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miércoles, 30 de enero de 2013

Recordando la controversia Hector Abad contra Carlos Fuentes


El año pasado, una semana después de que murió el gran escritor mexicano Carlos Fuentes, Hector Abad intentó banalizarlo y empequeñecerlo de una manera despreciable en la que dejó en evidencia su envidia por el referente del Boom latinoamericano. Digo que fue despreciable porque en vida, Abad Faciolince nunca efectuó un ataque escrito en contra del mexicano y esperó a que se muriera para decir cosas como las que dijo en su columna "que digan que estoy dormido", la cual por cierto, le fueron vedados los comentarios para evitar la tan "fastidiosa" réplica por parte de los lectores.



Que digan que estoy dormido
Por: Héctor Abad Faciolince
Link original: http://www.elespectador.com/opinion/columna-347348-digan-estoy-dormido

Muriera donde muriera, el mexicano Carlos Fuentes dejó instrucciones precisas de que lo enterraran en el cementerio de Montparnasse, "cerca de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir".

Mientras cargan para allá con sus restos, me acordé de la voz de Jorge Negrete cantando un corrido de su país: “México lindo y querido / si muero lejos de ti / que digan que estoy dormido / y que me traigan aquí”. Aquí lo pueden oír: http://bit.ly/rz5N1I y aprovechen para fijarse en la imagen de Jorge Negrete. Su estampa fue el modelo de belleza para los latin lovers: moreno, delgado, mero macho, peinadísimo, de corbata, con bigotico negro muy cuidado. ¿A quién se parece mucho? Pues nada menos que a Carlos Fuentes.

Fuentes, desde hace decenios, se paseaba por el mundo entero como una especie de embajador de la literatura, perfectamente ataviado como Jorge Negrete, dando discursos en los que pontificaba sobre todo lo divino y humano: no solamente sobre quiénes eran sus herederos legítimos en la literatura latinoamericana, sino sobre cualquier tema de sociedad o política internacional. Al mismo tiempo, casi cada año presentaba nuevos libros, lo cual habla muy bien de su capacidad de trabajo, pero que comparados con sus grandes primeras obras (La muerte de Artemio Cruz, Aura, La región más transparente) parecían escritos por un aprendiz. Son ensayos y novelas descuidados, precipitados, como si hubieran sido escritos en hoteles y aeropuertos, cuando las recepciones y los agasajos dejan un espacio en la vida. Los libros de madurez de Fuentes eran dignos, aunque muy abundantes. Una vez Monsiváis declaró que si a Fuentes le habían dado una beca de dos años para escribir Terra Nostra, a él deberían darle otra para leerlo. Pero el personaje Fuentes acabó dándole un golpe de estado al escritor Fuentes. Cuanto más crecía el primero, menos bien escribía el segundo.

En la ‘cultura del espectáculo’ de la que habla Vargas Llosa en su último libro, el escritor contemporáneo corre un grave riesgo: que su imagen se lleve por delante su obra. Que la permanente exposición al mundo aniquile su concentración como artista. Al conocer a Fuentes había algo que llamaba la atención y que José Saramago registró con agudeza: “No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso siempre cordiales (…), no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especie de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Carlos Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme”.

Concuerdo con la primera observación de Saramago; menos con el matiz que luego le da. A Carlos Fuentes le gustaba hacer un permanente monumento de sí mismo, empezando por el exagerado atavío. Le gustaba oírse hablar, oírse caminar. Le gustaba su imagen de Negrete en los espejos. Se sentía cómodo en su papel de pontífice de las letras. Era tieso, solemne. Y su último acto fue prepararse la tumba en París, cerca de quienes él consideraba sus pares. Dijo en una de sus últimas entrevistas: “Tengo un monumento muy bonito esperándome; se acerca el momento de ir a ocuparlo”. Dentro de poco estará ahí, en su automonumento. Para algunos escritores este es “un modelo de intelectual”. Para otros, entre quienes me cuento, es el antimodelo: exactamente eso a lo que nunca quisiéramos parecernos. ¿Se imaginan a Coetzee, a Philip Roth o a García Márquez mandándose a hacer un monumento? No lo necesitan: su único y verdadero monumento son sus libros.

Ahí termina la cobarde columna de Abad Faciolince, quien repito, esperó a que muriera Fuentes para sacar toda la artillería que tenía en contra del mexicano. Sin embargo, luego de aquella columna, una periodista llamada Indira Vera respondió al memorial de agravios de Faciolince en una excelente réplica que fue publicada en el espectador y que traigo a este blog:
Réplica a la columna de Héctor Abad
Por: Cartas de los lectores

Muchos podríamos escribir de García Márquez, de Saramago e incluso de Héctor Abad lo que rechazamos de ellos como individuos.

Yo diría, por ejemplo, que cuando conocí a Saramago me pareció muy adusto, un poco áspero y algo receloso de la desbordada admiración que profesan los lectores a Gabo. Pensé que la bella e inteligente Pilar del Río, su esposa y traductora en español, suavizaba al hombre rígido que escondía a sensible escritor.
Podría decir que Gabo pudo haberme hablado en Guadalajara cuando lo tuve frente a mí, mirando mis ojos de periodista inquieta, de colombiana orgullosa y de lectora deslumbrada que no ocultaba su emoción de poder ver tan cerca los ojos y las manos del hijo del telegrafista de Aracataca que se hizo universal por la genialidad de su relato y la cadencia de su prosa.

“Gabo, dime unas palabras para Caracol Radio”, le dije un par de veces mientras él sostenía mi mirada como escudriñando a la mujer que tenía enfrente y quizá valorando su vieja decisión de no dar entrevistas. “Describe el momento, inventa la historia”, me dijo un poco pícaro, un poco en serio. Luego retomó su camino hacia la tarima donde lo esperaban Carlos Fuentes y otros grandes que ya estaban de pie, al igual que el auditorio atiborrado con más de dos mil personas que aplaudían al también colombiano Álvaro Mutis, que era homenajeado en esa Feria del Libro de Guadalajara.

Podría decir que Héctor Abad, a quien también conocí en aquella Feria, me pareció un paisa medio rolo, sensible a medias, un hombre de apariencia cercana pero de trato distante, meramente formal. Recuerdo que le ofrecí mi computador al verlo desubicado en el salón de prensa. Lo atendí con la admiración y el respeto que me inspiran los escritores de letras sensibles pero él fue incapaz de entregarse al momento. Su mera formalidad en el trato la confirmé meses después cuando lo entrevistaba por su éxito literario El Olvido que seremos. Luego de esos encuentros sin matices, y aunque valoro las bondades de sus escritos, me desapasioné por completo de sus lecturas.

