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domingo, 19 de junio de 2016

El novelista y el político - Leon Trotsky (1935)



Nota mía: Este texto que les traigo hoy tiene varias particularidades. Para empezar es una traducción mía del francés, que a su vez es una traducción del texto original publicado en “The Atlantic Monthly” en inglés. La fuente de la que lo extraigo es el libro “Voyage au bout de la nuit critiques 1932 – 1935” de la editorial IMEC. Éste trae por título “Céline et Poincaré”,
aunque el original sea “el novelista y el político”, y supongo que lo es porque un personaje como Poincaré es fácilmente reconocible por los franceses, pero no tanto por los ajenos a ese país. Por ello el que traduzco como título es aquel de lengua inglesa.  Espero les guste.


Louis-Ferdinand Céline ha entrado en la gran literatura como otros penetran en su propia casa. Hombre maduro, equipado de la vasta provisión de observaciones del médico y del artista, con una soberana indiferencia desde el punto de vista del academicismo, con un sentido excepcional de la vida y de la lengua; Céline ha escrito un libro que seguirá vivo sin importar que llegase a escribir otros de ese mismo nivel. Viaje al final de la noche, novela del pesimismo, fue dictada más por el pavor frente a la vida y por la lasitud que ella ocasiona, que por rebelión; puesto que una rebelión activa está liada a la esperanza y en el libro de Céline, eso no existe.

Un estudiante parisino, descendiente de una familia humilde, razonador, antipatriota y semi-anarquista (de esos de los cuales están llenos los cafés del Barrio Latino), se mete de voluntario contra su propio pronóstico desde el primer toque de corneta. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a desear la suerte de los caballos que mueren como seres humanos pero sin frases rimbombantes. Después de haber recibido una herida y una medalla, pasa por diferentes hospitales donde los médicos espabilados lo persuaden de regresar lo más rápido posible “al ardiente cementerio del campo de batalla”. Enfermo, deja la armada y se va para una colonia africana donde se asquea de la bajeza humana y queda exhausto por el calor y la malaria tropical. Enseguida llega clandestinamente a los Estados Unidos, donde trabaja en una fábrica de Ford y encuentra compañía fiel en la persona de una prostituta (donde encontramos las páginas más tiernas del libro). De regreso en Francia, se convierte en doctor de los pobres y herido en su alma, empieza a vagar en la noche de la vida entre los enfermos y los sanos igualmente lamentables, depravados e infelices.

Céline no se propone de ninguna manera hacer un memorial de agravios de las condiciones sociales en Francia. Es verdad que en el pasaje él no trata con consideración ni el clero, ni los generales, ni los ministros, ni siquiera el Presidente de la República. Sin embargo, su relato tiene lugar mucho más abajo de esas clases dirigentes, entre la gente humilde, los funcionarios, estudiantes, comerciantes, artesanos y porteros;  además, él se transporta en dos ocasiones por fuera de las fronteras francesas.  Él constata que la estructura social actual es tan mala como cualquiera otra pasada o futura. En su conjunto, Céline está descontento de las gentes y de sus acciones.

La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de sus golpes, de sus mentiras, sin salida ni tampoco un rayo de esperanza. Un suboficial atormentando los soldados antes de sucumbir con ellos; una rentista estadounidense que pasea su futilidad por los hoteles de Europa, unos funcionarios coloniales franceses embrutecidos por su codicia; Nueva York y su indiferencia automática vis a vis de unos individuos sin dólares, su arte de desangrar los hombres hasta su última gota; de nuevo París, el pequeño mundo mezquino deseoso de eruditos; la muerte lenta, humilde y resignada de un niñito de siete años; la tortura de una chiquilla; pequeños rentistas virtuosos que por economía, matan a su madre; un sacerdote de París y otro del rincón más profundo de África preparados, uno como el otro, a vender a su prójimo por cualquier puñado de centavos (uno aliado a los rentistas civilizados, el otro a los caníbales)… de capítulo en capítulo, de página en página, los fragmentos de la vida se ensamblan en una absurdez sucia, sangrante y pesadillesca. Una vista pasiva del mundo con una sensibilidad a flor de piel, sin aspiraciones hacia el futuro. Este es el fundamento psicológico del desespero, un desespero sincero que se debate dentro de su propio cinismo.

Céline es un moralista. En auxilio de los procesos artísticos, contamina paso a paso todo aquello que, habitualmente, goza de la más alta consideración: los valores sociales bien establecidos, desde el patriotismo hasta las relaciones personales y el amor. ¿La patria está en peligro? “la puerta no es tan grande cuando se quema la casa del propietario… de todas formas, tocará pagar”. No necesitamos de criterios históricos. La guerra de Dantón no es más noble que la de Poincaré: en los dos casos, “la deuda del patriotismo” ha sido pagada con sangre. El amor está envenenado por el interés y la vanidad. Todos los aspectos del idealismo no son sino “unos instintos mezquinos revestidos de grandes palabras”. Hasta la imagen de la madre no tiene su gracia: cuando ésta se encuentra con el hijo herido, ella “lloraba como una perra a quien le habían entregado sus cachorros, pero ella no era menos que una perra, porque había creído en las palabras que le habían dicho los que le habían quitado a su hijo”.  

El estilo de Céline es subordinado a su percepción del mundo. A través de ese estilo rápido que pareciese descuidado, incorrecto, apasionantemente vivo, brota y palpita la riqueza real de la cultura francesa, la experiencia afectiva e intelectual de una nación grande en toda su riqueza y sus más finos matices. Al mismo tiempo, Céline escribe como si él fuera el primero en batirse en duelo con el lenguaje. Este artista sacude de arriba a abajo el vocabulario de la literatura francesa. Como la bola en el aire, caen los giros lingüísticos utilizados. Por el contrario, las palabras proscritas por la estética académica o la moral se revelan irremplazables para expresar la vida en su tosquedad y bajeza. Los términos eróticos no sirven sino para marchitar el erotismo; Céline los utiliza de la misma manera que las palabras que designan las funciones fisiológicas no reconocidas por el arte.

Desde la primera página de la novela, el lector se encuentra de improvisto con el nombre de Poincaré: el Presidente de la República (como nos hace saber un número reciente de Temps) fue, una mañana, a inaugurar una exposición de cachorritos. Este detalle no es inventado. El último número de Temps recibido en Prinkipio me muestra esta noticia: “el señor Albert Lebrun,  Presidente de la República, acompañado del coronel Rupied, de su estado mayor, ha visitado esta mañana la exposición canina”.  Claro, ésa es una de las funciones de un presidente de la República y no hay nada que decir al respecto. Para Céline, este malvado articulito no tiene por fin, manifiestamente, glorificar el jefe de Estado. En general puede ser difícil para un frenólogo un átomo de respeto en la obra de este novel autor.

No obstante, el expresidente Poincaré, el más prosaico, seco y el más insensible de todos los hombres de Estado de la República, se encuentra siendo su político más autoritario. Desde su enfermedad, él se convirtió en sagrado. Desde la derecha a los radicales, nadie es capaz de citar su nombre sin agregar algunas palabras de reconocimiento patético. Sin lugar a dudas, Poincaré es un producto puro de la burguesía, tal como la nación francesa es la más burguesa de las naciones, orgullosa de su carácter burgués, fuente, según ella, de su rol providencial frente al resto de la humanidad. Bajo apariencias refinadas, la arrogancia de la burguesía francesa es como un sedimento patentado a través de los siglos. Los hombres de antes (aquellos que tenían una gran misión histórica) heredaron a sus descendientes una rica colección de ornamentos que sirven para disfrazar el conservatismo más pertinaz. Toda la vida política y cultural de Francia tiene lugar en los vestidos del pasado. Como dentro de los países que viven con una economía cerrada, los valores ficticios tienen, en la vida francesa, un camino forzoso. Las formulas del mesianismo emancipador, indiferentes desde hace un buen tiempo de la realidad, conservan una cota elevada. Pero si el rojo y el polvo del arroz sobre un rostro pueden ser considerados como hipocresía, una máscara no es más una falsificación: es simplemente un arma. La máscara existe independientemente del cuerpo en el que los gestos y la voz son sumisos.



Poincaré es prácticamente un símbolo social. Su alta representatividad constituye una personalidad. Él no tiene más que eso. Tanto en sus poemas de juventud (porque fue joven alguna vez), como en sus memorias de vejete, no es posible encontrarle una sola nota personal. Su verdadera muralla moral, la fuente de su énfasis helado, son los intereses de la burguesía. Los valores convencionales de la política francesa han penetrado su carne y su sangre. “Yo soy burgués y nada de lo burgués me es extraño”. La máscara política se adhiere a su rostro. La hipocresía toma un carácter absoluto y se convierte en una especie de sinceridad.

El gobierno francés está prendado de la paz afirma Poincaré, quien es incapaz de pensar que su adversario pueda tener segundas intenciones. “Magnifica confianza de un pueblo que viste a los otros de sus propias virtudes”. Esto no es más hipocresía, ni una falsificación subjetiva, sino el elemento obligatorio de un ritual, como la garantía de sentimientos abnegados en lo bajo de una carta pérfida. El escritor alemán Emil Ludwig, en los tiempos de la ocupación de Ruhr, preguntaba a Poincaré: “¿Piensa usted que nosotros no queremos o no podemos pagar?” Poincaré respondió “nadie paga voluntariamente”. En julio de 1931, Bruning por telegrama solicitó ayuda a Poincaré y recibió como respuesta “sepa sufrir”. El incorruptible notario de la burguesía no conoce la piedad.

Pero si el egoísmo individual, más allá de un cierto límite comienza a devorarse él mismo, también lo hace por el egoísmo de la clase conservadora. Poincaré quería crucificar Alemania con el fin de liberar a Francia, de una vez por todas, de toda preocupación. Sin embargo,  las tendencias chovinistas suscitadas por el Tratado de Versalles (criminalmente suave a los ojos de Poincaré) se cristalizaron, en Alemania, bajo la siniestra figura de Hitler. Sin la ocupación de Ruhr, los nazis no hubiesen llegado fácilmente al poder, ni Hitler en el poder hubiese abierto la perspectiva de nuevos combates.

