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martes, 8 de enero de 2013

Serie 9 de abril de 1948 (Segunda parte)

Viene de: http://eljuiciodeeladio.blogspot.com/2012/03/serie-9-de-abril-de-1948-primera-parte.html


El levantamiento



El grito inicial fue espontáneo:<<¡A palacio!...¡A palacio! >>. La multitud vibra en su venganza, cuando llevan a rastras el cuerpo de Roa Sierra  y todos quieren matarlo de dolor, para vengar la sangre del jefe. Todos querían hacerle algo, patearlo, golpearlo, escupirlo, maldecirlo, profanarlo. El presidente del directorio liberal de Bogotá había dado la orden de llevarlo a palacio. En ese recorrido por la séptima hacía el sur, la multitud se detiene y en enjambre vuelve contra el cuerpo inerme del asesino: un hombre patea su cabeza, otro chuza su estómago con una lezna, lo arrastran. La expresión de los rostros es terrible cuando la venganza se desborda. Detrás, como la huella total de todo su cuerpo, polvo, rastros que iban quedando por la carrera séptima entre los rieles del tranvía; luego un embolador, como arrastrando una carretilla, lo lleva agarrado de las piernas, y así sigue el espectáculo sin que nadie se detenga, hacia el palacio de gobierno, en la ruta en que culminaría la primera fase del levantamiento.

Los curiosos se meten al drama como atraídos por un remolino de aguas embravecidas hasta llegar a palacio, símbolo del poder. Allí tratan de crucificar a Juan Roa Sierra, al amarrarlo en las puertas del edificio. Y finalmente, frente a palacio, queda el cuerpo de Roa Sierra, solitario, con dos corbatas amarradas al cuello. La intención era repetir la fiesta con el presidente Ospina, cuenta uno de los sobrevivientes. En esos momentos sale el pelotón de la guardia presidencial y dispara. Había culminado el primer intento de toma de palacio, un acto consciente, pero sin ninguna preparación. No había en esa masa y en la dirección del movimiento ninguna conexión. Era el instinto primario con el acicate que produce en el hombre el dolor profundo. El dolor que cambia definitivamente su vida.

Por la respuesta que recibió de la guardia presidencia, esa masa busca algo para defenderse. Los primeros policías entregan las armas. Unos por temor a ser linchados, otros por convicción gaitanista. <<Armarse >> es la voz que se escucha. La radio hace encendidos llamamientos. La ciudad se desborda. De los barrios periféricos vienen los artesanos, los obreros, el lumpen hacía el centro; quieren llegar a la plaza de Bolívar. Se producen los primeros saqueos, a ferreterías, armerías, depósitos de artículos de construcción. La gente asalta las bombas de gasolina, se quita las camisas, las empapa y comienzan las llamas a consumir muchos edificios, entre ellos, El Siglo, periódico conservador.

El pueblo adolorido se mete al Parlamento donde estaba sesionando la Conferencia Panamericana. Saca los muebles de las oficinas y se recrea con las hogueras en la mitad de la Plaza de Bolívar. Luego, esa masa piensa sorprender de nuevo a la guardia de palacio, avanza por la carrera sexta y baja por la octava para el segundo intento de llegar a la casa de gobierno. La patrulla los recibe a bala.



Ese pueblo que ha pasado por encima del miedo, que no piensa en esos momentos en su propia supervivencia embarca sus ansias contra el palacio. Pero de nuevo están ellos, los de la guardia presidencial. Los cuerpos se desploman, se entrecruzan los gritos de agonía y crece, en tumulto, la muerte.

Obnubilada en sus sentimientos, fija en su mirada obsesiva en sus objetivos, con uno que otro fusil, con muchos machetes blandiendo al aire, esa masa se lanza por tercera vez contra palacio. La tropa responde sin contemplaciones. Los muertos se redoblan. Los que vienen de la avanzada levantan a los muertos por los brazos, por las piernas, para abrirse paso hacía el camino definitivo de las ametralladoras. Esa masa anodina no vacila entre retroceder y avanzar, avanza aprovechando la topografía pendiente de la calle octava. Es la retaguardia multitudinaria que empuja a la vanguardia, cuando los hombres intentan desfallecer. La lucha estuvo a punto de definirse cuerpo a cuerpo y la victoria hubiera sido para el bando de mayor experiencia en este tipo de combate.

Un salvaje aguacero que cae a las tres d la tarde salva en definitiva a la ciudad. La lluvia hizo dispersar a mucha gente. Vuelven los infructuosos intentos de llegar a palacio. Hubo otros obstáculos. Un sobreviviente recuerda que <<los curas del colegio San Bartolomé fue mucho lo que dispararon>>, impidiendo otras tentativas.

Los francotiradores desde los techos y las azoteas, se mueven felinamente y siembran la muerte. La tierra trepida. Alguien ve los tanques, el primero trae torreta, como insignia de la paz, un trapo blanco: sobre ellos muchos hombres del pueblo levantan banderas y gritan confiados <<¡A palacio! >>. La gente celebra su aparición con vivas y con el ondear de banderas rojas. En el pueblo surge una fatal ilusión: esos son sus tanques o cree, en últimas, que son los tanques de la revolución. La defensa de Gaitán al teniente Cortés había cimentado esa esperanza. La influencia gaitanista en los sectores medios del ejército, así lo confirmaba. Los tanques siguen sus pesados pasos. En el primero marcha el capitán Serpa, padre gaitanista de Santander. Sale del tanque como calmando a la multitud. Le disparan. Nadie sabe quién le disparó. El segundo hombre que está al mando del blindado voltea la torreta y enfoca la ametralladora contra la multitud sorprendida. Parecía como si un pueblo entero hubiera entrado a un gigantesco almacén de vestidos de hombre y los hubiera tirado a la calle. Fue la masacre total en la Plaza de Bolivar.

Había culminado dolorosamente, con la derrota para el pueblo, un levantamiento cuya expresión esencial había sido el espontaneísmo con un claro objetivo político: pretender tomar el palacio. En ese momento, como en la historia que sigue, nadie lanzó una consigna distinta a la del cambio del gobierno conservador por un gobierno liberal. La llamada revolución abrileña no tenía otro sentido.

