejos, les cuento que el colectivo Católicas por el Derecho a Decidir apoya la exposición y se opone a la censura de la que fue objeto la artista Trujillo por parte de los administradores de justicia del Tribunal. También me parece inocuo el argumento del señor estudiante de derecho de que como hubo una supuesta recolección de firmas por parte del colectivo con el cual tiene afinidades (según la respuesta anterior), la solicitud de prohibición debió haber sido tomada en cuenta. Pero no. Al señor estudiante de derecho se le olvida que en Colombia uno puede exponer sus obras a pesar de que a un numeroso grupo de ciudadanos no les guste. No es sino recordar lo dicho por la Corte Constitucional en la sentencia T-104 de 1996 

“En un Estado como el que define la Constitución, en el que las personas son moralmente autónomas, a nadie puede impedírsele difundir o tener acceso a las obras que quiera, so pretexto de su contenido inmoral o antiestético.  El hacerlo, entrañaría un acto de censura, proscrito de nuestro ordenamiento constitucional y violatorio del derecho a la difusión de la expresión artística.  La censura consiste, precisamente, en prohibir o recortar la difusión de cualquier idea por la sola razón de ser contraria a una ideología determinada, incluso si dicha ideología es la acogida por la mayoría de habitantes de una región o de todo el territorio colombiano”.


¿Gente de Voto Católico?

No. Me contactaron personas de un grupo de oración llamado Ejercito del Santo Rosario. No estamos hablando de Voto Católico, Colombia Derecha, Restauración Nacional, sino de un grupo que se reúne a rezar el rosario. Me buscaron para ver si en materia de derecho se puede hacer algo. Me contaron que sienten que la exposición es abiertamente ofensiva, lesiva, que incita al odio y la violencia y que ridiculiza nuestro ejercicio libre de culto y nuestro libre desarrollo a la personalidad. Entonces yo digo: la acción de tutela es la más cercana y ofrece de entrada una garantía de que se puede hacer algo ya después de que la ministra de Cultura envió correos electrónicos a todos los firmantes de la petición de Voto Católico diciéndoles que lo lamentaba pero que la exposición seguía adelante.

Dice el estudiante de derecho que la exposición incita al odio y a la violencia. Yo por el contrario, creo que quienes incitan al odio y a la violencia son los miembros del mismo grupo católico, que amenazan a todo aquel que no piense como ellos y constantemente están atosigando a todo aquel que no anda rezándole a la virgen los tres avemarías del día. Además ¿alguien me puede explicar cómo es eso de ridiculizar el libre desarrollo a la personalidad? Yo sé que ese derecho se puede violar o vulnerar cuando se le prohíbe a un chico tener el pelo largo…pero de ahí a ridiculizar y más por una exposición de arte…no sé. Creo que a quien sí le violaron si derecho a la libre expresión fue a la artista plástica al no permitirle expresarse. En tal sentido, creo más bien que el Tribunal violó el derecho fundamental de una persona, al querer —de manera torpe— defender la ficción de un grupo de ciudadanos. 

¿Usted mismo también presentó una tutela?

No. No lo hice porque muy probablemente en el transcurso de las tutelas yo iba a tener que actuar. Consideré que uno no puede ser juez y parte. Yo fui el encargado de la substanciación, por así decirlo. Me encargué de reunirme con las personas y mirar que es lo que ellos querían hacer. Me di cuenta que había un denominador común y entonces redacté la tutela. Y de esta manera ya luego las personas la leyeron y me pidieron que se las hiciera llegar a los tribunales de Cundinamarca. Y fue un proceso limpio.

¿Juez y parte? ¿Es que al caso iba a fallar las acciones de tutela?

¿Si no hubiera tenido el conflicto de ser juez y parte hubiera presentado una tutela?

De hecho estoy todavía en derecho de hacerlo.

¿Y lo haría?