La ideología nacional francesa está construida bajo el culto de la claridad, es decir, de la lógica. Pero no esa lógica decididamente efectiva del siglo XVIII que asombró al mundo. Es la lógica avara, prudente, lista a cualquier compromiso de la III República. Con la misma altivez condescendiente según la cual los viejos maestros explican los procesos de su trabajo, Poincaré en sus memorias habla de “esas difíciles operaciones del espíritu: la decisión, la clasificación, la coordinación”. Operaciones incontestablemente difíciles. De todas formas, Poincaré no las efectúa en el espacio de tres dimensiones del proceso histórico, sino en el espacio a dos direcciones de los documentos. La verdad, para él, no es sino el resultado del procedimiento judicial, una “razonable” interpretación de los tratados y las leyes. El racionalismo conservador que dirige Francia es tributario de Descartes, un poco como la escolástica medieval lo es de Aristóteles.  

La glorificación del “sentido de la mesura” devino en el sentido de la “pequeña” mesura; el pensamiento tiende a romperse en mosaico. ¡Con qué amorosa minucia Poincaré no describe los mínimos aspectos de la labor gubernamental! Habiendo recibido del rey de Dinamarca la Orden del Elefante blanco, él lo describe como si se tratara de una miniatura preciosa: dimensiones, forma, dibujo y color de esa ridícula baratija, nada es olvidado en sus memorias. Con todos los detalles de un proceso verbal de policía, Poincaré se describe en un concurso hípico en compañía de una pareja real británica. El público, “dirigido hacia las tribunas, olvida las apuestas, desatiende los caballos y mira de reojo con insistencia“. ¡Desatender los caballos en favor del rey y del presidente debe caracterizar la intensidad del patriotismo!

El estilo literario de Poincaré no tiene vida, como la sepultura más vieja de los faraones. Las palabras le sirven ya sea para determinar la cifra de las reparaciones o para componer una ornamentación retórica. Él compara su estadía en el Palacio del Eliseo con la reclusión de Silvio Pellico en las prisiones de la monarquía austriaca. “En esos salones de banalidad dorada, nada habla a mi imaginación”. Pero esa banalidad dorada es el estilo oficial de la III República. En cuanto a la imaginación de Poincaré, es una sublimación de ese estilo. Sus artículos y sus discursos hacen pensar en un esqueleto de alambre de espinas, cubierto de flores de papel y escama dorada.

Mientras la guerra amenazaba, Poincaré volvía por mar de San Petersburgo a Francia; no le faltó la ocasión en esa crónica inquieta de su viaje, de pintar la siguiente estampa: “el mar azul, casi desierto, indiferente a los conflictos humanos”. Él escribía exactamente de la misma manera, palabra por palabra, como en sus exámenes de cuando terminaba sus estudios en el liceo. Cuando Poincaré habla de sus preocupaciones patrióticas, él cuenta el paisaje, todas las variedades de flores que ornamentan la villa de su retiro: ¡entre un telegrama cifrado, una entrevista telefónica y un catálogo de florista! O más aún, en los momentos más críticos aparece un gato siamés, símbolo de la intimidad familiar. Es imposible leer sin sentirse sofocado por ese proceso verbal autobiográfico. No hay personajes vivos, no hay sentimientos humanos, sino un mar “indiferente”, unos plátanos, unos olmos, unos jacintos, unas palomas y un obsesionante olor a gato siamés.



La vida tiene dos caras, una ostensible y oficial dada para toda la vida y otra secreta, que es la más importante. Ese desdoblamiento es sensible tanto a las relaciones privadas como a las sociales en la familia, en el colegio, en la sala del Palacio de Justicia, en el Parlamento, en la diplomacia.  Lo encontramos en el desarrollo contradictorio de la sociedad humana y naturalmente de todas las naciones y pueblos civilizados. Las formas propias a ese desdoblamiento, las pantallas y las máscaras que se usan están teñidas de vivos colores nacionales. En los países anglosajones, el elemento principal de ese sistema de dualidad moral es la religión. Francia se priva oficialmente de ese recurso importante. Entonces mientras la francmasonería británica es incapaz de concebir un universo sin Dios, un parlamento sin rey y una propiedad sin propietario, los masones franceses tacharon “el Gran Arquitecto del Universo” de sus estatus. En los asuntos políticos y en las intrigas, las mentiras son más eficaces cuando son más grandes: faltar a los intereses terrestres en favor de una problemática celestial, es haber ido al encuentro de la lucidez latina. Sin embargo, los políticos, tal como Arquímedes, han necesitado de un punto de apoyo: ha tocado remplazar la voluntad del “Gran Arquitecto” por valores de origen distinto. El primero fue Francia.

En ningún lado hablamos tan fácilmente de la “religión del patriotismo” que en esa república laica. Todos los atributos de los cuales, la imaginación humana gratifica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, los burgueses franceses los transfieren a su propia nación. Y como Francia es de género femenino, ella reviste de un solo golpe los rasgos de la Virgen María. El político aparece como un sacerdote laico de una divinidad secularizada. La liturgia del patriotismo desarrollada con la última perfección, constituye un capítulo indispensable del ritual político. Es de palabras y giros que, en el Parlamento, se provocan automáticamente los aplausos, tal como las palabras litúrgicas para los creyentes: apelando a la genuflexión y a las lágrimas.

Sin embargo hay una diferencia: el dominio de la auténtica religión tiene su propia existencia y es distinto de aquel de las prácticas cotidianas. Gracias a una delimitación estricta de las competencias, su encuentro es tan poco probable como una colisión entre un carro y un avión. Al contrario, la religión laica del patriotismo se enfrenta directamente a la política del día a día. Los apetitos privados y los intereses de la clase se oponen, a cada paso, al patriotismo puro. Por suerte, los adversarios están bien educados y más aún, están realmente unidos a una garantía común que los hace apartar la vista cada vez que hay un caso espinoso. La mayoría gubernamental y la oposición responsable respetan voluntariamente las reglas del juego político. La principal se enuncia así: tal como el movimiento de los cuerpos está sumiso a las leyes de la gravedad, la acción de los políticos está sumisa al amor a la patria.

Sin embargo, el sol del patriotismo tiene también sus manchas. Un exceso de indulgencia reciproca engendra un sentimiento de impunidad y abole las fronteras entre lo loable  y lo reprensible. Entonces se acumulan los gases mefíticos que de un momento a otro explotan y envenenan la atmosfera política. El crac de la Unión General, Panamá, el Affaire Dreyfus, el Affaire Rochette, el Crac Oustic constituyen unas etapas memorables de la III República. Clemenceau se encontró salpicado por el Crac de Panamá. Poincaré, personalmente, supo siempre estar al margen, pero su política se servía de las mismas fuentes. No sin razón, él declaraba tener por maestro de la moral a Marco Aurelio cuyas virtudes estoicas no se acomodaban mal a la moralidad del Imperio Romano en decadencia.
“Durante los seis primeros meses de 1914, se queja Poincaré en sus memorias, yo tuve, delante de los ojos, un sórdido espectáculo de intrigas parlamentarias y escándalos financieros”.  Pero la guerra, es evidente, barrió de un solo golpe las codicias privadas. “La Unión Sagrada” purificó los corazones. Eso significa que las intrigas y los timos desaparecieron entre los entresijos patrióticos para tomar una amplitud nunca esperada. Además el resultado de la guerra en el frente, se volvió problemático y además, según Céline, la defensa se pudría. La imagen de París durante la guerra está trazada, en su novela, con un trato despiadado.  De la política no hay mucho, pero sí del mantillo viviente del que se ella se alimenta.

Que se tratase de escándalos judiciales, financieros o parlamentarios, su carácter orgánico en Francia, salta a la vista. De la tenacidad, de la parsimonia del campesino y el artesano, de la prudencia del comerciante y del industrial, de la codicia ciega del rentista, de la cortesía del parlamentario, del chovinismo de la prensa, de los innombrables hilos llevados a nudos que siempre tuvieron un nombre genérico: Panamá.  Dentro de los entrelazos de sus relaciones, unos servicios, unas mediaciones, unos sobornos camuflados, hay miles de formas intermediarias entre el civismo y el negocio turbio. Tan pronto como un caso doloroso mermaba el irreprochable tegumento de la anatomía política (sea cual sea el lugar y el momento), parecía necesario de dar rienda suelta a una investigación parlamentaria o judicial. Pero entonces surgía una dificultad: ¿por dónde comenzar y por dónde terminar?    

Simplemente porque Oustric cayó en bancarrota de manera inoportuna, descubrimos que este argonauta, hijo de pequeños garroteros, manejaba a algunos deputados, periodistas, antiguos ministros y embajadores, los cuales le servían como mandaderos, bajo sus nombres o bajo algún testaferro. También que los papeles favorables al banquero atravesaban los ministerios a la velocidad de la luz, mientras que los papeles que lo podían dañar se demoraban en el camino hasta que se volvían inofensivos. Gracias a los recursos de su imaginación, a sus relaciones mundanas, a la complicidad de los periódicos, ese mago de las finanzas hizo fortunas y tuvo en su mano el destino de miles de personas, comprando (que palabra tan grosera, pero intolerantemente cierta), recompensando, manteniendo, estimulando y fomentando la prensa, los funcionarios y los parlamentarios. Y casi siempre bajo una forma imperceptible. Y entre más se desarrollaban los trabajos de la comisión investigadora, más se volvía evidente que la instrucción no tenía final.  Ahí donde esperábamos encontrar delitos, no aparecían sino relaciones anodinas entre la política y las finanzas. Ahí donde buscábamos el foco de la infección, no había sino tejido sano.

En calidad de abogado, X… defendía los intereses de las empresas de Oustric; en calidad de periodista, él preconizaba el sistema aduanero, el cual coincidía con los intereses de Oustric; en calidad de representante del pueblo, él se especializaba en el examen de las tarifas aduaneras. ¿Y en calidad de ministro?...La comisión se ocupó sin fin de la cuestión de saber si X…, como ministro, continuaba recibiendo sus honorarios de abogado o si en el intervalo de dos crisis ministeriales, su consciencia seguía siendo de cristal. ¡Qué pedantería moral dentro de la hipocresía! Raoul Péret, expresidente de la Cámara de Deputados, candidato a la presidencia de la República, se reveló era candidato de criminales de derecho común. Y sin embargo, en su profunda corrección, procedía “como todos los otros”, posiblemente con un poco menos de prudencia y en todos los casos con un poco menos de suerte. “¡El telón!” gritan los patriotas, sorprendidos. El telón ha bajado. De nuevo se establece el culto de la virtud y la palabra “honor” provoca una salva de aplausos en los asientos del Palais-Bourbon.