Sin embargo las sombras humanas que vi en Saramago, en el mismo Gabo e inclusive en Fuentes no fueron suficientes para distanciarme de sus piezas literarias. A Fuentes lo conocí en México y luego en Cartagena. En efecto, era un hombre recio, riguroso, un poco infranqueable que se conducía con la seguridad de quien se sabe célebre. Pero ¿qué hay de malo en ello?
Fuentes y Gabo se ganaron el derecho a ser como se les dé la gana porque fueron gestores de la transformación que sufrió la literatura hispanoamericana, porque convirtieron relatos locales en piezas totalizantes y universales que le dieron identidad y nombre a América, tal como lo dijo el propio Fuentes.
Tiene razón Abad al decir que el escritor Fuentes maduro no escribía igual de genial al de La región más transparente, Aura o La muerte de Artemio Cruz. Pero ¿acaso el García Márquez de Cien Años de Soledad es el mismo de Noticia de un Secuestro? O el de Memoria de mis putas tristes? Seguro que no. El mismo Gabo ha reconocido que la escritura se le hizo más difícil con los años, quizá porque perdió la espontaneidad que da el anonimato o porque dejó de escribir por el simple placer de simpatizar a sus amigos. ¿Debe ser eso motivo de cuestionamientos? ¿No basta acaso con que hubiera creado la delirante historia de los Buendía para dejar ver el tope de su grandeza? No necesitaba seguir demostrándolo. Cada obra posterior es una muestra adicional de la genialidad ya indiscutible.

A Saramago basta leerle El Evangelio según Jesucristo o Caín para ser indulgente con el ser adusto que cubrió al escritor heterodoxo, disconforme, iconoclasta y místico si se quiere. Qué importancia tienen las sombras humanas de un narrador que fue capaz de mostrar de otra forma los tiempos históricos y bíblicos cuestionando los credos más sagrados de la religión judía e incluso del cristianismo.

Fuentes rompió los esquemas, dejó de ser libro y se hizo presente, vivo, actual y ciudadano pensante. Se atrevió a hablar de sociedad y actualidad y cuestionó sin tapujos a los políticos que resultaron inferiores a los requerimientos de su México descuadernado y violento. Fuentes aprovechó su prestigio inicial como escritor para darles luces a sus lectores pensantes, votantes, que reconocieron en él al líder desprovisto de intereses políticos. Suficiente con echar una mirada en las redes sociales para confirmar que los mexicanos se sienten huérfanos con la partida no sólo del escritor sino también del líder.

Tuvo otra virtud que reconocen todos, incluso Abad, aunque someramente: su interés porque los nuevos escritores encontraran cauces, hallaran casas editoriales que reprodujeran sus obras en su sueño ideal de un planeta habitado sólo por escritores y lectores.

Abad, con argumentos reales en parte y fútiles a veces, no le hace justicia al Fuentes celebridad, al personaje público que desafió las molestias propias de sus ochenta y tantos años y tomó vuelos largos y tediosos para atravesar continentes y exponer su pensamiento sociopolítico literario en auditorios sedientos de ideas nobles. No le luce a un buen escritor como Abad, ya no principiante pero tampoco universal, medir con una vara tan dura a un narrador que, si bien no fue en su madurez el mismo de los años mozos, sí fue capaz de congregar la fidelidad de sus lectores y de quitarse su corona para abrirles camino a sus herederos literarios.

Que me disculpe Abad pero Gabo, Fuentes, Cortázar, Borges, Neruda, Rulfo, Vargas Llosa, Mutis y muchos grandes hispanoamericanos que hicieron bien la tarea, se ganaron el derecho a ser vanidosos o no, a vestirse como gentleman o urbano, a simpatizar con la izquierda o la derecha, a inspirarse en Negrete, como lo hizo Fuentes, o en el genio Pessoa, como lo soñó Saramago.

Que me disculpe Abad pero me resulta un poco insolente su apreciación de que el célebre Fuentes hace parte de lo que Vargas Llosa llama la banalización de la cultura. Afirmar eso sería banalizar a un hombre culto.

Indira Vega. Periodista.

Luego de leídas las dos opiniones estoy de acuerdo con la periodista en el sentido de que Hector Abad se le fueron las luces y cometió un error de escritor principiante en su impulsivo texto. De Hector Abad he pensado que es un escritor sobrevalorado y no me pareció excelente (como muchos la pintan) su novela el olvido que seremos, sino más bien correcta y ya. Como dato personal, el libro que más he disfrutado de él se llama palabras sueltas y es un compendio de microensayos, no una narración ni nada que se le parezca. Sin embargo a esa imagen, ahora le tengo que agregar que es un envidioso al que se le subió la fama a la cabeza.
Ustedes tomarán sus propias conclusiones.

martes, 1 de enero de 2013

El librero de los periodistas


Esta crónica que hoy comparto con ustedes la escribí el año pasado en un tiempo en que tenía algo de tiempo libre para salir a las calles a preguntarle a la gente por sus vidas. Al librero, sujeto de esta crónica, lo conozco desde hace ya casi dos años que llegué a Bogotá y empecé a hablar con él siempre que le compraba los libros. De tanto oírlo un día le dije si le interesaba que escribiera una crónica sobre él y me dijo alegremente que sí por lo que tuvimos una serie de conversaciones que me dieron los datos para escribir lo que leerán a continuación.

Como dato interesante, esta crónica la iba a publicar en una pequeña revista o mejor, medio digital, pero infortunadamente no se pudo dar, por lo que estuvo reposando en un archivo de word que hoy he decidido abrir después de varios meses para traerles el contenido y darles a conocer una de esas tantas personas que vemos en las calles de Bogotá sin conocer su historia.

La forma en que dividí la historia es algo atípica, pero bueno, ahí está el contenido de lo que hablamos.




Sobre las diez y media de la mañana de todos los días hábiles, don Oscar de J. Vargas llega al Parque de los Periodistas listo para trabajar. Viene de la bodega de libros donde tuvo que ir bien temprano, para obtener los ejemplares que pondrá a la venta hasta las cinco de la tarde.
1.
Su existencia inicia en la ciudad de la eterna primavera, donde los astros lo apadrinaron con el signo Aries por haber nacido en el mes de abril del año de 1950. Durante sus primeros diez años, creció en el seno de una clásica familia antioqueña cuyo pater era un arriero que se encargaba de transportar sal, arroz y otros productos por medio de quince mulas que transitaban por los caminos de Antioquia y otros lugares del país. Durante aquella época, también estudió en un colegio católico de la orden salesiana, donde conoció clásicos de la literatura como el conde de Montecristo, los miserables y la biblia, que lo acompañarían por el resto de sus días.

Aquel mundo inocente de su niñez, cambió estruendosamente el día en que le notificaron la muerte su padre, uno de los tantos días del año de 1960. Su familia entró en luto por el lamentable hecho y  el negocio de las mulas, que había estado en decadencia desde hacía varios años por la impetuosa competencia de las bodegas de trenes y buques de carga, también murió, dándole vida al mito de una época que no se volvería a ver. Por aquel entonces, Oscar tenía diez años y a diferencia de muchos hijos de políticos que son preparados desde chiquitos para seguir mamando de la teta pública, no tenía ningún futuro asegurado. Por tal razón, fiel al estilo terco de los paisas, decidió seguir a su espíritu aventurero —que pudo haber florecido de la lectura de novelas del siglo XIX o de algún gen peregrino que decidió componer su estructura molecular— yéndose de su casa, tomando un tren que lo llevaría en un viaje de veinticuatro horas a la ciudad de Bogotá.

