sábado, 27 de mayo de 2017

Pánicos morales a la cultura de los jóvenes y los videojuegos (1)



Hace unos días les hablé sobre la forma en que los medios de comunicación crearon el fenómeno Ballena azul a partir de rumores y exageraciones. Por alguna razón, no pude evitar pensar en el fenómeno denominado como pánico moral, al ver a periódistas intentando sembrar la idea de que las nuevas generaciones están en peligro, por un juego de internet que no logran entender, alejándose de ese modo de las verdaderas causas de un verdadero problema como es el suicidio adolescente.

Al pensar en pánico moral, me acordé de este artículo que alguna vez leí y quise traducir su primera parte, la introducción. De nuevo, si saben inglés los invito a leer en original, y si ven errores les agradezco que me lo hagan saber. No soy perfecto y mi inglés no es el de alguien que haya vivido en un país angloparlante, pero bueno. Este es un artículo del periódista de videojuegos Kenneth A. Gagne, que le sirvió para graduarse de su College. Sólo voy a traer la introducción, reproduciendo incluso las citas APA, cuyas fuentes podrán ir a buscar en el artículo original.

Si tengo más tiempo, de pronto también siga con la segunda parte en la que se analizan varios fenómenos de pánico moral bajo la prisma estadounidense, pero aquello serán en otra ocasión. Esta es tan sólo la introducción.


Pánicos morales sobre la cultura de los jóvenes y los videojuegos
Escrito por : Kenneth A. Gagne.
2001
Fuente original: https://www.gamebits.net/other/mqp/#20

1. Introducción a los pánicos morales

Varias de las décadas del siglo pasado fueron marcadas por formas de entretenimiento que la generación anterior a su aparición nunca conoció. Así, los comics de los cuarentas y cincuentas, el rock and roll de los cincuentas, calabozos y dragones en los setentas y ochentas, los videojuegos en los ochentas y noventas fueron parte de la cultura popular de la juventud de su tiempo. Pero también, cada una de esas actividades —que fueron un medio en sí— cayeron bajo el escrutinio del público, tal como lo atestiguaron diferentes medios de comunicación que generaron “pánico moral”.
Este término acuñado a Stanley Cohen, será el tema central de este ensayo. Cohen, profesor de sociología de la Universidad de Exxen (Gran Bretaña) en los años sesenta, exploró el pánico moral como una forma de explicar la reacción de la sociedad frente a los Mods y los rockers. En su libro Demonios populares y pánicos morales, el profesor analizó aquel fenómeno y la forma en que el público y los medios de comunicación lo percibieron y respondieron a él. Él definió el pánico moral de la siguiente manera:

Una condición, un episodio, una persona o un grupo de personas que emerge y es descrito como una amenaza para los valores e intereses de la sociedad. Su naturaleza es presentada de forma estilizada y estereotipada por los medios de comunicación masiva. Las barricadas morales son tripuladas por editores, obispos, políticos y otras gentes de la derecha. Expertos socialmente acreditados pronuncian sus diagnósticos y soluciones. Se buscan formas para enfrentar el problema, cuando (normalmente) no hay más qué hacer. Entonces la condición desaparece, se sumerge o deteriora y se vuelve más visible. (Cohen 9).

Por consiguiente, el pánico moral es el proceso por medio del cual unos individuos reciben un estereotipo grupal que no tenían antes, siendo descritos con afirmaciones genéricas e informaciones exageradas. Así, los líderes de la comunidad dirigen el grupo desde unas supuestas altas esferas morales, “atendiendo” el pánico con soluciones que, más que todo, refuerzan el estereotipo y fallan en producir una solución real. Eventualmente, el estereotipo se difumina por voluntad propia, para ser reemplazado pocos años después por otro pánico moral; muchas veces cuando la forma de entretenimiento original y su respuesta a él ha cambiado, creando otro pánico que es una variación del original.