Luego vendría la otra fase, la descomposición del movimiento, ya convertido en la más absoluta de las anarquías, donde no existía una razón para la lucha, sino que la acción fue arrastrada por el alcohol y el saqueo a la ciudad, en forma multitudinaria.

Papel de la radio

El papel que tuvo la radio, ese día y los otros días, hay que analizarlo con frialdad. Creó una interesante actividad agitacional, a la vez que produjo el desconcierto y la inmovilización de las masas, al confundir, quienes lanzaron todo tipo de consignas, la realidad con el subjetivismo y la fantasía. Simultaneamente, jóvenes revolucionarios de distintas tendencias, liberales, comunistas, socialistas, ocuparon diversas emisoras, especialmente la Radio Nacional, y por ella difundieron proclamas a todo el país, instando a la creación de juntas populares de gobierno que se hicieran cargo del poder local. Sus llamamientos empujaron a la población a la búsqueda de armas, en ferreterías, en armerías. Pero en definitiva, lo emocional contrarrestó lo real de la situación y muchos de ellos se dejaron llevar por su fantasía, dando la información al país de la caída del gobierno conservador y de la ejecución de algunos dirigentes de ese partido.

Las masas populares se dedicaron a festejar el triunfo radial, especialmente los sectores más humildes. Asaltaron cantinas, bares, cigarrerías, y todo lo que encontraron de camino, para darse la comilona y la borrachera más grande de sus vidas.

Fue esto lo que se escuchó por diversas emisoras: <<Últimas noticias con ustedes. Los conservadores y el gobierno de Ospina Pérez acaban de asesinar a Gaitán, quien cayó frente a la puerta de su oficina abaleado por un policía ¡Pueblo: a las armas! ¡A la carga! A la calle con palos, con escopetas, cuanyo haya a la mano. ¡Asaltad ferreterías y tomaos la dinamita, la pólvora, las herramientas, los machetes…!>>.

<<Aquí la Radio Nacional tomada por un comando revolucionario de la universidad. En este momento Bogotá es un mar de llamas como la Roma de Nerón. Pero no ha sido incendiada por el emperador sino por el pueblo, en legítima venganza de su jefe. El gobierno ha asesinado a Gaitán, pero a estas horas, ya el cuerpo de Guillermo León Valencia cuelga de la lengua en un poste de la plaza de Bolívar. Igual suerte han corrido los ministros José Antonio Montalvo y Laureano Gómez. ¡Arden los edificios del gobierno asesino! ¡El pueblo grandioso e incontenible se levanta para vengar a su jefe y pasear por la calle el cadáver de Ospina Pérez!¡Pueblo, a la carga!¡A las armas! ¡Tomaos las ferreterías y armaos con las herramientas!>>

<<Con ustedes, Jorge Zalamea Borda, para comunicarles que se acaba de recibir un radio de Nueva York avisando que el doctor Eduardo Santos salió ya en avión expreso a Bogotá, a tomar el poder y restablecer el orden constitucional en su calidad de primer designado. El movimiento del pueblo está triunfante y el régimen oprobioso de Mariano Ospina Pérez ha caído para siempre…>>

Los centenares de presos comunes que escaparon de las cárceles de la Picota y Municipal que hicieron su agosto en la ciudad, fueron otro factor que influyó  en el desbordamiento de la población hacia el saqueo y la anarquía.

La hora de las definiciones políticas

Al caer la tarde del 9 de abril, el movimiento popular como expresión de levantamiento espontáneo, estaba fracasado. En la noche, ese pueblo que había entregado su vida por el ideal de volver a un régimen liberal, nada tenía que hacer en el futuro de las decisiones políticas. El presidente Ospina ya tenía un evidente control militar sobre la ciudad.  La multitud había sido desalojada del centro, especialmente de los sectores neurálgicos como la zona bancaria. Los militares sólo habían custodiado los bancos, mientras mirabas impasibles a ese pueblo, sediento, asaltar almacenes y ferreterías. Después de las seis de la tarde, la tropa comenzó a tomar la ciudad cuadra por cuadra. Ello, naturalmente, le daba cierta estabilidad al gobierno de Ospina.



En las horas de la tarde, el partido comunista y la CTC lanzaron consignas de formación de milicias populares y organización de una junta revolucionaria de gobierno. Pero no tenían las fuerzas reales ni los métodos acertados para conducir a esa masa anarquizada. En tempranas horas, después de conocerse la noticia del asesinato de Gaitán, se determinó la huelga general y ésta se produjo, no como fuera de convicción, sino por un proceso de arrastre espontáneo de la población, que sin plan de ninguna naturaleza, paralizó la ciudad.
Se forman entonces los epicentros políticos donde se conjugaron las distintas opiniones de los liberales, gentes de izquierda y del pequeño partido comunista. En la clínica Central, en la sala de radiografía, incluso antes de darse la noticia definitiva de la muerte de Gaitán, porque se ocultó por varias horas, se comenzó a discutir lo que se iba a hacer, el rumbo que debían tomar los acontecimientos. El pueblo ya estaba levantado en las calles, expectante, a la espera de las orientaciones de sus dirigentes que nunca llegaron.

En la clínica Central resaltaban varias tendencias en las discusiones, recuerda Diego Montaña Cuellar. Alfonso Araujo y otro grupo que estaba con él sostenían la tesis que había que restablecer la Unión Nacional, que lo que estaba sucediendo en Bogotá era sumamente grave, que el pueblo estaba en una situación espantosa. Otros sostenían que el responsable de la muerte de Gaitán y de la violencia que vivía el país era el gobierno de Ospina y que por tanto se le debía exigir la renuncia. Una tercera, entre ellos la posición de Plinio Mendoza Neira y Alberto Arango Tavera,  era que no se le debía pedir la renuncia a Ospina, que se debía conversar con los militares y dar un golpe. Triunfó la tesis de los partidarios de restablecer la Unión Nacional para acabar con el levantamiento del pueblo, con su insurgencia. Eran los que deseaban ir a palacio a pedirle la renuncia al presidente.

