martes, 26 de agosto de 2014

Crónicas Eladiolinacerescas 2: Mi primer cine en París



La primera semana que estuve en París no visité ninguno de los lugares emblemáticos de la ciudad.  A Europa llegué un sábado a la una y pico de la tarde, madrugada colombiana. Era el último día del mes de agosto y hacía un calor infernal que sobrepasaba los 30 grados centígrados. Como había viajado desde Bogotá, tenía puesto un buzo verde que las compañeras de mi oficina me habían regalado de despedida y una camiseta blanca que dejaba en evidencia litros de sudor a causa del gigantesco calor que se sentía (por no mencionar las tres maletotas que llevaba en mi mano, espalda y cuello). En Madrid estuve cinco horas, caminando por el aeropuerto, siendo maltratado por los funcionarios españoles de las aerolíneas, descubriendo los nuevos tomacorrientes en los que no entraban mis enchufes (que me llevaron a economizar la energía del celular, el Ipad y el computador) y llevándome las manos a la cabeza cada vez que veía los precios en los puestos de comidas (sí, al final terminaría comprando un sándwich con una lata de coca cola en 9 euros).





Por aquel entonces estaba con ganas de descubrir La ciudad de las luces, de observar todas aquellas musas que tantas personas de distintas nacionalidades habían visto y sentido. Llevaba en mi mano derecha la última edición conmemorativa de Rayuela que había leído tanto, animado por la idea de aterrizar en París,  enamorarme de la ciudad, caminar por los distintos caminos mágicos de un lugar casi mítico que se mantiene con los años y pasar por el Pont des Arts para mirar al horizonte como la Maga, convencido de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico. Pero no, más tarde que temprano me enteré que la París de hoy no se parece mucho a la que caminó Horacio Oliveira (¡ah! y por cierto, Rayuela volvería a Colombia por medio de una amiga en febrero del año siguiente, es decir cinco meses después de mi llegada).




En todo caso, luego de un viaje de más de diez horas de Colombia a España, cinco horas en el aeropuerto y otras dos saliendo con dirección a la capital de Francia, llegaría al aeropuerto de Orly, sin ver la torre Eiffel o alguno de esos monumentos que tanto hay en las postales. Fui hasta a Gambetta, ubicado en el vingtième arrondissement, que supuestamente es uno de los más peligroso de París (exagerados) y que sería mi lugar de residencia hasta febrero del otro año, mes en el cual me echaron porque necesitaban arrendarle la habitación a alguien más (sí, porque acá a uno lo echan así pague si no se tiene contrato).    



Me recibió la señora dueña de la casa, con la que había estado en contacto por correo electrónico desde hacía un par de semanas. Ella había estado viendo televisión (como de costumbre) hasta la hora de mi llegada. Me saludó en francés y yo le respondí con un tímido y mal pronunciado bonsoir, que por otro lado, estaba lleno de temblor y del miedo que tenía al ser la primera vez que me enfrentaba a un idioma extranjero sin la pequeña seguridad de que mi receptor sabría algo de español. Siempre quedaba la posibilidad del inglés, pero el problema con algunos franceses es que lo hablan tan mal, que inmediatamente cortan la comunicación. Pero no es culpa de ellos, ni tampoco mía, son sólo cosas que pasan. Afortunadamente nos pudimos entender y esto llevó a que la señora me mostrara una habitación pequeña en el primer piso de su casa (sí, afortunadamente era una casa), que si bien era demasiado pequeña (permítanme que insista, pero hasta el momento no tenía clara las proporciones de la palabra pequeña), sería mi lugar de reposo durante el primer mes de estadía. Le di las gracias por todo y luego de haberle pedido la clave del Wi-Fi, llamé a mis papás para decirles que había llegado bien. Luego me fui a dormir. O bueno, me puse a hojear los tres libros con los que llegué (Rayuela, El nacimiento de la tragedia de Nietzsche y How to be alone) porque no tenía sueño, pero tampoco la concentración para zambullirme en las palabras.






Mis sentimientos en aquel momento eran confusos. O más bien, mezclados. Por un lado estaba la impaciencia de comerme la ciudad, pero por el otro el miedo de estar por primera vez lejos del país, en un lugar lejano, cuyo idioma apenas sí conocía. No sabía si iba a poder cumplir el objetivo por el que vine (y naturalmente, todavía no sé si lo voy a cumplir pero yo ando más relajado) y estaba ansioso de hacer de todo, de pasar por todos los lugares turísticos lo más rápido posible, de hablar francés como un nativo y tantas otras cosas que se han venido perdiendo o aplacando con el paso del tiempo y la realidad.