Un pánico moral es un pánico que recae sobre algo que es visto como anormal o desviado. El tema del pánico no es normalmente un fenómeno nuevo, sino algo que ha existido durante varios años y de un momento a otro, recibe una gran atención por parte de la sociedad y los medios de comunicación. En ese sentido, Cohen explica que los desvíos y las anormalidades son creados por la sociedad. Él no sugiere que la estructura de la sociedad no le deje ninguna opción al individuo diferente de tomar el camino de la anomalía, sino más bien que las acciones vistas como anormales, y los individuos que se adhieren a ellas, existían desde antes de que la sociedad hubiese aplicado aquellas etiquetas que darían lugar a aquel “desvío”.

A través del tiempo, los medios de comunicación se han preocupado por cuestiones como qué es lo que niños, la siguiente generación, andan haciendo o qué se les ha hecho. El pánico moral ocurre normalmente cuando el deseo de protegerlos y protegernos es manifiesto.

En 1999, la nación fue conmocionada por un tiroteo en la escuela de Columbine, en Littleton, Colorado. No sólo varios estudiantes fueron asesinados, sino que fueron dos de sus compañeros de clases quienes fueron lo suficientemente depravados para ejecutar aquellos asesinatos. La realidad de que les estaba generando e infligiendo mucho daño a los estudiantes de colegio, estaba alarmando a una sociedad que valoraba la vida de los niños. 

Anteriormente, ya se le había hecho una cierta publicidad a la cantidad de violencia que tenían los videojuegos. Cuando los medios de comunicación empezaron a enfatizar que los asesinos de Columbine habían jugado a esos juegos, las luminarias de la sociedad trazaron conexiones entre los disparos y los juegos. La gente empezó entonces a preocuparse ahora más que nunca sobre la influencia de los videojuegos sobre los niños y lo que los niños debieron hacer como resultado. Esta nueva tecnología se había convertido en una nueva amenaza.

El pánico moral ha ocurrido durante varios años, aunque los videojuegos son apenas la última forma de alimentar las preocupaciones de la sociedad frente a sus niños. Aunque cada pánico moral se desenvuelve de una forma única con diferentes orígenes y repercusiones, ellos tienen normalmente unas características similares, no sólo bajo la definición del término de Cohen, sino también sobre la manera en que la sociedad y los medios de comunicación alarman sobre aquellas formas de entretenimiento que los aterra.

Tengo interés personal en examinar los pánicos morales en este ensayo. Los computadores caseros y yo crecimos juntos, y fui destetado por los videojuegos de Atari. Cuando niño, mi madre pudo llevarme a la biblioteca local donde tomé prestado cada libro que pude sobre hombres lobos, vampiros, y otras figuras del horror gótico. Mi padre me compró novelas de fantasía, y me dejó gastar mis pocos ahorros en reglamentos de Calabozos y Dragones, cuyo juego nunca jugué, pero cuyas reglas y su entorno me fascinaban. En el colegio, mi interés por la ciencia ficción y Star Trek me llevó a unirme a las filas de los entusiastas de las historietas.

Todas aquellas actividades de ocio hicieron parte activa de mi vida en los noventas, época en que los videojuegos fueron constantemente atacados. Me concierne el hecho de que los medios de comunicación sugieran que los juegos de video, que tanto disfruté, puedan llevar a los niños a tener mala vista o a asesinar. He percibido varios estigmas relacionados con mis otros hobbies, que tal como investigué, han tenido su período de “juzgamiento por fuego” igualable al que los videojuegos tienen recientemente. Los estigmas asociados a las actividades actuales, siguen siendo el remanente de los pánicos morales anteriores. 

Aquellos intereses personales se han convertido en mis intereses profesionales. Como periodista,  he cubierto la escena de los videojuegos desde muchas perspectivas. He entrevistado a mucha gente de la industria, desde desarrolladores a publicadores, desde el comerciante al consumidor. He visto lo que los videojuegos son y pueden ser, ya sea un simple hobby o un símbolo de estatus social, un medio de expresión personal, un progreso de la tecnología o una industria económica. Así que, a diferencia de la mayoría de periodistas que escriben sobre lo que la otra gente hace, yo escribo sobre algo que hago y he hecho durante varias décadas.