Ya en la capital, Oscar llegó donde unos familiares que vivían en el tradicional barrio Egipto, conocido por su estruendosa celebración de los reyes magos y su olvidada ermita fundada en el siglo XVII. Su primer trabajo lo consiguió en el lugar donde llegaban los alimentos que abastecían los estantes capitalinos de aquel entonces: la plaza de mercado San José. Trabajó en aquel lugar durante más de diez años, con un horario laboral que iniciaba a las cinco de la mañana y finalizaba a las tres de la tarde, obteniendo como remuneración un peso, más el desayuno y el almuerzo del día. No obstante lo anterior, su destino no era el de trabajar en una plaza de mercado y por eso, las inexplicables fuerzas del azar enviaron a su amigo Luis Miguel Ramírez, con un ofrecimiento de ir a trabajar a Pereira, que lo llevó a realizar un viaje por carretera al eje cafetero (aprovechando que existían vías para llegar a esa ciudad).



A su llegada a Pereira, Oscar inició sin prolegómenos el trabajo para el cual había viajado tanto tiempo: llevar libros de la editorial Bedout a la capital de la república; que aunque podría parecer una labor poco romántica y sanchopancesca, le dejaba en cada viaje un margen de ganancias del 50%, que era mucho más de lo que ganaba en la plaza de mercado.

Varios recuerdos de aquella época, desfilan con ahínco en la memoria del ahora librero. Pero son sus ocurrencias gastronómicas en el centro de la capital las que se llevan todo el protagonismo. Cuando tenía que almorzar y contaba con poco dinero, como muchos libreros y rebuscadores, acudía a “caldo parado”, un pequeño mesón donde vendían una sopa que era capaz de quitar la borrachera más brava y el hambre más impetuosa, y que debía su nombre al hecho de que no existían mesas donde se sentaran los clientes. En los tiempos de buena liquidez, acudía al restaurante Madrid, donde por quince pesos podía pedir un “serrucho”, que constaba de arroz, papa frita, huevo frito, pollo frito y carne de res frita: un manjar que engordó a una generación de capitalinos.

Infortunadamente aquel mundo de viajes y gastronomía no duró para siempre y un día cualquiera de la nefasta década de los ochenta, luego de combatir por muchos años contra los exacerbados pasivos que aumentaban mes a mes, la empresa Bedout S.A. apagó sus maquinas y cerró sus puertas, concluyendo con la historia de una pequeña tipografía familiar iniciada en 1889 que llegó a ser una gigantesca empresa en el país. Oscar entró en el paro, en una situación que no conocía luego de haber estado trabajando sin descanso por más de una década. Ya no había imprentas creando libros en Pereira, ni ejemplares qué transportar.
Por eso, fiel a su aventurera herencia paisa, Oscar viajó al barrio San Victorino, cuya historia nos muestra que desde hace más de un siglo se ha caracterizado por ser un lugar donde no sólo se respira sino se vive el comercio. El desempleado librero se adentró en las profundas calles de aquel lugar, caminando entre honestos vendedores, ladrones y prostitutas que había en aquel lugar. Encontró luego de una larga travesía su lugar en una de las tantas casetas de compraventa de libros que existieron en la carrera 10 con Avenida Jiménez y luego de visitar una gran cantidad de casas y oficinas, consiguió el deposito que recolectaba los mejores libros botados y olvidados que personas tiraban como un producto de consumo rápido. Ahí estuvo un tiempo corto pero provechoso, hasta la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando el alcalde Julio Cesar Sánchez ordenó demoler las casetas de libreros, como consecuencia de un plan de recuperación del centro que buscaba “mejorar las condiciones de vida de la población bogotana”.



Si bien históricamente las medidas tomadas por el alcalde Sánchez fueron una decisión acertada para la recuperación de aquella tierra de nadie en que se había convertido el centro de Bogotá, varios libreros entre los que estaba Oscar, tuvieron que convertir las calles en su lugar de trabajo, por cuanto el consorcio Centro Cultural del Libro —que se creó como solución a los desahuciados comerciantes de las casetas— exigía altos costos de estadía que no todo el mundo pudo pagar. A partir de ahí se expandió la figura del librero ambulante, que no sólo se asentó en San Victorino, sino se expandió hasta los barrios Kennedy, Fontibon, Venecia, las Ferias, entre muchos otros; permitiendo que varias esquinas bogotanas pudieran ser el lugar apropiado para conseguir la Iliada, la Odisea o los cuentos de Julio Ramón Ribeyro a quien las grandes librerías descatalogaron por ser un escritor que no pudo montarse en el fugaz tren del Boom Latinoamericano. Era una nueva época. La de las calles de las palabras.       
Intermedio

Curiosear libros usados, es una labor que pocos hacen, pero que trae algunas pequeñas curiosidades. Algunos tienen dentro de sus primeras hojas una dedicatoria como «Sandra eres genial. 11/05/60» y otros llevan frases subrayadas, en los cuales algún lector de otra época, acentuó sus impresiones sobre algún párrafo del libro. Este por ejemplo, es un fragmento subrayado del libro Rostoptchin el incendio de Moscú (1812) de Maurice de la Fuye, en una edición de Iberia-Joaquin Gil editor del año de 1942: “Cien personas que comen y beben como se requiere en un país donde las calorías solares se distribuyen durante diez meses con cuentagotas”. Quién sabe qué habría pensado el lector que pasó suavemente su lapicero debajo de las palabras impresas. En todo caso, esta curiosa labor también es un trabajo difícil de realizar.

Cada tercer día de la semana, Oscar acude aproximadamente a las seis de la mañana al depósito donde adquiere los “saldos” (grupos de 50, 100 y más libros, que son colocados en torre, para ser vendidos en grupo) que va a vender en el transcurso de los días. Aunque puede llegar a las siete, a las ocho y por tarde a las nueve, los mejores saldos son llevados con una rapidez alucinante. “El librero tiene que tener cultura general para saber qué saldo comprar” exclama Oscar, mientras observa cual grupo de textos vale la pena llevar.

La primera columna que mira tiene buenos libros. Están la ciudad y los perros, memorias de Adriano, la Ilíada, entre muchos otros que convierten el saldo en un apetecido objeto de compra, ya que los libros de autores latinoamericanos son muy escasos en este medio por la poca cantidad de ejemplares que llegan al país, principalmente a las grandes librerías y porque aquellos saldos están acompañados generalmente de libros malos que nadie compra. Por tal razón, luego de tener el primer visto bueno por el contenido, procede a tocar los libros de rugoso tacto, con el ánimo de conocer si están en buen estado o no y de esa forma decidir si lleva para la venta aquella pila de libros o le toca seguir caminando por el lugar en búsqueda de buen material para llevar.

Luego de transcurridos varios minutos en el lugar, el librero toma su decisión. Va a llevar el primer saldo observado. Lo convenció, no sólo los buenos ejemplares que tiene sino una dedicatoria escondida en uno de los tantos libros que dice: “este libro se terminó de imprimir en noviembre de 1994, pero a las librerías sólo llegó esta semana, y como que fue escrito especialmente para ti. lealo y cuéntame si te gusto. Y también si me lo recomiendas. Para ti con mucho cariño 22 de diciembre de 1994”. Posiblemente alguna otra persona le de el valor que en verdad merece aquel libro.    
2.

Sobre las diez y veinte de la mañana de todos los días hábiles, Oscar de J. Vargas, librero profesional y lector incansable de Alejandro Dumas, llega al Parque de los Periodistas con su pequeño carrito de delgados barrotes rojos y pequeñas llantas desgastadas. No ha llovido en todo el día, ni tampoco las nubes amenazan con enviar los torrentes de líquido sobre las cabezas de los transeúntes. Como consecuencia de lo anterior, su pequeño alfa romeo, que le sirve desde hace cuatro años, puede andar con total calma, sin miedo a que en algún charco o en alguna baldosa húmeda, sufra un accidente que obligue a su dueño a llevarlo alzado.