Es el propio Carlos Lleras Restrepo quien da la explicación sobre aquella reunión en la clínica Central, años más tarde en sus reflexiones, cuando dice que ellos comprendieron que la constitución de una junta revolucionaria <<crearía automáticamente la protocolización de un estado revolucionario con imprevisibles consecuencias>>.  Y aclara que su posición, como la de Echandía, Araujo y muchos otros liberales, fue que era conveniente y necesario restablecer un inmediato contacto con el gobierno para poner fin a los choques violentos y para buscar la fórmula más adecuada a fin de evitar que el país se precipitara en la anarquía.

Era bien clara la posición de los liberales que fueron a palacio y hasta el carácter que deberían expresar las futuras conversaciones.

La Junta Central Revolucionaria

La batalla política había comenzado. Ospina espera refuerzos militares de Tunja y ya tiene una amplia información de lo que está sucediendo en Bogotá y en los departamentos. Le dicen que una delegación de notables liberales se dirige a palacio para hablar con él. La situación en ese momento ya le era totalmente favorable. La Conferencia Panamericana fue suspendida y la mayoría de los delegados fue a resguardarse en el batallón de la guardia presidencial. El ejército recupera la Radiodifusora Nacional y comienza la transmisión de boletines oficiales del gobierno. En palacio se inician las conversaciones entre los dirigentes liberales y el presidente Ospina.

En la emisora Últimas Noticias se produce un fenómeno por cierto muy interesante, pero a la postre de resultados muy limitados. Se crea la Junta Central Revolucionaria de gobierno, con objetivos sujetos al desarrollo de las conversaciones en palacio. No plantean una razón de poder, ni siquiera de expectativa. Hizo estragos la mentalidad de subalternos en quienes pretendieron darle un cauce real y definitivo al movimiento. Gerardo Molina recuerda que cuando hablaron de crear una junta de gobierno fue para que mantuviera la moral de la gente, con la intención de hacer algo, por si el pueblo oía; pero ya no escuchaba: cualquier orientación caía en el vacío. Se dieron consignas referentes al mantenimiento de la moral y a la vigilancia del aeropuerto.

La Junta Central Revolucionaria, que para muchos fue fantasmal, pero que en cierta medida buscó convertirse en un factor de dirección, de organización fue integrada por Gerardo Molina, Adán Arriaga Andrade, Jorge Zalamea, Rómulo Guzmán, Carlos Restrepo Piedrahíta y Carlos H. Pareja.  La junta dictó su primer decreto: Constitúyase Últimas Noticias en el órgano oficial de difusión al servicio del comité ejecutivo de la Junta Central Revolucionaria de gobierno y del movimiento liberal que se desarrolla en el país.

Y desde Últimas Noticias Arriaga Andrade dijo: <<La Junta Revolucionaria anunca que en la Quinta División de policía vamos a distribuir armas en primer lugar. Y en segundo, a todo el que se capture con atados en la cabeza, asaltando y robando, llevarlo a la Quinta División, cerca del panóptico, para seguirle inmediatamente consejo revolucionario>>.

Ocurrió todo lo contrario de lo que se anunciaba por radio. Quienes pasaron esa noche decisiva en la Quinta División de policía, estuvieron pegados al cordón telefónico en línea directa con palacio, a la espera infinita de posible orientación o de cualquier tipo de órdenes.    

Las conversaciones en palacio

En un ambiente de frialdad protocolaria, el presidente Ospina recibe la visita de los dirigentes liberales. Al comienzo tratan de evitar el ambiente tenso de posibles acusaciones. No revelan sus primarias intenciones. Le relatan al presidente sus peripecias en la calle por las cuales atravesaron hasta llegar a palacio. A petición suya, Plinio Mendoza cuenta la forma en que se produjo el asesinato de Gaitán. Lleras Restrepo interrumpe a Mendoza Neira, se está perdiendo demasiado tiempo, se debe actuar con prontitud.

Como no existe un acuerdo tácito entre los delegatarios liberales, quien habla a nombre de la comisión no es un caracterizado político, sino un veraz periodista, don Luis Cano. Lo hace con un lenguaje distanciado. Después de decirle al presidente cómo lo admira y respeta, y de qué manera El Espectador ha venido defendiendo su administración y luego de ponerse a sus órdenes como colombiano y amigo, cree <<que debemos considera alguna medida rápida y efectiva, porque el tiempo apremia y no debemos esperar a que sea demasiado tarde>>.

Es el presidente quien pregunta: <<¿Qué medida insinúan que debe tomarse?>> Nadie responde. Están tanteando el terreno. El presidente Ospina insiste en su pregunta, don Luis Cano responde que no venía preparado para esta entrevista, que sus compañeros tienen la palabra. Lleras es el más decidido. Expresa que cualquier medida que se tome llegará demasiado tarde. Es el propio Lleras Restrepo quien nos da luces sobre cuáles eran las pretensiones de los liberales, que hasta ese momento ninguno había expresado. Habla de los antecedentes que habían ocasionado el rompimiento de la Unión Nacional, tan frescos todavía; que sólo el retiro del presidente Ospina podría tener suficiente eficacia para calmar las multitudes. Le parecía que ese camino, que dejaba a salvo los sistemas constitucionales, era por todos los aspectos preferible a que sobreviniera el derrocamiento del gobierno, porque el país había entrado en un estado de anormalidad jurídica cuyo posterior desarrollo nadie podía siquiera prever.

Eran simplemente como <<los puntos de vista de unos liberales preocupados por la suerte del país y no como una petición que nosotros pudiéramos formular al presidente como representantes de las gentse amotinadas, ni como un ultimátum que una revolución hiciera por nuestro conducto>>.

Alfonso Araújo le increpa al presidente: los incendios cubren la ciudad, <<oiga las ametralladoras del ejército. ¡Esto es una masacre horrible!>> Vaticina la caída del gobierno. Ospina le responde que el ejército está cumpliendo el deber elemental de defender la constitución. Don Luis Cano recomienda a sus compañeros más cordura y cordialidad en las deliberaciones, concilia los ánimos. Echandía, que había sido elegido sucesor de Gaitán en la clínica Central, en ese trascurrir es un hombre mudo. Espera seguramente la culminación de ese mar de palabras.