Son pocos los periodistas que están dispuestos a acercarse a estos temas desde la perspectiva de un participante, prefiriendo más bien seguir como alguien ajeno a los eventos, distanciándose de cualquier cosa atacada en esta era. Semejante reserva es a menudo perjudicial para la cobertura de la información, provocando deficiencias en la comprensión de los fenómenos que no tendrían las personas que están relacionadas con el medio. Aquello no permite a los lectores de entender el contexto sobre el tema del que están provocando pánico, ni lo que los jóvenes adultos están viviendo. Los periodistas que informan sobre una cultura de la cual ellos no hacen parte, caen constantemente en las suposiciones o en los datos erróneos.   

A través de mi contacto con el fenómeno, he podido examinar aquellas actividades de pánico moral con el conocimiento de alguien de adentro. He intentado hacerlo desde una perspectiva neutral. El conocimiento sobre el funcionamiento, el encanto y el contexto de las formas de entretenimiento me ha ayudado a identificar tendencias, no sólo en lo que podría ser objeto de pánico moral, sino también en la forma en que éste se desarrolla. Hay varios casos en los cuales podemos observar el término de Cohen y el ciclo al que se refiere.

El término “pánico moral” ha sido dado a varios fenómenos durante décadas, yendo desde formas de entretenimiento adolescente hasta cuestiones societarias como los desórdenes del espectro alcohólico fetal. Los pánicos morales han representado cuestiones de diferente gravedad y repercusión, y ocurren una y otra vez a lo largo de la historia. Cualquier “nuevo” pánico moral es sólo el último caso de los “demonios populares sin nombre…siendo creados. Esto no es porque aquellas elaboraciones tengan una inexorable lógica interna, sino porque nuestra sociedad…va continuar generando problemas para algunos de sus miembros (como los adolescentes pertenecientes a una clase obrera) y luego condenándolos a cualquiera de las soluciones que uno de esos grupos encuentre.


El término de Cohen fue aplicado por primera vez al movimiento mod de los años sesenta en Inglaterra. A diferencia de los Sharks y Jets de la película Amor sin barreras, los Mods y Rockers no eran pandilleros. Ellos carecían de la organización y la violencia asociada normalmente a las pandillas. Más bien, eran adolescentes que eran etiquetados según ciertas características como su ropa o sus actitudes. Aquellos dos grupos tenían mucho en común, y no tenían ninguna rivalidad existente, al menos como dos pandillas enemigas.

Las caracterizaciones de los grupos empezaron a tomar fuerza después de los incidentes de Brighton, los cuales ocurrieron un día festivo con mal clima de 1964. Grandes muchedumbres de adolescentes fueron a Brighton aquel fin de semana y enardecieron a la gente: se hizo ruido, las ventanas de algunos comercios fueron rotas y otros hechos producto de la exuberancia adolescente pudieron ser oídos y vistos. Los periódicos del lunes siguiente imprimieron titulares como “Día de terror por grupos de motociclistas” (Daily Telegraph), “Amor sin barreras en la costa inglesa”, y “Salvajes invaden la costa – 97 arrestos” (Daily Mirror) (Cohen 30).
A pesar de que los Mods y Rockers habían sido parte del Reino Unido durante años, el “asedio” de Brighton fue la primera vez que los convirtió en un titular. Como Cohen escribió “los Mods y Rockers nunca fueron noticia por ser novedad, ellos fueron presentados como algo nuevo para justificar que hubiesen sido noticia” (Cohen 46). Los medios de comunicación no pudieron seguir las ocurrencias diarias de los Mods y Rockers como noticias ya que esos grupos habían estado por ahí durante años. Las noticias viejas no venden. Por tanto, los medios de comunicación crearon un nuevo escenario en el cual hicieron seguimiento a los Mods y Rockers y los presentaron al público con una nueva cara de anormales. 