En otra época, éste era un espacio donde periodistas, poetas y literatos se reunían a intercambiar información y hablar sobre la vanguardia artística del momento. Hoy, es un lugar que sirve de corredor a estudiantes, oficinistas y mendigos, como también de sala de espera a quienes tienen que aguardar a que las manecillas del reloj avancen a un punto más avanzado. Oscar conoce el lugar, viene a trabajar desde hace cuatro años, cuando existía un mercado de las pulgas que fue reubicado por la administración local.

Luego de atravesar el parque, pensando en algún asunto pendiente, llega a su pequeña esquina donde desempaca con habilidad de prestidigitador, una tabla que mide más de un metro y tres cajas, que servirán como stand por el resto del día a obras como la ciudad y los perros, crimen y castigo y el viejo y el mar. Es cautivador ver como los libros salen de forma inexplicable de aquel pequeño carrito, en la mano de su vendedor, como un conejito que brota del sombrero del mago. Pero los transeúntes hacen caso omiso de este pequeño portento que les ofrece el día, ya que tienen muchas cosas que hacer, como llegar a su lugar de trabajo o a entregar algún texto en la universidad.



Todos los días no son buenos. En ocasiones, el librero tiene que luchar de manera quijotesca contra el tiempo capitalino, que gusta ser impredecible enviando en días soleados y despejados, diluvios inesperados que transforman las calles en pequeñas lagunitas que obligan a Oscar a sacar un pedazo grande de plástico para proteger las obras de papel que se fácilmente se dañan con el agua. Otros días tiene que enfrentarse a la grosería de algunos transeúntes que consideran que un libro con un valor por encima de quince mil pesos en su stand callejero, es una infamia de proporciones casi épicas (un libro de bolsillo barato en una de las grandes librerías de la ciudad, no se baja de veinticinco mil pesos).No obstante lo anterior, hoy tanto los clientes, como el clima se comportan de la mejor manera.

Un chico de camisa negra y chaqueta larga pasa por el lugar felicitándolo por su quijotesca labor. Posiblemente es un cliente habitual, aunque también puede que sea uno más de ese ínfimo porcentaje de personas que saludan a desconocidos sin razón aparente. Luego pasa una chica de veintitrés o veinticuatro años, de brillante pelo rizado negro y un libro de pasta celeste.

—¿Usted cambia libros?—pregunta tímidamente. El librero le contesta negativamente. Ella se queda observando el stand. Su mirada es curiosa, peculiar, casi impertinente. En una librería de cadena sería vista por el empleado como una presunta delincuente. Oscar, al contrario, ve este gesto con aprecio, esperando que sea una cliente potencial, mientras paralelamente observa las baldosas que no almacenan humedad en el día de hoy y se rasca levemente la cabeza. De un momento a otro rompe el silencio.



—Bueno depende del libro. La cuestión es que a veces me traen libros que no valen la pena…muéstreme qué libro es— la chica quita su mirada de los libros en el stand y le entrega la obra que tiene en su mano derecha al librero. Es una obra de José Saramago con un gigantesco letrero que dice con exagerada “mayusculitis” «Ganador del Premio NOBEL 1998».

—¡Ah! José Saramago, bueno este si vale la pena. ¿Por cuál se lo cambio?

—Es que no lo he terminado— dice la chica bajando un poco la mirada.

—Usted no se preocupe, cuando lo termine de leer viene y hacemos el cambio.

La niña sonríe, vuelve a mirar con gran curiosidad los libros que están encima del stand. Ojea los ejemplares que se encuentran sobre la tabla, mientras Oscar ve con gran satisfacción la posibilidad de un nuevo cliente. No ocurre ninguna transacción. La chica retira la mirada de los libros, agradece al librero por su atención y se retira del lugar siguiendo con su camino. Como no pasan más clientes, el librero se sienta en su butaquita, toma uno de los libros de exposición y empieza a leerlo, mientras el reloj sigue su curso normal hasta la una de la tarde, hora en la que Oscar saca de un bolso metido en su carrito, una olla donde se encuentra el almuerzo caliente que trajo en el día de hoy.

Otro cliente pasa por el lugar. Es al parecer un estudiante de alguna de las muchas universidades que quedan cerca del lugar. Observa con curiosidad los libros de Hermann Hesse que están sobre el stand. Es el momento de entrar de nuevo en acción.
—Si señor, qué se le ofrece— le dice Oscar con su imborrable pero cálido acento paisa. El chico le señala el libro del lobo estepario y le pregunta sobre qué trata. Oscar le ofrece una breve sinopsis de la historia y le ofrece algunos argumentos de por qué debe leer ese libro. El chico mira con curiosidad la obra. Su mirada muestra que en su cabeza se está gestando una decisión. El librero por su parte, sigue ofreciendo la obra de forma persuasiva, exponiéndole las bondades del libro que leyó hace algún tiempo. Finalmente el estudiante toma una decisión: comprar el libro. El precio, la calidad material y las recomendaciones del librero lo convencen que es una decisión que no debe retrasar más.



Luego de que el chico se va, Oscar vuelve a su butaca. Sin falsa modestia, ni mentiras, esgrime que “el librero ambulante es el que mejor libros tiene y mejor selecciona”. Su stand habla por sí mismo. Es el resultado de años de lectura y labores relacionadas con las palabras y las hojas de papel, que lo llevaron a tener un descomunal conocimiento de la literatura, que podría avergonzar a muchos profesores de materias relacionadas. No obstante lo anterior, su labor no está en salones, sino en esa pequeña esquina del parque de los periodistas que el ICFES y la policía le permiten utilizar para promover de manera efectiva la lectura, con precios asequibles de libros que alguna vez pertenecieron a bibliotecas particulares de algún personaje que el lector nunca conocerá, ya que los años pasan, los lugares se acaban o cambian, pero las palabras siguen igual.     

miércoles, 15 de febrero de 2012

Hay Festival 2012 Cartagena (parte 3)



La mañana del sábado me sorprendió solitario, en ropa interior y queriendo dormir más. La temperatura era de 27 grados aproximadamente y el sol quemaba las desprotegidas espaldas de los turistas que a esa hora disfrutaban las primeras olas del mar. Me levanté emitiendo baladronadas contra las asquerosas leyes de este país que nos obligan a nosotros, los colombianos, a pagar más que los extranjeros por viajar dentro de nuestro país; mientras pensaba en el que iba a ser el segundo (y último) día de Hay Festival para mí. Como no se me ocurrió un ritual previo a la primera conversación, acudí a la playa a realizar aquella actividad sin sentido de adentrarme un par de metros en el mar, para sentir los golpes de las olas en mi cuerpo.

Me vestí con mi pantaloneta de ir a piscina y salí del hotel con dirección al mar. Lo primero con lo que me encontré al pasar la calle y tocar los primeros granos de arena, fue con dos costeñas, que en un tono de confianza me ofrecieron “el masaje relajante, las trenzas”, y otros servicios; a los cuales respondí negativamente, antes de recibir el ofrecimiento de la pruebita, que como sabemos los que ya hemos ido varias veces a Cartagena, no es sino el ofrecimiento del servicio por un tiempo menor por el mismo precio (no es gratis, es mentira). Luego de las dos mujeres, me topé con otro trabajador de la playa, que me ofrecía un viaje en “banana”, moto acuática y deportes extremos. Para sacármelo de encima, le dije con tono inocente “mañana me monto”, sin mencionarle que al otro día viajaría de vuelta a la nevera.