Mendoza Neira dice con gran entusiasmo que Echandía es el único hombre capaz de contener las iras del pueblo, por su prestigio, porque fue aclamado por la multitud al conocerse la noticia de la muerte de Gaitán. Roberto Salazar Ferro está de acuerdo. El propio Ospina les abre el camino para que ellos clarifiquen su fórmula: <<Entonces ustedes lo que quieren es que el presidente se retire del poder, ¿no es eso?>> Lleras Restrepo no oculta su euforia. Es un punto que le parece muy importante. Ospina era dueño de la situación. Sus interlocutores sólo estaban expresando <<puntos de vista>>. Él estaba jugando con las cartas del tiempo. Los refuerzos de Boyacá estaban en camino, y tenía bajo su control la situación del país, exceptuando Ibagué.

Con frialdad responde a los liberales que el pueblo lo eligió para regir sus destinos y, al abandonar la presidencia de la República, su nombre pasaría a la historia como un traidor, arrojando el más horrible baldón a la memoria de sus antepasados. Les pide que piensen que lo que sucedería en los departamentos, por lo menos seis de ellos marcharían a reconquistar el poder que se les había arrebatado. <<Tendríamos, pues, la guerra civil>>.

Se rompe el encanto de una posible ilusión, por impotencia ante la amenaza del presidente de una guerra civil No tienen en sus manos sino las palabras. Ahora vienen las incriminaciones de que el gobierno de Ospina es el culpable de la violencia. El presidente les pregunta nuevos detalles de cómo llegaron a palacio. El tiempo sigue sus lentos pasos. Echandía se anima un poco. Lleras insiste en la fórmula del retiro del presidente. El presidente responde que saldrá vivo de palacio y no será sino cuando termine legalmente su periodo. Don Luis Cano insiste en que su separación del poder facilitaría la terminación de la revuelta y se haría digno de la gratitud del pueblo colombiano. Ospina contraargumenta que su separación del poder, lejos de arreglar, empeoraría la situación, provocando una sangrienta guerra civil.

Ospina nada prometió, nada avanzó ante los comisionados liberales, como no fuera su propósito  de permanecer a todo trance en la presidencia. Sólo él podía definir la situación, tenía sus razones.

Posteriormente, Lleras Restrepo, con otros elementos de juicio, enfocaría así la situación: <<Naturalmente, el presidente tenía en esos momentos informaciones de que nosotros carecíamos, sobre todo respecto a la situación creada en Antioquia y en algunos otros lugares del país, y tenía razón al pensar que si bien su retiro podría calmar el ánimo de los liberales en Bogotá y contener la revuelta, era bien posible que el conservatismo se negara a aceptar esa solución y se creara automáticamente un estado de guerra civil en la República>>.

Darío Echandía recuerda con una especie de mea culpa las conversaciones de palacio: <<Es evidente que don Luis Cano le dijo al doctor Ospina que la solución era que me encargara yo del mando. ¿A qué título? Era un golpe de cuartel, un golpe de estado. Yo no era el designado; el designado era el doctor Santos, que estaba en Nueva York>>.

La Quinta División de policía

En la Quinta División de policía, setecientos hombres insubordinados, bajo la dirección del capitán Tito Orozco, con la presencia de Adán Arriaga Andrade, estaban sometidos esa noche del 9 de abril a la espera de las órdenes desde arriba. A esa terrible espera que no permite a los hombres tomar decisiones en momentos tan definitivos en la historia de un país. Porque influía más en ellos la psicología de ser subalternos. Sólo existían para ellos las jerarquías. No había órdenes habladas ni escritas que los empujasen a actuar decididamente. Sus ojos, sus mentes, su accionar nervioso estaban en palacio. Y los que se encontraban en palacio no iban a pronunciar ese tipo de órdenes. Los hombres que vivieron esa terrible noche en la Quinta División de policía no tuvieron el aliento suficiente para poner a funcionar sus armas.

En la tarde del 9 de abril, entre la ola de manifestaciones que penetró a la Tercera División de policía, estaba un joven estudiante de 21 años llamado Fidel Castro. Aunque estuvo entre los primeros que entraron, sólo pudo tomar un fusil de gases lacrimógenos y un montón de cápsulas para cargarlo. Subió a uno de los pisos superiores en busca de otro tipo de arma y entró en una habitación. Alí había varios policías que no atinaban qué hacer. En medio de aquel desorden, Fidel se puso un par de botas, una capota militar y una gorra y bajó hacia el patio donde se sentían muchos tiros al aire. Alguien quiso poner orden, y Fidel se unió a un grupo que en el palacio se alineaba en escuadra. Un oficial le preguntó qué iba a hacer con un lanzador de gases y sin esperar respuesta agregó: <<Lo mejor que puedes hacer es darme eso y toma este fusil>>. Fidel Castro, desde luego, no opuso reparos.

Fidel, al conocer la noticia del asesinato de Gaitán, se involucró de inmediato al levantamiento. Con su fusil se trasladó con un grupo de estudiantes a defender la Radio Nacional, que ya estaba cercada por el ejército. Luego fue a la Universidad Nacional y más tarde a otra estación de policía. En la otra noche llegó a la Quinta División. Como cualquier colombiano conmocionado por los acontecimientos, vivió intensamente la tarde abrileña. Había venido a Bogotá unos días antes, para participar como delegado en un congreso estudiantil que se estaba celebrando para protestar contra la Conferencia Panamericana. Había conocido personalmente a Gaitán el 7 de abril, porque él le había prometido a una delegación estudiantil que hablaría  en la clausura del evento. Fidel, junto con otros estudiantes, tenía una cita con Gaitán el 9 de abril a las dos de la tarde. Cita que no pudo cumplirse.

En la Quinta División de policía vio aquella fuerza grande de setecientos hombres armados, acuartelados a la defensiva. Y reflexionó sobre esa situación. Le pide una entrevista al jefe de la guarnición y le dice que toda experiencia histórica demuestra que una fuerza acuartelada está perdida. Le habla de la propia experiencia cubana: toda tropa que se acuarteló siempre estuvo perdida. Le razona, le discute, le argumenta y le propone que saque la tropa, que es una torpa fuerte, que atacando podría realizar acciones decisivas. El jefe de la policía lo escuchó, pero no tomó ninguna decisión. Fidel le insistía que lanzara a ese grupo de hombres armados contra el palacio de gobierno. Fidel recuerda <<Nos pasamos toda la noche esperando el ataque del ejército>>. Luego le tocó ir de comisión junto a un grupo de policías, en los alrededores de Monserrate, esa madrugada.

