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sábado, 14 de enero de 2012

Hoy abrí facebook otra vez


Como dice el título de esta entrada hoy abrí Facebook otra vez y lo cerré como a la hora de haberlo abierto. Lo anterior en razón a que tenía que mandar un mensaje a una persona que ya no revisa el correo electrónico, sino su “inbox” de Facebook. El caso es que en los 60 minutos (aproximados tirando a menos) que estuve navegando por aquella red social, me encontré con varias actitudes que para mí, un profano a este cuento de redes sociales , me parecieron no menos que curiosas y que dejaré, que sea un excelente escritor y columnista quien les hable de ello:

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La música ambiental de nuestras vidas
Por: Juan Gabriel Vásquez


El martes pasado, en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, un estudiante me preguntó (así, sin anestesia) qué opinaba yo de las redes sociales.

Yo había pensado hasta ahora que esas cuestiones no surgían entre los seres humanos de última generación: que los nacidos en el mundo Facebook veían las redes sociales como una parte natural de su paisaje, y las preguntas sobre estas nuevas maneras de comunicarnos, sobre cómo nos cambian y qué novedades nos traen sobre nosotros mismos, venían siempre de fuera, de los profanos o los escépticos. La pregunta de ese estudiante me demostró que la cosa no es tan así. Y pensé: todavía hay esperanza.

Nadie me tiene que explicar las ventajas y las infinitas posibilidades de las redes. Pero hay en todo este asunto un lado oscuro, tanto más inquietante cuanto que mencionarlo está mal visto. Está mal visto decir, por ejemplo, que las redes sociales tienen un lado claramente pueril: ver a cuarentones mandar mensajitos que dicen “quiero ser tu amigo” me parece, más que conmovedor, preocupante. Está mal visto decir que las redes sociales, más que informarnos de lo que hacen los demás, están hechas para que los demás sepan lo que estoy haciendo yo: hay en eso una especie de ansiedad por estar todo el tiempo a la vista, por exhibirse y ser examinados, que se acerca demasiado al narcisismo. Sentimos que sólo existimos mientras los demás nos den prueba de ello: los Twitters y los Facebooks y los como-se-llamen son sólo intentos desesperados por no desaparecer: estoy aquí, también existo, no se olviden de mí.

Es un miedo atávico: el miedo a ser excluidos del grupo, el gregario miedo a estar únicamente con nosotros mismos. Las redes sociales son la manera más sofisticada que hemos inventado de paliar ese miedo, o de desterrarlo de nuestra rutina diaria. Lo cual no es de sorprenderse en una sociedad que le ha declarado la guerra a la soledad, donde los solitarios son señalados con el dedo y se trata por todos los medios de devolverlos al redil que sea, el de la religión, el del partido, el del gremio, el de los fans de cualquier cosa: fans de Obama, fans de Larissa Riquelme, fans de las aceitunas con anchoa. Sólo haciendo ruido constante nos sentimos vivos, sólo diciendo todo el tiempo quiénes somos, qué nos gusta, cómo estamos (felices, melancólicos). Eso necesitamos: el ruido, el ruido de nuestras vidas.

Y ésa es otra guerra contemporánea: la guerra al silencio. La gente no se queda callada: guardar silencio es impensable, como si callarse un segundo fuera desaparecer, perder nuestra carta de identidad, que consiste en estar comunicándonos. Los celulares sobre la mesa, la búsqueda desesperada del wi-fi, los pulgares moviéndose frenéticamente, la ansiedad por volver a estar en línea lo antes posible (y decir algo sobre los demás, y ver lo que los demás han dicho de mí): estar incomunicado, estar en silencio, es nuestra mayor fuente de inquietud o de angustia o de franco desasosiego. No por nada somos el mundo de la música ambiental, la única de la historia que ha sido inventada deliberadamente para que nadie la escuche, compuesta para que uno no tenga la sensación de estar solo o en silencio. Y se me ocurre que tal vez las glorificadas redes sociales no sean más que eso: la música ambiental de nuestras vidas.
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Solamente me queda por agregar, que no me pareció menos que curioso la forma en que las personas repetían constantemente que se “amaban”, ventilaban sus problemas esperando que se arreglaran con decirlos en aquella plataforma (lo más optimistas) o que la gente sintiera compasión antes de ver las fotos de otra en vestido de baño o saliendo a la discoteca de moda en el lugar. Creo que soy un anacrónico, pero no sirvo para esas cosas. Por lo anteriormente expuesto, cierro Facebook de nuevo esperando no tener que volver abrirlo en un bueeenn tiempo. 

jueves, 5 de enero de 2012

La Crítica Constructiva de Doña Bertha - Lucas Caballero Calderón



Hoy les comparto una retro-columna de “Klim” en la que habla de la llegada de la televisión en Colombia y algunas curiosidades que sacan a relucir nuestro enanismo mental.