Efectivamente. Porque encuentro una coherencia absoluta entre el sentimiento de las personas que presentaron las tutelas de que se está violando una serie de derechos y de principios constitucionales. Y por eso precisamente me buscaron. Aquí no estamos hablando de honorarios. Esto es un trabajo ad honorem.

Se necesita más que un sentimiento para decir que hay vulneración de derechos fundamentales. Por ejemplo, el hecho de prohibirle la exposición a una artista porque a un grupo de ciudadanos no les gusta, es mandar al carajo el pluralismo del que se habla en el acápite de principios en la Constitución y es de paso vulnerarle el derecho fundamental a la libre expresión.



¿Y qué acción tomaría si el juez eventualmente permite la exposición?

En nuestro país pasa algo. Así la persona gane o pierda la tutela, esta va a revisión. Y aquí efectivamente entramos a lo que hace más especial lo que pasó. Esto no fue un ataque personal contra la artista, la ministra ni a la directora del museo. No se trató de rencores o venganza. Aquí se va a abrir un hito, que vamos a empezar a mirar muchos conceptos de la constitución pero que esta es un poco parca a la hora de tratar. Cuando uno coge la constitución nos dice que habrá libertad de cultos y que toda persona podrá propender su fe de manera pública o privada. Pero en ningún momento dice que el estado colombiano se comprometerá a garantizar esto a través de algún mecanismo. No nos dice como el estado colombiano favorece eso.

El señor estudiante de derecho confunde el culo con las témporas. La revisión es un mecanismo extraordinario que a veces se puede dar, como también puede que no. En todo caso, la decisión que tomen los magistrados de la Corte Constitucional deberá estar conforme a la Constitución y por tanto, en vista de los precedentes que le dan la razón a la artista y no al grupo de ciudadanos ofuscados, lo más seguro es que se les falle en contra. Además, contrario a lo que dice el señor estudiante, no se va abrir un hito sino va a haber una reiteración de jurisprudencia y la corrección de un error gigantesco que debe ser reparado.

Frente a las declaraciones sobre la libertad de cultos, me parece que el señor estudiante o no ha leído el desarrollo jurisprudencial de la Corte Constitucional o simplemente hace caso omiso de él. Contrario a lo que dice SÍ hay una gigantesca jurisprudencia en la que se muestra como se ha defendido la libertad de cultos en nuestro país. La cuestión es que el concepto de libertad de cultos nunca va a ser igual a la imposición de una idea por encima de otra. En ningún momento se le ha impedido al señor estudiante de derecho ir a rezar a su iglesia, ni nada por el estilo como consecuencia de la exposición.

¿Entonces ustedes quieren reformar la constitución?

No. Hay un autor colombiano que habla mucho del reformismo crónico de las constituciones políticas. Más que una reforma, lo que se tiene que hacer es entrar a mirar los alcances de la norma. Si hay una norma que es tan amplia, tendrán que empezarse a hablar como se debe hacer pero todo en la hermenéutica del respeto. Mientras se haga todo dentro del respeto esto no tiene porque convertirse en un “dame y lleva”. Hicimos uso de un mecanismo constitucional que está a la mano de cualquier colombiano que sienta que hay una entidad pública o privada que está violando sus derechos fundamentales. Aquí se va a empezar a hablar por primera vez desde la constitución de 1991 cuales son lo alcances y el espíritu de la norma constitucional en cuanto a libertad de culto. 

El señor estudiante de derecho toca un punto que me parece que él mismo debería analizar: los alcances de la norma. Todos sabemos que en la Constitución existe una serie de derechos, cuya interpretación y alcance los conocemos por la lectura de la jurisprudencia. La Corte Constitucional es—según nuestra Carta Política— la guardiana de la Constitución y en tal sentido, sus sentencias son una suerte de piedra Rosetta sobre nuestros derechos fundamentales. Llama la atención la forma en la que el señor estudiante de derecho esgrime que se va a empezar a hablar sobre la libertad de cultos, como si no hubiera sentencias precedentes sobre el tema. Esto me hace pensar que todavía le falta un largo mar por descubrir.