Sobre el fondo del “inmutable espectáculo de las intrigas parlamentarias y de los escándalos financieros”, tal como decía Poincaré, la novela de Céline reviste un doble significado. No es por azar que la prensa bien pensante que en su tiempo se indignaba de la publicidad dada al caso Oustric, acusó inmediatamente a Céline de difamar a la “nación”. La comisión parlamentaria había llevado su investigación con un lenguaje cortés de iniciados, en el cual no se descartaban acusados ni acusadores (la línea de división de las aguas entre ellos no estaba todavía muy clara). Céline es libre de toda convención. Él rechaza brutalmente los colores vanos de la paleta patriótica. Él tiene sus propios colores que ha arrancado de la vida, en virtud de los derechos del artista. Es verdad que no tenía contacto con la vida desde la clase parlamentaria, ni desde de las altas esferas gubernamentales, sino desde sus más comunes manifestaciones. Su tarea no era por ello más fácil. Él desnuda las raíces. Levanta los velos superficiales de la decencia, él deja en evidencia el barro y la sangre. En su panorama siniestro, el asesinato por un triste beneficio pierde su carácter excepcional: él es tan inseparable de la mecánica cotidiana de la vida transformada por el provecho y la codicia, como el caso Oustric lo es de la mecánica más elevada de las finanzas modernas. Céline muestra lo que es. Es por ello que él parece un revolucionario. Pero Céline no lo es ni lo quiere ser. Él no apunta al fin, para él quimérico, de reconstruir una sociedad. Él quiere solamente arrancar el prestigio que rodea todo aquello que lo asusta y lo atormenta. Para curar su consciencia delante de las angustias de la vida, este médico de pobres necesitó de nuevas reglas estilísticas. Él se reveló como un revolucionario de la novela. Y tal es en general la condición del movimiento del arte: un choque de tendencias contradictorias.




No solamente se desgastan los partidos en el poder, sino también las escuelas artísticas. Los procesos de la creación se agotan y cesan de herir los sentimientos del hombre: el signo más certero que la escuela está lista para el cementerio de las posibilidades agotadas, es decir para la Academia. La creación viva no puede ir desde atrás sin desviarse de la tradición oficial, de las ideas y sentimientos canonizados, de las imágenes y giros untados de la laca de la costumbre. Cada nueva orientación busca una conexión más directa y más sincera entre las palabras y las percepciones. La lucha contra la simulación dentro del arte se transforma siempre, más o menos en una lucha contra la mentira de las relaciones sociales, ya que es evidente que si el arte pierde el sentido de la hipocresía social, caería inevitablemente en la preciosidad.

Entre más rica y compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es la ruptura. La fuerza de Céline reside en el hecho que con una tensión extrema, rechaza todos los cánones, transgrede todas las convenciones y no contento con desvestir la vida, le arranca la piel. De ahí la acusación de difamación. Pero precisamente negando violentamente la tradición nacional, Céline es profundamente nacional. Como los antimilitaristas de la preguerra que eran los patriotas más desesperados, Céline, francés hasta la médula, retrocede delante de las máscaras oficiales de la III República. El “celinismo” es un antipoincarismo moral y artístico. En ello reside su fuerza, pero también sus límites.  

Cuando Poincaré se compara a Silvio Pellico, esa fría combinación de fatuidad y mal gusto es estremecedora. Pero el verdadero Pellico, no aquel de Poincaré encerrado en un palacio en calidad de Jefe de Estado, sino aquel que tiraron al calabozo de Santa Margarita y Spielberg por su calidad de patriota, ¿no nos hace descubrir otro aspecto, más elevado, de la naturaleza humana? Dejando de lado a ese italiano católico y practicante (más bien víctima que combatiente), Céline hubiera podido recordarle al alto dignatario “prisionero del Palacio del Eliseo”, “a otro prisionero” que pasó cuarenta años dentro de las prisiones francesas antes de que los hijos y los nietos de sus carceleros le dieran su nombre a un boulevard parisino: Auguste Blanqui.

¿Eso no significa que en el hombre existe algo que le permite elevarse por encima de él mismo? Si Céline aparta la vista de la grandeza del alma y del heroísmo, de los grandes propósitos y esperanzas, de todo eso que hace salir al hombre de la noche profunda de su yo encerrado, es por haber visto servir, en los altares de falso altruismo, a tanto sacerdote generosamente pagado. Despiadado consigo mismo, el moralista se aparta de su propio reflejo en el espejo, rompe el vidrio y se corta la mano. Una lucha así agota y no termina en ninguna perspectiva. La desesperación lleva a la resignación, la reconciliación abre las puertas de la Academia. Y más de una vez, aquellos que minaban las convenciones literarias, terminaron su carrera bajo la Cúpula.

En la música del libro hay disonancias significativas. Rechazando no solamente lo real sino aquello que podría haberlo substituido, el artista sostiene un orden existente. En esa medida, queriéndolo o no, Céline es aliado de Poincaré. Pero desenmascarando la mentira, él sugiere la necesidad de un futuro más armonioso. Aunque Céline considere que nada bueno puede salir del hombre, la intensidad de su pesimismo comporta en sí su antídoto, el cual proviene de la realidad y la novela francesa. No tiene que enrojecerse de eso. El genio francés encontró en la novela una expresión sin igual. Hablando de Rabelais, también médico, una magnifica dinastía de maestros de la prosa épica se ramificó durante cuatro siglos desde la enorme risa de la alegría de vivir, hasta la desesperación y la desolación, desde el alba resplandeciente hasta el final de la noche. Céline no escribirá otro libro en el cual brille una aversión de la mentira y una desconfianza de la verdad. Esa disonancia debe resolverse. O el artista se adapta a las tinieblas o él verá la aurora.

Prinkipio, 10 de mayo de 1933. 

sábado, 3 de mayo de 2014

FILBO, medios de comunicación y Vargas Llosa



No sé ustedes, pero aquella intervención banal y desafortunada de aquel defensor de la “revolución” contra la cual “conspiran” Mario Vargas Llosa, Álvaro Uribe y Ricardo Montaner, me parecía una simple anécdota, uno de esos chascarrillos que no merecen mucha atención. Sin embargo, la efeméride de información que se ha dado me hace preguntarme (de nuevo) si estamos bien informados y si merecemos ser bombardeados por notas y comentarios sobre un hecho del que en una semana nadie se va acordar.

Lo primero que tengo que decir es que no estuve presente en la FILBO de este año, pero sí oí al señor en vivo y en directo, desde 8000 kilómetros a la distancia, lejos de mi país y a través de Canal Capital, al cual llegué a la una y media de la mañana (hora de acá), mucho tiempo después de que mi hermana y un amigo de ella hubiesen entrado en CORFERIAS, a las dos de la tarde (hora colombiana), con el ánimo doble de obtener la firma de Vargas Llosa en algunos de los libros que dejé y que había—por cierto— comprado de segunda tanto en el parque de los periodistas, hace ya más de un año, cuando todavía vivía en Colombia. 




Como pueden observar en las fotos de arriba que me mandó ella, faltando dos horas para empezar la firma de libros, la fila que había era una cosa impresionante y la mayoría de los que estuvieron parados durante un buen tiempo, se quedaron sin entrar a que les estamparan el autógrafo en sus libros, puesto que (como me cuenta mi hermana que estuvo en esa fila treinta minutos) sólo entraron los que tenían un ficho repartido a la una de la tarde (dicho sea de paso, tres horas antes de la firma de libros, cinco antes del inicio del conversatorio y una antes de que mi hermana llegase al lugar) del que la mayor parte de la gente no tuvo idea, ni era informado por los organizadores de la FILBO. Lo peor del caso es que (hasta donde yo sé y sí alguien tiene una prueba de lo contrario le agradezco me la haga saber) en la página de la feria del libro no aparece este pequeño detalle y en las pantallas no se dijo nada, por lo que muchos visitantes se quedaron erráticos en aquellas filas inútiles (de esas que a cada rato hacen en distintos lugares de Colombia).




Luego del anterior impase, mi hermana se dirigió a la otra fila que daba entrada al Auditorio José Asunción Silva, donde se encontró con otra fila de tamaño monumental que la hizo pensar si valía la pena estar dos horas con una gran probabilidad de no entrar o irse. Afortunadamente ella se quedó y logró entrar a un auditorio que se hizo pequeño a pesar de las 750 plazas en las que había lagartos (cuerpo diplomático), expresidentes, escritores y gente de todo tipo de ralea esperando al rockstar del día, a quien probablemente ya le hubiesen oído el discurso ya mil veces dicho sobre el proceso de creación de La ciudad y los perros. Y ojo, no estoy diciendo que sea malo, porque yo no me canso de oír a Vargas Llosa y acepto que leo sus columnas quincenales como un beato (a pesar de no comulgar muchas veces con ellas), pero en honor a la verdad creo que siempre que le preguntan sobre su primera novela, vuelve siempre a los mismos lugares, a las mismas influencias y a las mismas anécdotas. Aquella suposición fue confirmada por un mensaje por WhatsApp de mi hermana en el que me escribió “empezó a contar lo mismo que dijo en la otra conferencia” (i.e. la del Hay Festival) y bueno, luego de eso pensé en simplemente irme a dormir en esta parte del mundo, donde ya era un poco más de la una de la mañana. 

Sin embargo, por esas casualidades de la vida, revisé mi celular antes de poner la cabeza sobre la almohada y vi el mensaje de una amiga en el que me había hecho una pregunta a través del chat de Facebook y pues bueno, entré a la red social, respondí y me encontré con el pequeño anuncio de la página de Facebook de la FILBO en donde invitaban a acompañarlos en el conversatorio entre Juan Gabriel Vásquez y Vargas Llosa. Imaginé que el mensaje iba dirigido a todos aquellos que se encontraban en CORFERIAS, pero no. Cuál fue mi sorpresa al ver un comentario en donde se mencionaba que Canal Capital estaba pasando el conversatorio en directo.