Cohen analiza el tratamiento de los medios de comunicación de aquel incidente bajo tres títulos: exageración y distorsión; predicción, y en últimas simbolización.
Exageración y distorsión ocurre cuando los hechos son omitidos o malinterpretados para retratar un evento peor de lo que fue en realidad. El vocabulario del artículo puede mostrar exageración, como cuando se llamó a un par de ventanas rotas “una orgía de destrucción”.  En el caso del fin de semana en Brighton, Cohen señala diez métodos de exageración (Cohen 34), dentro de los cuales, está el hecho de referirse a los Mods y Rockers como “pandilleros”, sobrestimar el valor de los daños supuestamente causados, o culparlos (y no al clima) por la pobre afluencia de las familias en vacaciones. 

Predicción es la suposición de que los eventos narrados pasarían de nuevo. Las suposiciones pueden observarse en diferentes noticias (“estaremos listos para la próxima vez”), antes del hecho esperado (“estamos listos para cualquier cosa que nos traiga el fin de semana”), o incluso, durante o después de las incumplidas predicciones, ya fuese con reportajes de eventos que no pasaron. Por ejemplo, en la Noche Argus (30 mayo de 1966) se dijo “en Brighton no hubo violencia, a pesar de las hordas de adolescentes que había en la playa” (Cohen 39).

Aún cuando la prensa estaba promoviendo la creencia de que los anormales eran chicos violentos que atacarían de nuevo, el público no estaba tan seguro. De la mayoría de las personas encuestadas en Brighton que estaban molestas o desconcertadas por los eventos del fin de semana, sólo el 38.4% pensaba de que aquel era un fenómeno que se daría de nuevo (Cohen 66-67).
Simbolización es señalar como nombres y términos neutros, aquellos provistos de un simbolismo emocional. Al señalar en su descripción de los Mods o los Rockers que vestían un cierto tipo de ropa o que llevaban un peinado determinado, aquellas características se convertían en un símbolo de aquellos grupos, y aquellas etiquetas podían terminar siendo utilizadas para describir a  personas que se ajustaban a aquellas características, haciendo que cualquiera que portara una “chaqueta Mod” fuera inmediatamente un Mod. Mediante una simbolización similar, el estilo edwardiano de vestir, se asoció a con el demonio popular Teddy Boy, y el Zoot suit con los disturbios de 1943 de Los Angeles (Cohen 40-41).

Cohen también categoriza las opiniones sociales que se forman como resultado de esas imágenes de tres maneras: orientación, imágenes y causalidad.
La orientación o el punto de vista desde el cual la desviación es evaluada, puede tomar varias formas. Una popular es el modelo de desastre, tratando la desviación como una catástrofe natural. La siguiente nota, hecha por el periodista David James MP para el Brighton Kemptown ejemplifica esa tendencia:
No estuve en Brighton durante el fin de semana del que tanto se habla, pero llegué más adelante encontrando un sentimiento de horror e indignación sentido por la gente que vive allí. Fue casi como haber estado en una ciudad en la cual, al menos emocionalmente, hubiese tenido lugar recientemente un terremoto, y como si todas las convenciones y valores de la vida hubiesen sido completamente despreciadas. Fue un sentimiento muy profundo (Cohen 52).
(Cambiando algunas pocas palabras, este párrafo podría ser utilizado en relación con otros eventos, como por ejemplo Columbine).

Inherente al tema del desastre, está el hecho de que se compare a la parte responsable con una fuerza de la naturaleza, capaz de golpear en cualquier momento, causando daños a la propiedad y amenazas a la vida de los residentes del pueblo. 

Cohen expuso otras formas de orientación. La “Profecía de la perdición” sugiere que la próxima ocasión será peor que la anterior, lo cual podría ser una profecía autorrealizada. 