El caso es que aquella noche no pude dormirme sino hasta las 5 de la mañana, un par de minutos antes de que saliera el sol. Eso llevó a que al otro día me despertara sobre las tres de la tarde y empezara a caminar por el barrio, con el miedo de perderme y de luego no saber cómo volver a mi casa. Caminé bastante, intentando recordar algunas tiendas y calles para el regreso. Encontré en aquel paseíto (milagrosamente abiertas, porque era domingo y en Europa, el domingo no se abra nada) una tienda de objetos electrónicos donde vendían el adaptador que necesitaba para mi enchufe y un Carrefour donde hice mis primeras compritas en idioma extranjero (coca cola, galletas de chocolate, pan, queso y jamón). Luego de cargada la batería del celular, volví a salir para tomar fotos de aquellas filas de carros tan comunes en París, pero tan insólitas para mí, que estaba acostumbrado a que los carros estuvieran principalmente en los parqueaderos. No fue la gran cosa. O de pronto sí, para aquel provinciano llegado a una ciudad que creía extraordinaria y donde cualquier memez le parecía algo maravilloso. En todo caso, como aquel día, no fui en aquella semana a ninguno de los (tantos) monumentos de la ciudad, puesto que estuve el lunes en la plaza de la République comprando una sim card (que un mes después perdería en Polonia) y viendo la manifestación de turno; el martes en el cementerio Père Lachaise (cuyas fotos publicaré en una entrega futura); el miércoles yendo a la Oficina de Inmigración; el jueves visitando el Barrio Latino y el viernes descansando del gigantesco calor (ausente este año) luego de comprar una pizza (que bien cara sí me salió) y unas cervezas que me tomé en mi cuarto al son de una película.  





   

Por tanto cuando llegó el sábado no sabía qué hacer: si ir a visitar de una vez los monumentos o hacer otra vaina. Ganó la otra vaina y me fui a visitar uno de los barrios que había conocido de oídas a través de Rayuela: Saint-Germain-des-Prés. Para tal efecto me fui hasta la parada de metro más cercana, tomé la línea 3 hasta Réaumur-Sebastopol, donde cambiaría a la 4 y llegaría a la estación Odéon, donde me bajaría dizque para ir conociendo los alrededores. Fue por allá que mi estómago me informó que debía comer y para tales efectos entré a uno de esos restaurantes griegos y “baratos”, donde los cocineros no son griegos pero miran feo. En aquel lugar pagué como 8 euros por el combo de Kebap (A.K.A. Gyro), papas y gaseosa, y me senté en una esquinita, al lado de varios turistas a esperar la comida y a pensar qué iba a encontrar en Saint Germain. Pasaron aproximadamente como diez minutos antes de que el señor de la caja me llamara para que cogiera mi pedido y fuera a comer. Debo mencionar que el dichoso señor era español y hablaba con un acento fuerte, casi grosero, que hacía su aparición ya fuese en inglés o francés.

También, que la formule me ganó. No pude comerme todo y por ello le pedí al señor de la caja que me lo empacara para llevar. Debo decir que se lo pedí en español y el tipo me respondió en español “claro no te preocupes”, con aquella tuteada tan propia de los ibéricos. Inmediatamente botó la comida que había en mi bandeja a la basura e inmediatamente a ese hecho inopinado le hice el reclamo:

— ¡Pero si le había dicho que era para llevar!
—No me importa, no es mi problema. ¿Quieres algo más?

Lo miré con ganas de ahorcarlo. Me dio rabia que hubiese sido tan grosero y que para completar hubiera lanzado la comida al fondo de la caneca. Me llené de motivos para insultar internamente a los españoles, para justificar que en este momento estuviesen en crisis y que tuviera todas las desgracias que llevaban (y siguen llevando). Ya había alimentado un poco de aquel odio irracional con los maltratos en el aeropuerto, pero la botada de la comida ya era la raya. Por aquel entonces me faltarían por un lado, diez meses para ir a España y comprender que no era cuestión de nacionalidad y que si bien hay españoles mala leche que se merecen que los llamemos euracas, también hay otros, buenas gentes, que son trabajadores y que no andan metiéndose con los latinoamericanos. Además me faltarían un par de meses en París, para comprender que como en Saint Michel y sus alrededores hay muchísimos turistas, los meseros, de la mayoría de restaurantes, siempre andan con un humor de perros, a toda hora, todos los días, tratando al cliente (sea colombiano, gringo o sueco) como si fuera un animal.