En fin, luego de esquivar de todas las formas toda clase de comercio playero que sirven como único medio de trabajo a la población de bajos recursos en Cartagena, entré en el mar salado que con fuerte ímpetu, impulsaba litros de agua contra la arena de la orilla. No sé qué tiene aquella actividad de introducirse en una pequeña parte del mar para recibir sus fuertes olas que golpean la espalda del bañista, pero es una actividad que parece tonta, pero que con mucho gusto ejecutamos. En todo caso y para no demorarlos más con mis choco-aventuras; por andar medio sumergido en el mar, me cogió la tarde y me tocó salir corriendo a eso de las 11 al hotel, para bañarme, vestirme y salir para el Hotel Sofitel, donde era la siguiente conversación.


Cuarta charla: 200 años del nacimiento de Dickens: Andrew Davies en conversación con Peter Florence (Salón Santa Clara Hotel Sofitel)







El Hotel Sofitel tenía un buen número de personas en su interior cuando yo llegué. Habían tres filas que llevaban a tres destinos distintos: la primera al lugar donde se compraban los libros (bien caros que si los vendía la “Librería Nacional”), la segunda para obtener la firma de varios autores que estaban sentados al lado del stand de la venta de libros; y la tercera, para entrar a la conferencia en inglés sobre los 200 años de Dickens que era adonde me dirigía. Pedí los audífonos porque la verdad es que no soy la gran cosa en “listening” (bueno y en inglés en general) y entré a aquel ceremonioso auditorio, con una cabina para las traductoras, velas, parlantes marca BOSE y un número extenso de sillas que serían ocupadas en instantes.



El auditorio se llenó y los dos conversadores llegaron para hablar de Dickens, Austen, la adaptación de sus novelas al cine y la televisión, entre otros temas. Fue una conversación bastante agradable, donde hablaron de la labor del guionista de televisión, como es llevar una obra maestra de la literatura al formato audiovisual y en qué momentos el guionista pone de su creatividad para modificar (tanto en la forma del lenguaje utilizado como en el fondo) la obra, de manera que sea más fácil de digerir por el espectador. Me disculparan que sea tan corto y más teniendo en cuenta que hablé pura paja en los renglones anteriores a este acápite, pero de nuevo, mi  memoria me trae momentos de aquel evento y por tanto, no quiero caer en imprecisiones. Lo siento.

Quinta charla: Ideas para un mundo en transición: Carlos Fuentes, Javier Moreno (Diario El País), Juan Manuel Santos y Sergio Ramírez (escritor y exvicepresidente de Nicaragua) en conversación con Alejandro Santos (Teatro Adolfo Mejía)








Esta fue la conversación más esperada del día. Inicialmente el presidente Santos no estaba en la lista de invitados, pero como el expresidente de España Felipe González no pudo venir, sirvió de llanta de repuesto para el conversatorio. Sobre los momentos pre-conversación les cuento que la llegada de Santos que fue buena para los espectadores, ya que abrieron la puerta más temprano. Yo llegué aproximadamente media hora antes de empezar el evento y la fila era cortica (pueden constatarlo con las fotos de arriba). En el lugar habían unos anillos de seguridad donde: lo requisaban a uno, le preguntaban si era empleado público (de qué entidad era de paso) y le daban las gracias por las molestias.







 
Antes de entrar en materia sobre la conversación quiero tocar un tema que siempre mencionan luego de los Hay Festival. En la prensa siempre aparecen columnistas que dicen que este tipo de eventos “culturales”, son elitistas, pero la verdad, es que no son elitistas, sino sociales. Las fotos que les muestro lo dilucidan. Ahí vi entrar al presidente del partido conservador (que les apuesto no ha leído nada de Fuentes y si al caso conocerá los libros que leyó en el colegio), a la esposa de Santos, a la afamada ministra de educación (que debería estar haciendo cosas más productivas), al expresidente Betancourt; entre muchas otras figuras del jet-set criollo que en su mayoría, simplemente iban a tirárselas de cultos yendo a esta clase de eventos. La política y la sociedad de los cocteles se tomaron los espacios culturales, pero bueno, eso a nadie importa.





Vamos a lo importante. Fuentes y su grupo de conversadores entraron al auditorio con Alejandro Santos, bajo una ola gigantesca de aplausos. En su conversación hablaron sobre los indignados, los medios de comunicación, las relaciones de poder (por el ladito tocaron el tema de la literatura y el poder), las drogas (que fue el tema que más eco se le hizo en los medios de comunicación), entre otros que ahorita no me acuerdo. Sobre los conversadores, Fuentes y Ramírez fueron los más lúcidos y carismáticos de la plataforma. Javier Moreno fue sobrio pero contundente. Juan Manuel Santos…bueno, la verdad es que el tipo parecía como en campaña cuando exaltaba los logros de su gobierno, y en un coctel cuando hablaba del amigo del amigo y de la amistad con Fuentes (de quien fue alumno en Harvard).
El único punto negro de la conversación, fue que el público aplaudía cada que intervenía uno de los conversadores y…Juan Manuel Santos.







La conversación fue correcta y apenas terminó, salí corriendo a hacer fila para la firma de Fuentes. Los que estuvimos ahí, esperamos entre la incertidumbre, los rumores sobre que él no iba a venir, que el presidente Santos se lo iba a llevar inmediatamente, que estaba cansado, ect. Pero Fuentes llegó. Salió de la cortina roja de entrada al auditorio y se paró en la mesa predestinada para la firma de libros. Todo el mundo lo aplaudió apenas lo vieron aparecer, ya que el tipo cansado y todo, quiso hacerles este gesto a sus lectores (era el único que podía decir si firmaba o no libros).       

Sexta charla: Revistas, hombres y rock and roll: Daniel Samper Ospina y Dylan Jones en conversación con Rosie Boycott







Antes que todo, las personas que asistimos al conversatorio, esperabamos una conversación light, donde los conversadores se dedicaran a tocar temas lights sobre las revistas para hombres. En realidad no fue así ya que fue una conversación sumamente formal donde hablaron de las revistas dirigidas a hombres, la publicidad, y la censura que padecen las revistas por parte de los anunciantes; política, ventas…y otros temas que no tenían nada que ver con rock and roll. Como cosa rara en las conversaciones de Samper Ospina, en el momento de las preguntas salió un atarban, oscurantista y cristiano  preguntando por la “prostituta” que hizo las imágenes de la última cena. Ya se imaginaran la respuesta de Samper Ospina.
Como elemento que resaltó de la discusión (y que no sé por qué los medios no reseñaron) el señor Dylan Jones se la pasó insinuando que el producto de Colombia, siempre estaba diez años por detrás de lo inglés; razón por la cual, una chica colombiana le preguntó en inglés, directamente al señor Dylan, la razón de aquellos ataques contra lo colombiano. Dylan, sorprendido por la pregunta, se inhibió y dijo que lo habían malinterpretado; la chica le contrapreguntó que entonces qué opinaba y le dijo que fuera concreto, a lo cual se unió Daniel Samper (que también es otro prepotente) diciendo que había entendido la misma cosa y lo exhortó a que respondiera, razón por la cual, la moderadora terminó abruptamente la charla con un “Peace boys”. No sé porque no hubo debate, ni una nota alrededor de esto por parte de los medios, pero bueno…cosas del festival. 