El “no fue tan grave lo que ocurrió” se enfoca en lo que pudo haber pasado, o lo que nos pudo haber llevado a ello. Si un par de chicos se pasaron de la raya hoy, ¿no estamos lejos de las grandes concentraciones y de un gobierno de la turba?

El “no es sólo eso” asocia lo que pasó con otro malestar, posiblemente sin relación, de la juventud. Mods y Rockers, rockanroleros, o jugadores de rol representaron una generación entera de falta de moral, aunque no todos reconozcan haber participado en aquella desviación. 

La segunda categoría de reacción son las imágenes. Los adolescentes de Brighton fueron relacionados continuamente—sin habérselo ganado— con la imagen de unos inmaduros, inarticulados y sucios inadaptados (Cohen 56). Imágenes que fueron constantemente dadas a todos los adolescentes de Brighton de ese fin de semana, sin prestar atención a su participación en el escándalo, siendo declarados culpables por asociación.

Una imagen importante en el pánico moral es aquella que distingue al enemigo del público, sobredimensionando para ello las diferencias. Al enfocarse en el enemigo en lugar de uno mismo, esta tendencia ayuda a desviar el pensamiento de que aquella anormalidad pueda ser el producto de la sociedad en sí misma. Esto es muy importante hacerlo, puesto que los que señalan la desviación pueden tener mucho en común con los desviados, y esto puede hacer que aquel concepto se evapore.

La tercera y última reacción de la sociedad es la causalidad. La desviación es vista como la consecuencia de los tiempos, sugiriendo que ésta es causada por asuntos sociales, no psicológicos.  Este “espejo de la sociedad” puede ser contradictorio con la estrategia “divide y vencerás” que busca darle a los desviados una imagen que los separe de la sociedad. Pero cuando una generación entera cae en la depravación, es posible que separarlos de la generación actual de líderes íntegros, pueda sugerir que la sociedad, o al menos la última generación, es responsable de aquella anormalidad.

La causalidad conduce a soluciones que no aspiran a curar al individuo, sino a prevenir el problema a una mayor escala. La anormalidad es también comparada con una enfermedad (una vez más, a menudo de naturaleza social): que no sólo empeorará las cosas, sino que podría involucrar a más gente en ello (delincuencia) cuando la enfermedad empiece a propagarse. La causalidad también toma la forma de un cabalismo, o la creencia de que las formas de desviación organizan grupos que actúan de forma premeditada, de manera conspiratoria y nunca solos.
Pero el pánico moral puede encontrarse bajo otras formas. En Pánico moral: cambiando conceptos de la pederastia en Estados Unidos, Philip Jenkins muestra como la reacción del público frente a un adulto que tiene actos sexuales con menores, ha cambiado con el pasar de los años. Su libro expone que hace un cuarto de siglo, los agresores sexuales eran vistos como individuos raros y confusos que difícilmente repetirían sus crímenes, mientras hoy, los agresores sexuales son vistos como depredadores, delincuentes habituales e incurables.

La terminología utilizada para describir aquellos agresores ha cambiado, tanto en el vocabulario como en la connotación. A falta de un término justo para las agresiones a adolescentes, el término “pedófilo” —que envuelve a un chico de trece o menos— ha tomado la responsabilidad de describir a ese tipo de agresores sexuales. Términos neutrales introducidos por expertos fueron tomando una connotación peyorativa, cuando fueron utilizados para crear la más vívida y atroz imaginería. El término “depredador”, utilizado normalmente para describir a un animal que caza para comer a otros animales y sobrevivir, se convirtió en sinónimo de un “agresor sexual serial”. Así, el “término desconocido para los periódicos en 1985 y 1986, apareció impreso 924 veces en 1995” (Jenkins 195).
En 1992, el show de la ABC Compass emitió “La última revelación: violencia sexual en la iglesia” en el que se hizo un reportaje sobre el “cura pedófilo”, James Porter. En 1993, Stephen Cook testificó haber sido víctima sexual de un cura de los setentas. Después de aquellas acusaciones en televisión nacional, Cook se alejó de sus declaraciones, diciendo que sus recuerdos habían sido distorsionados (Jenkins 184). Los shows de televisión, las películas y los libros presentando depredadores sexuales (muchísimos de ellos curas) aparecieron en el mercado, dándole un carácter sensacionalista a los pocos escándalos que había en aquella época. 