¿Qué sabe de las amenazas de muerte contra la directora del museo?

Es lamentable. Realmente no tengo conocimiento. Hay que mirar la naturaleza y de donde viene la amenaza. Yo conozco uno a uno los 76 accionantes de la tutela y sé que son gente incapaz de hacer eso porque usted mira y son gente ya grande y no son niños de 16 años que de pronto en un momento de rabia pueden hacer o decir eso.

Personalmente el día de ayer estuve frente al museo y allí si fue abordado e intimidado por una serie de personas que estaban en contra de la tutela. Estaba una posición cómodo y segura por qué había Guardia Presidencial a ambos lados. ¿Qué se me ha manifestado en estos días? Pues amenazas. En eso entiendo la posición de la directora del museo. Si a ella la han amenazado pues a mí también. Con la diferencia de que yo no gozo de un protocolo de seguridad. 

En otras ocasiones he tenido que evidenciar como jaquean cuentas y correos y desde esos correos que pertenecen a la contraparte empiezan a auto amenazarse. No estoy diciendo que sea el caso. Solo digo que como pudo ser personas no del Ejercito del Santo Rosario, que dudo mucho, pudo también ser personas de los mismos que se sienten atacados o censurados por la tutela que estén generando esa retórica. Porque ya hemos visto eso. Nosotros nos fuimos por vías de ley con la tutela.

No sé por qué siempre toman esa actitud victimista luego de que existe una amenaza contra sus contrapartes. Esa actitud de “si la amenazan, pues a mí también y yo soy un pobre angelito sin escolta” no me parece que quede bien. Si tiene amenazas en su contra, el señor estudiante de derecho puede ir a la Fiscalía a denunciar. Tampoco me parece muy correcto de su parte sugerir de forma inopinada y tonta que existe una operación de auto-amenazas por parte de la directora del Museo, porque estaría empezando de una presunción de culpabilidad realmente ridícula. Sobre todo teniendo en cuenta que por parte de miembros de aquellos grupos de presión cristianos ya se han dado casos de amenazas en contra de aquellos que no piensan como ellos.   

¿Usted entonces cree que es más probable que las amenazas vengan desde adentro y no de una persona religiosa molesta con la exposición?

 Usted está hablando de dos fenómenos distintos. No estoy desmintiendo el tema de las amenazas. No tengo conocimiento. No las he visto. Supongo que si efectivamente se han dado la señora ministra o la directora del museo pedirán a las autoridades competentes que les presten asesoría y harán pruebas de peritazgo para determinar si las amenazas efectivamente provienen de un agente externo o si fue de una persona que accedió ilícitamente a cuentas de correo. ¿Qué si creo que algún religioso lo hizo? No lo puedo creer. Porque efectivamente uno de los elementos que me hizo creer en las tutelas fue la coherencia. Estoy pidiendo al gobierno colombiano la defensa de unos derechos fundamentales. Lo hago porque reconozco que efectivamente no estoy vulnerando los derechos de nadie.

Inicia el señor estudiante de derecho diciendo que la entrevistadora está “hablando de dos fenómenos distintos”, pero no indica cuáles, ni tampoco a qué hace referencia con “fenómenos”. Sin embargo es cierto que en la respuesta anterior, el señor estudiante sugiere levemente que puede existir una especie de operación de bandera blanca, razón por la cual se le hace la pregunta. Llama la atención que el estudiante de derecho no está enterado de cómo funciona nuestro Estado, porque las tutelas no se presentan ante el gobierno colombiano, sino ante los jueces de la República que son otras personas diferentes.

Además, contrario a lo que dice el señor estudiante de derecho, con su tutela está pidiendo que se le vulnere el derecho de la artista a la libre expresión.

Usted no, pero eso no quiere decir que haya gente que sienta mucha rabia hacia la exposición...