Inmediatamente tomé mi tableta y bajé cuatro (de los ocho pisos sin ascensor) de este tétrico edificio en el que vivo y me le pegué a la puerta de un apartamento al cuál le descubrí la clave del Wi-Fi (no tengo acceso a internet en mi cuarto y mi única comunicación con la red, como dije antes, es mi celular, cuyo plan es tan pequeño que dos minutos del vídeo en vivo me dejarían sin internet por el resto del mes) y bueno, observé parte de la conversación en la que Vásquez le preguntó al escritor peruano sobre los ensayos escritos por la generación del Boom Latinoamericano en los años 60; sobre el humor y el melodrama en la literatura (más exactamente en Pantaleón y las visitadoras); sobre La guerra del Fin del Mundo (que dio lugar a una espléndida exposición sobre la Guerra de Canudos y el libro Los sertones de Euclides da Cunha) y en fin, sobre una serie de temas que llevaron la conversación más allá de las preguntas y respuestas casi ensayadas que se pueden escuchar en otros archivos de audio. De aquella hora sentado en el piso sucio del frío y estrecho pasillo del edificio sólo me lamento de que el streaming de aquel canal fuese en ocasiones tan malo y se cayera incluso por varios minutos que me hacían perder el hilo de la conversación. Por lo anterior, al día siguiente me puse a buscar en Dailymotion y Youtube si alguien había subido la conversación entera y sólo me encontré con el discurso que dio Vargas Llosa en el día inaugural de la FILBO (cuyo visionado recomiendo) y varios vídeos sobre el incidente pacato de aquel día: para empezar, una nota periodística en la que la presentadora se enreda y le echa vaina al hijo de Mario Vargas Llosa (diciendo que es un propagandista de la ultra-derecha y que es un intolerante) antes de que la voz en off de otra chica empieza a hablar sobre el incidente “que Mario Vargas Llosa nunca va a olvidar” (como si fuera la primera vez que le pasara esto…) . 

Además me encontré con que en los medios de comunicación escritos de Colombia también le dedicaron varias páginas a rememorar el chascarrillo, sin importarles el resto de cosas importantes e interesantes que se dijeron a lo largo de la casi hora y media, a diferencia —por ejemplo— del artículo de El País de España en el que  la creación literaria y la obra de Mario Vargas Llosa tiene un lugar central. Y bueno es aquí donde observamos cómo nos “informan” los medios de comunicación en Colombia. En el pasado Salon du livre de París, en el momento de las preguntas a Quino, una Venezolana empezó a emitir un memorial de agravios contra el gobierno de Maduro antes de preguntarle al creador de Mafalda si estaba de acuerdo con la violación de derechos humanos en aquel país. Aunque la pregunta fue hecha en el espacio adecuado y con respeto (a diferencia del colombiano que buscaba ofuscarse por la “conspiración” contra la “revolución”), hubo varias rechiflas y aplausos por parte de los asistentes que no aparecieron por ningún lado en los periódicos franceses (o por lo menos no en los que yo leo, que hicieron reseñas sobre las obras de diferentes argentinos como también sobre las declaraciones de Quino sobre su creación). Sería fácil entrar en la reflexión sobre qué noticias son informativas y cuáles no, qué vale la pena saber y qué no, pero luego de ver la gigantesca cantidad de comentarios por parte de los internautas, creo que no vale la pena. Porque si ustedes se ponen a mirar los comentarios sobre aquella noticia, hay varios que lanzaron la ya conocida acusación de denominar a Vargas Llosa como escritor de la ultra-derecha (casi que hermanado con el procurador), de ensañarse con sus libros (los cuales, como dejan en evidencia en sus diatribas, no leyeron los comentaristas) y lo más gracioso de todo, fue un comentarista que basado en la mala redacción de la nota de El Tiempo, se quejó (¡en serio¡) de que las personas abuchearan al revolucionario asistente que en una gesta prometeica rompió un libro y luego le dijo al escritor peruano “se comienza rompiendo los libros y se termina matando gente” (sí, el tipo le creyó 100% a El Tiempo, sin pasar la nota por el tamiz del sentido común).

Y pues bueno, ante esto uno no sabe qué decir. Sólo que si alguien tiene la conversación completa la suba para poder verla sin las interrupciones del streaming.

martes, 1 de enero de 2013

El librero de los periodistas


Esta crónica que hoy comparto con ustedes la escribí el año pasado en un tiempo en que tenía algo de tiempo libre para salir a las calles a preguntarle a la gente por sus vidas. Al librero, sujeto de esta crónica, lo conozco desde hace ya casi dos años que llegué a Bogotá y empecé a hablar con él siempre que le compraba los libros. De tanto oírlo un día le dije si le interesaba que escribiera una crónica sobre él y me dijo alegremente que sí por lo que tuvimos una serie de conversaciones que me dieron los datos para escribir lo que leerán a continuación.

Como dato interesante, esta crónica la iba a publicar en una pequeña revista o mejor, medio digital, pero infortunadamente no se pudo dar, por lo que estuvo reposando en un archivo de word que hoy he decidido abrir después de varios meses para traerles el contenido y darles a conocer una de esas tantas personas que vemos en las calles de Bogotá sin conocer su historia.

La forma en que dividí la historia es algo atípica, pero bueno, ahí está el contenido de lo que hablamos.




Sobre las diez y media de la mañana de todos los días hábiles, don Oscar de J. Vargas llega al Parque de los Periodistas listo para trabajar. Viene de la bodega de libros donde tuvo que ir bien temprano, para obtener los ejemplares que pondrá a la venta hasta las cinco de la tarde.
1.
Su existencia inicia en la ciudad de la eterna primavera, donde los astros lo apadrinaron con el signo Aries por haber nacido en el mes de abril del año de 1950. Durante sus primeros diez años, creció en el seno de una clásica familia antioqueña cuyo pater era un arriero que se encargaba de transportar sal, arroz y otros productos por medio de quince mulas que transitaban por los caminos de Antioquia y otros lugares del país. Durante aquella época, también estudió en un colegio católico de la orden salesiana, donde conoció clásicos de la literatura como el conde de Montecristo, los miserables y la biblia, que lo acompañarían por el resto de sus días.

Aquel mundo inocente de su niñez, cambió estruendosamente el día en que le notificaron la muerte su padre, uno de los tantos días del año de 1960. Su familia entró en luto por el lamentable hecho y  el negocio de las mulas, que había estado en decadencia desde hacía varios años por la impetuosa competencia de las bodegas de trenes y buques de carga, también murió, dándole vida al mito de una época que no se volvería a ver. Por aquel entonces, Oscar tenía diez años y a diferencia de muchos hijos de políticos que son preparados desde chiquitos para seguir mamando de la teta pública, no tenía ningún futuro asegurado. Por tal razón, fiel al estilo terco de los paisas, decidió seguir a su espíritu aventurero —que pudo haber florecido de la lectura de novelas del siglo XIX o de algún gen peregrino que decidió componer su estructura molecular— yéndose de su casa, tomando un tren que lo llevaría en un viaje de veinticuatro horas a la ciudad de Bogotá.

Ya en la capital, Oscar llegó donde unos familiares que vivían en el tradicional barrio Egipto, conocido por su estruendosa celebración de los reyes magos y su olvidada ermita fundada en el siglo XVII. Su primer trabajo lo consiguió en el lugar donde llegaban los alimentos que abastecían los estantes capitalinos de aquel entonces: la plaza de mercado San José. Trabajó en aquel lugar durante más de diez años, con un horario laboral que iniciaba a las cinco de la mañana y finalizaba a las tres de la tarde, obteniendo como remuneración un peso, más el desayuno y el almuerzo del día. No obstante lo anterior, su destino no era el de trabajar en una plaza de mercado y por eso, las inexplicables fuerzas del azar enviaron a su amigo Luis Miguel Ramírez, con un ofrecimiento de ir a trabajar a Pereira, que lo llevó a realizar un viaje por carretera al eje cafetero (aprovechando que existían vías para llegar a esa ciudad).



A su llegada a Pereira, Oscar inició sin prolegómenos el trabajo para el cual había viajado tanto tiempo: llevar libros de la editorial Bedout a la capital de la república; que aunque podría parecer una labor poco romántica y sanchopancesca, le dejaba en cada viaje un margen de ganancias del 50%, que era mucho más de lo que ganaba en la plaza de mercado.

Varios recuerdos de aquella época, desfilan con ahínco en la memoria del ahora librero. Pero son sus ocurrencias gastronómicas en el centro de la capital las que se llevan todo el protagonismo. Cuando tenía que almorzar y contaba con poco dinero, como muchos libreros y rebuscadores, acudía a “caldo parado”, un pequeño mesón donde vendían una sopa que era capaz de quitar la borrachera más brava y el hambre más impetuosa, y que debía su nombre al hecho de que no existían mesas donde se sentaran los clientes. En los tiempos de buena liquidez, acudía al restaurante Madrid, donde por quince pesos podía pedir un “serrucho”, que constaba de arroz, papa frita, huevo frito, pollo frito y carne de res frita: un manjar que engordó a una generación de capitalinos.

Infortunadamente aquel mundo de viajes y gastronomía no duró para siempre y un día cualquiera de la nefasta década de los ochenta, luego de combatir por muchos años contra los exacerbados pasivos que aumentaban mes a mes, la empresa Bedout S.A. apagó sus maquinas y cerró sus puertas, concluyendo con la historia de una pequeña tipografía familiar iniciada en 1889 que llegó a ser una gigantesca empresa en el país. Oscar entró en el paro, en una situación que no conocía luego de haber estado trabajando sin descanso por más de una década. Ya no había imprentas creando libros en Pereira, ni ejemplares qué transportar.
Por eso, fiel a su aventurera herencia paisa, Oscar viajó al barrio San Victorino, cuya historia nos muestra que desde hace más de un siglo se ha caracterizado por ser un lugar donde no sólo se respira sino se vive el comercio. El desempleado librero se adentró en las profundas calles de aquel lugar, caminando entre honestos vendedores, ladrones y prostitutas que había en aquel lugar. Encontró luego de una larga travesía su lugar en una de las tantas casetas de compraventa de libros que existieron en la carrera 10 con Avenida Jiménez y luego de visitar una gran cantidad de casas y oficinas, consiguió el deposito que recolectaba los mejores libros botados y olvidados que personas tiraban como un producto de consumo rápido. Ahí estuvo un tiempo corto pero provechoso, hasta la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando el alcalde Julio Cesar Sánchez ordenó demoler las casetas de libreros, como consecuencia de un plan de recuperación del centro que buscaba “mejorar las condiciones de vida de la población bogotana”.