Otros ejemplos de Jenkis sobre el pánico moral alrededor del “depredador sexual” se enfocaron en las presentaciones de televisión, y no mucho en la reacción de la sociedad a la crisis.
En un asunto conexo, Julia Wilkins describe en un artículo en The Humanist como el “cyberporno” fue otro pánico moral de los noventas, creado inicialmente por la revista Time en junio de 1995, gracias a su artículo “En una pantalla cerca a usted: el cyberporno”. El artículo de Wilkins destilaba las tres herramientas, que según Cohen, utilizan los medios de comunicación para crear un pánico moral: la exageración en el reportaje, la repetición de las falacias y las imágenes engañosas con títulos con estilo. Todas estas tres funciones pueden ser observadas en el artículo de Time.
Aquel exageraba al decir que el 83.5% del material de internet era pornográfico principalmente. Poco tiempo después, aquella cifra exagerada se difundió rápidamente, antes de que Time se retractara, estatuyendo que en realidad era menos del 1%.

Muchos de los artículos del cyberporno sugerían la falacia de que era muy fácil para cualquier usuario de internet encontrar y acceder a él. No obstante, aquellos involucrados en ese tipo de búsquedas debían usualmente tener tiempo, esfuerzo y más que todo, una tarjeta de crédito (que no era muy accesible a los niños). 

Fotógrafos sensacionalistas incluyeron a un tipo desnudo y jorobado utilizando una computadora, promoviendo el miedo de que los “depredadores sexuales” estaban en línea, cazando nuestros niños.
El resumen de Wilkins es el siguiente:.

A través de notas periodísticas sensacionalistas, ciertos comportamientos empezaron a ser clasificados como anormales. Específicamente, el de aquellos que subían pornografía en línea o aquellos que la descargaban. Este estilo de reportaje beneficiaba a aquellas publicaciones o difusiones a las que se les daba el aura de “guardianes morales” del resto de la sociedad. Aquello también aumentaba ganancias monetarias” (Wilkins 4).

Otros pánicos morales pueden ser vistos de forma retroactiva en la época anterior a la definición de Cohen. En los años 20, las autoridades de la ciudad de Cleveland acusaron a la prensa de publicar un desproporcionado número de noticias sobre crímenes que superaba la cantidad de crímenes que habían acontecido realmente, creando un pánico colectivo (Frankfurter).



La creación del pánico moral involucra a la prensa de diversas e importantes maneras.

En el caso de los Mods y los Rockers, Cohen enumera siete funciones que desempeñaron los medios de comunicación masiva: ellos publicaron los eventos, condujeron a los adolescentes a participar en actividades en aras de la publicidad, difundieron una creencia hostil, causaron que los participantes se movilizaran para actuar, definieron expectativas para el comportamiento desviado, magnificaron a los grupos involucrados aduciendo que tenían una superestructura, y finalmente crearon una polarización al pintar a los anormales como personas que estaban en contra de la comunidad (Cohen 175-176).
Los medios jugaron un papel importante definiendo quienes eran los Mods y los Rockers. Antes del incidente de Brighton, cada grupo estaba ligeramente definido y no tenía ninguna disputa con el otro. Al crear imágenes de aquellos grupos, y al definirlos como algo separado de la mayoría, los medios de comunicación vendieron la idea de que aquellos grupos tenían una estructura, que en verdad era desconocida para ellos. Informando de un lado sobre los Mods, y del otro sobre los Rockers, polarizaron los dos grupos haciéndolos más diferentes de lo que eran en principio.