Adán Arriaga Andrade, por cierto dolorosamente crítico, recuerda que esa noche en la Quinta Divisón de policía había en ellos una especie de indecisión que los amarraba y les impedía realizar cualquier acción, un sentido de respeto jerárquico: <<Nosotros queríamos actuar, nos faltó personalidad suficiente como para decir: Aunque nos maten, aunque pase lo que pase, nosotros vamos actuar…>> Pero no actuaron. Fue, para ellos, una noche adivinando ¿la dirección liberal estará en palacio, estarán presos o tendrán acorralado a Ospina? No había información, todo fue un gran desorden. Los setecientos policías insubordinados vivieron esa noche, como vivió el país, a la espera de órdenes que nunca llegaron.

Lleras Restrepo recuerda en su analítica y fría memoria una de las llamadas que recibió desde la Quinta División de policía en la madrugada del 10 de abril. Respondió que todavía no había solución de ninguna clase, que los liberales estaban en palacio insistían  en buscar la solución que juzgaban adecuada. Pero que no quería en manera alguna <<que pudiera decirse más tarde que por consideración con nosotros, el pueblo liberal de Bogotá había quedado inmovilizado en su acción>>. Insiste en que <<nosotros no aconsejábamos la insurrección ni estimamos nunca que ése fuera el camino conveniente  para el liberalismo y la República>>. Agrega que <<quienes estaban afuera en contacto con la gente, adoptaron por su propia voluntad la decisión de esperar el resultado de nuestras gestiones y no por orden nuestra…>>.
La Junta Revolucionaria desapareció en la noche. Su objetivo agitacional perdió importancia ya al caer la tarde del mismo 9 de abril. De sus consignas, nada quedaba, sólo el eco de las órdenes de la Junta Revolucionaria que se escuchaban en pequeñas y grandes poblaciones, donde se habían constituido también juntas revolucionarias que estaban sujetas a la espera de orientaciones del Comando Superior.

Fue, a todo nivel, la espera de la misma espera.
  

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martes, 27 de marzo de 2012

Serie 9 de abril de 1948 (Primera parte)



Desde hace algún tiempo he tenido la idea de compartirles dos textos sobre el 9 de abril de 1948. Son sacados del libro “NUEVA HISTORIA DE COLOMBIA” (cuya dirección está en cabeza de Álvaro Tirado Mejía) de Editorial Planeta y el autor de los textos que traigo a continuación es el multifacético Arturo Alape, quien aunque no es de mi agrado como persona, pero que aporta unos textos de ritmo casi narrativo, con buenas fuentes (al parecer).

Advierto desde ahora que existen muchísimos libros, textos y documentales sobre el 9 de abril de 1948 y Jorge Eliecer Gaitán; como también teorías de lo ocurrido aquel día. Lo que se ha dicho y lo que falta por decir no es poquito. Por lo tanto, no sé si sean los textos más completos. Sólo sé, que son los que voy a compartir con ustedes. Cada quien tiene su criterio para elegir si comparte o no lo expresado por el autor de acuerdo con lo que ha leído.

Los dos textos van a estar divididos en varias partes por su gran longitud. El primer relato va a estar dividido en varias partes (no sé cuantas todavía) y tiene por nombre “El 9 de abril, asesinato de una esperanza”. El segundo es del mismo autor, está bajo las reglas del anterior texto y se titula “El 9 de abril en provincia”. Espero sean de su agrado

NOTA: Como estamos en tiempos de paranoia derecho-autoral me permito expresar que no hay ninguna intención de violar derechos de autor u obtener lucro con la publicación de estos textos. Este blog no me da ni un peso y sólo lo tengo como hobbie de tiempo libre. Además de lo anterior, el autor de los textos está muerto.

El 9 de abril, asesinato de una esperanza
Por: Arturo Alape

La ciudad



Bogotá cortada en cruz sobre la carrera séptima y la de Jiménez por los rieles del tranvía; los cerros en reposo como telón de fondo inamovibles, un cielo encapotado y un enloquecedor frío sobre los hombres de vestidos cruzados y sombreros negros, ladeados, y en el aire el hollín del tiempo pegado a sus respiraciones. Es mediodía del 9 de abril de 1948; la ciudad se desocupa, las gentes aceleran sus pasos para ir almorzar. Hay cierta tranquilidad relativa, aunque el país había vivido una intensa oleada de violencia en algunos departamentos. Un grupo de lustrabotas, especie de guardia personal de Gaitán al salir de su oficina, silban con cierto desgano al compás de sus manos que brillan los zapatos de los transeúntes.

La ciudad ha cambiado de apariencia, al engalanarse para las fiestas sociales en homenaje a los muchos delegados a la Novena Conferencia Panamericana, mientras en cualquier rincón se esconde la miseria real de un pueblo que había encontrado en la voz, en el verbo encendido de Gaitán, una posible redención social.



Sobre Bogotá conocida como la Atenas del Sur, recaía la mirada esperanzada del continente, porque tenía la visita de un personaje mundialmente conocido: el general George Marshall, el hombre que había reconstruido económicamente al viejo continente, después de la hecatombe de la segunda guerra mundial. Por lo menos los gobiernos de entonces pensaban que traía dólares a manos llenas para desarrollar las pobres economías de estas tierras americanas que no habían pasado por la experiencia de la guerra. El propio general, desde el primer discurso en la conferencia, disipó cualquier ilusión en este sentido. No habrá <<Plan Marshall>>  para América Latina. El continente americano tiene urgente necesidad de adoptar métodos efectivos de cooperación económica, haciendo frente a problemas que exigen su máximo de buena voluntad. La tarea de reconstruir Europa es, de por sí, una tarea gigantesca para los Estados Unidos. Invitó a los gobiernos del continente a unirse a esta labor. Resumió su pensamiento en materias económicas, pidiendo para el capital extranjero toda clase de garantías. Desde el comienzo de la Conferencia Panamericana, el general Marshall había recomendado incluir en la agenda de discusiones la siguiente pregunta: <<Quiero saber si los delegados aquí reunidos consideran que una cuestión sobre represión de movimiento subversivos en América, ¿debe considerarse como un nuevo tema con relación a la agenda?>>.