Si bien históricamente las medidas tomadas por el alcalde Sánchez fueron una decisión acertada para la recuperación de aquella tierra de nadie en que se había convertido el centro de Bogotá, varios libreros entre los que estaba Oscar, tuvieron que convertir las calles en su lugar de trabajo, por cuanto el consorcio Centro Cultural del Libro —que se creó como solución a los desahuciados comerciantes de las casetas— exigía altos costos de estadía que no todo el mundo pudo pagar. A partir de ahí se expandió la figura del librero ambulante, que no sólo se asentó en San Victorino, sino se expandió hasta los barrios Kennedy, Fontibon, Venecia, las Ferias, entre muchos otros; permitiendo que varias esquinas bogotanas pudieran ser el lugar apropiado para conseguir la Iliada, la Odisea o los cuentos de Julio Ramón Ribeyro a quien las grandes librerías descatalogaron por ser un escritor que no pudo montarse en el fugaz tren del Boom Latinoamericano. Era una nueva época. La de las calles de las palabras.       
Intermedio

Curiosear libros usados, es una labor que pocos hacen, pero que trae algunas pequeñas curiosidades. Algunos tienen dentro de sus primeras hojas una dedicatoria como «Sandra eres genial. 11/05/60» y otros llevan frases subrayadas, en los cuales algún lector de otra época, acentuó sus impresiones sobre algún párrafo del libro. Este por ejemplo, es un fragmento subrayado del libro Rostoptchin el incendio de Moscú (1812) de Maurice de la Fuye, en una edición de Iberia-Joaquin Gil editor del año de 1942: “Cien personas que comen y beben como se requiere en un país donde las calorías solares se distribuyen durante diez meses con cuentagotas”. Quién sabe qué habría pensado el lector que pasó suavemente su lapicero debajo de las palabras impresas. En todo caso, esta curiosa labor también es un trabajo difícil de realizar.

Cada tercer día de la semana, Oscar acude aproximadamente a las seis de la mañana al depósito donde adquiere los “saldos” (grupos de 50, 100 y más libros, que son colocados en torre, para ser vendidos en grupo) que va a vender en el transcurso de los días. Aunque puede llegar a las siete, a las ocho y por tarde a las nueve, los mejores saldos son llevados con una rapidez alucinante. “El librero tiene que tener cultura general para saber qué saldo comprar” exclama Oscar, mientras observa cual grupo de textos vale la pena llevar.

La primera columna que mira tiene buenos libros. Están la ciudad y los perros, memorias de Adriano, la Ilíada, entre muchos otros que convierten el saldo en un apetecido objeto de compra, ya que los libros de autores latinoamericanos son muy escasos en este medio por la poca cantidad de ejemplares que llegan al país, principalmente a las grandes librerías y porque aquellos saldos están acompañados generalmente de libros malos que nadie compra. Por tal razón, luego de tener el primer visto bueno por el contenido, procede a tocar los libros de rugoso tacto, con el ánimo de conocer si están en buen estado o no y de esa forma decidir si lleva para la venta aquella pila de libros o le toca seguir caminando por el lugar en búsqueda de buen material para llevar.

Luego de transcurridos varios minutos en el lugar, el librero toma su decisión. Va a llevar el primer saldo observado. Lo convenció, no sólo los buenos ejemplares que tiene sino una dedicatoria escondida en uno de los tantos libros que dice: “este libro se terminó de imprimir en noviembre de 1994, pero a las librerías sólo llegó esta semana, y como que fue escrito especialmente para ti. lealo y cuéntame si te gusto. Y también si me lo recomiendas. Para ti con mucho cariño 22 de diciembre de 1994”. Posiblemente alguna otra persona le de el valor que en verdad merece aquel libro.    
2.

Sobre las diez y veinte de la mañana de todos los días hábiles, Oscar de J. Vargas, librero profesional y lector incansable de Alejandro Dumas, llega al Parque de los Periodistas con su pequeño carrito de delgados barrotes rojos y pequeñas llantas desgastadas. No ha llovido en todo el día, ni tampoco las nubes amenazan con enviar los torrentes de líquido sobre las cabezas de los transeúntes. Como consecuencia de lo anterior, su pequeño alfa romeo, que le sirve desde hace cuatro años, puede andar con total calma, sin miedo a que en algún charco o en alguna baldosa húmeda, sufra un accidente que obligue a su dueño a llevarlo alzado.

En otra época, éste era un espacio donde periodistas, poetas y literatos se reunían a intercambiar información y hablar sobre la vanguardia artística del momento. Hoy, es un lugar que sirve de corredor a estudiantes, oficinistas y mendigos, como también de sala de espera a quienes tienen que aguardar a que las manecillas del reloj avancen a un punto más avanzado. Oscar conoce el lugar, viene a trabajar desde hace cuatro años, cuando existía un mercado de las pulgas que fue reubicado por la administración local.

Luego de atravesar el parque, pensando en algún asunto pendiente, llega a su pequeña esquina donde desempaca con habilidad de prestidigitador, una tabla que mide más de un metro y tres cajas, que servirán como stand por el resto del día a obras como la ciudad y los perros, crimen y castigo y el viejo y el mar. Es cautivador ver como los libros salen de forma inexplicable de aquel pequeño carrito, en la mano de su vendedor, como un conejito que brota del sombrero del mago. Pero los transeúntes hacen caso omiso de este pequeño portento que les ofrece el día, ya que tienen muchas cosas que hacer, como llegar a su lugar de trabajo o a entregar algún texto en la universidad.



Todos los días no son buenos. En ocasiones, el librero tiene que luchar de manera quijotesca contra el tiempo capitalino, que gusta ser impredecible enviando en días soleados y despejados, diluvios inesperados que transforman las calles en pequeñas lagunitas que obligan a Oscar a sacar un pedazo grande de plástico para proteger las obras de papel que se fácilmente se dañan con el agua. Otros días tiene que enfrentarse a la grosería de algunos transeúntes que consideran que un libro con un valor por encima de quince mil pesos en su stand callejero, es una infamia de proporciones casi épicas (un libro de bolsillo barato en una de las grandes librerías de la ciudad, no se baja de veinticinco mil pesos).No obstante lo anterior, hoy tanto los clientes, como el clima se comportan de la mejor manera.

Un chico de camisa negra y chaqueta larga pasa por el lugar felicitándolo por su quijotesca labor. Posiblemente es un cliente habitual, aunque también puede que sea uno más de ese ínfimo porcentaje de personas que saludan a desconocidos sin razón aparente. Luego pasa una chica de veintitrés o veinticuatro años, de brillante pelo rizado negro y un libro de pasta celeste.

—¿Usted cambia libros?—pregunta tímidamente. El librero le contesta negativamente. Ella se queda observando el stand. Su mirada es curiosa, peculiar, casi impertinente. En una librería de cadena sería vista por el empleado como una presunta delincuente. Oscar, al contrario, ve este gesto con aprecio, esperando que sea una cliente potencial, mientras paralelamente observa las baldosas que no almacenan humedad en el día de hoy y se rasca levemente la cabeza. De un momento a otro rompe el silencio.



—Bueno depende del libro. La cuestión es que a veces me traen libros que no valen la pena…muéstreme qué libro es— la chica quita su mirada de los libros en el stand y le entrega la obra que tiene en su mano derecha al librero. Es una obra de José Saramago con un gigantesco letrero que dice con exagerada “mayusculitis” «Ganador del Premio NOBEL 1998».

—¡Ah! José Saramago, bueno este si vale la pena. ¿Por cuál se lo cambio?

—Es que no lo he terminado— dice la chica bajando un poco la mirada.

—Usted no se preocupe, cuando lo termine de leer viene y hacemos el cambio.

La niña sonríe, vuelve a mirar con gran curiosidad los libros que están encima del stand. Ojea los ejemplares que se encuentran sobre la tabla, mientras Oscar ve con gran satisfacción la posibilidad de un nuevo cliente. No ocurre ninguna transacción. La chica retira la mirada de los libros, agradece al librero por su atención y se retira del lugar siguiendo con su camino. Como no pasan más clientes, el librero se sienta en su butaquita, toma uno de los libros de exposición y empieza a leerlo, mientras el reloj sigue su curso normal hasta la una de la tarde, hora en la que Oscar saca de un bolso metido en su carrito, una olla donde se encuentra el almuerzo caliente que trajo en el día de hoy.

Otro cliente pasa por el lugar. Es al parecer un estudiante de alguna de las muchas universidades que quedan cerca del lugar. Observa con curiosidad los libros de Hermann Hesse que están sobre el stand. Es el momento de entrar de nuevo en acción.
—Si señor, qué se le ofrece— le dice Oscar con su imborrable pero cálido acento paisa. El chico le señala el libro del lobo estepario y le pregunta sobre qué trata. Oscar le ofrece una breve sinopsis de la historia y le ofrece algunos argumentos de por qué debe leer ese libro. El chico mira con curiosidad la obra. Su mirada muestra que en su cabeza se está gestando una decisión. El librero por su parte, sigue ofreciendo la obra de forma persuasiva, exponiéndole las bondades del libro que leyó hace algún tiempo. Finalmente el estudiante toma una decisión: comprar el libro. El precio, la calidad material y las recomendaciones del librero lo convencen que es una decisión que no debe retrasar más.