Pues mire, lo que he visto en general es que el católico en Colombia es de aguante. Ya hemos sido humillados, vilipendiados, ridiculizados desde hace muchos años. Nosotros no estamos pidiendo que no nos traten feo. Estamos pidiendo que aquello que para nosotros y que nuestra cultura ha definido como sagrado se mantenga en esos limites. Porque la sacralidad ha sido imprimida también por la tradición de la gente. De la misma manera como una custodia, que es un objeto sagrado, puede ser pisoteado, entonces la vida que también ha sido considerada como sagrada podría ser pisoteada y los recursos públicos que se hablan como recursos sagrados también pueden ser pisoteados. Con esta exposición están generando una violencia simbólica. Ahora, no he sentido de parte de los accionantes o de la gente con la que he hablado ese tipo de rabias o deseos de querer tomarse la justicia por sus propias manos.

Esto ya me parece absurdo. “Católico de aguante”. Al parecer el señor estudiante de derecho no fue a las clases de historia del colegio para enterarse que estuvimos bajo un Estado confesional y católico durante más de cien años, y que fue a la iglesia católica a la que se le entregó hasta la educación. El poder e influencia de la iglesia católica en la historia de Colombia siempre ha sido grande y se le ha dado desde dinero y exenciones tributarias hasta participación en decisiones estatales, lo cual en términos directos quiere decir que la iglesia tuvo el poder de promover la discriminación (¿se acuerdan aquello de los hijos naturales?), la persecución del pensamiento diferente y en fin, tantas cosas que nos mantienen como una rémora del desarrollo.  

También considero que comparar algo tan inherente al ser humano como la vida con un pedazo de lata es una tontería. Ya que habla de recursos públicos y recursos sagrados, debería el señor acordarse que su iglesia no paga impuestos y por tanto “desacraliza” un elemento tan importante del Estado como el presupuesto. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Me parece que la violencia simbólica es la que propugna los grupos católicos como los del señor estudiante de derecho, que se oponen al pluralismo y quieren prohibir que alguien diga algo diferente a lo que ellos consideran su verdad absoluta.


¿Qué es lo que le molesta específicamente de la obra de María Eugenia Trujillo?

La obra fue presentada en Cartagena de una manera diferente a como fue presentada en Bogotá. Toda obra de arte tiene una curaduría, una explicación genérica de lo que es la obra y de lo que quiere conseguir. En el Palacio de Inquisición de Cartagena se hizo la presentación de la obra y ahí, dentro del elemento formal de presentación, se hablaba de las mujeres que eran desfloradas, violadas, sometidas, subyugadas, esclavizadas con la aprobación y bendición de la iglesia católica. Eso para Cartagena. Cuando llega a Bogotá cambian completamente el concepto de la curaduría, no de las obras. Entonces dicen: es una muestra que trata de reivindicar a la mujer subyugada y sometida a través de la historia.  Aquí pasa lo siguiente: el Museo Santa Clara era un convento de las monjas clarisas, monjas de clausura, luego por el proceso de transito de convento a museo, se volvió un museo de arte religioso. Y tenía la finalidad de servir como acervo de toda esa cultura arquitectónica, de ornato, literaria, de la Bogotá colonial. Siempre se ha denominado como museo de arte religioso. El espacio en si mismo habla de manera directa de la creencia de los católicos, era un lugar de culto.


Aquí el señor estudiante de derecho manda al tártaro toda su retórica sobre los derechos fundamentales y deja de presente la verdadera razón de la búsqueda de la prohibición: no le gusta la exposición a causa del lugar. Sí, así de sencillo. El problema es de interpretación y por tanto, imitando aquellos viejos inquisidores de la Edad Media, si algo no me gusta, pues busco su prohibición. O lo quemo. 



¿Entonces si la exposición hubiera sido en otro lugar no hubieran interpuesto las tutelas?