Pregunta que no fue recibida con beneplácito en el resto de delegaciones. Creó un ambiente de tensión y de contradicciones. No era lo definitivo a discutir. Juvenal Hernández, jefe de la delegación chilena, dio de inmediato una respuesta positiva en relación con la pregunta del general Marshall, al sostener que la división mundial alrededor de dos tesis había quedado planteada, que una de ellas se fundaba <<en una concepción materialista de la vida>> y que <<pretende implantar la sumisión gregaria de los más a los menos a un nuevo totalitarismo político para decapitar el espíritu de su libertad>>. Propuso la necesidad inmediata de adoptar disposiciones internas para reprimir las actividades subversivas que intentaran realizar individuos nacionales o extranjeros en favor de los intereses políticos de estados extracontinentales.

La delegación argentina replicó diciendo que <<las Américas no deben combatir el comunismo como idea sino atacar las causas que lo engendran>>. La delegación venezolana fue más precisa y contundente, al afirmar por boca de su presidente, Rómulo Betancur: <<Venezuela jampas apoyará medidas que puedan dar a los enemigos de la libertad el arma formidable de la discriminación política y las persecuciones policíacas, que podrían ser utilizadas contra todos los miembros de la oposición doctrinaria>>. La delegación colombiana, presidida por Carlos Lozano y Lozano, no había declarado que Colombia no votaría afirmativamente esta declaración. Dijo que <<Colombia es un país de libertades, respetuoso de sus fueros constitucionales y celoso guardián de los principios democráticos>>. Los delegados conservadores al evento, encabezados por Silvio Villegas y Augusto Ramírez Moreno, estaban de acuerdo con la declaración.

Comenzaba para el continente la más grande cruzada de perfiles inquisitoriales. Era la aplicación de la doctrina Truman, que proclamaba el derecho de los Estados Unidos a intervenir política y militarmente en cualquier país <<amenazado por el comunismo>>. Era, de frente, la guerra fría.

Gaitán, jefe del partido liberal, por un inaudito error de Ospina Pérez y aconsejado por Laureano Gómez, no fue invitado al evento. Esa arbitraria actitud del gobierno había creado profundo malestar en las masas liberales.

9 de abril: 1.05 pm



A la una y diez minutos de la madrugada del 9 de abril, Gaitán terminaba su emocionante defensa del teniente Jesús Cortés, y pedía para él la absolución, alegando que había obrado en legítima defensa del honor del ejército, al ultimar de dos disparos de pistola al periodista Eudoro Galarza Ossa. La multitud aplaudió frenéticamente el hermoso elogio que el penalista hizo del militar. Ahora se vivía la expectativa por el veredicto final. Era la segunda defensa que Gaitán hacía del teniente Cortes. Los mandos medios del ejército habían sufragado todos los gastos de la defensa, recolectando el dinero entre sus compañeros de armas. Seguía en la sala un silencio profundo. A la una y veinticinco minutos de la mañana la sala fue desalojada. Los jueces del pueblo entraron a deliberar, mientras los presentes hacían toda clase de conjeturas. Eran muchas las hipótesis que se tejían. Ante todo, había una gran confianza en el formidable penalista que era Gaitán.

A las dos de la madrugada, los jueces del pueblo entregaron su veredicto al juez de la causa y el doctor Pérez Sotomayor, lentamente dio lectura al fallo de conciencia. Las dos y cinco de la mañana. El fallo fue absolutorio en un todo, de acuerdo con las tesis planteadas por Gaitán.
Las barras sacaron al líder en hombros y él se encontró con la soledad de una ciudad que tanto amaba y que pocas horas después iba a cambiar en todo sentido por su muerte. La multitud que lo vitoreaba quedaba a sus espaldas.

Plinio Mendoza Neira necesitaba hablar con Gaitán sobre alguna cosa urgente. Fue a su oficina, y allí lo encontró departiendo con varios de sus amigos, entre ellos Pedro Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla. Comentaban sobre la intervención de Gaitán en la madrugada, en defensa del teniente Cortés, verdadero éxito oratorio que todos calificaron de brillante. Gaitán recibía los últimos elogios de sus amigos. Había sido su más importante triunfo como penalista. Gaitán se sentía alegre, eufórico, <<reía con mucha complacencia>> recuerda Plinio. Este lo invitó a almorzar. <<Aceptado. Pero te advierto, Plinio, que yo cuesto caro>>, dijo Gaitán al disponerse a salir, con una de sus carcajadas habituales cuando se hallaba de humor. Todos abandonaron la oficina, para tomar el ascensor del edificio Agustín Nieto. Al salir por el pasillo que daba a la calle, Plinio lo coge del brazo: <<Lo que tengo que decirte es muy corto>>.

En esos instantes postreros del líder, nunca se sabrá si había leído las últimas líneas del editorial del Diario del Pacifico, del 8 de abril, que era como el artilugio premonitorio de su muerte: acusaba a Gaitán de su compromiso con el comunismo, y advertía que esta actitud impediría al liberalismo hacer causa común con quienes se estaban esforzando por defender al continente americano de la influencia del Kremlin. Terminaba: <<Allá ese partido que en horas de tanta inquietud se dejó arrastrar hacia tan profundo abismo por las ambiciones desmedidas de un caudillo en trance de muerte>>. Era la atmosfera política que se respiraba.
Plinio Mendoza Neira sintió de pronto que Gaitán retrocedía, tratando de cubrirse el rostro con las manos. Escuchó tres disparos consecutivos. Trató de ayudarlo. Gaitán, demudado, los ojos semiabiertos, un rictus amargo en los labios y los cabellos en desorden. Un hilillo de sangre corría bajo su cabeza.

Los testigos del asesinato



Pudo ver en forma absolutamente nítida al individuo que disparaba. Trató de dar un paso adelante para arrojarse sobre él y el hombre levantó el revolver a la altura de su rostro. Plinio hizo el mismo ademan de Gaitán, quiso ponerse a salvo entrando de nuevo al edificio. En ese momento, el asesino bajaba el revolver con deseos de apuntarle a Gaitán, que yacía inmóvil sobre el pavimento. Luego fue retirándose, protegiéndose en la fuga con el revolver, vacilante.