Luego de que el chico se va, Oscar vuelve a su butaca. Sin falsa modestia, ni mentiras, esgrime que “el librero ambulante es el que mejor libros tiene y mejor selecciona”. Su stand habla por sí mismo. Es el resultado de años de lectura y labores relacionadas con las palabras y las hojas de papel, que lo llevaron a tener un descomunal conocimiento de la literatura, que podría avergonzar a muchos profesores de materias relacionadas. No obstante lo anterior, su labor no está en salones, sino en esa pequeña esquina del parque de los periodistas que el ICFES y la policía le permiten utilizar para promover de manera efectiva la lectura, con precios asequibles de libros que alguna vez pertenecieron a bibliotecas particulares de algún personaje que el lector nunca conocerá, ya que los años pasan, los lugares se acaban o cambian, pero las palabras siguen igual.     

miércoles, 18 de enero de 2012

Entrevista a Juan Gabriel Vásquez publicada en la revista BOMB



Este año voy a ir a “Hay Festival: Cartagena” a disfrutar de las conversaciones entre escritores  que van a tener lugar en el auditorio del Hotel Sofitel Santa Clara, el Teatro Adolfo Mejía y la Plaza de Santo Domingo. Uno de aquellos escritores es Juan Gabriel Vásquez, quien he citado varias veces en este blog y del cual – como preámbulo personal al “Woodstock de la literatura”—traduciré una de sus mejores entrevistas, no sin antes advertir como en otras traducciones mías que si saben inglés acudan al documento original, en razón a que puedo cometer errores (como entender mal la expresión o el sentido de una oración), que les solicito, me los hagan saber para corregirlos. Advierto eso sí, que en algunas partes me tomé algunas libertades de forma, para intentar exponerles el texto lo mejor posible, ya que cosas que suenan bien en inglés puede que no lo hagan en español.

Juan Gabriel Vásquez
Por: Silvana Paternostro
Publicada en la revista BOMB en el año 2010 

Los actuales escritores colombianos de ficción, tienen que enfrentarse a dos sombras al momento de encarar la hoja en blanco: la cultura del tráfico de drogas y el legado del realismo mágico de Gabriel García Márquez. Juan Gabriel Vásquez ha logrado esquivarlos en sus dos últimas novelas. Lo empecé a conocer cuando publicó Historia Secreta de Costaguana en 2007. Utilizando el nombre del país ficticio latinoamericano de Joseph Conrad para su título, Vásquez fue distanciándose de las omnipresentes tropas que confinan los hombres de letras de Colombia. Escuche de Vásquez otra vez el pasado verano cuando su novela publicada anteriormente, Los Informantes, fue traducida al inglés.

Los informantes es una novela sobre los alemanes y judíos que emigraron a Colombia – en los tiempos en que los dos coincidían—durante la Segunda Guerra Mundial. En el libro, se cuenta la historia de Sarah Gutterman, una judía alemana que llegó a Colombia a finales de los años 30, y que da a conocer un pasado secreto, como muchos otros que se encuentran sin resolver en Colombia.
Una ley de (el presidente) Eduardo Santos con la que apoyaba las tropas aliadas, obligaba a los simpatizantes nazis a ser prisioneros y a que se le confiscaran todas sus propiedades. Oír a Wagner o hablar alemán era considerado evidencia más que suficiente para que la persona fuera enviada a una prisión “refugio” en la montaña. Por lo anterior, la gente era animada a vigilar e informar sobre los amigos o familiares; generando (como se puede percibir) una caza de brujas muy parecida a la del macartismo. Omito la siguiente parte por ser un spoiler gigantesco de la novela.

Leer los informantes es como  pelar una cebolla capa por capa, ya que cada persona muestra la complejidad de la condición humana y se rastrean sorprendentes paralelismos históricos; resaltándose similitudes –como por ejemplo— entre los saqueos de la Noche de los Cristales Rotos y el Bogotazo (que es el momento histórico donde fue asesinado el líder populista Jorge Eliecer Gaitán en 1948 y que marcó el comienzo de un periodo de sangre llamado “La Violencia”). Carlos Fuentes escribió que esta novela ofrece al lector “la zona gris de la acción y de la conciencia humana, donde nuestra capacidad de cometer errores, traicionar, ofuscar, crea una cadena de infidencias que nos condena a un mundo de insuficiencias”.  Con lo anterior concuerdo, en los informantes hay un lugar para el perdón.

En los días del pasado mes de octubre, me senté con Juan Gabriel Vásquez en la sala de conferencias de la oficina de su editor para hablar de sus libros e inevitablemente, lamentamos la violencia sin fin que hay en Colombia.

En un ambiente neutro e insulso,  Colombia se siente como aquella ficticia Costaguana de Joseph Conrad. En nuestra conversación, como en la vida, la ficción y la política confluyeron: la narración, como la mostrada con maestría en los informantes, es una ofrenda de paz.

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Silvia Paternoso: Antes de los informantes no había un libro sobre la comunidad judía en Colombia.
Juan Gabriel Vásquez: Habían algunos libros, claro, pero no novelas que narraran esos eventos. Y no solo de la comunidad judía, sino también, de aquellos alemanes que entraron en las listas negras, ni de la reclusión de los ciudadanos enemigos. Nosotros los novelistas somos terriblemente pretenciosos como tu bien sabes. Nosotros pensamos que el mundo está incompleto hasta que se explore en una novela.

SP: Recuerdo que solía haber una Pastelería Alemana en Barranquilla cuando era pequeña. Cuando leí tu libro, me miré en aquella poco iluminada pastelería donde las mujeres con acento corrían desde su casa. Yo caminaba en ella, pero inmediatamente sentí que ya no estaba en Colombia – sus pasteles huelen diferente. Yo nunca relacione el nazismo con la pastelería alemana anteriormente. Como tantas cosas de la historia de nuestro país, todos esos alemanes eran sospechosos y víctimas de una cacería de brujas que me había eludido por completo.
JGV: La gente no recuerda aquellos días, cuando el Gobierno Colombiano decidió participar activamente en la Segunda Guerra Mundial como aliados en contra las potencias del eje (axis), tomando como primera medida la protección de costas y fronteras. Ciudadanos alemanes, italianos y japoneses fueron retirados de aquellos lugares. Barranquilla, siendo el puerto más importante del Atlántico, tuvo una gran población inmigrante. Puedes imaginar toda esa gente teniendo que trasladarse de sus hogares al interior del país luego de décadas de vivir ahí, por la única razón de tener pasaportes que dicen que vienen de determinado lugar.



SP: No es interesante que la lectura de ficción sea la mejor forma de entender la historia?  Ahora me pregunto si los dueños de la pastelería no fueron “informados” por sus vecinos y si esa no fue la razón para que tuvieran un horario extraño con las luces apagadas la mayoría del tiempo. Aclaro que mi memoria es de los 70 y no de los 40 que es donde tu narrativa tiene lugar.
JGV: Barranquilla entra a jugar de otra manera: el Partido Nazi Colombiano fue fundado ahí. Los periodistas Silvia Galvis y Alberto Donadio encontraron asombrosas fotografías de esvásticas, banderas alemanas y brazos levantados en medio de la costa caribe. Para el novelista es una señal increíble. Eso probaba que la reacción del gobierno no era paranoica y por tanto había un motivo de preocupación. Por tal razón la situación descrita en los informantes era interesante para mí, ya que caía en un área gris.

SP: Los Informantes abrieron una cortina para mí. Yo no tuve muchos amigos con apellidos alemanes en Barranquilla y los que tuve, se deben haber ido a la Escuela Alemana. Por otra parte, tuve varios compañeros judíos en la Escuela Americana. Mi mejor amiga en la escuela primaria era una chica judía llamada Debbie Schwartz, cuyos ricitos de oro, pecas y ojos azules me llamaban la atención, aunque no tanto como su intrigante hogar. ¿Por qué no tenían un árbol de navidad y celebraban el nacimiento en diciembre?  Sus padres hablaban con acentos extraños e ir a su casa, era como viajar a un lugar diferente: una ciudad mejor.
Tú, tal como lo hice yo, dejaste Colombia. Tú fuiste a Paris. ¿Querías ser escritor antes de irte?
JGV: La decisión llegó mientras estudiaba derecho. Empecé a coquetear con la ficción – o  como R. L. Stevenson lo dice en un poema “estaba jugando con el papel” – mientras escribía una  descarada imitación de Cien Años de Soledad. Tomando algo que conoces muy bien y haciéndolo de nuevo, es la mejor manera de saber cómo funcionan los párrafos y las oraciones. Un día empecé a copiar, palabra por palabra, “The Dead” de Joyce y “Las Ruinas Circulares” de Borges. Hice lo anterior porque empecé a escribir mis propias historias.  Había estado escribiendo desde mucho tiempo atrás, pero esas historias fueron los primeros escritos antes de la publicación. Ahí empecé a sentirme totalmente desinteresado de cualquier cosa que no fuera dominar el arte de la narración.

SP: Se lo contaste a alguien?
JGV: Le dije a mi familia que no tenía ninguna intención de trabajar como abogado luego de terminar mis estudios de derecho. Había descubierto lo que quería hacer y no pensaba dejar la escritura como actividad de fin de semana, como si fuera una cosa en un rincón.

SP: Habías escrito a escondidas antes?
JGV: Escribí mi primer cuento corto cuando tenía ocho años  y este, ganó un premio en el colegio. No creo que haya existido un periodo de mi vida en el cual haya estado sin escribir.

SP: Sobre qué era aquella historia? Aunque antes dime cómo reaccionó tu padre con la noticia; ¿él quería que siguieras una tradición familiar?
JGV: Desearía tener algunas historias kafkianas sobre el enfrentamiento entre mi familia y mi oficio, pero no. Después de todo, ellos habían estado alimentándome de novelas. Alguna vez en mi vida, el futbol lo era todo para mí. La Copa del Mundo de España estaba cerca así que debió ser 1981.  Mi padre me dio una pequeña biografía de Pelé, el jugador brasileño, en inglés. Él quería leer el libro en español y por tanto, me preguntó si se la podía traducir por unos pesos. Lo hice. Ahora entiendo que estaba haciendo: él se las arregló para alimentar mi relación con los libros y el inglés. La pasé bien y pude recoger unos cuantos pesos.
Sobre la historia…extrañamente prefigura uno de los principales temas de mi ficción. No lo digo para sacar conclusiones psicológicas baratas sino porque no puedo dejar de notarlo. Es la historia de un pequeño chico atrapado por  accidente en un barco que va para Londres: se pierde en la ciudad, compra un perro caliente y encuentra la manera de volver a Colombia; todo en página y media.