Séptima charla: Jonathan Franzen en conversación con Juan Gabriel Vásquez


La mejor charla del día.








Franzen es uno de los escritores más reconocidos de Estados Unidos y en el momento en que hacía la fila, conocía poco o nada de su obra y en aquel momento, a duras penas sabía que había quedado finalista para el Pulitzer con “The Corrections” y había sido vanagloriado por el presidente Obama por su libro “Liberty”.
Llegué faltando media hora para iniciar la conversación. La fila era gigantesca y no me la creía, de que un autor estadounidense que no es tan conocido en Colombia fuera tan taquillero. En todo caso, me paré e hice una fila de cuarenta minutos para conocer a Jonathan Franzen en su conversación. Para abreviar, abrieron las puertas faltando 5 minutos para empezar la conversación y la gente entró casi corriendo a buscar silla. A mí, me tocó en el último piso mirando de frente la tarima donde estarían los dos conversadores.





Franzen y Vásquez empezaron hablando del gusto por los pájaros el escritor estadounidense, rememoraron algunas escenas de su periodo de escritura antes de “Las Correciones” (donde tuvo un matrimonio cayéndose a pedazos); del significado de escribir, de la parafernalia a la hora de escribir (Franzen decía que escribía en un computador sin internet para evitar las distracciones);  sobre la última novela de Franzen “Libertad”; hubo una crítica hacia el capitalismo; el tema político pasó por los micrófonos, entre otros; de los cuales destaco el tema del libro electrónico y de las series de televisión americana.

El tema del libro electrónico me parece que fue el malentendido más grande de la conversación. El hombre dijo que no tenía nada en contra del libro electrónico, que no le caía mal, pero que prefería un libro de papel por lo siguiente (discúlpenme las citas desordenadas):

“The technology I like is the American paperback edition of ‘Freedom,’”   (Prefiero la tecnología del libro de papel de “Libertad”)

My problem with e-book readers is that one minute I’m reading some trashy website, the next minute I’m reading Jane Austen – on the same screen (Mi inconformidad con los lectores de libros electrónicos, es que en un momento están leyendo alguna web basura, y al otro, están leyendo Jane Austen – en la misma pantalla!!)


“I can spill water on it and it would still work! So it's pretty good technology. And what’s more, it will work great 10 years from now. So no wonder the capitalists hate it. It’s a bad business model,” (Le puedo echar agua y sigue trabajando! Es una muy buena tecnología. Además, puede seguir funcionando igual de bien después de 10 años. Así que los capitalistas la odian. Es un mal modelo de negocios) [hablando del libro de papel].


“The Great Gatsby was last updated in 1924. You don’t need it to be refreshed, do you?" (El Gran Gatsby tuvo su última actualización en 1924. Los lectores no necesitan estar actualizándola, o sí?) [Aquella frase esta sacada de contexto en varios medios de comunicación, se las explico. Lo que pasa es que antes estaba diciendo que él, siempre que quería ver los resultados de los partidos de football (creo que era de football), no acudía al periódico en papel sino al virtual, porque los subían de una vez. Por ello salió con aquello de que no era necesario  actualizar las obras literarias y por tanto, la utilidad era distinta a la de los periodicos.]


“I think, for serious readers, a sense of permanence has always been part of the experience. Everything else in your life is fluid, but here is this text that doesn’t change.” (Pienso, que para los verdaderos lectores, aquel sentido de permanencia siempre ha sido parte de su experiencia. Todo en la vida cambia, pero este texto nunca lo hace.)





Por las anteriores declaraciones y muchas más, unos personajes salieron a decir que Franzen había dicho que los libros electrónicos eran malévolos, que los odiaba y otra serie de estolideces que no corresponden a la verdad; ya que simplemente expuso sus razones de por qué preferia los libros de papel.

En otra intervención menos polémica, comentó que su libro las correcciones iba a ser llevado a la televisión en forma de serie y de paso, hizo una crítica de cine, diciendo que prefería el mundo de las series más que el de las producciones cinematográficas, porque mientras al año, la mayoría de películas que salían era para un público de 12 años con ganas de ver escenas inocuas y estúpidas (cosa que estoy completamente de acuerdo); la televisión está sacando muchas producciones excelentes en ese mismo tiempo (Homeland, Boardwalk empire y Californication, por ejemplo).

En fin. Fue una agradable conversación, donde vimos a un hombre solitario, con  ideas políticas, literarias que me gustaron.

Colofón

Antes de terminar este escrito de tres partes sobre mis peripecias en Hay Festival 2012, pido disculpas por ser breve en mi narración de esta tercera parte. La razón es que inicié esto por contar aquellos momentos que viví en Cartagena y bueno, las ocupaciones no me han dejado tiempo para sentarme a escribir como quisiera (o como lo estaba haciendo).

De lo que vi puedo comentar lo siguiente. Hay Festival, solo es un festival dentro de los conversatorios. Cartagena no cambia, no hay ningún aire de misticismo ni cultura (como puede existir medianamente con el Festival de Teatro por ejemplo); es un evento capitalista producido por las corporaciones y editoriales con el ánimo de vender libros (sé que sonó un poco a conspiranoico, pero así es). Los autores caminan por los lugares, te firman libros, te sonríen; pero si no eres una persona con pinta de ser de la sociedad de los cocteles, no van a tener una conversación contigo (me di cuenta de esto con varios). Hay extranjeros y extranjeras (muy buenas) que van con el ánimo de conocer Cartagena, disfrutar del calor…ah e ir a los conversatorios, así que el turismo es el de siempre. Los libros, son carísimos, se suben mucho de precio y por eso no son fáciles de adquirir. Al respecto quisiera citar las declaraciones desafortunadas y absurdas del escritor Oscar Collazos: "Como la lectura de obras literarias, es un evento elitista que tiene, en algunos casos, ribetes de masas cuando se trata de grandes escritores de prestigio internacional. Aquí todo gira alrededor de los escritores y sus obras. Por supuesto que el pueblo y la clase media que paga 100.000 pesos por un concierto de Diomedes Díaz, no pagará 10.000 por una conferencia de Carlos Fuentes, Almudena Grandes o Salman Rushdie, por ejemplo. Ni siquiera se plantea la posibilidad de pagar por escuchar a un escritor que no ha leído, como tampoco se ha planteado la posibilidad de comprar por 40.000 pesos una buena novela después de pagar 200.000 por una botella de whisky". Ojalá al señor Collazos le recuerden que en Colombia no se toma whisky de 200.000 pesos (de pronto él que gana mucho dinero), sino aguardiente de 20 mil (la mitad de una novela). También, que se pueden conseguir novelas muchísimo más baratas en Argentina o en España y que en Colombia son carísimas, por lo que no son asequibles a todo el mundo. También sería bueno que el escritor Collazos se paseara por los hoteles de la heroica,  para que se enterara que los precios no están al alcance de “el pueblo y la clase media” y que cobran más a los colombianos que a los extranjeros.