Aquella experiencia me llevó a salir un poco enfadado, refunfuñando entre dientes y echándole la madre a todo lo que se atravesara. Uno de aquellos lugares que se atravesó sin quererlo ni beberlo fue el Cinéma André des Arts ubicado en el 30, rue Saint-André des Arts, cerca de la estación de Saint Michel (que por aquel entonces no tenía en mi cabeza de la misma forma en que ahora la tengo). Me llamó la atención ver que en un par de minutos iban a presentar Los siete samuráis, película de Kurosawa que había visto en mi casa a través del DVD y que me había parecido buena. En aquel momento que estaba frente al teatro, no sabía que éste había sido fundado en 1972, ni tampoco que hay muchísimos otros como éste en toda la ciudad. Solamente me pareció curioso y por tanto, pagué los siete euros de la entrada, a sabiendas de que no habría hecho lo mismo en Colombia.






Mal de turista podemos llamar, el mismo que me haría pagar un día después 50 céntimos por la entrada al baño del Subway de Saint Michel (al frente del Sena). En todo caso me dirigí a una taquilla lo más de bonita, para decir con un francés bien charro “un ticket, si vous plait”. La señora me entregaría el billete, luego de recibir los siete euros que costaba la entrada, que yo le mostraría posteriormente a la mujer en la puerta de aquella sala en donde hubo muchas sillas, pero pocas personas. Como es normal en una película hubo trailers, sala oscura y voces en japonés subtituladas en francés. Creo que así no hubiera visto la película antes, la hubiera entendido igual, porque se hace entender sin importar el idioma (o de pronto es una simple elucubración que hago luego de haber visto la película en un idioma que manejo). Al finalizar el primer acto (porque fue presentada en dos actos) salí y me enteré que uno de los asistentes era un colombiano, que me deseó suerte en mi búsqueda de apartamento y que tendría en Facebook durante dos semanas antes de que él me eliminara.  De aquel día me acuerdo que apenas terminé la película, me fui a caminar por la ciudad, perdiéndome y escribiéndole por mensaje de texto a una chica paquistaní que había conocido en el curso que me había perdido. Ella me “felicitó” por haber hecho algo tan “bueno” en París como es perderse y volvió a su vida de siempre. Un par de días después me enteraría que ella no quería salir conmigo o peor aún, que le fastidiaba que le hablara. Nunca me dijo nada directamente, pero en español, inglés o francés; ya sea de Colombia o de Taiwán, las mujeres se fastidian de la misma manera y en todos lados se encargan de hacérselo saber a uno, ya sea por medio de las palabras o por medio del lenguaje corporal. En fin. París me tenía reservadas varias sorpresas (sobre todo negativas) y apenas estaba empezando a descubrir las cosas, estaba empezando a desmitificarme de una ciudad tan bonita y de un mundo que nos venden en Colombia como algo extraordinario (real-imaginario o utilicen el cliché que ustedes deseen).



Hace un par de semanas fui con una amiga brasileña al museo de Orsay para dar una vuelta por allá y mientras caminábamos, ella me comentó en un ataque de sinceridad, que luego de pensarlo creía que no podía dejar de pensar en que cuando estábamos en nuestros países de origen, todo el tiempo estábamos imaginándonos París y sus lugares como algo mágico, pero una vez ahí, todo perdía ese encanto casi sobrenatural. En aquel momento no le entendí del todo sus palabras, puesto que estábamos en un lugar que me sigue deslumbrando (sobre todo por las pinturas de Van Gogh). Pero ahora que escribo este pequeño vomito de palabras, creo entender qué era lo que me quería decir, porque un teatro de cine, por más que lleve más de treinta años en el mercado, por más cine-arte que presente y por más París que sea, no dejará de ser un teatro de cine; como aquel que visitaba en la séptima en Bogotá hace ya mucho tiempo (por un precio muchísimo más bajo) o como aquel al que fui en Bucaramanga un par de veces en los últimos meses en los que viví en la casa de mis papás.  

lunes, 25 de agosto de 2014

Cortázar en el cementerio de Montparnasse


Como muchos de ustedes saben en el día de mañana se celebra el centenario de la vida de Julio Cortázar. Por lo anterior, quisiera compartirles un par de imágenes que tomé de su tumba la primera vez que fui al cementerio de Montparnasse donde se encuentra enterrado. Larga vida al cronopio.













sábado, 17 de mayo de 2014

Crónicas eladiolinarescas: Navidad en París



“All the lonely people, where do they all come from?”

The Beatles

La navidad del año pasado fue una de las menos frías de los últimos tiempos en la capital francesa, o eso es lo que me dicen todas las personas que —conozco y— llevan viviendo más de un año en este lugar. Algunos me comentaron que el invierno fue en verdad un otoño alargado, que la navidad no se sentía como navidad y que no hacía frío, sino fresco (a pesar que debajo del abrigo yo temblaba congelado). Adicional a ello, todos estuvimos a la espera de la nieve, sobre la que nos avisaron en el estado del tiempo desde noviembre, sin que se apareciera por ningún lado, negándome la oportunidad de correr por primera vez como un niño detrás de un copo de nieve (sí, no los conozco; sí, es mi primera vez fuera del país). Pero qué se le hace.