SP: Es decir, desde los 7 años ya fantaseabas con irte. Nosotros los colombianos tenemos una especie de complejo de inferioridad – o ¿es curiosidad?, ¿un sentido de aventura? Para nosotros en Barranquilla Miami es mejor. Para ustedes en Bogotá les ocurre lo mismo, pero con Londres. En los informantes, el protagonista, que es provinciano, adora el medio europeo de Sara Gutterman y Enrique Desserer. ¿Aquello tiene alguna relación con nuestra fascinación por el exterior?
JGV: Bogotá no es diferente a cualquier capital tercermundista y aquella fascinación por la metrópolis es algo que encuentras en todos lados, desde Naipaul’s Trinidad hasta Carey’s Australia. No creo que aquello provenga de un sentido de inferioridad, que en todo caso, puede ser la razón para que la gente no se marche. De todas formas, Colombia es especial ya que tiene dos costas y su capital en el interior. Caracas es una ciudad costera, como también lo es Lima, Santiago y Buenos Aires. Antes de los aviones, un viaje de Barranquilla a Bogotá duraba entre 5 días y dos semanas. Bogotá es una ciudad escondida y por tanto, pienso que la elite cultural sintió la necesidad de irse y conocer el mundo, ya que de otra manera, morirían de provincialismo y tedio.

SP: La gente se viste más tweed en Bogotá que en Londres y ahí, podemos encontrar una arquitectura Victoriana y Tudor en toda la ciudad.
JGV: Un tío vivió en Londres por varios años durante los 50, y, durante ese tiempo, él llevó a mi padre – apenas adolescente – a pasar 3 años más o menos, en un internado cerca de Londres.  Desde ahí, mi padre desarrolló una incurable anglofilia que al parecer heredé. De todas formas, mi tío era una de esas personas de las que hablas, con su sombrero, sus guantes y su bastón. Todo está desapareciendo, obviamente, porque la ciudad está como 5 grados más calurosa que antes y por tanto ya nadie lleva guantes. “El calentamiento global y la influencia británica en Colombia”, sería un título para un buen ensayo.   



SP: Así que no hay ninguna coincidencia entre tu novela Historia Secreta de Costaguana que tiene lugar en Londres al final de la centuria y los bogotanos de clase alta que viajaron a Londres. En ese tiempo Joseph Conrad también estaba allí escribiendo Nostromo, que tiene lugar en una patria imaginaria de América Latina que él llamó Costaguana. Tu novela está basada en los tres días que Conrad gastó en la costa colombiana, así como las  conversaciones que tuvo con un colombiano en Londres. Sabes si alguna vez Conrad conoció algún bogotano?
JGV: Él se encontró con un colombiano, Santiago Pérez Triana, hijo de un ex presidente liberal que se fue de Colombia después de la persecución que le hizo el gobierno conservador. Él terminó en Londres y después de un tiempo, luego de reconciliarse con el país, se metamorfoseó en embajador. Conrad lo conoció a través de un amigo común de los dos, el escoces aventurero Robert Cunninghame-Graham, cuando escribía Nostromo. Este periodo coincidió con el momento en que Panamá se separaba de Colombia.
De todas formas, existió también una fuerte relación con Francia, ya que los colombianos siempre viajaban para estudiar en Paris como por ejemplo el gran poeta José Asunción Silva.

SP: En la costa, nunca tuvimos una fascinación con Inglaterra como si la tuvimos con la influencia francesa, italiana, libanesa o siria.
JGV: Y con la alemana. La cultura extranjera y los inmigrantes llegaron naturalmente a Barranquilla.

SP: Claro. Siendo la principal ciudad puerto, Barranquilla era un total bazar. Todo lo que llegó ahí, luego fue llevado al interior a través de nuestro corazón de las tinieblas: el Río Magdalena. Te refieres a él como “muddy Magdalena”[1]  en Costaguana. Escribí sobre eso en My Colombian War. Si el Congo fue el Corazón de las Tinieblas de Conrad, para mí, el Magdalena es la herida abierta de Colombia. Hoy, todo flota por el Magdalena: las drogas, las armas, los soldados, los rebeldes, los paramilitares; aunque también los suministros médicos, los profesores, los profesores y los clérigos.
Volviendo a la escritura y tu regreso a Colombia: muchos escritores de tu generación parece que pasan mucho tiempo en Europa. Ellos van primero a Paris y luego a España.
JGV: Es casi una tradición, cierto? Para mí, la decisión de ir a Paris fue la inmediata consecuencia de mi decisión  de ser un escritor. La tradición latinoamericana me dictaminó que tenía que irme y París era el lugar para ir.



SP: Estas hablando de los escritores del Boom.
JGV: Si, todos ellos fueron expatriados y estuvieron obsesionados con reinventar sus países en la literatura. Puedes pensar en Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes. Las mejores novelas sobre el Perú fueron escritas en Londres y Paris. Las grandes novelas sobre Méjico fueron escritas en Paris y Nueva York. Cien Años de Soledad fue escrita en México. Es un cliché latinoamericano. Obviamente los escritores del boom no inventaron esto: en el siglo 19, Rubén Darío fue el primero que creyó que Paris lo haría un poeta. Él, más o menos encontró la misma cosa que yo encontré, y esto es que el mundo literario en Paris no quería que él escribiera sobre la vida moderna, sobre la vida en los bulevares. Este quería que Darío escribiera sobre los paisajes de Latinoamérica. Lo exótico. El color local, es lo que querían. Esta tensión siempre ha existido. Para mi generación en Colombia, eso es el realismo mágico.
SP:No hay mucho de ello en tus libros. Fue una decisión consciente? De alguna forma Alberto Fuguet y Edmundo Paz Soldán, los fundadores de McOndo, el movimiento contra el realismo mágico, influyeron en ti?
JGV: No realmente. La mía no fue una decisión de rebeldía. Era consciente, en el sentido que mis materiales de trabajo no eran los mismos de García Márquez, por lo que era inútil apoyarse en su método. La literatura es cuestión de método. Tu trabajo como escritor es encontrar el método adecuado para contar la historia que quieres narrar, los personajes que quieres evocar. Cuando García Márquez empezó a escribir, él estaba aburrido hasta la muerte de la forma del realismo provincial, miope y comprometido que era aceptado en las novelas latinoamericanas. Él quería recontar las historias que su abuelo, un coronel de la guerra civil de 1899, le había contado. Cuando descubrió Faulkner, él supo cómo deberían leerse sus novelas. Así que no tuvo problemas con, por decirlo así, tomar prestado a Faulkner para escribir la hojarasca. Después de esto, deja a un lado a Faulkner, para tomar prestado a Hemingway y trabajar en el coronel no tiene quien le escriba. Él solo copiaba sus métodos.  Estuve en una situación similar cuando intentaba escribir  mis novelas – el método del gran novelista colombiano, no era para mí.
SP: García Márquez afirmaba que simplemente se dedicó a transcribir las narraciones de su madre y de su abuela. Tu no hablabas en ese lenguaje – el realismo mágico no es algo que se hablara en tu casa de Bogotá.
 JGV: Eso es. Mis historias no concordaban con el método prevalente y por tanto, tuve que buscarlo en otro lado. Una serie de novelas fueron las que me instruyeron en este campo: Pastoral Americana de Roth, El Intocable de Banville y El Diciembre del Decano de Below.

SP: Así que ¿Echaste por la borda los estudios de derecho o eres un abogado?
JGV: Me gradué con una muy extraña tesis sobre la venganza como prototipo legal en La Iliada. Nunca entendí como me aprobaron aquello como proyecto. Luego de haber terminado mis estudios de derecho, empecé a estudiar francés.
SP: ¿Por eso elegiste Francia? Estudiaste en la escuela americana, así que ¿por qué Paris y no Nueva York?
JGV: Alguien me dijo que tenía una tendencia escondida a hacerme las cosas más difíciles, pero no creo que sea eso. Escogí Paris porque pensé que eso hacían los escritores o los aspirantes a escritores. Los escritores responsables de mi vocación habían hecho algo en Paris en un momento u otro.



SP: Hablas de otras personas diferentes de los escritores del BOOM?
JGV: The Lost Generation, Hemingway, Fitzgerald. Pero me refiero sobre todo a James Joyce. Ulises y Cien Años de Soledad son los libros que me hicieron querer ser escritor. Ulises fue escrito en Paris y García Márquez vivió en Paris por un tiempo. La mayoría de escritores del BOOM, en diferentes momentos, vivieron en Paris: Julio Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes. Por eso era que Paris, era para mí, la ciudad correcta para que fuéramos los que quisiéramos ser escritores. Qué ingenuo, ¿no?
Gasté tres años en Paris y aprendí cosas muy importantes. El primer año fue fantástico. El segundo, no tanto. El tercero, solo supe que quería tomar mis cosas e irme a otro lado.

SP: Así que tú llegaste, buscaste un apartamento, instalaste tu computador y empezaste a escribir al siguiente día? Como se hace eso?
JGV: El pretexto era una maestría en la Sorbona. Lo único que quería era estar en París y escribir ahí, así que cuando llego el momento de escribir algo grande, una tesis en la Sorbona; no lo pude hacer. Tuve que elegir entre escribir una novela y escribir esa tesis. No fue complicado elegir la novela.

SP: Así que ¿tú no fuiste a Paris con una novela en la mente?
JGV: Llevaba una novela casi terminada por mí.

SP: ¿Fue realmente escrita?
JGV: La termine dos meses después de llegar a Paris y fue publicada en 1997. A mí me gusta,  pero no era una obra madura, razón por la cual la desheredé junto con mi segunda novela –que es la razón por la cual digo que Los Informantes es mi primera novela. Soy responsable de esa pequeña desinformación.