La prensa condujo a los adolescentes a buscar publicidad mostrando que sus actos desviados podían recibir una gran cobertura. “Hay una tendencia para el participante en esa clase de eventos de exagerar el alcance de su implicación y buscar un poco de reconocimiento en ella” (Cohen 162). 

Cuando la prensa encontraba jóvenes que no estaban relacionados con aquellos actos, les pedían con frecuencia que hicieran alguna cosa que valiera la pena de ser filmada, como patear una cabina telefónica o simplemente agitarse para la cámara.

Sin embargo, los medios de comunicación tenían a menudo muchas más tácticas que un reportero en el lugar invitando a un delincuente a hacer alguna cosa. El acto de informar un evento o  un comportamiento podía causar que aquello sobre lo que se informaba se volviera aún más difundido. Este proceso aplica no solamente para las cosas de moda, sino también para las desviaciones. En su estudio “Televisión popular y colegiales”, el experto en medios de comunicación y educación David Lusted esbozó tres temas que son utilizados para crear el pánico moral: la probabilidad de que los jóvenes imitasen el comportamiento al cual estaban expuestos, el despilfarro del potencial juvenil en anestésicos, y combinando aquellas dos formas, el sexo y la violencia se convertirían en un tema de desensibilización e imitación (codiciado). Aquellos miedos, especialmente aquel de imitar lo que se encontraban en las notas periodísticas, podían ser observados no sólo en periódicos, sino también en otros espacios acusados continuamente por los periodistas de conducir a la delincuencia   

La noticia en 1963 de un monje vietnamita suicidándose por auto-inmolación llevó al año siguiente a que hubieran nueve casos similares, en un país como Inglaterra, donde antes no se había oído de un sólo caso de estos (Cohen 163). En la película de 1995 “Money Train” hay una escena en la que al encargado de la taquilla del metro, le es arrojado líquido inflamable antes de ser quemado. Casos similares en la vida real fueron observados en los días subsiguientes a la película, dándose una especie de conexión con la película (Daily Telegraph, 21 septiembre 1996). 

Es discutible si estos incidentes a pequeña escala pudieron ser pánicos morales. Ambas formas de inmolación existían desde antes de que llegaran los periódicos y las películas, que sólo trajeron una audiencia más grande. Dicho de otro modo, los medios de comunicación no los crearon. Y si una película puede tener un incidente en la vida real, es posible que el periódico que lo informa, también tenga un rol similar al del film que supuestamente lo hizo.

En su libro Madres del crack, Drew Humphrey hace una distinción inusual entre dos tipos de pánico moral: el que ella considera como una amenaza real (aquel que puede ser verificado) y aquel que es imaginado o percibido como una amenaza. Los casos que ella cita como amenazas percibidas son aquellos deliberadamente manufacturados por la prensa u otra organización con algún motivo específico. Por ejemplo, valiéndose de una definición vaga de lo que es una “pandilla”, el departamento de policía de Phoenix incrementó el número de pandillas, obteniendo unas subvenciones para la lucha contra las drogas.

Así que no siempre es fácil de distinguir entre amenazas reales e imaginarias. Esta segunda es a menudo no sólo el producto de una maniobra leguleya del gobierno, sino más bien de la labor de los medios de comunicación en exagerar (aunque no todas las historias son exageradas). Así que la pregunta es si el incremento de pandillas, como resultado de un cambio de terminología o de una exageración en un periódico, ¿aumenta de verdad el número de las pandillas? ¿Cómo podemos averiguarlo?

En Pánico moral, Jenkins sugiere que la palabra pánico implica no “solamente el miedo, sino el miedo exagerado a más no poder y equivocadamente orientado” (Jenkins 6-7). Él parece ignorar la posibilidad que hay más pánicos morales “reales”, y ese término aplica sólo a los casos de desviación exagerados por los medios de comunicación.