Por aquel entonces estaba (como ahora) clavado estudiando, teniendo exámenes y yendo a todas las clases, que duraron hasta la segunda semana de diciembre en la que nos dieron vacaciones de tres semanas, en cuyo tiempo pudimos hacer lo que se nos viniera en gana. Algunos chicos (chicas más bien) —mamados de París— se fueron a coger el primer avión, tren o bus para irse alguna ciudad “cercana” como Amsterdam, Roma o Barcelona; otros con más dinero se devolvieron para su casita a visitar a sus padres un par de días, antes de volver en enero a retomar los estudios. Yo me quedé en la ciudad, esperando aprovechar mis prerrogativas como estudiante menor de 25 años entrando a museos (como el Louvre) gratis  y por días enteros.



Sin embargo, poco a poco llegó el 24 de diciembre y lo cierto es que acá no arman parrandas ni súper fiestas como en Colombia en donde la gente se mete y se goza hasta un vallenato mal bailado. No. Acá la costumbre es hacer una cena de navidad en donde las personas más cercanas comparten las unas con las otras y la fiesta la dejan para el 31 con los amigos. Por tanto, aquel día tuve que quedarme solo, leyendo hasta las 9 de la noche, antes de tener que salir de la casa en la que vivía por aquel entonces para comprar en un tabac un —carísimo—paquete de cigarrillos (mi regalo de navidad para mí mismo y luego caminar por la ciudad. Digo que tuve que salir, porque vivía en aquel momento en una de esas casas de familia en las que es más fácil obtener hospedaje (uno de los requisitos para la visa), en donde tenían su cena de navidad a la cual—claro está— yo no estaba invitado. Qué se le hace.

Debo confesar que ya casi cumplido un año de mi llegada acá, no he tenido muchos amigos con los cuales compartir, puesto que si bien he conocido una que otra persona, me ha tocado estudiar mayoritariamente con gringos (ergo estadounidenses) que forman un círculo bien cerrado que ocasionalmente deja entrar europeos, pero hasta ahí, nada de latinoamericanos (salvo excepciones); como también con asiáticos, que son otra suerte de gringos, pero más buena gente. Por tanto la mayoría de personas con las que me he relacionado son gentes que me saludan, me preguntan qué tal las cosas y se van. Para completar todo lo anterior, los colombianos con los que estudio son o mujeres que tienen novio francés (una gran porción) a las que no les interesa conocer más gente o mujeres que lo buscan y por tanto, uno no entra en su círculo social. No ayuda de a mucho que varias de esas mujeres sean de —lo que en Colombia consideramos— clase “alta” (no hablamos de Santo Domingos o Sarmientos Angulos, sino de la hija del gerente del banco), por lo que al yo no tener finca o apellidos, quedo descartado para cualquier tipo de amistad con esas personas. Pero qué se le hace. No quiero decir con ello que los colombianos que están acá son todos así. También hay muchos buena gente, que estudian mucho y son abiertos con las personas sin importar la declaración de renta (o la de mis papás), el pasaporte o la tarjeta de crédito; pero el fantoche que todavía anda pendiente de las cuentas bancarias de uno, sigue presente, a pesar de que por fuera todos tenemos la misma etiqueta de extranjeros. Pero bueno. Muchas de las tonterías del país lo siguen a uno por fuera.



En todo caso, estuve solo el día de navidad y no me pareció del todo malo. La soledad me ha permitido en estos más de seis meses leerme libros gigantescos para los que antes no había tenido mucho tiempo y dedicar horas a cosas para las que antes tenía que andar buscando un huequito en mi horario. Creo que cuando uno está por fuera de su país y lejos de la gente que uno conoce, o por lo menos siente como familiar, lo peor que uno puede hacer es encerrarse a lamentarse de su suerte y a aspirar una vida con más personas. ¡Por favor! No voy a negar que sea importante estar con otras personas, pero si uno está sólo lo mejor es disfrutar lo más posible que uno pueda. La nostalgia y la añoranza son sentimientos inevitables, pero son los peores enemigos para una larga estadía por fuera del país. Además, hay que recordar que el hombre es un lobo para el hombre y en Bogotá, Roma u Oslo, también hay gente jodida.

Por tanto aquella noche salí, caminé bajo la lluvia, me mojé, me resbalé, me reí como un bobo en las solitarias calles parisinas y me topé con uno que otro personaje que caminaba por ahí. Sin embargo y por sobre todo, tomé fotos que les comparto en el día de hoy. No soy fotógrafo profesional, ni tengo intenciones de mostrar algo profesional, por lo que es una entrada sin mayores pretensiones que compartirles algo de ese día.