SP: En los informantes diriges la ambigua naturaleza de la verdad y el dilema de ser un narrador – llamas a los escritores “parásitos”.
JGV: El origen real de la novela fue una conversación que tuve con una alemana judía en 1999, que llegó a Colombia en 1938. Ella me contó la historia de sus últimos años en Alemania y su vida como inmigrante en Colombia.  El material durmió entre cajas por tres años esperándome a que aprendiera a manejarlo. Mientras tanto, mi suegro se sometió a una operación del corazón. Estuve sentado afuera de su habitación en el hospital, esperando hasta que él estuviera lo suficientemente bien para que me contara sobre su operación y pudiera utilizarlo en mi historia. Es por eso que creo que el novelista es un parasito: él se alimenta de las cosas malas que le pasan a otras personas y a sí mismo, con una sorprendente falta de culpa. Todo es material para la ficción; no tengo reparos sobre esto. Me gusta la idea de que Dostoievski tomó la inscripción en la tumba de su madre y  la utilizó en uno de sus más encantadores personajes.
SP: La identidad es otro de los grandes temas en los informantes. Describes a Enrique Deresser como un tipo “de sangre mezclada sin nacionalidad fija”. Me identifico con lo anterior en razón a que he estado en Nueva York desde que deje Colombia a los 15 años. Te estabas describiendo en ese párrafo?
JGV: Supongo que era yo. He vivido en el extranjero más de una tercera parte de mi vida, en Francia, en Bélgica y en España. Cuando me moví a Barcelona hace 10 años, era la tercera vez que dejaba un país.  Yo escribía en español colombiano y el lugar de mis novelas era Colombia, sin que por ello viviera en el país.  No obstante lo anterior,  los países en los que estuve viviendo no cambiaron mis ideas literarias y culturales tanto como lo hicieron América o Inglaterra. Por eso es inevitable que vea la nacionalidad y los nacionalismos de cualquier clase con escepticismo.
SP: Así que luego de vivir en Paris viajaste a Barcelona en lugar de volver a tu hogar. Qué representa para ti Colombia?
JGV: Me fui en el 96, cuando Bogotá estaba saliendo de la década más violenta de su historia desde el periodo llamado como “La Violencia”.
SP: Ahí fue cuando decidí volver. Regresé en 1999. En mi regreso, Colombia era poseedor de varios records: tenía los mayores índices de secuestro y homicidios.  Todos tenían miedo de abandonar sus hogares, y por ese entonces leía en revistas que los colombianos eran la gente más feliz del mundo. Hubo una terrible desconexión que quería experimentar.
JGV: Decidí no volver porque Bogotá, estaba en mi mente como la ciudad que había dejado en el 96, con la guerra de carteles de la droga contra el gobierno, las bombas y los secuestros. Pero la violencia fue solo una de las razones – aunque no la principal que era la literatura – y no fue la definitiva para no querer volver. La verdadera razón para no regresar era abstracta: temía que si volvía, nunca sería el escritor que esperaba ser.
  Terminé mi segunda novela por la época que dejé Paris, aunque seguía inconforme con las dos novelas escritas hasta el momento. Respecto a la segunda, Alina Suplicante, estaba a punto de ser publicada y yo me encontraba inconforme con ella, por lo que pasé por una honda crisis. En mi estancia en París, conocí a una maravillosa pareja de ancianos de 70 años, Suzanne y Francis Laurenty. Ellos vivían en una casa gigantesca en las Ardenas Belgas.  Sus hijos se habían casado y se habían ido, así que había un gran espacio en su casa. A finales de 1998, los visité durante una semana (algo que hice con bastante frecuencia) y le conté a Francis sobre mi crisis. Él me dijo “bueno, por qué no vienes, te quedas una semana con nosotros y lo averiguas?”. Al final de la semana él dijo “Nada de suerte? Bueno quédate el mes”. Al final del mes me dijo “quédate el tiempo que quieras hasta que descubras que ocurre”.
SP: Ese es el sueño de un escritor; no tuviste que pertenecer a una colonia de escritores. Crees que ellos seguirán aceptando escritores colombianos?
JGV: Si es una colonia de escritores, claro, solamente.
SP: Lo tenías todo para ti.
JGV: Si. Llevé una especie de vida paralela durante 10 meses. En las mañanas salíamos y cazábamos, por ejemplo, faisanes, que luego cuando volvíamos a casa, Suzanne los cocinaba para la cena.
SP: Qué historia se cocinaba mientras tanto en tu cabeza?
JGV: Ninguna historia. Yo estaba intentando encontrar qué clase de escritor quería ser y que clase de lecturas lograrían ayudarme a aquello. No creo que vuelva a ser capaz de leer tanto como leí en ese año. Después de mi estadía en Bélgica, me di cuenta que la pretensión de Truman Capote de leer por lo menos un libro al día era posible. Así conocí escritores esenciales como Conrad.



SP: Escribiste un homenaje en su memoria.
JGV: No creo que Historia Secreta de Costaguana sea un homenaje. De todas formas, intenté humanizar el personaje de Conrad.
SP: Pero humanizarlo es como un homenaje. ¿Por qué Conrad?
JGV: A través de su escritura, aprendí qué es la ficción, lo que debe hacer y cómo funciona. Cosas que no solamente se conocen con su ficción, sino también con sus prólogos, sus cartas, sus pequeños ensayos, etc. Esos conceptos eran enormes y abstractos y no te puedo decir qué tan concretos y necesarios eran para mí.
Incluso, tanto Conrad como Naipaul me enseñaron a ver mi país como un área de oscuridad. Ellos me enseñaron que eso estaba bien y hasta incluso era deseable, para tener una buena relación  con mi lugar de nacimiento; la fidelidad hacía un país esta extremadamente sobrevalorada. Ellos me enseñaron a ver la historia en términos de personas, lo cual, increíblemente, es algo que olvidamos constantemente. Sobre todo lo anterior, ellos me enseñaron a ver el desplazamiento físico como una fuente de energía creativa.

SP: En tus libros, el asunto del desplazamiento y la búsqueda de entender qué significa Colombia es muy fuerte. Debes estar familiarizado con la historia “Ulrica” de Borges donde el personaje principal aspira a ser colombiano. Cuando el objeto de su deseo le pregunta que significa ser colombiano, este responde “un acto de fe”. Los colombianos citan esa frase constantemente y yo estoy en desacuerdo con ese grandísimo mal uso de Borges. Él la utilizó como una frase espontánea y no como un lema nacionalista! Sentí lo mismo cuando observe el nuevo lema de campaña del gobierno llamado “Colombia es Pasión”. Pasión y fe son parte de la habitación pero no tienen nada que ver con la responsabilidad de los ciudadanos.
JGV: Donde firmo? Has dado en el clavo. Parte de mi crisis en 1999 fue no poder escribir sobre Colombia. No entendía mi país, su historia o su política.

SP: Tampoco yo. Me alegra escucharte eso. Entre mis amigos hay un gran vacío sobre lo que conocemos o cuanto nos preocupamos por nuestra historia – posiblemente porque fuimos a una escuela americana donde la foto de JFK reemplazaba la de Simón Bolívar. Tenemos ciclos de violencia cada 50 años. Estás de acuerdo con que la explicación para nuestra falta de interés en los demás es a causa de la rivalidad regionalista? Has viajado mucho por Colombia? Porque yo no.
JGV: Si. El año que gasté en Bélgica, me di cuenta que la posibilidad de escribir sobre Colombia había sido desalentadora para mí. Había crecido con la idea “hemingwayana” de que uno solo escribe sobre lo que conoce, pero también había crecido con la imagen de Borges, que había sido el primero en desafiar aquella idea latinoamericana de que sus escritores debían escribir sobre sus países. Novelistas como embajadores, cierto? Borges tocó el tema de este tonto prejuicio en un pequeño ensayo llamado “El escritor argentino y la tradición” y la vida empezó a ser mucho más fácil para todos nosotros desde entonces. No sentí ninguna especie de obligación de escribir sobre Colombia pero me molestaba que no pudiera.
Empecé a obsesionarme con algunas áreas grises de nuestra historia, de nuestro geist[2]como pueblo. El problema era que pensando que podía  entender algo de escribirlo, me hacía sentir incapaz de abordar aquellos temas. Fue un terrible momento de parálisis. Hablando de la hoja en blanco, me estaba enfrentando a un mundo en blanco.

SP: Yo lo  hice al revés: me embarque en la educación por medio de la escritura. ¿Qué hay del país que no entendías?
JGV: Siempre he odiado aquellos personajes  que hablan del espíritu de sus países y todos esos bienintencionados patrioterismos esotéricos. La cuestión era que eso era lo que estaba más cerca de aquello que no entendía: el alma, la cualidad abstracta que hacía a Colombia lo que era. Tiene mucho que ver con la violencia, pero no es solo eso sino va más allá.

SP: Estaba nuestra violencia siendo más clara en el territorio belga? Sentías que a través de tu escritura podías abrir nuestros ojos a la cadena de eventos que están ocurriendo en Colombia?
JGV: No. Si al caso, creo que pude abrir los ojos de mis personajes. Cualquier lector de mis novelas puede sentir que al final aprendió algo, claro, pero las novelas nunca han sido solo de información, sabías? Puede derivar en conocimiento de forma indirecta, ambigua y por tanto, enriquecedora. Las novelas nos hacen conscientes de las relaciones entre el individuo y la historia y, esa es la forma en que aquel matrimonio extraño funciona.

SP: Lo mismo se puede decir de un buen libro de no ficción. Los Informantes nos pone de relieve como hay dos formas de abordar cada historia, la ambigua naturaleza de la verdad y la necesidad de conocer ambos lados para que ocurra la reconciliación.
JGV: Los países y los gobiernos son los mejores narradores! Su habilidad de hacer creer, de recurrir a las mejores metáforas; su poder – que los novelistas rara vez tienen – de eliminar cualquier elemento discordante, cualquier cosa que cuestione su narrativa. La historia es un relato contado por el poder, no hay nada nuevo en esto. Así que una de las pocas justificaciones posibles de la novela – aunque no lo requiera – es la contradicción. No es sobre contar que pasó sino que podría haber ocurrido.  Lo que llamamos pasado, público o privado, es solo una historia invariable contada por primera vez por alguien con ciertos intereses, prejuicios e influencias. Las novelas nos recuerdan eso,  que no hay una sola verdad, una sola historia ni un solo pasado. 


[1] Muddy quiere decir algo así como enlodado o fangoso.
[2] Según tengo entendido, Geist quiere decir espíritu.