En todo caso, las definiciones de Jenkins o Humphries sobre el pánico moral no son las adecuadas para este ensayo. Unos suponen que el pánico moral puede estar justificado, otros  que todos los pánicos morales están exagerada y equivocadamente orientados. Esas definiciones analizan la causa del pánico moral.

Pero los pánicos morales son algo más allá del simple estereotipo. Etiquetar de “ellos” y “nosotros” no es la meta máxima de la sociedad y los medios de comunicación que participan del pánico moral. Los pánicos morales son un importante proceso al que los medios de comunicación y la sociedad se ven sometidos; unos procesos que sirven de espejo sobre la naturaleza de la sociedad y el período en el cual tienen lugar. El rock and roll pudo no haber provocado el mismo pánico moral en otra década diferente. Un pánico moral es diferente según la sociedad o la era de la respectiva forma de entretenimiento. Examinando el pánico moral, sus causas y efectos, queda en evidencia los valores y miedos de una sociedad, como también otros aspectos de su identidad cultural.
No creo que haya una realidad objetiva con la cual uno pueda determinar si un pánico moral está justificado o no. El objetivo de este ensayo no es el de viajar al pasado para definir si los pánicos morales pasados son “reales” o “imaginados”. Independientemente de la causa de los pánicos morales, la forma en que los medios de comunicación abordan el tema y su tendencia a exagerarlo, como también la reacción de la sociedad frente a él, es lo que interesa aquí y lo que va a ser analizado.


Por tanto, los aspectos del pánico moral que serán examinados, no serán las causas “verdaderas” o la naturaleza del pánico o de la desviación, sino más bien la manera en que aquellos temas han sido abordados por los medios de comunicación. Los medios deben ser el objetivo de cualquier estudio periodístico sobre los videojuegos, y a este ensayo no le concierne determinar si los videojuegos son un pánico moral real o imaginado. Determinar si los videojuegos están verdaderamente “alimentando una generación de asesinos natos”, no es tan fácil como llamar al empleado del hotel y preguntarle si el valor de los daños que los Mods y los Rockers produjeron, son de verdad tan altos como los medios informaron. Hay personas que juegan videojuegos sin convertirse en alguien violento, y gente violenta que no juega a videojuegos; pero los dos concuerdan, no necesariamente por casualidad. 

Probar de manera clara un vínculo entre videojuegos y delincuencia juvenil (o todo lo contrario) debería ser estudiado desde la psicología y no desde el periodismo o el pánico moral, y por tanto aquello va más allá del alcance de este ensayo. 

Este proyecto abarcará los pánicos morales más llamativos de la última mitad de siglo. A diferencia de la investigación de Cohen sobre los Mods y los Rockers que estuvo centrada en los efectos de las acciones de los jóvenes, los pánicos morales que examinaré están centrados en la cultura popular estadounidense y sus efectos en los chicos y sus acciones. El primer pánico moral que será examinado es el rock and roll, un estilo de música que no sugiere nada peligroso a los estándares de hoy, pero que ciertamente fue una completa amenaza en los años cincuenta en que apareció. Luego seguiremos con Calabozos y Dragones y los comics, los cuales permitieron a su público de escapar hacia mundos de fantasía. Esos tres pánicos serán el prolegómeno para un capítulo final en el que se hable sobre el pánico actual hacia los videojuegos.

Fuente de las imágenes:

- http://2.bp.blogspot.com/-y_X86AzBjoc/T-lzFWt3OaI/AAAAAAAAAFw/Cox4IMT967o/s1600/FEAR.png
-http://modsandrockers.ie/wp-content/uploads/2013/05/mods-and-rockers.jpg
-http://3.bp.blogspot.com/-IFwerhwsHn8/TVk1JRJyA_I/AAAAAAAAAFg/-89UGbQbDvA/s320/vgkiller.jpg
-https://citizenjournalistbecky.files.wordpress.com/2014/11/resize.jpg

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