La anterior declaración también me lleva a otro punto que toqué de manera light antes: el elitismo. Hay Festival, no es un evento elitista, ya que como dije anteriormente, estuve sentado al lado de Paulo Laserna y en otros eventos, de personas de la alta alcurnia, sin que me echaran como un perro. Lo que sí es, y no tengo ninguna duda de ello, es un evento social, donde el jet-set criollo va a tomarse la foto y a decir que son cultos por haber asistido a este evento. A modo de paréntesis, no sé qué dirá el citado escritor Collazos sobre las personas que no han leído obras literarias, pero van simplemente por hacer pantalla y comprar libros con la firma de los autores, que luego chicanean a sus amigos que si saben sobre el autor. Lo más posible es que no diga nada, porque con la comida, uno no se mete.

En fin. Con esto termina mi texto sobre el Hay Festival 2012 diciendo para finalizar, que me gustó y si hay buenos invitados y hay plata (requisito indispensable), posiblemente vuelva el próximo año.

martes, 7 de febrero de 2012

Hay Festival 2012 Cartagena (parte 2)


En la última (y primera) entrega quedé en que eran aproximadamente las dos de la tarde, estaba decepcionado porque había sentido que aquel supuesto festival de la cultura era un lugar donde iban las señoras de “dedo parado” a oír a un escritor “comediante”, llevado bajo el patrocinio de la empresa privada que buscaba vender productos y servicios, y libros, muchos libros y café bien caro. También en la última entrega no recuerdo si lo escribí, pero sentí que (aquí le doy la palabra a mi libretica) el ambiente de festival era poco o nulo, ya que no era diferente del que tiene Cartagena en temporada baja, con vendedores ofreciendo chucherías, productos por el doble del precio original (me metieron 2 dolex forte en 4000 pesos, siendo que se puede conseguir en 1500 o 2000, pero me dolía mucho la cabeza) y canciones por billetes. Por último, también les conté mis apreciaciones del primer conversatorio entre Mario Jursich y Juan Gabriel Vásquez, donde mi sensación fue que los dos eran unos tipos agradables, buenas personas; pero que no colmaron unas expectativas que tenía altas al haber escuchado al escritor en otros espacios donde sus exposiciones habían sido muy interesantes.  


Segunda charla: Carlos Fuentes en conversación con Juan Gabriel Vásquez y Santiago Gamboa. (Teatro Adolfo Mejía)







Almorcé y me dirigí de nuevo al Teatro Adolfo Mejía para iniciar la fila de entrada a la conversación más esperada del día: Carlos Fuentes en conversación con Juan Gabriel Vásquez y Santiago Gamboa. De Carlos Fuentes merece hacer un punto en el camino para hablar un poco de su obra.

Fuentes es un escritor mexicano de 84 años que nació en Panamá, de padres diplomáticos (y por tanto pudientes), que pasó su infancia en distintos países como él mismo lo dice en su entrevista con Soler Serrano (que está un poco más atrás en este blog). Él empezó muy joven como periodista y escritor, y se graduó como abogado de la Universidad Autónoma de México. Fuentes en su escritura, tiene un estilo sofisticado que hace que muchas de sus novelas sean complicadas al leerlo por primera vez, razón por la cual, se recomienda empezar con sus cuentos o con Aura.
Su primer (magnifico en mi opinión) libro publicado, fue la región más transparente, donde buscó por medio de la novela, ir al quid de la identidad mexicana(o de la nación si se me permite), narrando en forma histórica las peripecias de varios personajes pertenecientes a distintas clases socioeconómicas de México. Luego de este libro, el siguiente gran éxito fue la muerte de Artemio Cruz, donde narra la historia del poderoso Artemio Cruz, quien en su lecho de muerte empieza a recordar las etapas más significativas de su vida, haciendo de paso un análisis a distintos momentos de la historia de México sin alejarse de la historia de aquel moribundo personaje. Luego continuaría publicando buenos libros como Aura o Terra Nostra (según la crítica ya que este no lo he leído); de los cuales el último mencionado, ha sido denominado por muchos estudiosos de la literatura, el último libro del llamado Boom Latinoamericano. A partir de ahí (según una opinión algo generalizada en la crítica) su obra empieza a decaer, y los libros publicados no aportan mucho a su obra ni a la narrativa en español. No obstante lo anterior, a Carlos Fuentes lo avalan como uno de los escritores con mayor reconocimiento en el mundo una serie de premios como el Cervantes (el más importante premio de la literatura en español), muchos de sus cuentos, ensayos y sus primeras novelas que renovaron la narrativa hispanoamericana; que contribuyeron para dar lugar a nuevas generaciones de escritores que antes no se veían. 

Siguiendo con mi relato, llegué una hora antes a la fila del antiguo Teatro Heredia, para esperar mi entrada al auditorio y con ello, la conversación que sostendría Fuentes con Gamboa y Vásquez, dos de los más reconocidos escritores de la actualidad. La fila fue larguísima desde una hora antes de empezar el espectáculo como pueden observar en las fotos, por lo que muchos tuvimos que comprar botellas de agua a $2.500 y $3.000 pesos, mientras veíamos a nuestro lado, a algunos expresidentes (como Samper) bajándose de sus grandes camionetas (prestadas posiblemente por la alcaldía) para entrar al espectáculo por una puerta diferente a la de nosotros sin hacer fila. A diferencia de ellos, “famosos”, escritores y otros conversadores del Hay sí hicieron la fila como la gente normal, demostrando más civismo que los políticos que se creen intocables. En todo caso, a las 5 y 30 (hora a la que supuestamente empezaba el evento) se abrieron las puertas para que nosotros, los ciudadanos de a pie que no ostentamos ni hemos ostentado cargos públicos (afortunadamente, no somos corruptos ni ladrones) entráramos a un auditorio que poco a poco se fue llenando hasta el punto de cubrir todos sus asientos, los cuales, no eran poquitos. Como último dato “resentido”, aquellos políticos que entraron por la puerta de al lado, no necesitaron ir a buscar silla como nosotros, ya que les dejaron varios palcos reservados para ellos.



El teatro, como pueden observar en las fotos, estaba lleno y a mí me toco ir a un palco lateral al lado derecho de Paulo Laserna, quien con su hermosa novia (creo que es novia) me hicieron compañía sin cruzar palabra en todo el conversatorio. A mi lado izquierdo (o más bien en el palco del lado izquierdo), estaba una hermosa periodista del espectador (eso decía su escarapela), cuyos ojos azules y pelo mono pintado, capturaron mi mirada en varias ocasiones del conversatorio. Su risa y sus suspiros; sus juegos de pisarme levemente para que yo levantara suavemente su pie incrustado en aquella sandalia blanca que estaba sobre el mio,  hicieron de mí, un desconcentrado estudiante que no cruzó palabra con aquella bella chica debido a mi desgraciada propensión a la monogamia que me puso limites que en condiciones de soltero habría dejado de lado (así me ganara una cachetada). En fin, los estoy aburriendo con mis apreciaciones subjetivas. Volvamos al conversatorio.



Fuentes, Gamboa y Vásquez ingresaron del lado izquierdo del auditorio mientras el lugar estallaba en aplausos dirigidos principalmente para el mexicano. Los tres escritores se sentaron y Fuentes fue el primero en hablar, para presentar (de forma atípica) a sus entrevistadores, elogiándolos por sus trabajos literarios. Luego de lo anterior, procedió a decir que esta era la continuación de una charla sobre “Literatura y Ficción” que habían tenido anteriormente en Paris y entraron a hablar de literatura y la novela; del cine, de las drogas…de un conjunto de temas que siempre tenían que ver con el tema principal literatura y ficción.