Lo que pasa es que hay un valor agregado. Usando toda esta atmósfera de la exposición, la artista lo que hace es que entra a tomar elementos del culto católico y los combina con formas sugestivas donde hay cavidades vaginales y otro tipo de partes de cuerpo femenino con el fin de reivindicar. Pero se está valiendo además de ornato, de imágenes y de elementos del culto católico que la misma sociedad ha adoptado como sagrados. Elementos que para los católicos están revertidos de una mística fundamental. La custodia es algo tan delicado que solo el sacerdote puede tocarla. Porque la custodia es donde queda contenido el santísimo sacramento que es la presencia real de Cristo y de Dios. Tan delicado y sagrado es para nosotros, que incluso dentro de la misma iglesia hay restricciones en cuanto a su acceso.

¿Que la sociedad ha adoptado como sagrados? Yo hago parte de la sociedad colombiana y no considero aquellos objetos como sagrados, de la misma manera que muchos otros ciudadanos del país que no son católicos. Si “la custodia” y demás objetos son tan sagrados dentro de su rito católico, pues ellos pueden hacer dentro de su iglesia toda clase de parafernalias que les dé la gana, pero por favor, no nos las quieran imponer o sino van a tener vehementes respuestas de nuestra parte sobre sus latas.

Si nos centramos en las mujeres católicas que presentaron la tutela, ellas no se sienten reivindicadas. Se sienten más bien ridiculizadas porque yo no puedo decir que una manera de proteger algo es exponerlo, no puedo decir que una manera de respetar el cuerpo de la mujer como algo sagrado, sea exponiéndolo a través de la vulneración de un elemento que forma parte de la personalidad de muchas mujeres colombianas. La mayoría de las mujeres colombianas son católicas y una de las formas que ellas expresan su religiosidad es a través de los elementos que se utilizan para el culto. Y cuando yo ridiculizo o propendo un irrespeto contra un elemento de culto, estoy yéndome contra el elemento litúrgico y cuando hago eso estoy yendo en contra del elemento doctrinal y cuando hago eso voy en contra del elemento formal de la manera como yo creo, vivo y expreso mi fe. Y en la medida en que algo atente contra eso me está violando mi derecho a la libertad de expresión.

Sobre este punto ya hablé al principio de esta entrada. Es falso decir que las mujeres católicas (sí, con el categorismo más absoluto) se siente ofendidas porque ya mostré que no es verdad. Aun así, si se sintiesen ridiculizadas pues hombre, que hagan alguna crítica u otra exposición. Estamos en una sociedad pluralista en donde la libertad de expresión nos permite criticar modelos antiguos y desacralizar aquello que para algunos es inmodificable. El argumento de la mayoría no es de recibo porque implicaría que estuviésemos en una tiranía de la mayoría (en la que no estamos), en lugar de una democracia en donde todos tienen voz y voto para decir las cosas. Es en eso que consiste el derecho a expresarse libremente y no como dice el señor estudiante de derecho en que si no me gusta algo, pues entonces lo prohíbo.

Usted habla de libertad de expresión pero ¿qué pasa con la de María Eugenia Trujillo?

El catálogo de derechos de la constitución política de Colombia tiene un límite de ejercicio. Por ejemplo, si a mí mañana me parece que es bueno decir que Nietzsche, Marx y todos los ateos son asnos, yo tengo derecho a hacerlo, pero ¿qué pasa cuando yo lo aterrizo a una realidad específica? Mi derecho de libertad de expresión tiene un límite y ese limite es mientras yo no vaya en contra de los derechos de otros. Estas expresiones artísticas generan irrespeto y violencia simbólica. Si hay algo que la sociedad ha considerado sagrado por tanto siglos es pisoteada, entonces todo aquello que tiene esos tintes de sacralidad podría ser pisoteado. Decir sagrado es como las sociedades, en su proceso histórico, han ido creando unas instituciones, derechos y principios que son intocables e innegables. Entonces la artista tiene pleno derecho a ejercer su libertad de expresión en la medida en que el ejercicio de ese derecho no vaya en contra en contravía de los derechos de otro. 