Le faltaban tres pasos para llegar a la puerta y vio claramente el cuerpo del atacante y los movimientos de su brazo en tres posiciones, la primera alta, sincronizada con las tres detonaciones, sin que pudiera percibir el arma, ni la mano, ni la persona sobre la cual disparaba. Así precisa Pedro Eliseo Cruz.

Parece que en esos momentos el hombre les hizo un disparo a ellos. Luego retrocedió buscando la avenida Jiménez. Demostraba un perfecto dominio sobre sí mismo, una gran energía, en sus ojos había una mirada de odio inconfundible. Era un hombre cargado de pasión. Así lo define Alejandro Vallejo.

En el primer instante, Jorge Padilla pensó que los disparos no eran de revolver. Pensó más bien en los fulminantes que los emboladores ponían sobre la línea del tranvía. Miró hacía la puerta y vio que apoyándose contra el borde de la piedra norte, con las piernas dobladas en posición de tiro, revolver en mano, había un hombre. Está seguro que disparó desde ese punto y en esa posición, recuerda Jorge Padilla. En total, oyó cuatro detonaciones.

Pedro Eliseo Cruz, en su condición de médico, examinaba a Gaitán. Al levantarlo del suelo, daba señales de vida. Era una serie de quejidos sordos. Minutos después llevaron su cuerpo a un taxi que lo condujo a la clínica Central.

A la una y cinco de la tarde se había parado el reloj de Gaitán. Años más tarde, el médico Yezid Trebert Orozco recordaría que de los impactos del revólver recibidos por Gaitán, especialmente el que penetró el cráneo a la altura de la protuberancia occipital, hemisferio izquierdo, a más o menos cinco centímetros, fue el mortal. Murió en el sitio del abaleo. <<A él le quedó naturalmente la vida animal, como a los toros de lidia cuando les clavan la puntilla y todavía quedan con vida, pero sin sentido de ninguna clase>>.

Gaitán no creía en su muerte. Muchas veces sus amigos intentaron organizarle un cuerpo de seguridad personal. Él siempre rechazó enérgicamente la idea. Grupos de policías gaitanistas le propusieron lo mismo, pero él daba como respuesta que su pueblo era su propio vigilante. Un día dijo que si a él lo asesinaran, sucedería el mismo levantamiento popular que produjo su asesinato. Gaitán era un hombre de profunda seguridad en su realización como político. Ya se sentía, por derecho de su prestigio y de su inmensa influencia, presidente de la República. Pensaba que lo conseguiría en el año 50, por el camino constitucional de las elecciones.
Bogotá comenzó a incendiarse. La tranquilidad de mediodía se convirtió en un volcán de pasiones inusitadas. La ciudad, como el país, vivieron una de las experiencias más dramáticas de su historia.

El hombre



Gaitán había nacido pobre y humilde, en un humilde barrio al oriente de Bogotá. Su padre siempre tuvo vocación de librero y su madre, su más grande amor y su más grande influencia, fue maestra. Su infancia estuvo saturada por las dificultades y la escasez. Fue al a escuela pública y más tarde, en la segunda enseñanza, entró al Colegio Araujo de Bogotá. Después, para el estudio de su profesión de abogado, fue a la facultad de derecho de la Universidad Nacional. Comenzó a ejercer de abogado, incluso antes de titularse. Obtuvo rotundos éxitos en sus primeros alegatos, que siempre estuvieron ligados a personajes de los bajos fondos. Su nombre se hizo famoso en sensacionales audiencias públicas, entre ellas la del crimen de la <<Ñapa>>. La tesis con la que se graduó se tituló <<Las ideas socialistas en Colombia>>, que ya marcaban un derrotero para su futura vida de hombre público. 

Viaja a Italia con el objeto de ampliar sus conocimientos en la ciencia del derecho penal. Asiste al espectáculo que ofrecía el fascismo, que irrumpía en Europa ungido de promesas y era escuchado ya por gigantescas movilizaciones de masas. Era un espectro de carne y hueso que hablaba con la persuasiva teatralidad de Mussolini. Distribuyó su tiempo en concurrir a las aulas de la Real Universidad de Roma, donde conocería la doctrina y el pensamiento del profesor Ferri, cuyo prestigio lo había atraído de antemano. Vivió esa transmutación del sabio Ferri, de antiguo socialista a gestor ideológico de Mussolini. Por muchas veces fue a escuchar la voz de Mussolini, para analizar lo teatral de sus gestos y las modulaciones de su voz, a fin de hacerla más convincente, más enérgica. Gaitán llevaba consigo, con la fuerza que le era propia, su vocación oratoria. Si con Ferri aprendía el derecho penal, con los oradores fascistas estudiaba elocuencia.

A su regreso al país, a fines de marzo de 1929, se levantaba el estado de sitio en la zona bananera. Los dueños de las plantaciones del banano, acompañados por el ejército colombiano, acababan de asesinar a millares de indefensos obreros, culpables de pedir un poco de justicia social para sus vidas. Gaitán quiso conocer de cerca la comarca martirizada y por muchos días recorrió el escenario del terror, escuchando los relatos de los sobrevivientes y conociendo reveladores documentos sobre la masacre.

Gaitán, que había salido elegido para el Congreso, realizó durante quince días el más formidable debate denunciando las arbitrariedades de la United Fruit Company. Y con la documentación que llegó a tener en la mano, obtenida en sus dos viajes a la región probó en sus dos viajes a la región, probó en sus acusaciones que había una conspiración entre la compañía norteamericana y el gobierno colombiano para explotar a los trabajadores.

En octubre de 1933, antes de que se clausurara el congreso, Gaitán lanzó un manifiesto trascendental. Invitaba al pueblo, a toda la intelectualidad, a todos los oprimidos a que formaran un frente único, capaz de luchar por la justicia social. Ese movimiento se llamaría Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria, planteándose un programa similar al de Haya de la Torre en el Perú. Gaitán habló de los grandes latifundios abandonados, de los campesinos explotados como bueyes. En varios centros agrícolas la UNIR adquirió proporciones de peligro social y bajo sus banderas se realizaron numerosas movilizaciones, huelgas agrarias y reclamaciones directas a los terratenientes.