El conversatorio inició con Fuentes ironizando con sus dos entrevistadores sobre el evento del crucero “Costa Concordia”, para luego entrar a discutir sobre las relaciones de literatura y realidad. Fuentes inició rememorando la necesidad que tuvieron los escritores del Boom para romper con la literatura que se venía gestando en sus países, tomando influencias de Estados Unidos o Europa. También mencionó que todos los escritores publicaron las mejores novelas de sus países desde el extranjero porque ellos tuvieron que entender sus países desde la añoranza que tienen desde su extra-territorialidad que los llevó a reinventarlos por medio de la literatura. Fuentes habló sobre las cartas que le envío su buen amigo Gabriel García Márquez cuando escribía cien años de soledad, donde el escritor se daba cuenta de su propia creación y que hoy, se encuentran (según Fuentes) bajo siete candados en la Universidad de Princeton. Fuentes habló de Cortázar, de su amigo el cineasta Luis Buñuel, del cual, Hitchcock aprendió para sus posteriores grandes obras cinematográficas; y mencionó un supuesto proyecto que tenía Buñuel de llevar “Aura” al cine con la ayuda de Fellini (lo cual hubiese sido maravilloso de haberse dado). 

Siguiendo con la literatura, Fuentes insistió en que la novela (y el libro en general pensaría yo) no va a morir, porque esta cuenta las cosas de una manera que no se puede narrar de otra forma. De igual forma sostuvo que la ficción va a seguir viviendo porque a diferencia de la realidad no tiene fronteras. También Fuentes contó que empezó a escribir una novela sobre el jefe del M-19 Carlos Pizarro hace varios años, pero que no la ha publicado (y posiblemente no la publique) porque siempre obtiene nuevos datos y eso no le deja terminarla del todo bien. Por lo anterior, consideró que el novelista no puede competir con la realidad y por tanto, recurre a crear un mundo diferente del real para contar sus historias (algo parecido a lo que dice Vargas Llosa en Historia de un Deicidio). Finalmente la conferencia terminó con la pregunta a Fuentes por parte de Gamboa, de qué libros recomienda a los prospectos de escritores leer, a lo que él contestó “El quijote, el quijote y el quijote”, para luego ser ovacionado con los aplausos de todo el auditorio quienes se pararon en señal de respeto ante aquel grande de la literatura. La conferencia terminó y mi cara larga cambió ya que puedo decir que fui a un conversatorio bien interesante, donde se tocó un tema que tuvo diversos matices pero que estuvo en una misma tónica. También, aunque tuvo el método charla de cafetería, me sentí más conectado con esta conversación (no obstante mi querida vecina) que con la anterior.


Bajé corriendo del auditorio cuando eran las 6 y media de la tarde, estaba oscuro y se respiraba un calor con olor a agua de mar en la Ciudad Antigua de Cartagena. Llegué rápidamente a la (ya larga) fila que estaban haciendo unas personas con el fin de que Fuentes le imprimiera su firma en su respectivo libro. Junto a mí, estaban esperando personas conocidas como Diana Uribe y otros gatos como yo que solo conocen en la casa que esperábamos poder conseguir la firma de Fuentes. A nuestro lado, en una fila más grande estaban unas personas que esperaban que se abrieran las puertas para acudir al recital de piano que venía a continuación (y del cual no pude conseguir boletas). Infortunadamente todos los que esperamos tuvimos que irnos con las manos vacías siendo las 6 y 45 de la noche, porque por compromisos de Fuentes, la firma de libros tenía que darse el día siguiente.      

Tercera charla: Daniel Mordzinski en conversación con Juan Gabriel Vásquez. (Plaza de Santo Domingo Salón del Rey)

Como dije anteriormente esperaba ir al recital de piano pero se acabaron las boletas antes de que pudiese haberlas comprado. Por tal razón, acudí a la charla de Vásquez (tercer conversatorio) con el fotógrafo Mordzinski en uno de los salones de la Plaza de Santo Domingo ubicado en el segundo piso; mientras en el patio del primer piso, tenía lugar la conversación entre la escritora Jane Teller y Jon Gower. Sobre esta conversación me permito comentarles que cerca de ellos había un stand de la Librería Nacional ofreciendo los libros de Jane Teller a precios supremamente altos.

El salón estaba organizado de la siguiente manera: había una centena de sillas que rodeaban la plataforma donde minutos después se sentarían los dos conversadores; en el techo (y más exactamente la parte encima de mí) estaban dos video-beam encendidos que apuntaban a distintas partes de aquel lugar que expondrían unos videos que Mordzinski había preparado para la ocasión y habían tres puertas, de las cuales, dos eran para que entraran y salieran los espectadores. Eran las 7 y 35 de la noche y los protagonistas de aquella charla no llegaban. Todos estábamos a la espera mientras pasábamos el tiempo observando a las personas que estaban en aquel lugar, como por ejemplo los tres muchachos (como si yo fuera tan viejo) que estaban al lado izquierdo del salón, algo retirados de las sillas, con dos computadores portátiles; o el escritor (eso decía su escarapela) de abundante barba que estaba a mi lado y quien no recuerdo su nombre.

De un momento a otro, como a las 7 y 40 de la noche, entraron el escritor y el fotógrafo de los escritores para sentarse en sus respectivos sillones, mientras el público aplaudía por su llegada. Mordzinski estaba de negro, mencionando medio en broma que estaba nervioso; y Vásquez de blanco, agradeciendo la presencia de las personas en el lugar. La charla – en síntesis – se las divido en tres partes de la siguiente forma: la primera que pareció casi libreteada de este artículo del Malpensante, fue en relación de aquella anécdota del payaso y la cámara fotográfica que Mordzinski no pudo obtener. La segunda parte de la conversación inició con la presentación de imágenes del último libro de Mordzinski “Últimas noticias del sur”; que fue acompañada de una bella música de fondo. Luego de aquello, el fotógrafo contó anécdotas sobre su viaje con Luis Sepúlveda, que hicieron amena la charla. Como tercera y última parte, Vásquez y Mordzinski procedieron a hablar sobre las “Fotinskis”, que son fotos donde Mordzinski pone a los escritores a realizar cosas bizarras (en su término anglo), como empezar a correr mientras le toma fotos (Saramago), a tener vestidos que no utilizan normalmente, a tomar fotos evocando tiempos de niño (Vargas Llosa), entre muchas otras actitudes que el escritor no tomaría normalmente, pero que acepta para las fotos de Mordzinki. Luego de aquella conversación, la charla terminó con la presentación de “fotinskis” como las que pueden ver acá.  

Pido disculpas por no haber ofrecido tantos detalles de la conversación, y esto es porque no anoté los temas tocados (y no quiero caer en imprecisiones) en aquella charla amena donde Mordzinski me enseñó algunos paralelos entre literatura y fotografía, donde Vásquez se terminó de redimir (para mí) de su primera floja conversación. Con lo anterior, terminó mi primer día de Hay Festival, con un resultado que se puede decir fue positivo ya que dos de tres conversaciones me gustaron y me dejaron con ganas de más; que les seguiré contando en la siguiente entrada.