Aquí empieza el señor estudiante de derecho a mostrar su flaqueza en conocimientos jurídicos o mejor de sentido común. ¿Uno como “aterriza” eso de que “que Nietzsche, Marx y todos los ateos son asnos”? o peor aún ¿Cómo afecta el derecho de los otros el hecho de que alguien diga que “Nietzsche, Marx y todos los ateos son asnos”? Está claro que los derechos tienen límites pero no son las estolideces expresadas por el señor estudiante de derecho (sí, también estoy haciendo uso de mi libertad de expresión para decir que las declaraciones del supuesto cuasiabogado son ridículas. ¿Eso quiere decir que estoy “aterrizando” los límites o que todavía siguen en vuelo?). 




¿Por qué creen que la exposición atenta contra el derecho a la libertad del culto?

Afecta la libertad de culto por la violencia simbólica. Lo que está haciendo es tomar, por ejemplo, las profundas creencias católicas y transmitirlas como si fueran un escenario de manipulación, subyugación, dominación y violación de la mujer. 

Lo que el señor estudiante de derecho expresa es su opinión de la obra, no un hecho de violencia. Una opinión que me parece cegada por el dogmatismo, puesto que la teleología de la exposición no está ni cerca de su interpretación, aunque ese no es el motivo de discusión en este momento.

¿Entonces las expresiones artísticas que critican la religión católica son censurables?

Lo que pasa es que ese término no ha sido traído a colación: censura. Aquí no hay censura. Y menos censura previa. Aquí simplemente hay un ejercicio por parte del Estado que le confiere la constitución. El Estado aquí no está censurando. Hay personas que sienten que sus derechos fundamentales están siendo vulnerados y el Estado tiene que garantizar varias cosas: primero, que le estoy dando la oportunidad a la artista de demostrar que su obra no es ofensiva. Aquí no hay censura porque todos los tratados internacionales dicen: la libertad de expresión, enciso siguiente: esta libertad en caso de inminente contraposición con los derechos del otro tendrá que ser estudiada por el estado y tendrá que determinarse a través de la moral, de la costumbre. Tienen que entrar a mirarlo desde el contexto específico. 

El Tribunal prohíbe la exposición y “no hay censura”. ¡Qué maravilla! Qué maravilla que ahora la prohibición de la expresión de una artista sea un “ejercicio” de Estado.  Y después se preguntan por qué hay algunos que defendemos el laicismo a ultranza… No voy a comentar sobre los débiles argumentos jurídicos del señor estudiante de derecho, porque son absurdos y demuestran una falta de conocimientos jurídicos (o peor, de sentido común) gigantesca que cualquiera puede observar fácilmente sin necesidad de estudiar derecho.


Si no es censura, ¿usted como llamaría el posible evento de que un juez cierre del todo la exposición?

Insisto. No es censura. Es el ejercicio de un derecho de acción de tutela. El ejercicio al derecho que tengo de que el Estado favorezca y garantice el ejercicio de mis derechos. Incluso el mismo auto de la tutela dice: esto no va en contraposición de la libertad que tiene el museo y la artista. Simplemente es que si a mi viene un grupo de 75 personas y me dicen esa exposición va en contravía de sus creencias, su dignidad humana, su libertad de culto, de su libre desarrollo de la personalidad, yo como Estado tengo que decir: un momento, esta gente los está acusando a ustedes de esto, demuéstrenme si es cierto o no lo es. Si no es cierto, las medidas cautelares simplemente se levantan y la exposición sigue. Las medidas cautelares no son censura. Nosotros no hemos ganado la sentencia. A nosotros simplemente nos dieron una medida preventiva esperando que se pueda aclarar la situación. 


Ahora la prohibición de la exposición de una obra artística se llama “ejercicio de un derecho de acción de tutela”. El resto de sus declaraciones me hacen pensar que el señor estudiante de derecho no sabe en qué clase de Estado vivimos, ni en qué época andamos. Sin embargo, ahí les comparto la entrevista de la revista Arcadia para que sean ahora ustedes quienes tomen sus propias posiciones y bueno, como lo dije al principio, ojalá el Tribunal corrija aquel chascarrillo que ocasionó.