Durante la campaña del 44 al 46, Gaitán y los gaitanistas usaron su lema <<por la restauración moral y democrática>> como un arma efectiva contra sus enemigos políticos, primordialmente los enemigos del sector oficialista. En cierto sentido, la campaña moralizadora de Gaitán constituyó una cruzada contra los males que aquejaban a la sociedad colombiana, ya fueran sociales, políticos o económicos. Hablaba del cansancio del pueblo ante las farsas políticas, la corrupción de su partido en el gobierno. Y ante la descomposición social, ante el descontento general por la crisis que atravesaba la experiencia de la república liberal, él creía que era la única alternativa para un posible cambio. Gaitán avizoraba que ya era el tiempo, que su tiempo había legado, después de veinte años de luchas.

El 25 de septiembre de 1945, la plaza de toros de Bogotá se desborda con cuarenta mil gaitanistas, plenos de alegría y confianza en el triunfo, participantes de una experiencia política sin precedentes. Gaitán era ya un caudillo de masas, un líder social. Gaitán dijo: <<Nos ha bastado que aspiremos a la restauración moral y democrática de la República. Y esa formula diáfana y sencilla ha sido entendida por las gentes de Colombia con toda la fuerza real y trascendente que encierra su contenido. Sólo los que integran y especulan con el país político no encuentran en ella ni mérito ni sustancia, unos por dañada intención y otros por culpable ceguera >>.

Gaitán, como hombre de acción y un verdadero líder de masas, se levanta de la derrota electoral del año 46 y asume de inmediato el papel de reconquistar en dos elecciones la victoria para su partido. Gabriel Turbay, su oponente oficialista en el debate del 46, marchó a París a buscar la muerte por física nostalgia de la presidencia que no había obtenido y por la que tanto había luchado. Entonces Gaitán se convierte en el jefe único del liberalismo y de inmediato debe afrontar con toda la intensidad el proceso de violencia política que comenzaba a gestarse y desarrollarse en todo el ámbito geográfico del país. Esa situación la denuncia en la manifestación del Silencio, cuando frente a una masa disciplinada que ha marchado con sus banderas de luto, se dirige al presidente Ospina en estos términos: <<Os pedimos que cese la persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad. No creáis que nuestra serenidad, esta impresionante serenidad, es cobardía. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y libertad de Colombia >>. Ese día Gaitán había escrito su propia muerte.

Retrato de un asesino



El asesino intenta escapar. Los lustrabotas enfurecidos gritan: <<¡Mataron al doctor Gaitán, mataron al doctor Gaitán! ¡Cojan al asesino!>>. El dragoneante Carlos A. Jiménez lo captura. <<No me vaya a matar mi cabo…>>, suplica el hombre lloroso. Se aglomera la gente, lo desarman, lo meten a la droguería Granada para salvarle la vida. De turno está Elías Quesada Anchicoque. Los policías y Quesada bajan la reja. El hombre trata de evadirse, saltando una de las vitrinas de la droguería. Lo apresan y Quesada pregunta:

-¿Por qué  ha cometido este crimen de matar al doctor Gaitán?
-¡Ay señor, cosas poderosas que no le puedo decir! ¡Ay virgen del Carmen, sálveme!... – contestó el hombre en tono lastimero.
Entonces le preguntó Quesada:
-Dígame quién lo mando a matar, porque usted en estos momentos va a ser linchado por el pueblo…
-No puedo…,no puedo- contestó.
Instantes después, la multitud lo sacaría a la fuerza de la droguería Granada y comenzaría a matarlo de físico dolor.

Su madre, Encarnación viuda de Roa, recuerda que estaba oyendo la radio de un vecino suyo, en la casa donde vivía, arreglando un vestido negro para ponerse de luto por la muerte de Gaitán, cuando escuchó la noticia << que el reo del doctor Gaitán era Juan Roa Sierra, es decir, que el matador era mi hijo Juan>>. Ella, en los interrogatorios, dijo que Juan había trabajado en la legación alemana, <<más o menos como un año en calidad de portero>>. Como también dijo que a su hijo le venía notando coas raras, como por ejemplo, creerse <<Santander o un personaje así como Santander>>. Había abandonado el trabajo y se quedaba pensativo, <<con sus propios pensamientos>>. Ella lo acompañó a casa de un adivino alemán y en su presencia éste le examinó a Juan una de las manos.

Su hermano, Eduardo Roa Sierra, dijo en las indagatorias por el asesinato de Gaitán que Juan era adicto o miembro de la secta Rosacruz. Que le vio muchas publicaciones de esa secta, que tenía un libro titulado Dioses atómicos y que recibía permanentemente correspondencia de los Estados Unidos. Era un individuo retraído en sí mismo; poco comunicativo, poco conversaba, era solitario en el habla. Esa actitud, como recuerda su hermano, <<fue una cosa más bien adquirida de hombre>>.

Su mujer, María Jesús Forero de Salamanca, con quien Juan tenía una hija que hoy tendría 38 años, si viviera, declaró que él andaba muchas veces con su pensamiento distraído. Con la madre de Juan hablaban sobre esto, pues <<ella me decía que estaba asustada de que Juan pudiera resultar lo mismo que Gabriel, el hermano que está en Sibaté, con su mismo estado>>. María Jesús Forero de Salamanca recuerda que Juan Roa escribió una carta al presidente Ospina, en la que expresaba que <<es y ha sido el anhelo constante de mi alma el llegar a ser útil a mi patria, a mi familia y a la sociedad>>, que el medio propicio que ha encontrado es dirigirse a<<vuestra excelencia>>. Nadie supo quién le escribió la carta y mucho menos en qué maquina lo hizo.

Su mentor espiritual, el hombre que leía las manos, el alemán Juan Umbalaud, dijo que en la última visita que hizo Roa Sierra a su consultorio el 7 de abril, lo había visto completamente tranquilo y que al despedirse le expresó: <<Sólo tengo que hacer la vida y sólo tengo que seguir>>. Juan Roa Sierra ya había adquirido un viejo revolver y estaba gestionando la compra de proyectiles.

Dos días después, este hombre que se miraba al espejo y veía la figura del general Santander, utilizando un viejo revólver que había cambiado de tres dueños y que cada cual patinaba de nuevo para darle otra presencia, al disparar contra Gaitán cambió la faz del país. Juan Roa Sierra era el hombre perfectamente instrumentalizable para un crimen de esta naturaleza. 



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