LA CRÍTICA CONSTRUCTIVA DE DOÑA BERTHA
Columna de Lucas Caballero Calderón “Klim”
El 18 de Noviembre de 1954


Doña Bertha, cuya arrogancia de criterio contrasta significativamente con la actitud postrada, zalamera y sumisa de ciertos escritores de “La República”, no tiene, como suele decirse, agua en la boca. Escribe lo que siente, sin recortes, ni aduanillas mentales, y en casi todos sus escritos se advierten una clara tendencia a hacer lo que algunos llaman oposición y otros, con mayor justicia, crítica constructiva.
Doña Bertha, en su ágil columna de ayer, descarga toda su artillería contra la televisión, movilizando para ello argumentos muy dignos de tenerse en cuenta. Entre otras cosas, dice ésta: “Hay inventos que no son todavía para nuestra cultura tan desigual, ¿más distracciones para las ciudades?, No. Necesitamos más carreteras, más escuelas y mejor estándar de vida para todas. La televisión entre nosotros es como la ida a un banquete de uno de nuestros campesinos en alpargatas…y con sombrero de pelo”.

En esta forma, gráfica e ingeniosa, se expresa de la TV doña Bertha, a quien le enviamos nuestros más rendidos agradecimientos por haber hecho la confianzuda transcripción de su párrafo y le rogamos decirle de paso a nuestro doctor Mariano que nos está haciendo inmensa falta. La TV es un invento notable pero que, como lo anota doña Bertha, le viene holgado al medio colombiano. Es un lujo sorprendente en un país en que todo está por hacer, hasta lo más elemental, y de él puede decirse, para modificar ligeramente la simpática comparación de doña Bertha, que equivale a ponerse los pantalones del frac directamente sobre el pellejo, por carecer de calzoncillos. La TV considerada en abstracto, claro que es una gran cosa. En días pasados, por ejemplo, oyendo hablar al señor alcalde de los problemas de toda índole que agobian a la ciudad, hasta los televidentes menos avisados debieron percatarse de que más que de televisión de lo que Bogotá está urgida es de agua, de alcantarillado, de higiene de transportes fáciles y de buenos pavimentos. Ese día, para decirlo en otros términos, la televisión sirvió para demostrar que, careciendo de tantas cosas esenciales, ella es entre nosotros una pompa superflua, extravagante y prematura.

Estando, sin embargo, ya instalada, nos parece que no es exactamente el caso de quitarla. Empero, prueba elocuente de que el país se anticipó a traerla, es la curiosa noticia de que ha dado cuenta la prensa en estos días, anunciando que un comisionado oficial viajará en breve a la Argentina, a fin de enganchar tanguistas y tele-actores, porque los que aquí tenemos dizque no son aptos para actuar ante el video. Lo más extraordinario del caso (y de ello damos el correspondiente traslado a doña Bertha, para que ella lo comente sabrosamente con nuestro recordado doctor Mariano) es que en la Argentina NO HAY TELEVISIÓN. Don Vicente Montero decía que para cazar leones lo más natural es ir donde haya, y eso que Don Vicente murió en Sibaté completamente chiflis y deschavetado. Alma Bendita. Quiera Dios que con los tele-actores milongueros no se repita la misma sensible ocurrencia que nos tocó presenciar aquí con el fútbol, del cual, idos los cracks extranjeros, lo único propio que nos quedó fue el estadio, patéticamente desocupado, de “El Campín”.

La lectura de la interesante nota de doña Bertha nos ha sugerido estas modestas glosas, que aquí finalizan, no sin rogarle a ella antes que nos salude con mucho cariño a nuestro inolvidable doctor Mariano, recomendándole que por estar ahora allá en invierno se nos cuide mucho y se nos abrigue bastante. Porque dizque las pulmonías neoyorquinas son mucho más entradoras que Laureano.